11/8/08

EL CONVENTO DE FRANCISCANOS DESCALZOS DE S.PEDRO APÓSTOL DEPRIEGO DE CÓRDOBA A LA LUZ DE UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII

Año de Cristo de 1662. Orden de los Religiosos Menores 445. 2 De nuestra Provincia
CAPITULO I
Se expresan algunos elogios de esta villa. Los agustinos calzados solicitaron en vano esta fundación en la Provincia de S. Juan, antes de la división. Después de erigida esta Provincia se solicita por nosotros y se obtiene tras superar una pequeña oposición. Se designa el primer Guardián. Se consolida con los clérigos con los franciscanos observantes y con nosotros una cierta hermandad. Y finalmente se renueva la posesión en el nuevo lugar.
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Existe cierta villa insigne llamada Priego, que dista de Granada once leguas, de Córdoba catorce, dieciséis de Málaga cinco de Loja, y seis de Illora. Así pues, este principal territorio no perteneció, en cuanto a los asuntos espirituales, a la gran Abadía, nullius dioecesis, de Alcalá la Real la Real, Flavia Aruense. Sin embargo en cuanto a los asuntos temporales, perteneció a los ínclitos duques de Feria, condes de Zafra, finalmente marqueses (de Priego), cuyo título es el que lleva esta villa, mencionada en primer lugar. Abundante en ríos y fuentes y plantada de árboles por todos lados. Finalmente, de tal manera está defendida por inexpugnables fortificaciones, que los mahometanos confiaron sus riquezas como a una fortaleza inexpugnable, hasta que fueron conquistados por el Rey San Fernando.
AÑOS 1611, 1659 y 1660
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Los padres agustinos calzados desearon vehementemente esta villa para erigir un convento de su Orden. En el año 1611 presentaron con influencias ante el Consejo Supremo de Castilla prolijos textos jurídicos sobre la necesidad de la fundación, sin obtener la autorización pertinente. También la Provincia de S. Juan Bautista, pretendió lo mismo con gran empeño, antes de su división. Con éxito realizaron algunas diligencias tendentes a conseguir sus fines, y obtuvieron del Cabildo municipal reunido en pública asamblea, el 13 de diciembre de 1659, acuerdo por escrito. Sin embargo el Consejo Real de Castilla denegó tenazmente por dos veces la venia solicitada por Fray Pedro Vicente, predicador del convento de Villa Real, del Reino de Valencia, y Procurador de Madrid para esta fundación.
Dios reservó para nuestra Provincia el privilegio de la fundación. Así, antes de conseguirse el permiso del Concejo, le fue mostrado por revelación divina, al Venerable fray Juan de Aranda, lego, alumno de la Provincia en 1661, que contempló, en un arrebato de éxtasis, el convento con todos sus anejos.

Año 1661

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Como el 9 de enero de 1661, hubiese quedado dividida nuestra Provincia en nueve conventos, ya mencionados en otro lugar, con igual deseo de ampliación, el Protoministro Provincial, fray Francisco Morales con el Definitorio, decretó, el 1 de abril del mismo año que fuesen solicitadas fundaciones conventuales en ciertas villas a saber en esta de Priego, en Villacarrillo, en Illora, en Caniles, Quesada y Castil. Para conseguirlas nombró procuradores a fray Francisco Bartolomé del Pulgar predicador y definidor; Melchor Cano, predicador y guardián del convento oscitano; Antonio Albertos, predicador y prior de Guadix; Juan Díaz, Manuel Ramírez, Cristóbal Capel y otros. En este mismo año, por algunos de éstos, y de otros pertenecientes al Cabildo de esta villa, se obtuvo felizmente la licencia para la fundación de este convento, tanto de las Cortes del Reino, cuanto del abad de Alcalá la Real, D. Francisco Salgado y de Nuestro Reverendísimo Padre, Ministro General, fray Miguel Angel de Sambuca.
Año 1662
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Estaba entonces en Madrid, para que no se nos quitase el convento de San Diego, de nuestra Provincia de Murcia, el procurador defensor, Fr. Gaspar García, exdefinidor y Guardián de Granada, quien, ciertamente, con su acostumbrada habilidad, el 6 de Mayo de 1662, obtuvo, del Consejo Real de Castilla, un decreto a favor de esta fundación de Priego, al cual decreto, el católico rey Felipe añadió su real cédula suscrita en la misma fecha. Estas licencias recibidas en Granada con un mensajero, las mostró, al mencionado abad, fray Ildefonso de Segura, Definidor y Comisario, confirmado para que se llevase a cabo esta fundación por cartas Provinciales, otorgadas en Cartagena, el 24 de febrero del mismo año. El abad, el 2 de mayo del antedicho año, concedió su plena posesión y la autorización para llevarlo a cabo, al presbítero muy querido de nosotros D. Diego de Ojeda.

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Conseguido nuestro propósito, los padres (franciscanos) observantes mostraron su disconformidad con base en la bula de Alejandro VI, conseguida el 27 de octubre de 1661, que autorizaba que no fundásemos nuestros conventos a una distancia de cinco leguas de los suyos. Se encargó de la defensa el mencionado abad, quien demostró que la referida bula, carecía de fuerza ejecutiva. El 20 de mayo de 1662, en presencia de los cabildos, eclesial y municipal, y de una inmensa concurrencia de personas, el referido Comisario, fray Ildefonso de Segura, con el júbilo de los concurrentes, estando presentes, fray Francisco Castillejo, predicador Jerónimo Rus, confesor, los clérigos Matías de Chaves y Francisco de Quesada, y finalmente los legos, José Alcaraz y Juan Romero, en la ermita de S. Luis obispo, situada al norte y poco alejada de las murallas, confiada desde su origen y hasta ahora, al cuidado de los eremitas, tomó posesión de la casa, que nos había sido gratuitamente concedida, así como su ajuar y pertenencias. Este mismo día, el colator de la posesión fray Diego de Ojeda, lo instituyó como día sagrado para nosotros y reservado al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Reunido todo el pueblo, actuaba como representante del Cabildo municipal, D. Antonio de Quiroga, regidor de la villa, se entonó, a coro, un solemne Te Deum. Finalmente tras otros actos, tuvo la toma de posesión felizmente. Es digno de consideración, que nuestros observantes, que, desde hacía días, vigilaban esta fundación y habían apostado guardas por la noche cerca de la ermita, para que no tomásemos posesión subrepticiamente, en este día a las nueve de la mañana, nuestros religiosos entraron en la calle próxima a su convento, tocando campanillas y arrojando fuegos artificiales, y con gran bullicio se llevó a cabo la fundación, y si bien no realizaron su vigilancia con el debido celo, los mismos guardias se alegraron de que la efectuásemos. Este cambio de actitud lo interpretamos como disposición oculta divina.
Año 1663
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El día ocho de octubre de 1663 se recibió como primer guardián de este convento a fray Francisco de Morales, predicador. No se trata del provincial mencionado anteriormente. Este mismo día fue concedido un decreto de nuestro Definitorio, para que, con el clero de la villa y con otros observantes, a fin de que entre ellos y nuestra comunidad, se estableciese cierta hermandad, para que, desde entonces acudiésemos todos juntamente en un acto de piedad a favor de los difuntos de ambas partes que hubieran de ser enterrados. Este mandato se conserva totalmente inalterado hasta ahora con nuestros observantes por la praxis de la Cartas Provinciales, pero se rompió con los clérigos.
Año 1664
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El día 14 de febrero de 1664, D. Antonio Roldán de Escobar, vicario en esta villa con dignidad abacial, con plenaria autoridad del mencionado abad Salgado y de nuestro exprovincial, fray Francisco de Morales, designado comisario por el referido ministro, fray Gaspar García, para ratificar nuevamente la toma de posesión, llevó a cabo ésta, en la citada ermita de S, Pedro Apóstol, al que nuestro convento tiene por titular, en presencia de los dos cabildos, municipal y del clero, gran concurrencia de gente del pueblo, y respetando todos los pronunciamientos legales requeridos.
CAPITULO II
El breve de las indulgencias para los cofrades de San Pedro de Alcántara. Limosnas y donaciones. Comienzo, continuación y terminación de la iglesia, el convento y monasterio y morada de los hermanos en el mismo. Traslado de la Eucaristía al cuerpo de la iglesia. Patronato de la Capilla Mayor. Dignidad de este convento como Casa Capitular. Sobre la concordia rota con el clero. Comienzo del juicio, continuación y permanencia. Peste nefasta. Caridad de los hermanos digna de tener en cuenta en el trato con los apestados y esterilidad; desaparición del contagio. Dos celebridades admirables y ofrendas de la villa. Cinco siervos de Dios; derrumbamiento y reconstrucción de la Capilla mayor. Hermandad y finalmente comienzo de una Capilla más amplia.
Año 1665
El diecisiete de abril del año 1665, el Papa Alejando VII, para que en este convento se fundase una hermandad en honor de S. Pedro de Alcántara, expidió el siguiente Breve:
ALEJANDRO PAPA VII
Para perpetua memoria. Según conocemos, en la iglesia de S, Pedro Apóstol, de la Orden de los Menores Descalzos de S. Francisco mencionados, de la villa de Priego, de la Abadía de Alcalá la Real, de nullius dioecesis de la Provincia de Granada, existe una piadosa comunidad de fieles de Cristo de uno y otro sexo, de S. Pedro Alcántara, erigida canónicamente por hombres de una especial perfección, cuyos cofrades y hermanas acostumbraron a ejercitar la más alta piedad y caridad. Nos, para que de este modo la hermandad reciba cada día mayores incrementos; por la autoridad entregada a nosotros por Dios y su omnipotente misericordia y por la autoridad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo; a todos los fieles de Cristo, de uno y otro sexo, que ingresaron posteriormente en la dicha Hermandad, les concedemos indulgencia plenaria, si verdaderamente arrepentidos y confesados recibiesen el Sacramente de la Eucaristía, y para aquellos cofrades y hermanas, no sólo los adscritos sino los que han de adscribirse posteriormente, en la mencionada confraternidad de hermanos y hermanas in artículo mortis de cualquiera de ellos, si estuviesen verdaderamente arrepentidos y confesados y confortados por la Santa Comunión, o, caso que no pudiesen hacerlo solamente contritos y con el nombre de Jesús en la boca, si pudiesen, o al menos lo invocasen devotamente en su corazón, también (le concedemos) indulgencia plenaria; y para aquellos hermanos y hermanas de ahora de la dicha hermandad y para todos los que lo sean, también verdaderamente arrepentidos, confesados y confortados por la Santa Comunión, que visitasen devotamente la Iglesia de la antedicha hermandad, o la capilla, o el oratorio, en día festivo principal de la dicha comunidad, elegido solamente una vez por los hermanos y aprobado por el Ordinario, desde las primeras vísperas hasta el ocaso del sol en día festivo de un solo año, y allí ofreciese a Dios piadosas oraciones por la concordia de los príncipes cristiano, la extirpación de las herejías y por la exaltación de la Santa Madre Iglesia, concedemos indulgencia plenaria, y así mismo misericordiosa remisión de todos sus pecados en el Señor. Además, a los dichos hermanos y hermanas que estén también verdaderamente arrepentidos y confesados, y reconfortados, por la Santa Comunión y fueren a la iglesia, la capilla, o el oratorio del mismo modo, en otros cuatro años feriados, o no feriados, o en los días del Señor elegidos por los mismos hermanos una sola vez, y aprobados por el Ordinario, como antes, y a los visitantes que oren allí mismo en el día que hiciesen esto, concedemos siete años y otras tantas cuarentenas del mismo, y cuantas veces, en verdad, con misas y otros divinos oficios recitados, en la iglesia, o en capilla, o en el oratorio, o congregaciones públicas, o privadas de la misma comunidad, donde quiera que se hiciesen, o recibieren pobres en hospitalidad, o arreglasen una paz entre enemigos, o la procurasen o hicieran que se arreglasen, o para aquellos que diesen sepultura a los cuerpos de los difuntos tanto hermanos como hermanas, o de otras personas, o, acompañasen a cuantas procesiones hayan de hacerse por licencia de los Ordinarios, y al Santísimo Sacramente de la Eucaristía, tanto en procesiones, como, cuando a los enfermos, o a otros, o donde quiera que se llevase o, si, impedidos, habiendo sido dada la señal para la procesión, dijesen una sola vez la oración dominical (el Padre Nuestro) y la Salutación Angélica (el Ave María) o recitasen cinco veces la misma oración y salutación de las almas de los hermanos difuntos, y así de los hermanos como de las hermana, o llevasen al camino de la salvación a algún descarriado, y enseñasen a los ignorantes los preceptos de Dios y las cosas que atañen a la salvación, o realizasen algún acto de piedad o caridad, tantas veces como efectuasen las obras predichas en cualquier parte, les rebajamos sesenta días de las penas impuestas a ellos, u otras penitencias debidas de cualquier modo, en la forma acostumbrada de la Iglesia. Tendrá vigor en los tiempos presentes, perpetuos y futuros. Sin embargo si les concediesen a los dichos hermanos y hermanas alguna otra indulgencia a perpetuidad, o duradera por un tiempo, aún no transcurrido, porque realizasen otros actos permitidos, queremos que éstas sean nulas. Para que si la mencionada hermandad se agregase a alguna Archiconfraternidad, o se uniese posteriormente, o se una, por cualquier fuerza u otra razón, o también de cualquier manera que se instituya; de ningún modo se les conceda otras cartas apostólicas que las presentes; y que por ello sean nulas.
Dada en Roma junto a Santa María la Mayor, bajo el anillo del Pescador, día 10 de abril de 1665, décimo año de nuestro pontificado.
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D. Juan Bautista de Cabrera, habitante de esta villa, inmediatamente después de renovada la posesión, nos donó tres mil ducados, con la condición de que anualmente, en las festividades de la Virgen de la Paz, de S. José y de S, Juan Bautista se celebrase una misa solemne; y también Dª María de Soto, nos regaló la casa, el huerto y el solar en el sitio donde se edificaría el nuevo convento. D. Cristóbal Ortiz, nos dio otras dos casas y otros benefactores varias limosnas. Finalmente, con estas limosnas compró el síndico allí mismo seis pequeñas casas, y se dispuso la morada en forma de un pequeño convento, para que los religiosos vivieran unidos, entre tanto se edificase la nueva iglesia y el convento, una vez excavados los cimientos. La primera piedra fundamental fue bendecida por nuestro Guardián, fray Francisco Morales, el día primero de junio de 1665, con la concurrencia de los dos cabildos, el eclesiástico y el municipal, y gran multitud del pueblo. Sobre el cimiento se levantó la primera pared de la Capilla Mayor.


Año 1669
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El 19 de febrero del año 1669, fray Salvador Aguayo, Guardián de este monasterio, con la comunidad, se trasladó al nuevo convento para habitarlo. Este Guardián, y sus predecesores, a saber, el recordado fray Francisco Morales, fray Antonio Albertos, y sus sucesores, es decir, fray Jerónimo Rus, fray Antonio Sánchez, fray Juan de Castro y fray Francisco Cantero, ya mencionados, ya con nuevas limosnas de nuestros benefactores, ya por el trabajo de los religiosos, consiguieron llegar al final de la construcción del cuerpo de la iglesia.
Año 1677
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En el dicho cuerpo de la iglesia terminado felizmente en febrero de 1677, el último de los guardianes mencionados, entronizó solemnemente el Santísimo Sacramento de la Eucaristía el día primero de mayo del mencionado año.
Nuestra Provincia, recordando las grandes limosnas hechas por el presbítero D. Juan Bautista de Cabra, para la construcción del convento y la iglesia, le concedió a éste el Patronato de la Capilla Mayor. Nuestro síndico, actuando según derecho, el primero de mayo de 1677, le confirió la posesión de dicho patronato, que retuvo a perpetuidad para sí y para su alma. El 18 de septiembre del año siguiente, 1678, por haberle dado nuestra Provincia gratuitamente el Patronato, donó a este convento, mediante escrituras públicas, una renta de trescientos ducados anuales a perpetuidad. En justa correspondencia a esta magnanimidad, se le concedió a él, a perpetuidad y diariamente, una misa leída y otra solemne con oficio divino, dentro de la octava de los Fieles Difuntos, y nueve misas solemnes que se celebrarían en los días inmediatos a su fallecimiento, y tendrían lugar en este convento y en los restantes de la Provincia.
Año 1678
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El 3 de agosto de 1678 se celebró en este convento un capítulo provincial, presidido por nuestro Reverendísimo P. Fray José de Samaniego, Ministro General. El día 15 de julio de 1684, se celebró otro capítulo provincial que lo presidió nuestro Reverendísimo P. Ministro General, fray Marco Zarzosa. Así mismo, finalmente el tercer día de noviembre de 1717, asistió como presidente a la asamblea general celebrada en este convento nuestro Reverendísimo Ministro General, fray José García, en la actualidad, obispo de Sagunto. Este monasterio se congratula por haber tenido el honor de haber sido residencia capitular y porque en todos los Capítulos provinciales celebrados en él asistiese, el Reverendísimo Ministro General que hubiese en el momento.
Años 1679 y 1680
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En el capítulo provincial celebrado en Granada el 13 de noviembre del año 1663, fue confirmado el siguiente decreto:
“Además todo el Capítulo Provincial decreta que los rescriptos, o los instrumentos auténticos de los capítulos, conseguidos por pactos o concordias, o los acuerdos con eclesiásticos o seglares, para que tengan fuerza, consistencia y firmeza, han de ser respaldados ante testigos y autentificados por la firma de un notario público o un notario apostólico. Sin embargo, cualesquier instrumentos, que con la misma solemnidad fueren exhibidos por un solo ministro provincial, aunque el mismo ministro testificase que él tenía unánime consenso de todo el Definitorio, no tendrá ninguna fuerza, validez ni consistencia”. Fray Gaspar García Ministro Provincial, fray Francisco Morales, Padre Definidor, Fray Andrés de Alarcón, Guardián, fray Ildefonso de Montealegre, Definidor, fray Salvador de Robles, Definidor, fray Diego Pérez, Definidor.
Y como se hubiesen suscrito unos pactos, en el mencionado año en esta villa y en 1668 en Villacarrillo, entre el clero de una y otra ciudad y nuestra comunidad, sólo autorizados por escritos del Provincial existente en el momento, por impedimento de nuestro derecho, pero sobre todo por la subsiguiente malicia de los clérigos, nuestra Provincia a principio de 1679, promovió pleito por medio de fray Fernando de Villadiego ante la Sagrada Congregación de Reglas, sobre la confirmación del decreto emitido, y sobre la nulidad en el consenso de cualesquiera de las convenciones comenzadas por un solo Provincial. La Sagrada Congregación decretó, el 16 de julio de 1679, que fuesen oídas las partes.


15
Entre las acciones a ser presentadas por ambas partes, nuestra Provincia el 23 de febrero de 1680, reunida en Capítulo intermedio, confirmó el siguiente decreto:
“En el mismo día mencionado, 23 de febrero de 1680, tomando suyas las sesiones capitulares del Definitorio, confirmó el decreto en el siguiente estatuto. Según consta en la pagina 17 del libro Capitular de esta Provincia de San Antonio de Padua se decretó en el Capítulo Provincial, celebrado el 23 de octubre de 1663, en el convento de Granada, que, para que tengan firmeza y subsistencia los acuerdos de las capitulaciones o concordias concertadas, ya con eclesiásticos, ya con seglares, deben ser refrendadas unánimemente de común acuerdo por el Definitorio en pleno y sin que nadie discrepe, y que se suscriban con la auténtica solemnidad del Derecho, pero si, los predichos instrumentos, aunque auténticos, están respaldados con el apoyo, el juramento y beneplácito sólo del Ministro Provincial, es lícito su testimonio, pero no tendrá validez ni consistencia, a no ser que todo el Definitorio preste su pleno consentimiento a tales instrumentos; por lo cual, tales instrumentos nunca tendrán vigor, si se opusiesen al derecho de nuestra Provincia y parezcan propicios e inconvenientes a la sanción antigua y presente de la recta constitución, deben ser relegados definitivamente”. Y de tal manera, deseando el Definitorio antedicho que subsistiese esta recta o idónea constitución o determinación con absoluta firmeza, para que nunca aquellos pactos de concordia o capitulaciones dichos, se hagan con validez auténtica, a no ser con madura y necesaria deliberación y consejo suficiente, solemnemente decreto: “Que se exijan transcripciones íntegras y suscritas por Notario Público o Notarios Apostólicos, no sólo de esta sanción, o determinación hecha por el presente Definitorio, sino también de otra presentada por todo el Capítulo Provincial, y de esta manera se presente ante la Sagrada Congregación de Obispos, solicitando la confirmación de la misma por la Congregación de los Regulares. Obtenida la cual se expondrá humildemente con enviados a la Santa Sede Apostólica, a efecto de obtener su firmeza para que todas las premisas fortalecidas por el patrocinio de la confirmación Apostólica, permanezca con más firmeza y se conserven con más exactitud. Por lo cual, tanto esta última sesión, como las restantes de este capítulo intermedio fueron terminadas y suscritas con sus propias manos, en el mismo día, mes y año, ut supra”. Fray Pedro de Córdoba, Lector de Sagrada Teología, Ministro Provincial actual; fray Ildefonso de Segura, Padre y Definidor; fray Salvador Aguayo, padre y Definidor; fray Francisco López Guardián y Lector de Sagrada Teología; fray Antonio Albertos, Definidor; fray Antonio Matamoros, Definidor.

16
Mientras se ofrecían por nuestro Procurador todas las acciones acerca de la confirmación del mismo, tuvo lugar en esta villa de Priego la muerte de Dª María de Ortega, que había manifestado su voluntad de ser enterrada en la Iglesia de nuestro Convento. Pero el Vicario y el Presbítero de dicha villa, de ninguna manera consistieron autorizar el registro del cadáver. Sin embargo, procuraron enterrarlo a modo de depósito en la Iglesia parroquial, después de despreciar las muchísimas interpelaciones hechas por parte del Padre Guardián sobre el registro oficial del cadáver y por la observancia de los decretos de la Sagrada Congregación de Ritos de Urbano VIII, sobre el modo de registrar cadáveres y de celebrar sus funerales. Alegaban que tales decretos no se referían a ellos, y que en la concordia iniciada entre el clero de esta villa y la Comunidad, para que la fundación ad hoc, se transfiriese de la ermita de S. Luís a la de S. Pedro, fuese éste uno de los conventos, en los que cuantas veces que cualquiera de nuestros religiosos difuntos, hubiesen de ser sepultados en nuestra iglesia, los clérigos no sólo habrían de llevar el cadáver, sino también celebrarían las exequias ellos mismos bajo la propia cruz, y mas aún, aunque asistiese nuestra Comunidad, ellos también precederían al Guardián. Como quiera que nuestro Presidente se opusieran válidamente a las concordias relatadas, ya porque eran totalmente lesivas y contrarias a los derechos y privilegios concedidos a nuestra Orden; ya la dicha concordia referida era nula e ineficaz por defecto de autoridad; ella misma fue, pues, recogida por fray Francisco Morales, primer cenobiarca por potestad a él atribuida por el Ministro Provincial con el consentimiento del Definido, para que la redujese, según la forma de los Sagrados Cánones. Y, finalmente porque oponiéndose a los decretos ya mencionados de la Provincia, los clérigos retuvieron hasta entonces el cadáver consignado. Pero presentado, sin embargo, recurso ante el señor Nuncio, el día 22 de octubre del referido año 1680, éste decretó que fuese trasladado el mencionado cadáver a nuestra iglesia por los mismos clérigos, y que, retenido por derecho regular, fuese enterrado por los hermanos.

17
Mientras nos dedicamos a relatar aquí este litigio, por dos decretos de la Provincia antes mencionados vistos por la Sagrada Congregación de Reglas, ésta decretó el 6 de septiembre de 1680 que debía ser retenida su ejecución y observancia, y declarar nulo lo que a ello se opusiese. Por lo cual el mismo Eminentísimo Cardenal Cybo, protector de la orden Seráfica, dicto sentencia el 5 de septiembre del mismo año, acerca de los mismos decretos referidos que le envió la Congregación, declarando que debería de conservarlo. Y finalmente en el 8 de noviembre del dicho año, Inocencio, XI, confirmó los decretos enviados y su firme observancia en el siguiente escrito:
INOCENCIO XI
Para perpetua memoria.
Hace poco, por parte del querido hijo Fernando de Villadiego y Peralta, hermano expresamente profeso, y procurador en la Curia romana de la Provincia de S. Pedro Alcántara, en España, de la Orden de los Hermanos Menores de S. Francisco de la más estricta observancia, o de los llamados Descalzos, en nombre de la dicha Provincia de la Congregación de nuestros venerables hermanos, S.R.E. en los asuntos de los Cardenales, en deliberaciones de los obispo, en la propuesta de los Regulares, hizo exposición que cierto libros de Actas, y decretos de capítulos provinciales de los intermedios de las congregaciones, y de las asambleas particulares, constaba un decreto del Definitorio de la antedicha Provincia, del Capítulo Provincial celebrado en el convento granadino de S. Antonio de Padua, en el día 20 de octubre de 1663, registrado en el folio 17, cuyo texto es el siguiente:
“Además, todo el Capítulo Provincial decreta que los rescriptos, o instrumentos auténticos de las capitulaciones de los pactos de las concordias exhibidas, o que se hayan de hacer con los eclesiásticos o con los seglares para que tengan fuerza, consistencia y firmeza, se exhiban con la autoridad y consenso de todo el Definitorio ante testigos, bajo respaldo de notario público o en la suscripción del notario apostólico. Sin embargo, cualesquier instrumento, que con la misma solemnidad y por sólo el Ministro Provincial fueren exhibidos, aún si testificase en el mismo ministro, y él tuviese para esto consentimiento unánime de todo el Definitorio, no tendría ninguna fuerza, validez ni subsistencia”. Fray Gaspar, Ministro Provincial, fray Francisco de Morales, Padre y Definidor, fray Salvador de Robles, Definidor, fray Diego Pérez, Definidor, fray Andrés de Alarcón, Guardián, fray Ildefonso de Montealegre, Definidor.
Y, de igual forma, en el antedicho libro, en el folio 160, se encontraba otro decreto en el día 23 de febrero de 1680, redactado del siguiente tenor: “En el mismo día referido anteriormente, 23 de febrero de 1680 enlazando sus sesiones capitulares, el Definidor redacta en esta novísima el siguiente decreto o estatuto: “Como consta del libro capitular de esta Provincia, página 17, el Capítulo Provincial celebrado en el convento de Granada de San Antonio de Padua el día 20 de octubre de 1663, decretó que las patentes y cartas auténticas de las capitulaciones o concordias, ya con los eclesiásticos, ya con los seglares, para que tengan firmeza y consistencia, se firmarán por el Definitorio en Pleno sin que nadie discrepe, y aceptadas unánimemente, se escriban con la solemnidad auténtica de derecho. Pero si los instrumentos antedichos, aunque auténticos, estuviesen refrendados solamente por el placito, el juramento y la firma del Ministro Provincial, se permite que él mismo testifique que todo el Definitorio haya prestado su consentimiento con respecto a lo antedicho, pero serán nulos e inválidos. Por lo cual los instrumentos exhibidos de este modo, aunque pudiesen oponerse al derecho de nuestra Provincia, y su presente y antigua sanción, o recta constitución y parezcan afectados de inconveniencia, aún por oposición han de ser desestimados, y de tal manera deseándolo vivamente el Definitorio predicho, decretó que esta recta o idónea constitución o determinación subsistirá con omnímoda firmeza, para que nunca aquellos pactos de concordia o de capitulación predicha se hagan sin la madura y necesaria deliberación y el consejo y suficiente solemnidad. Porque tanto el presente Definitorio, como de otra exhibida por todo el Capítulo Provincial, se demandarán muestras o transcripciones íntegras y suscritas por el Notario público o el Notario Apostólico, y de tal manera, serán presentadas ante el Señor Obispo y Congregación de Reglas, solicitando su confirmación; obtenida ésta, se expondrá humildemente con las premisas de la Santa Sede Apostólica para obtener fuerza, para que subsistan con más firmeza todas las premisas reforzadas con el patrocinio de la confirmación Apostólica y se conserven más exactamente. Por lo cual, esta última sesión, como fuere la última que quedaba del Capítulo intermedio, fue suscrita personalmente en el mismo día, mes y año antedichos. Fray Pedro de Córdoba Lector de Sagrada Teología y actual Ministro provincial, fray Ildefonso de Segura, Padre y Definidor, fray Salvador Aguayo, Padre y Definidor, fray Antonio Matamoros, Definidor”. Y por tanto, por parte del dicho Fernando, procurador de la antedicha Congregación de Cardenales, se suplicó que confirmase de esta manera los decretos provinciales; la misma congregación de Cardenales, se suplicó que confirmase de esta manera los decretos provinciales. La misma congregación de Cardenales por su decreto emanado el día 6 de septiembre próximo pasado, atenta a las premisas por la relación de nuestro venerable hermano Alderano, obispo de Tusculano, y de los mismos S.R.E.C. mencionados, del Cardenal Cybo, de la antedicha Orden, ante Nos, y ante la Sede Apostólica, pedida confirmación del Protector de la Provincia antedicha, la concedió benignamente y remitió sus observancia y ejecución al arbitrio y prudencia del mismo obispo Alderano, del Cardenal y del Protector; el cual inmediatamente, por la autoridad atribuida a él por la antedicha Congregación de Cardenales, publicó un decreto cuyo texto es el que sigue:
“Alderano. Obispo de Tusculano y el mismo S.R.C. Cardenal Cybo, mencionado protector ante la Santa Sede de la Orden del Seráfico S. Francisco, de la cual, a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares le plugo aprobar y confirmar los retroscritos decretos y encomendar a nuestra protección su ejecución y observancia: Nosotros por la autoridad de la misma Congregación y por los nuevos Superiores de la antedicha Provincia existentes actualmente, prescribimos y mandamos rigurosamente en lo referente a los decretos antedichos que observen fielmente su tenor y lo ejecuten en los tiempos venideros a perpetuidad y hagan que sea observado y seguido por todos los demás, para que no se atrevan ni intenten bajo cualquier pretexto infringir, mudar o, de cualquier modo diverso, interpretarlos, y sin consultarlo con Nos o con el protector de la Orden existente en su momento, o permitan que por otros sea cambiada, infringida o retocada por diversa interpretación, bajo las penas contra los contractuales de privación de oficios, de voz activa y pasiva, y de ser infringidas por otros y nuestro arbitrio y del Protector existente en el momento”. En Roma el día 11 de septiembre de 1680, por el Cardenal Protector Cybo. Hay un sello en su lugar.
Sin embargo, como el antedicho Fernando, procurador, hizo que fuese expuesto a nosotros para que más firmemente subsistan las referidas premisas y con más exactitud se conserven y en gran manera deseare que se reforzasen con el patrocinio de nuestra confirmación apostólica: Nos, con los deseos del mismo procurador Fernando, queriendo, en este asunto cuanto, con el Señor, podemos permitir favorablemente, librar a él de cualquier tipo de excomunión, suspención y entredicho y de otras sentencias eclesiásticas, censuras y penas de Derecho y de cualquier ocasión por hombre, o causa de fuerza si, de cualquier manera, está ligado por ellas, para conseguir el efecto de los presentes, absolviendo por la serie de éstos, y juzgando totalmente lo que ha de ser. Nos, inclinados a las súplicas presentadas humildemente en nombre de éstos, preinsertados por la mencionada Congregación de Cardenales, los dos decretos provinciales confirmados, como se pide, aprobamos y confirmamos asimismo el preinserto decreto, emanado por la autoridad apostólica del antedicho Cardenal Obispo y Protector Alderano a tenor de los presentes y añadimos a ellos la robustez de la inviolable firmeza Apostólica, y reparamos a todos y a cada uno de derecho y defectos de hecho, si alguno incurriesen de cualquier manera. Decretando que estas mismas permanezcan siempre firmes, válida y eficaces, y que serán y lograrán y obtendrá sus efectos íntegros y plenarios y para aquéllos a los que se refiere, y por el tiempo que en cualquier momento se referirá, los apoyarán plenamente, y así serán juzgados en las premisas, por cualquiera de los Jueces ordinarios, y delegados, y aún por los Auditores de causas del Palacio Apostólico, y deberá ser considerado nulo y sin valor, si ocurriese de otro modo y por cualquier autoridad se atentase consciente o inconscientemente. No obstante las constituciones y ordenaciones Apostólicos y hasta tanto dure la obra de la Providencia y de la Orden de los predichos, aún por juramento y confirmación Apostólica, o por cualquier otra firmeza por estatutos confirmados y por costumbres y también por privilegios, indultos, y letras Apostólicas de cualquier manera concedidas, confirmadas y renovadas en contrario de los permisos. A todos los cuales y a cada uno de ellos presente plena suficientemente expresados e insertados, palabra a palabra, para que permanezca en toda su fortaleza y vigor, derogamos especial y expresamente a los demás y a cada uno de sus contrarios”. Dado en Roma, junto a Santa María la Mayor, el día 25 de octubre de 1680 bajo el anillo del Pescador, en el quinto año de nuestro Pontificado.
18 No obstante estos permisos a favor de nuestro derecho, los clérigos no se apartaron de su propósito de enterrar por ellos mismos a los seglares difuntos en nuestra Iglesia; ciertamente aún en el año 1683, han resucitado más violentamente el mismo pleito en varios tribunales y todavía persiste sub judice en la Curia Romana.
19
En este mismo año las ciudades limítrofes a esta villa ya padecían la nefasta segur de la peste; por lo que por el temor del mortífero calor, aquí comenzó a retraerse el comercio como si se tratase de un lugar infectado. Luego se detuvo un poco el avance del contagio, pero el día tres de julio del mismo año, el primer brote llegó a la casa del licenciado D. Juan Ramírez, cura párroco de esta villa, causando estragos en breve espacio de tiempo, porque murieron cinco personas junto con el mismo párroco. Desde allí atacó a toda la villa, y rápidamente en cuatro días se extendió del mismo modo que un incendio voraz. No fue ciertamente leve, pues esta formidable adversidad removió los fundamentos de manera que se creía que, enterrando las ropas infectadas, se libraba la casa. Esto estuvo claro a los ojos de todos, de tal manera que, ¡por Hércules!, estaba lejos de toda duda. A esto se añadió la diligencia del alcalde, pues en efecto, se descubrió que N. Blanco natural de esta villa, había introducido en más de una ocasión partidas de paño, lino y otras mercaderías contaminadas por la peste. Así pues, D. Luís del Puerto y Mesa, alcalde de esta villa y todo el cabildo municipal, haciendo frente a tan enorme y terrorífico mal, habilitaron diligentemente un hospital común para los infectados en el barrio de la Cañada; y el veinte de julio del mismo año 1680 se reunieron en él a todos los contagiados por el mal y se solicitaron de nuestro Prior, Fray Fernando Navarro, religiosos que sirviesen y consolasen espiritualmente a los enfermos. Todos los hermanos con fervientes ruegos se ofrecieron para realizar esta gran labor de caridad. Sin embargo, solamente fueron elegidos de entre ellos, tras madura y sopesada deliberación, fray Francisco Rojas, lector de Teología moral, Pedro Martínez, predicador, Juan Martínez, Jacinto Serrano y Diego de la Fuente, legos; Gaspar Martínez y Diego Martínez, postulantes. Todos los cuales se mantuvieron firmes sucesivamente en todo tipo de obras de caridad, junto a los infectados por la peste, hasta la total desaparición de la misma. A todos, excepto al lector los atacó el contagio, aunque solamente murieron los siguientes:

20
Fray Juan Martínez, lego, hijo de Bartolomé Martínez y Ana de Vega, nació en Alcalá la Real, fue destinado al convento de nuestra provincia de Granada el 19 de febrero de 1672, se entregó sin cesar con todas sus fuerzas a los rigores de prodigar su alma en el altar de la caridad, una y otras vez, de rodillas delante del Prelado, con abundantes lágrimas y repitiendo sus súplicas impetraba de su superior su bendición para llevar su personal ayuda a los que sufrían el mortífero ardor de la peste. Muchas veces el Prelado le negó su permiso, porque fray Juan era un arquitecto insigne y muy útil para la Provincia. Pero ¡oh divinos juicios que discurren tan lejos de nuestro entendimiento!, pues pareció que Dios permitía que se le concediese el permiso a tan constante alumno; ya que, lo que el Superior rechazaba en lo más íntimo de su ser, de repente fue movida su lengua para que en su exterior le diese su consentimiento y bendición. Con esta venia del cielo, el doce de agosto del referido 1680, se consagró con fervor a los miserables apestados desde donde, infectado también por él contagio letal, a los seis días de la referida fecha, aguardó la muerte con agrado. Su cuerpo yace honoríficamente sepultado en nuestra iglesia.



21
Fray Diego de la Fuente, lego, nacido en Granada, hijo de Diego de la Fuente y María de Zamora. Habiendo tomado el hábito seráfico en agosto de 1676, de tal manera resplandeció por el candor de sus costumbres, que parecía que en él no se daban las huellas del pecado de Adán. A fuerza de lágrimas consiguió que el Superior le permitiese dedicarse a los que sufrían la peste. De tal manera hizo patente su ferviente caridad con todo tipo de cuidados a los consumidos por la enfermedad que éstos no se aterrorizaban por ningún miedo a la muerte y él mismo estrechaba contra su cuerpo a los desgraciados enfermos. Con sus propias manos los depositaba en el lecho y los limpiaba, y llevaba sobre sus hombros a los difuntos para enterrarlos, hasta que él mismo, infectado por el contagio, murió el doce de agosto del citado año. Su cadáver fue sepultado en nuestra iglesia con funerales solemnes y gran concurrencia de fieles.

22
Fray Pedro Martínez, predicador, nacido en Granada, hijo de Antonio Martínez y Ana de Mora; inició el noviciado de la milicia franciscana, en nuestro convento de la misma ciudad el 12 de enero de 1656, instruido en las costumbres religiosas y separado de la vorágine del siglo, se mostró como un claro ejemplar de virtudes. Pero por el ardor de la caridad, con constantes lágrimas, con apremiantes esfuerzos, que ponían de manifiesto su grandeza de alma, consiguió del Padre Guardián, licencia para dedicarse, con sus oficios piadosos, a los infectados. El día veintinueve de julio se dirigió, lleno de gozo al Hospital de los contagiados; aplicando todo su enorme esfuerzo a las almas de los que estaban a punto de morir y curando a los enfermos. Él mismo también fue atacado por el contagio el cuatro de agosto del referido año. Percibió su muerte, con anterioridad; pues en las exequias del referido Fray Diego de la Fuente, como el superior le dijese a él, que estaba próximo al cadáver “Pedro Martínez no se acerque tanto al difunto”; le respondió: “poco importa, hermano Guardián, pues detrás de éste, yo seré el primero en marchar y hasta el día del juicio final seré su fiel compañero en el sepulcro”. Así ocurrieron todas las cosas.

23
Fray Diego Martínez, donado, fue trasladado a nuestra Patria de la provincia napolitana descalza de S. Pedro de Alcántara, donde tomó el hábito. Este fue un hombre al que nadie vio nunca cambiar de modo de ser, entregado a la oración, al silencio y a la penitencia, y de tal manera sujeto de forma eximia a la obediencia, que entre el mandato del Superior y la puesta en marcha de su voluntad, presta a obedecer, nunca hubo alguna demora o realizó algún comentario crítico. Él se entregaba más contento que nadie a la feliz meta de la perfección. Ésta se le presentó con la máscara del horrendo contagio, y, como se hubiese entregado espontáneamente al servicio de los afectados, también sucumbió bajo la segur de la nefasta peste el 16 de agosto del mismo año. Fue enterrado en el mencionado sepulcro de sus hermanos.
Aunque sin embargo durante los tres meses siguientes, o sea, septiembre, octubre y noviembre, la peste, todavía igualmente funesta, pero ya disminuida, siguió extendiéndose; sin embargo finalmente ninguno de nuestros hermanos, además de los mencionados, encontró la muerte, o se vio sujeto al contagio. De donde fue digno de crédito que el deceso de este donado fue un signo de salud para los religiosos, pues cesó definitivamente para nuestros hermanos.

Año 1681
24
En el día de la Purísima Concepción del citado año de 1680, hasta tal punto la peste se hallaba extinguida por todas partes, que en el hospital no quedaba ningún enfermo. Al año siguiente 1681, el día 16 de febrero todo el pueblo se lo dedicó como fiesta en una celebérrima acción de Gracias a la misma Inmaculada Madre de Dios, en cuya procesión, tres hermanos que habían sobrevivido a la epidemia, de entre los que asistieron a los apestados mencionado, fueron distinguidos para que llevasen distintos atributos rituales en la procesión, a saber, fray Francisco de Rojas el estandarte, y fray Jacinto Serrano y fray Gaspar Martínez los flecos de la orla. En este mismo día ocurrieron dos portentos. El primero: como hubiese caído, sin interrupción durante todo el día y la noche anterior a la referida celebración, una lluvia de tal manera abundante, que parecía que se habían abierto las cataratas del cielo, al llegar la mañana, las calles aparecieron secas de repente. Segundo: a la hora tercia del mismo día, viniendo del convento una solemne procesión, por la tarde y habiéndose entretenido largo tiempo, todo el mundo observó que el sol envió a este pueblo su resplandor durante dos horas después de su ocaso.
25
En señal de gratitud al gran Misterio de la Purísima Concepción, el alabado alcalde D. Luis del Puerto y Mesa, con todos los regidores de esta villa, a manera de cabildo, el día ocho de junio de 1681, hizo públicamente en nuestra iglesia y en presencia de nuestro guardián, fray Bernardo Navarro, voto de honrar y defender perpetuamente el Misterio de la Purísima Concepción. Queremos hacer unas aclaraciones. Primera el que, como desde el año 1679 este pueblo después de la peste, estuviese tan extenuado que se vendiese en ciento diez reales de vellón la fanega de trigo no obstante Dios proveyó a esta comunidad no sólo de lo necesario, sino que de tal manera la abasteció de bienes, que todos los días socorría a un gran número de pobres, que acudían a la puerta del convento; y además y de la misma manera se designaron diariamente tres religiosos del monasterio que distribuían limosnas en la plaza de la villa, ayudando a los necesitados. Segunda que, como la nefasta peste había caído con tanto furor sobre los vecinos, que el hospital no podía admitir ni un enfermo más, fue necesario asistir en sus propias casas a los pacientes. Apenas había casa que, de alguna manera, no sufriese la enfermedad, cosa que añadía a nuestras miserias de todo tipo gran abundancia de preocupaciones, no obstante, todos felices cantaron la gracia de haber quedado libres del aliento pestífero. Finalmente la tercera: después de este dicho año 1679, fray Lucas Fernández, lego, se dirigió por orden del superior, a la ciudad de Lucena infectada por la peste, a llevar vino. Herido por tres ganglios volvió con toda celeridad. Llamados el médico y el cirujano para curarlo, cuando conocieron con certeza la clase de enfermedad, abandonaron el convento y al enfermo. Confiando grandemente en los auxilios divinos, el Guardián se consagró al cuidado del enfermo. Por causa de la letal fiebre, le sobrevino al paciente tal furor que dos veces intentó tirarse de cabeza por la ventana, y ni los compañeros abrazándolo, frenaron el ímpetu enfurecido, tanto que, no siendo dueño de su espíritu, se hizo necesario amarrarlo. Por ser inexcusable el trato de los religiosos con el enfermo, quiso la Divina Providencia que ninguno de los hermanos sanos fuese atacado por tan gran soplo pestífero discriminatorio. Encomendada por el Guardián la curación del ganglio al mencionado fray Juan Martínez, devolvió al enfermo su vigor. Se admiraron todos de que después, al año siguiente, Dios misericordioso no consistiese que en nuestro convento se originase el nefasto flagelo de la peste, tan gran mal y tan feroz contagio para los que ya habían sufrido tanto en este pueblo.
26
Los del pueblo agradecidos a nuestra mencionada caridad, ya para con los afectados por la peste, ya de forma más silenciosa para con los pobres, determinaron todos juntos reconstruir la Capilla Mayor. Y para que no se demorase excesivamente, trabajaban diligentemente, aún los días festivos, con permiso del Obispo. Estando ya próxima su terminación, se derrumbó totalmente, salvo una pequeña parte. El lego fray Juan de Aranda, en su paso por este convento, predijo esta ruina, más de una vez. Sin embargo, en cierta ocasión, aparte de otras, le había sido revelado por Dios a este varón, que en el derrumbamiento de la Capilla, no moriría nadie. Se le aparecieron San Pedro Apóstol, revestido de Pontífice, nuestro Seráfico Padre Francisco y otros Santos de nuestra Orden, y S. Pedro, accediendo a las súplicas del lego, lo bendijo como premio a su elevado nivel espiritual. Con ocasión del derrumbamiento de la iglesia, el hermano Guardián y el convento tasaron la cantidad por la que debía de ser edificada y realizó la tasación el arquitecto Juan Trujillo Moreno por 84.592 ducados, el 6 de diciembre del año 1681.
Año 1683
27
Por opinión de los arquitectos se determinó que la obra se había derrumbado por fallo de los cimientos. El alabado Guardián fray Matías de Chaves, consiguió doscientos ducados del ministro Provincial fray Francisco Iravedra, en el año 1682, tres mil reales de Ildefonso González Parra, el 14 de febrero de 1683, y otras cantidades aportadas totalmente de forma libera, y en el mismo rudeto reforzó los cimientos y quedó terminada el 3 de diciembre de 1683.
Año 1684
28
El 17 de febrero de 1684, con las facultades y proposiciones del Ministerio Provincial fray Francisco Iravedra y del Definitorio, fue constituida, con ciertas condiciones, en nuestra iglesia, por el mencionado Guardián Chaves, cierta plausible Hermandad en honor de la Bienaventurada Virgen María, bajo la advocación de la Soledad. Como el día 16 de agosto del mismo año, el moderador de la Provincia, fray Ildefonso de Segura, con el Definitorio, concediese a la Confraternidad, que entre ella y la comunidad del convento, además se iniciase familiaridad, el 16 de septiembre del antedicho año, ratificadas públicamente las escrituras, de tal manera fue grande el mandato para la ejecución de los siguientes pactos principales (omitimos otras muchas cosas), a saber: los compañeros de una y otra parte deberían realizar recíprocamente ciertos sufragios por los difuntos. Los cofrades seglares habían de erigir en nuestra iglesia un capilla para el culto de sus difuntos bajo la supervisión de los religiosos, pero había de ser adornada a perpetuidad por cofrades elegidos de entre los seglares, con los exornos pertinentes, habrían de aportar mil reales para la magnificencia de la referida capilla y habrían de celebrar una solemne novena anualmente, y exaltar el último día, en asamblea y a sus propias expensas a la bienaventurada Virgen, y finalmente asistir anualmente a nuestra iglesia en la festividad de nuestro Seráfico Padre. En años siguientes 1699 y 1707 acerca de la variación de algunos pactos iniciados, subrogación y adición de otros, los referidos cofrades seglares, ya por discordias, ya en varios juicios fueron muy duros con la comunidad; además habiendo alegado el Guardián fray Luis Tortosa, por mandato del Moderador de la Provincia, fray Juan Cebrián, como reclamación jurídica, por el Ilustrísimo Doctor D. Antonio Félix Zondadari, arzobispo de Damasco, Nuncio en los reinos menores de Occidente, el Nuncio pidió las Actas y dictó sentencia a nuestro favor el 13 de agosto de 1707. Por la cual, a causa del olvido de los referidos mandatos, el 12 de diciembre de este año iniciaron una nueva concordia, con pocas innovaciones, en la cual continúa la Hermandad. Sin embargo, después, en el año 1724, en un lugar de nuestro huerto, cedido a ellos por la Provincia en el año 1694, comenzaron a levantar a sus propias expensas una capilla mayor, con su sagrado camarín para la Bienaventurada Virgen, la cual hoy día está lejos de acabarse.
29
Fray Juan Romero, lego, hijo de Andrés Romero y de Eleonora Gutiérrez, natural de la Villa de Palma, proveniente de la provincia de Sevilla adscrito el 9 de febrero de 1656, en las filas seráficas de nuestro convento de Granada, en el humilde estado de los conversos, dedicó sus fuerza a todo género de virtudes, desde una ardiente caridad, admirable paciencia y una humildad no vulgar, alcanzó conspicuo la total pobreza. Consagró su trabajo además a la obediencia y a los esfuerzos espirituales y, de tal manera, al trabajo corporal que nunca se encontraba ocioso lo más mínimo. Finalmente, lleno de méritos, falleció en este convento de Priego el diez de julio de 1.684, en cuya iglesia descansa su cuerpo.
CAPITULO III
Se encomienda la narración de los hechos de cinco siervos de Dios. Se citan las obras de un escritor. Se repasarán algunos hechos admirables y cierto suceso digno de temor. Entronización de la Sagrada Eucaristía en la parte más importante de la Sagrada Capilla recién terminada de nuestra iglesia. Se celebra la canonización de S. Pascual. Se relatan dos legados, la dotación de una lámpara, sagrado recuerdo de una limosna considerable. Se constituyen dos patronatos. Se instituye la confraternidad del divino Pascual. Se insertan tres Breves a favor del privilegio de los altares. Se erige la venerable Orden Tercera. Se celebra un gran culto a la bellísima imagen de Virgen Inmaculada. Y finalmente se construyen un precioso camerino para ella.
AÑO 1689
30
Fray Matías Quijano, predicador, nacido en la villa de Cieza, del obispado de San Andrés (vulgo Santander), hijo de los señores José Quijano y María Andrea, adscrito a nuestra familia de Granada el 3 de junio de 1676, resplandeció no poco en las virtudes, inflamado en un celo ardentísimo por las almas, dedicándose continuamente a la salvación de ellas para recompensa de la comunidad, y la administración del Sacramente de la penitencia. Aportó con estos piadosos ejercicios gran provecho a muchas almas. Se impuso un silencio perpetuo. Sin embargo sólo interrumpía, por necesidad, algunas veces para hablar exclusivamente del Reino de Dios y por utilidad espiritual para los oyentes. Sufrió ingentes vejaciones y no respondió a los ultrajes, orando en cambio por sus perseguidores. Finalmente el 16 de abril de 1689 entregó su alma a Dios. Todos se condolieron por él, clamando por pérdida de tan humilde y gran varón apostólico. Descansa en nuestra iglesia.
31
El 21 de mayo de 1689, el Guardián fray Ildefonso Leones, mandó romper las campanas de la torre para fundirlas nuevamente. La fundición se efectuó en un caldero expuesto al fuego durante cuatro horas y media para librar al bronce de cualquier impureza. Finalizada la operación, se comprobó que tras haber hervido durante tanto tiempo, no faltó ni un gramo, cosa que no está lejos de ser un milagro. Son testigos bajo juramento los fundidores. A éste se le añade otro prodigio de la Divina Omnipotencia. Encontrándose la capilla Mayor próxima a su terminación, por segunda vez, por conmiseración de nuestro Patrón y nuestros benefactores, cierto operario, llamado Ildefonso Álvarez, el 19 de julio del referido año, cayó de cabeza desde ocho metros de altura, golpeándose fuertemente contra un madero, fue lanzado contra los escalones de una fosa sepulcral, distante siete metros de la viga referida; cosa admirable, se incorporó totalmente ileso y reanudó nuevamente su trabajo.
Año 1690
32
El 15 de abril de 1690, el dicho Guardián Leones vio totalmente terminada la capilla, y en ella colocó, el 15 de mayo del mismo año, el Venerable Sacramento de la Eucaristía, con seis solemnes celebraciones.
33
Fray Salvador Aguayo, predicador, hijo de Salvador Aguayo, y de Doña Magdalena Suazo, y de la patria del exprovincial lojano. El 19 de septiembre de 1649, en la Provincia, aún no dividida, tomó el seráfico hábito en el monasterio de Granada, en el que vivió. Con ardor se entregó a la humildad, la paciencia, la caridad y a una total separación del siglo. Actuando ya como Moderador de la Provincia, ya en otras prefecturas, de tal manera se portó con benignidad para con sus súbditos, no sólo de palabra, sino de obra, de forma que fue muy querido por todos. Ya como superior, ya como súbdito, se preocupó con un celo esforzado por la integridad de las Reglas y la reforma de las costumbres. El cinco de diciembre de 1690 elevó su espíritu a Dio. Su cuerpo fue hallado en su lugar de descanso después de veinte años de haberlo enterrado allí, incorrupto y exhalando su suave olor. Después de veinte años fue reconocido de nuevo cuidadosamente y se descubrió el mismo prodigio. En el primer reconocimiento la túnica, al leve tacto de un dedo, se convirtió en cenizas. En el segundo sus pantalones de tal manera se conservaban intactos (como signo de su santidad) que parecían nuevos. Todos advirtieron con admiración el mismo privilegio de la secreción de la nariz, hallada en la manga del hábito del difunto. Esta mucosidad la conserva como reliquia Dª Agustina Quiroga y Ovando, hasta el día de la fecha.
Año 1691
34
En el año 1691 el Guardián, Fray Bartolomé Muñoz, celebró, por mandato del Ministro Provincial, Fray Francisco Jaymes, a expensas de los bienhechores, la canonización de San Pascual Bailón, con un solemne octonario de la comunidad y fiestas populares junto al convento.
Año 1692
35.- El día del domingo de Pascua de Resurrección de 1692, falleció nuestro alabado Patrón, el presbítero D. Juan Bautista de Cabra, quien el 8 de septiembre de 1678 había dispuesto que su testamento fuese refrendado por notario público y de nuevo había confirmado lo mismo el 20 de abril del referido 1692. Como hubiese legado a este convento dos cortijos y algunos predios (sobre los cuales y sus réditos, así como de los orígenes de su beneficios hicimos mención en el capítulo 1-12 de esta historia) bajo la administración de nuestros síndicos, con la condición sin embargo de que sus beneficios se aplicasen a perpetuidad para aceite y hábitos para nuestros religiosos, y que esto se ejecutase sin consultar siquiera a los hermanos; abierto el testamento después de su muerte, nuestra Provincia denunció de derecho jurídicamente esta disposición como discordante con las Reglas. El sobrino de éste docto difunto don José de Cabra, fue designado heredero de las antedichas facultades, quien, lejos de destinar jamás alguna cosa para nosotros por obligación, presentó demanda ante la Real Chancillería de Granada. Interpuesto recurso por nosotros, ya a la misma Chancillería, ya antes el Ilustrísimo Doctor D. Antonio Pimentel Ponce de León, abad mayor de Flavia Aruense (vulgo Alcalá la Real), se resolvió que cualquiera que fuese determinado posesor de la fortuna, cada año y a perpetuidad debería entregar a este monasterio mil reales a modo de limosna. Fueron traspasados estos bienes al mencionado D. José de Cabra bajo esta carga añadida; éste persiguió por todos los medios ser nombrado Patrono de este convento. Pero el Vicario Provincial, Fray Pedro Polanco, con el Definitorio, decreto bajo juramento el 10 de julio de 1699 que debería ser reconocida para la eternidad como patrona de este convento el alma del alabado D. Juan Bautista de Cabra. Y para que esto llegase a ser más firme, el 30 de abril de 1701 el dicho Polanco, ya Ministro en los capítulos intermedios estableció con el Definitorio que los títulos de gloria del mencionado Patrono, todavía no configurados por el convento, fuesen esculpidos en la puerta de la iglesia como signo de perpetuidad del Patronato.

36
Este mismo año 1692, por documento del referido ministro provincial Jaymes y con la aprobación del alabado Ilustrísimo abad Pimentel, siendo Guardián fray Bartolomé Muñoz, se instituyó cierta confraternidad en honor de S.Pascual Bailón en este convento, en la cual profesaron los jefes de los rebaños, los pastores y los hermanos de este cenobio, bajo diversas y recíprocas condiciones.


Año 1693
37
Fray Cristóbal de S. José, donado, del cual desconocemos su patria, sus padres y la fecha en la que ingresó en la Orden Seráfica, fue un hombre totalmente entregado a los rigores de la penitencia. Testimonios patentes de esta entrega al sacrificio corporal son los cilicios y cadenas con las que se encontró ceñido su cuerpo después de su muerte. Falleció finamente agotado el 25 de agosto de 1693, dejando tras sí una gran opinión sobre sus virtudes. Su venerable cuerpo descansa, esperando la venturosa resurrección, en cierto lugar destinado a sepultura común para los hermanos.
38
El 5 de diciembre de 1693, el Papa Inocencio XII, concedió el Altar de la Purísima Concepción, situado en nuestra iglesia, un privilegio de siete años, con el siguiente documento.
INOCENCIO PAPA XII

“Para memoria perpetua. Atentos por caridad paterna a la salvación de todos, honramos de cuando en cuando los lugares sagrados con los dones espirituales de las indulgencias, para que por esto las almas de los fieles difuntos puedan conseguir que por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y de los Santos, aplicados a ellas, su valor les haga conseguir, apartadas de las penas del Purgatorio, la vida eterna, por la misericordia de Dios. Queriendo pues honrar a la iglesia de S. Pedro Apóstol de la Orden de los Hermanos Menores de S. Francisco, de la más estricta observancia, de la villa de Priego, de ninguna diócesis, de la Provincia de Granada, en la cual no se encuentra concedido ningún altar privilegiado, y en dicha iglesia está situado el altar dedicado a la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, le conferimos este don especial, con tal que se celebren diariamente seis misas, por la misericordia de Dios Omnipotente, y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y por la autoridad a nos confiada. Que en cualquier momento, que cualquier sacerdote secular o regular, celebre en el antedicho altar una misa en el día de la conmemoración de los Fieles Difuntos, o en cada uno de los días dentro de su Octava, y ésta hubiese fallecido unida a Dios en caridad, la referida alma conseguirá del tesoro de la iglesia, indulgencia a modo de sufragio, de forma que se vea libre de las penas del Purgatorio, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y de la Bienaventurada Virgen María y de todos los Santos; lo contrario para aquellos que no se opongan a los que lo hagan; tendrá valor sólo durante siete años. Dado en Roma, junto a Santa María la Mayor, bajo el anillo del Pescador, día 27 de noviembre de 1693, año tercero de nuestro Pontificado”.
Año 1696
39
El 6 de noviembre de 1696 don José de Alcaraz Ordóñez en su testamento dejó un legado piadoso de nueve mil reales y una esmeralda de gran precio, para que nuestra biblioteca se surtiese de libros y para un retablo del altar mayor.
Año 1697
40
El día 17 de febrero de 1697, el anteriormente alabado ilustrísimo doctor Don Antonio Pimentel Ponce de León, abad de Alcalá la Real, retirado de los asuntos humanos, se instaló en esta villa y donó a este convento gratuitamente, y a su Guardián, el mencionado Muñoz, todos los bienes de su gran Oratorio, entre los que los más importantes que se hallaba era el radio (hueso) de S. Antonio de Padua. Como la iglesia abacial de Alcalá la Real hubiese secuestrado todos los bienes del alabado ilustrísimo, y los antedichos enseres del Oratorio e intentase reivindicarlos para sí, nuestro Provincial Fray Francisco Durando, en este mismo año, inició un pleito, el cual terminó felizmente en el año 1699, con la adjudicación a nosotros de lo antes mencionado, siendo provincial Fray Pedro Polanco.
Año 1700
41
En el año de 1700, el 18 de junio, el antedicho Serenísimo Inocencio concedió al mismo altar de la Inmaculada Virgen durante otro setenio, según es patente por las siguientes letras:
INOCENCIO PAPA XII
Para perpetua memoria. Atentos por caridad paterna a la salvación de todos, de cuando en cuando adornamos los lugares sagrados con los dones espirituales de las indulgencias, para que por esto, las almas de los fieles difuntos puedan conseguir que, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y de los Santos, aplicados a ellas, su valor les haga conseguir, apartadas de las penas del Purgatorio, la vida eterna, por la misericordia de Dios. Queriendo honrar con este don especial a la iglesia de S. Pedro Apóstol de la Orden de los Menores de S. Francisco de la observancia de los Descalzos, de la mencionada ciudad de Priego, de ninguna diócesis, de la Provincia de Granada, en la cual no se encuentra ningún otro altar con igual tipo de privilegio, y en cuya iglesia se halla el altar de la Inmaculada Concepción de la de la Bienaventurada Virgen María, con tal que en dicha iglesia se celebren cada día cuatro misas, por la misericordia de Dios omnipotente y los Santos apóstoles Pedro y Pablo y por la autoridad a Nos concedida, otorgamos que, en cualquier momento que cualquier sacerdote secular, o de cualquier orden regular, celebre en el antedicho altar una misa por el alma de los difuntos de cualquier fiel cristiano, que hubiese fallecido unida a Dios en caridad, la referida alma conseguirá del tesoro de la Iglesia indulgencia, a modo de sufragio, de forma que se vea libre de las penas del Purgatorio, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y la Bienaventurada Virgen María y de todos los Santos. Lo contrario para aquellos que no se opongan a los que lo hagan. Tendrán una vigencia de siete años. Dado en Roma junto a Santa María la Mayor, bajo el anillo del Pescador, el día 9 de junio de 1700, noveno de Nuestro Pontificado.
Año 1702
42
Fray Jerónimo Gutiérrez, lego, natural de Granada, hijo de Francisco Pérez Gutiérrez y de Ana Zamora, tomó el hábito franciscano en el convento de Granada, el 5 de mayo de 1650. Fue un hombre en el que, además de otras virtudes, resplandecieron de forma eximia una gran caridad fraterna, digna de ser publicada y una veneración hacia los sacerdote, de tal magnitud que, siendo ya octogenario, y aunque se lo rogasen, no quería permanecer sentado ante ellos ni por la fuerza. Huyó todo lo posible de ocio apático como enemigo funesto para la virtud, y siempre, aun siendo viejo se ejercitó en algún trabajo. Finalmente estando ya para morir, lanzaba su amoroso dardo de amor con ardiente efecto, profería sin tener conciencia de ello los Salmos de David. Predijo cuándo le habría de llegar su última hora, con aquellas palabras: “En paz y así mismo”. Y así ocurrió. Descansa dócil y bello después de su tránsito, que ocurrió el 15 de agosto de 1702. Reposa en nuestra iglesia, a cuyo entierro por causa del olor de sus virtudes. concurrió una gran muchedumbre.

Año 1703
43
El 12 de abril de 1703 doña María Váez Tostado que tenía a su cuidado la lámpara del altar mayor de esta villa, la dotó a perpetuidad con tres ánforas de aceite.
Año 1704
44
Fray Juan Gutiérrez Villena, corista, natural de esta villa de Priego, hijo de Francisco Gutiérrez y de Teodora Eugenia. Instruido en las rectas costumbres y dotado de un alma buena, con deseo de mayor perfección, llevado por inspiración del cielo, tomó el hábito seráfico en el convento de Granada, cuando contaba 15 años de edad; transcurrido ejemplarmente el noviciado fue asignado a la escuela de artes, y de tal manera comenzó a ser apreciado en letras y virtudes que parecía indudable a todos que fuese más ángel que hombre. Resplandecían en él nítidamente una gran humildad, un profundo silencio, una castidad admirable y un irradiación de todas las buenas costumbres, que lo elevaban sobre las cosas creadas. A estas rosas de virtudes no le faltaron las espinas de la más rígida penitencia. Su espíritu, sometido totalmente a las mínimas reglas de los deseos de la carne, gozaba de la dulzura de la tranquilidad interior en su comunicación con Dios. Sin embargo como hubiese comenzado a padecer una cierta fiebre a causa del esfuerzo por la consecución de la perfección en las mencionadas artes, y la tisis avanzase de forma continua y asidua, tuvo que volver a este convento, aunque ello le supuso un gran esfuerzo. Cuando se puso en camino, el caballo que conducía a este siervo de Dios, murió repentinamente. El hermano que lo acompañar se dirigió inmediatamente en busca de otro cuadrúpedo. Cuando lo consiguió se volvió al lugar donde había dejado a fray Juan, no solo no encontró al caballo muerto, sino que lo halló vivo y totalmente sano. Grandemente admirado le preguntó a fray Juan la causa de que el animal que había muerto se encontrase perfectamente sano y vivo a lo que éste no respondió llevado de gran humildad. Por ello se cree piadosamente que Dios resucitó al caballo por las oraciones de su siervo enfermo. Llegó, pues, Juan al tan deseado convento, pero como no le aprovechase para su salud el cambio de aires, se dispuso para la llamada de Dios. Considerando que debía sacrificarse cada día más y más, por más que fuese justo, con frecuencia manifestaba en el confesionario los pensamientos más ocultos de su conciencia. Cinco horas antes e su muerte, se le apareció el Padre Seráfico y lo invitó con él a subir al cielo. Inmediatamente, este bien nacido, arrojándose del lecho, besaba los pies de su Padre queridísimo movido por un ardiente amor; cierto compañero que observaba estas efusiones le obligó a manifestarle el motivo de las mismas, y por eso conocemos la aparición. Murió finalmente el 16 de julio de 1705, en la misma paz y tranquilidad con las que discurrió su vida, en la flor de la juventud, pues sólo tenía diecinueve años. Su cadáver fue sepultado en el túmulo común, destinado a los hermanos. Su feliz memoria permanece hasta ahora entre nosotros.
Año 1708
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En el año 1708, en la celebración de la veneración funeraria debida a nuestro hábito seráfico ocurrió para espasmo de todos en esta villa, el caso siguiente digno de ser recordado eternamente, a saber: en casa de Cristóbal de Luque, se guardaba un hábito de cierto hijo suyo, corista, de nuestros observantes de nuestra provincia de Granada, allí fallecido. Cierto hombre apodado Piedras una coche vestido con dicho hábito iba de casa en casa, el haciendo el tonto y provocando la hilaridad de la gente. En la calle que el vulgo llamaba Palenque le salieron al encuentro dos hombres que claramente le preguntaron: “Padre ¿dónde vive?”; señalando su casa, diciendo su nombre y apellidos, respondió de forma chistosa: “vivo en la casa de Piedras, a quien he administrado los Sacramentos y lo he dejado a punto de morir”. Cuando oyeron la respuesta los que le habían preguntado, y tomándola en serio, pues no habían conocido a este falso hermano, se dirigieron a casa del enfermo simulado. Le preguntaron a su esposa por el enfermo, diciendo que se habían enterado de que estaba grave, a lo que ésta respondió: “No ésta enfermo, sino paseando por las calles”. ¡Cosa admirable!, el día siguiente de la burla hecha a nuestro hábito, en el mismo lugar en que Piedras fingió ser un verdadero religioso, allí mismo y sin que ninguno de los que pasaban le prestase atención falleció de muerte repentina.
Año 1714
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El licenciado D. Diego Gallardo, natural de esta villa, había dejado a sus herederos doscientos reales anuales, para que pagasen la exposición de la Sagrada Eucaristía en un triduo antes de sus funerales, y se dijese una misa solemne concelebrada; y además donó veintidós mil reales para que se terminase y se dorase el retablo del Altar Mayor. Nuestra Provincia que habría de recibir gran beneficio, por orden del Ministro fray Juan Salcedo, el 12 de mayo de 1714 decretó que se aplicase a este benefactor durante cincuenta años en este convento la festividad de la Inmaculada Concepción que se celebra cada sábado del año.
Año 1715
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El 12 de octubre, Dª Antonia Braceros fundó una obra pía de noventa y ocho reales anuales que se habrían de pagar a este convento a perpetuidad, para que se celebrase el día de S. Antonio de Padua, a cuya imagen se le tiene una gran devoción en este pueblo, como asilo de necesitados y portento de milagros, y dicha imagen se guarda con mucho decoro en una de nuestras capillas.
Año 1718
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Fray Francisco Quesada, predicador, ((82) natural de Castillo de Locubín de la Abadía de Alcalá la Real, hijo de Lucas de Quesada y de Elvira de la Fuente, fue adscrito a nuestra provincia de Granada el 14 de septiembre de 1659; dedicado a la escritura compuso muchos volúmenes en castellano de los cuales solamente quedan, por negligencia, unos pocos. En el convento de S. Gabriel de Segovia existe cierta obra muy espiritual que estaba componiendo bajo el título “Arte General de Meditación y contemplación sobre el Arte General del Doctor iluminado y mártir glorioso Raimundo Lulio”. En nuestra Provincia queda otro, bajo la inscripción “Examen de la Revelaciones contra P. Cipriano de la Orden de S, Francisco de Padua”. Ambos volúmenes están inéditos. Murió en 1718.



Año 1720
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Por decreto del Definitorio, suscrito el 13 de septiembre de 1714, y por Cartas del Ministro Provincial, Fray Cristóbal Fernández dadas el 3 de Octubre del mismo año, fue concedido el Patronato de la Capilla de S. Pedro de Alcántara de esta iglesia a D. Pedro Quiroga y a su esposa Dª Ana de Ovando, en atención a sus limosnas y las de sus descendientes, con las siguientes condiciones: Que dotasen a la dicha capilla de un retablo esculpido y dorado, que perpetuamente adornasen y reparasen la capilla, que le regalaran una lámpara colgante, y donasen anualmente seis ánforas de aceite, que cada año celebrasen la festividad del Santo a sus expensas, y finalmente que regalasen por lo menos una vez mil reales a este monasterio. Como antes de que tomasen posesión de tan estimado Patronato para sí y sus herederos, quisiesen entregar en administración todas y cada una de las antedichas condiciones, pues sólo hicieron el legado, las han diferido hasta el mismo día dos de marzo de 1720.
Año 1723
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Como en el Capítulo Provincial celebrado el nueve de diciembre de 1720 en Granada, se estableciese, de común acuerdo de los vocales, que la Venerable Orden Tercera se extendiese a algunos conventos, fray Tomás Montalvo, ministro, solicitó a la fuerza esta ampliación. Obtenidas por nuestro Reverendo Ministro General, fray José García, las cartas patentes, con cuya fuerza (aunque nuestros Observantes de esta villa dificultaban las cosas con adverso esfuerzo) y mandato del mismo Provincial, el 16 de febrero de 1723, fray Manuel Garrido archiprior de la Venerable Orden Tercera, lo puso en vigor en este convento, y desde entonces hasta ahora permanece con toda su fuerza. Y después siendo superior de esta Provincia, el 5 de febrero de 1727, fue de nuevo concedida la referida facultad por fray Luis de Medina, ministro, quien construyó a su expensas una bella capilla, junto a la nuestra, para la Orden de nuestro Padre Seráfico, y la adornó con la obligación de hacerlo a perpetuidad, y le regaló una lámpara de plata, que él mismo colgó sin dilación. Además la dotó con el aceite necesario anual para tres lámparas. Hasta nuestros días permanece obligado por dicho compromiso.
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El cinco de junio del año 1723 fue designado por el Ordinario un altar de nuestra iglesia (recayó tal privilegio en el de S. Pedro Alcántara), para disfrutar durante siete años de la prerrogativa concedida por el papa Inocencio XII, según el siguiente documento:
INOCENCIO PAPA XIII
Para perpetua memoria. Atentos por caridad paterna a la salvación de todos, de cuando en cuando adornamos los lugares sagrados con los dones espirituales de las indulgencias para que por esto las almas de los fieles difuntos puedan conseguir que, por los méritos Nuestro Señor Jesucristo y de los santos, aplicados a ellas, su valor les haga conseguir apartadas de las penas del Purgatorio, la vida eterna por la misericordia de Dios. Queriendo honrar con este don especial la iglesia de S. Pedro Apóstol, de los hermanos de la Orden de los Menores de S. Francisco, de la más estrictas observancia de la ciudad de Priego, de ninguna diócesis, de la provincia de Granada, en la cual no se encuentra otro altar que tenga este privilegio concedido, y en ella se encuentra situado un altar que ha de ser designado por el Ordinario, con tal que dicha que en dicha iglesia se celebren catorce misas diarias, sobre la Misericordia de Dios Omnipotente y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y por la autoridad a nos confiada. Que en cualquier momento que cualquier sacerdote celebre en esta iglesia y en este altar una misa de difuntos en el día de conmemoración y en cada uno de los días de su octava y de los dos días feriados de cualquier semana, que han de ser determinados por el mismo Ordinario, y por el alma de cualquier fiel cristiano que, unido a Dios por caridad, hubiese muerto, esa misma alma alcanzará indulgencias del tesoro de la Iglesia a modo de sufragio, de manera que se verá libre de las penas del Purgatorio por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y de la Bienaventurada Virgen María y por los méritos de todos los Santos. Lo contrario para aquellos que no se opongan a los que lo hagan. Dado en Roma, junto a Santa María la Mayor, bajo el anillo del Pescador, el día 28 de mayo de 1723, sexto de nuestro Pontificado.

AÑO 172
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Al lado de la estructura cuadrival del Evangelio de nuestra Capilla mayor recibe culto cierta imagen de la Bienaventurada Virgen María bajo el misterio de la Concepción, esculpida con tanta perfección que parece que hubiese sido tallada por manos de ángeles. Ésta, aclamada con ardiente devoción por los vecinos, en el año 1724 comenzó a ser tenida en veneración en un octavario iniciado por el Guardián de aquel entonces. Fray Juan Zambrana, profesor de teología (todavía se celebra cada año) y autorizado por el Moderador de la Provincia Fray Luis de Medina. Este octavario se conserva aún en vigor gracias a cuatro dotaciones perpetuas, consignadas por testamento (entre otras de menor entidad donadas a esta imagen) por el presbítero D. José Gómez, el Capellán D. Antonio Coello, y por los señores seglares D. Bartolomé de Madrid y D. Juan Caballero, para otras solemnidades a celebrar en la misma octava. Además de estas cuatro celebraciones fijas, el ayuntamiento de esta villa organiza a su expensas, cada año y a perpetuidad, otra, ya en el día de la Inmaculada Concepción, o en el domingo, dentro de la Octava, o el mismo día de la Octava. Este solemne octavario consta en forma de Capítulo por su decreto suscrito en el año 1742. Como hubiese hecho voto, como dijimos en el capítulo 2-24 de este escrito, de defender y celebrar el misterio de la Purísima Concepción y, en el año 1709 ratificó fervientemente que había de tener como Patrona esta imagen de la Purísima Concepción, ahora finalmente en el antedicho año 1742 hizo voto, con la anuencia de todos, devotísimo de tan gran Señora.

AÑO 1726

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Parece que la Bienaventurada Virgen demuestra que le satisface este solemne octavario En el año 1726 como el Marqués de Algarinejo en el día del octavario costease a sus expensas la celebración y ofreciese al sacerdote doce hachas de cera pagadas por él para que ardiesen junto al altar durante todo el tiempo de la celebración, después de que estuvieran ardiendo cuanto duró la ceremonia, ninguna disminuyó su peso siquiera un gramo. En tan gran estimación tiene el pueblo a la imagen que, desde su erección el 4 de octubre de 1696, se dirige a ella como último refugio, ya en las tribulaciones comunes, ya en las particulares. No hay duda de que la Bienaventurada Virgen atiende todas las cuitas de los que algo le piden pues (aparte de otras ayudas milagrosas que omitimos) después de muchas efigies los habitantes la tienen en gran devoción. En los años 1698, 1703 y 1716, a causa de una gran sequía la sacaron en rogativas y en solemne procesión y se obligaron con novenas. Por la pertinaz obstinación de las nubes, volvieron a sacarla en procesión y penitente súplica, de repente gozó todo el pueblo de lluvia tan beneficiosa y abundante como hacía muchos años que no había disfrutado.

Años 1736 y 1739

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Tantos y tan grandes favores disperso la Virgen al pueblo y a sus agradecidos habitantes durante los años 1738 y 1739 que le erigieron un bellísimo camarín que fue costeado con limosnas de todos, y decorado en su interior con esculpidos dorados y entretejidos con multitud de cristalitos y espejos. Sobre todos, ayudó a esta obra Dª Juana Ramírez que, devotísima ya de esta imagen, ya de la de nuestro Seráfico Padre, dotó por testamento a este convento y de forma gratuita, con más de cincuenta mil reales. Una vez terminado el dicho camerino, el mes de abril de 1739 fue entronizado en él la imagen de la Virgen Bendita celebrado una solemne procesión a la que gozoso y festivo acudió todo el pueblo.

CAPITULO IV
En él se trata de los hechos de dos siervos. Obras de dos escritores y finalmente el catálogo de las sagradas reliquias.
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Fray Carlos Gavi, predicador nacido en Granada, hijo de Julio Gavi, y de Dª Juana Daza, imbuido de las costumbres cristianas, fue aceptado en nuestra Orden el 27 de febrero de 1686.Deseoso de todo género de virtudes resplandeció singularmente en la castidad, pobreza, humildad, obediencia, piedad y generosidad. Inflamado por el celo de la salvación de las almas, recibía infatigable aquellas que venían a ser lavadas por la penitencia saludable. Ciertamente entre tantas virtudes reunidas siempre pedía a Dios una, y ésta la buscaba desde lo más profundo de sus entrañas: La caridad que ciertamente es la Reina de todas las demás. Corriendo tras el perfume de esta virtud, recibía de sus benefactores cualquier cosa a la que él estimase digna de consagrarse. Ponía el esfuerzo de sus manos y su trabajo, siempre que se lo permitía los superiores, con ánimo misericordioso y rápidamente al servicio de los restantes religiosos o de cualquier necesitado. Ya llevado por esta caridad ya dotado de una limpieza de mente, nunca juzgo a nadie torcidamente. Velaba cuanto podía por la salud de los enfermos más próximos. Si llegaba a sus oídos que alguien se hallaba enfermo inmediatamente se postraba con suplicantes manos ante su refugio amabilísimo, o sea la bellísima imagen de la Bienaventurada Virgen María, recordada bajo el misterio de la Inmaculada Concepción; y ya durante tres, ya durante cuatro horas emitía su más profundas oraciones con una total confianza, bien de rodillas y con los brazos en cruz, ya con la frente en el suelo, y más de una vez consiguió la total y deseada salud para los enfermos. Para que parezca más evidente a todos cuan grande era la seguridad de este siervo de Dios en la Bienaventurada Virgen, voy a referir solamente dos casos. Dª Lucía Agraz, natural de esta villa hacia tiempo que venía sufriendo por un tumor de estómago. Pidió al siervo de Dios que, por intervención de la Virgen María, le diese salud. Éste respondió a la enferma que si encomendase su caso a la Santísima Madre de Dios con verdadera fe, con total seguridad quedaría sana. Así ciertamente ocurrió, pues habiéndose refugiado Carlos aquella noche en el camarín donde tantas satisfacciones su alma había experimentado, a la mañana siguiente la enferma se levantó del lecho completamente sana. Dª Jerónima Morales, natural de esta villa, desde muy pequeña quedó inválida teniendo que caminar con muletas. Siendo ya una adolescente, postrada a los pies del siervo de Dios, en cierta fiesta de la Purísima Concepción, éste le dijo:, “Hija arroja esas muletas en nombre de la Santísima Reina”. Así lo hizo inmediatamente, y volvió el vigor totalmente a sus piernas. Finalmente lleno de méritos y de días, se durmió en el Señor en el año 1740. Su cuerpo reposa en nuestra iglesia en la fosa común entre los huesos de sus hermanos.

AÑO 1742
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Fray Francisco Chacón, donado, expresamente hombre poderoso claramente en prodigios. Nació en cierto lugarejo de las Alpujarras que llaman Lucainena, el 10 de mayo de 1669. Sus padres fueron Francisco Chacón y Eugenia de Castillo, quienes por el amor que tenían a Dios lo educaron en las más santas costumbres e inclinaron a este hijo hacia la Familia Seráfica, el cual llegaría a ser un precioso modelo del que se podían copiar las virtudes, y no pequeña admiración para los siglos venideros. Desde el fallecimiento de su madre y habiendo contraído su padre nuevas nupcias, cuando tenía siete años entró como criado el pequeño Francisco con los padres dominicos que residían no lejos de Granada donde en el trabajo cotidiano dejaba atrás su tierna edad y recogió su cosecha diaria durante algún tiempo en la seguridad del convento, pero ya que le estaba preparado que había de tomar una senda más noble para alcanzar el cielo, se alejó de la servidumbre por una enfermedad, que lo llevó sin dilación a la mencionada ciudad. Estando abatido, cierta noche invadido por el sueño, se encontró junta a las puertas del templo de Nuestra Señora de las Angustias , donde bajo la aparición de la luz purísima de esta Aurora, expulsadas con las letales sombras las angustias de esta negra enfermedad, se dirigió a la que atraía sus miradas y que le decía esta gratísima consideración: Levante esta gratísima consideración : “Levántate, Francisco, ya estás sano”. Con la contemplación de esta visión celestial mariana, al punto reconoció que le había restituido toda su fortaleza y su alma quedó inmersa en un abismo de inefables delicias, donde se mecía con singular dulzura.

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Nació en su corazón un deseo ardentísimo de ceder a estos divinos regalos, abrazando la mencionada religiosidad. Se le había presentado la oportunidad de que tuviese fuerzas para acometer una empresa tan grande que ardientes e incesantes plegarias lo dirigían al celeste descanso, por lo que en cierto día dirigiendo su ardentísimo corazón hacia la mirada de una imagen de nuestro Redentor Crucificado, que se conserva con todos los honores en la parroquia de S. Andrés Apóstol, de la ciudad de Granada, rodeado de súbito por un glorioso resplandor oyó admirado, que la efigie del Señor le decía: “Toma el hábito de los Menores”; oigamos el testimonio creíble del siervo de Dios: “Marchaba yo hacía los Clérigos Menores y no me agradaba; después a los Padres Observantes y lo mismo: finalmente a los Capuchinos, y menos Estando así las cosas me detuve en Fuente Nueva para descansar y dormir. Sería la madrugada cuando oí a un Angel que me llamaba para que me levantase diciendo: “Marcha hacia el triunfo y tomarás el hábito de aquellos hermanos que primero te salgan al paso”. Así me quede satisfecho y contemplé que venían los mendicantes Descalzos a quienes les había preguntado por el convento; hacia él me dirigí siguiendo el mismo camino que ellos. Pedí suplicante el hábito de los conversos. Sin embargo el Provincial me dijo que estaba completo el número, por lo que de esta forma se reía de los Oblatos y que rápidamente el lo llevaría libremente. Asentí y mientras se preparaba establecí mi morada dentro de aquellos claustros.


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El enemigo tartáreo bramaba por estos días felices de nuestro Francisco, porque éste se encaminaba a iniciar un nuevo estado, el cual simulando ser un grave médico, le salió al encuentro. “¿Qué–dijo el demonio-, aquí estás?”. Y el siervo de Dios el respondió: “Espero vestir la sagrada vestidura de estos hermanos”. “Ni mucho menos- insistió la Bestia-, pues lo que de ti quieren estos discípulos, es que les sirvas mientras conserves la fortaleza propia de la edad juvenil, cuando envejezcas te arrojarán de su lado, por lo tanto te conviene que te marches antes de que te llegue la vejez. ¡Vive tu juventud¡”. Todavía no conocía nuestro novicio las astutas insidias del enemigo común, por lo cual adhiriéndose a las hechiceras razones, tomando su capa se dirigió rápidamente a la puerta para buscar un estado mejor para él. El portero advirtió esta inopinada resolución del postulante Francisco y considerando seriamente la salida, le dijo estas palabras como si hablase el Espíritu: Ven conmigo Francisco para que veas al más desagradable caballero del infierno”. Marcharon unidos a donde había permanecido el sombrío caballero, al huerto, de allí recorriendo toda la casa escudriñándola detenidamente, no pudieron confirmar el más mínimo vestigio de él, con lo que cerraron totalmente las puertas de la clausura. Llegaron al telar del convento, donde estaba cierto donado ya muy anciano, quien ya por lo avanzado de su edad , no podía dedicarse a otros trabajos y empleaba sus días en enseñar a los aprendices del taller “¿Ves a este donado?”, le dijo el portero a Francisco . “Por su avanzada edad se encuentra imposibilitado para otro tipo de trabajos, y permanece todavía junto a nosotros y nadie le apartaría de aquí, lo mismo ocurrirá contigo “. Se desvaneció la negra nube de los infiernos que había ensombrecido la mente del siervo de Dios; y comenzó a brillar el tan deseado nuevo estado, y fue el 13 de agosto de 1693 cuando ingresó en la milicia Seráfica, con gran dulzura de su espíritu fue trasladado a nuestro Convento de San Antonio de Granada con el hábito de la comunidad de los pobrecitos Descalzos

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Ya hay un nuevo atleta, ya se ha constituido un nuevo discípulo de los Franciscanos y ha sido designado fiel compañero del ilustre varón fray Francisco Molinero que allí reside del que enseguida extrajo, por la inocencia de su vida y por los notables medios de su formación, los incendios de su espíritu ardoroso. Marchando pues, en tan feliz compañía, ocurrió cierta noche, que descansaba para orar bajo la religiosa refección del Templo, acercándose a ellos igualmente el no menos digno de encomio, fray Francisco Chaves, conversos ambos religiosos, mientras gozaban de Nuestro Señor Jesucristo con delicias recíprocas inefables a uno, lo arrebataban las heridas del Redentor, al otro, el contemplar con admirable consideración y complacencia la imagen del Tierno infante. Nuestro novicio envidioso observaba piadosamente los prodigiosos favores ajenos, despreciando su insignificante nadería adherida a su intimidad, y reputándose indigno, se preguntaba como podría conseguir consuelos semejantes. Entonces apareciéndosele su Angel, le dijo “¿Qué haces aquí? Quisiera –respondió el siervo de Dios- adquirir el don de la oración. Sin embargo no sé como”. El alado habitante del cielo le dijo: “He aquí que puedes meditar sobre la grandeza del universo, y de aquí pasar al Gran Artífice; sobre los terroríficos suplicios de los condenados y los interminables gozos de los bienaventurados “Nuestro Francisco insistió: Angel mío, todas estas cosas las recibo diariamente en la reunión del coro con mis hermanos, por lo cual, ciertamente, pienso que nunca llegaré a ser un contemplativo “En seguida lo elevó a una altísima cumbre, desde donde se podían contemplar todas las grandezas de la tierra. Comenzó a mostrarle uno por uno los reinos, las provincias, las ciudades y cuanto de hermoso contiene la grandeza inmensa de las criaturas, extrayendo tan gran conocimiento de estas cosas, como si hubiese nacido en cada uno de esos lugares hacia donde dirigía la vista. De cuando en cuando decía: “¿No es verdad que esto es bellísimo? Si ésta es la belleza de lo creado, ¿cuál será la del Creador”?. Desde allí lo llevó a lo más profundo del recorrido a los calabozos arrojadores de azufre de los réprobos y miserables, después lo trasladó para que profundizara en los placeres de los paraísos de la tierra, y finalmente lo llevó a las alturas del Empíreo, donde ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre ascendió siquiera con el pensamiento. Se quedó admirado deteniéndose con esta primera lección de tan gran Maestro, la cual duró siete horas, y quedó hasta tal punto instruido que podría dirigir ya, la catedral de la cristiana perfección.

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No parece fácil de explicar con cuanta fogosidad y con cuanto deseo abrazó la praxis de todas las virtudes de los primeros religiosos y los dones del Seráfico. Presuroso sacudía de madrugada el signo del sopor y, como acólito compasivo, buscaba al dulcísimo Redentor en las amarguras de la Pasión, cuyos dolorosos vestigios recorría. Sus vehementes afectos no sabían lo suficiente acerca de los devotos ejercicios que ante la necesaria quietud del cuerpo relajado siempre se operaban en los espíritus ardorosos; impulsándolo el fuego del amor fuego del amor del Supremo Espíritu, abandonado el pobre apoyo, se entregaba todo entero a tales complacencias. Advirtieron que el visitante tenía tensos los brazos en forma de cruz, puesto que su ternísima avidez eran los grandes tormentos de su Amado, como testigos fidelísimos de su íntima tortura, emitiendo desde el fuego del centro de su alma ardorosos suspiros. De este modo seguía los celestes oficios, e igualmente ferviente la abstraída asistencia de los incruentos sacrificios, apropiadamente parecía una real imagen de un Serafín herido, recibiendo diariamente la Sagrada Comunión, de donde sacaba nueva fuerza y nueva virtud contra la astucia de las maldades de los enemigos. Con gran constancia vigilaba las aplicaciones de las reglas, para que no faltase en lo más mínimo a los sacramentos de la Iglesia que debía ser frecuentados complaciéndose tanto en los asuntos del Reino de los Cielos, con este género de piadosa persistencia que un sagrado ministro de tiempos pasados desechó con cierta razón, que se colige del admirable suceso siguiente.
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El siervo de Dios llegó cierta mañana a la casa de observancia de Nuestro Seráfico Padre para ser ayudado con recursos eclesiásticos, mientras confería el grado en la ciudad de Vélez Málaga, de la misma provincia; y el convento le confío como compañero al novicio fray Manuel de la misma provincia; y el convento le confió como compañero al novicio fray Manuel de las Heras converso. Preguntó al portero el cual respondió que aguardase algún tiempo, hasta que los hermanos abandonasen la cama. Marchó entretanto al templo, donde cierto encanecido, de cuerpo mediano esperaba como ellos, inmediatamente los llamó para que tomasen los sacramentos. Obedecieron a pesar del cansancio y juntos se acercaron al altar llenos de fervor considerándose indignos de participar en la Mesa Divina, con este ministro. Mientras estaban en el templo dando gracias a Dios, he aquí que el portero les dice: “Voy a despertar a la comunidad, y vuestras paternidades prepárense con prontitud “.Ambos dijeron que ya habían procurado ellos que la cosa tuviese el éxito deseado, interviniendo cierto alumno en estos asuntos, con tanta caridad. El hermano portero escuchaba admirado al máximo, no menos atento, sabiendo ciertamente que todavía no había bajado ningún religioso, ni que nadie se hubiese adelantado de este modo; así pues todos piensan que esta comunión fue un regalo de Dios para ser considerado como cosa admirable.
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Ciertamente el amor de Francisco a la Reina Celestial era admirable. Por ello todos los días rezaba con todo fervor de su corazón el Santo Rosario. Junto a las puertas o en los patios acostumbraba a sentarse un mendigo. Pues bien, el mismo Francisco, como un obsequio a María, adelantándose al pobre, pedía a los domésticos del convento para éste, y a veces lo reclamaba a la fuerza, en cuyo piadosísimo ejercicio persistía hincado de rodillas sobre el duro suelo, permitiendo que sus desnudas rodillas descansasen en el pavimento.
En cierto ocasión, llevando un alba blanquísima, los que estaban rezando vieron que una paloma daba vueltas en el aire, a la cual, cuando se terminó el piadoso ejercicio, inmediatamente intentaron dar una interpretación. Unos a otros se preguntaban qué le parecía a cada uno. Nuestro Francisco respondió: “Ella es la Emperatriz excelsa de los cielos que se ha dignado venir a visitarnos”. De aquí aprovechó la oportunidad para hablar sobre las prerrogativas de la Santísima Reina, de tal manera que los dejó atónitos y los volvió más fervorosos.
El estilo del siervo de Dios era asequible y exponía con un hablar sin artificios las gracias de la Madre de Dios, cuya sagrada imagen (de unos seis dedos de alta), bajo la advocación de su Presentación, y que él además la llamaba Niña María, llevaba a todos lados dentro de una preciosa bolsa. La Madre de Dios, amantísima, respondía de tal manera a estos dulcísimos efectos, que (más abajo lo aclararé) lo favorecía con singulares prodigios y lo elevaba con reiterados asombros.
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La gracia celeste, la constante presencia de Dios y su motivación fuera de toda medida, brillaba con fulgores divinos por encima de todos los trabajos de nuestro donado. Su aspecto externo y su modestia eran tales que parecían reprobar con calladas amonestaciones cualquier tipo de disonancia ajena. Una mirada suya actuaba como rígido fiscal, por lo que, en su presencia la petulante juventud temía relajarse; ciertamente bastaba el solo recuerdo de Francisco para la corrección de actividades poco elevadas. Un suceso memorable: Cierto libidinoso se dirigió con torpe propósito a una casa, a la los deseos de la carne lo habían llevado con riendas sueltas. Allí oyó entonces, que el siervo de Dios se había presentado ante cierto enfermo de la vecina casa para llevarle con una medicina, el consuelo de su caritativo corazón. Aquello le produjo tal pavor por su vergonzosa acción que, dejando a un lado su propósito, le parecía que le faltaba tiempo para abandonar aquella casa endemoniada de perdición. Todos se admiraban de la seriedad religiosa de su cara, de tal manera que a duras penas nada afectaba su entrecejo que jamás se veía modificado por la sonrisa, Ciertamente infundía una desconocida alegría a los que lo observaban, la cual, en verdad era el índice resplandeciente del encanto de su alma purísima. Cuando había un hombre rudo e inculto que de tal manera desconociese hasta los más elementales basamentos de las primeras letras, y por ello, se explicaba con toscas palabras sobre los asuntos de la tierra, se desprendía tal cantidad de celeste sabiduría de sus labios que, en sus conversaciones espirituales, arrebataba a sus oyentes con prodigiosos éxtasis de admiración. Las penetrantes palabras de Francisco se manifestaban íntimamente, sus conversaciones ensalzaban la vida eterna, las cuales, aunque fuese breves, iban acompañadas de tal fuerza, que hacían que los corazones se deshiciesen en tiernas lágrimas, pues la grandeza de su estilo y fluidez de doctrina distaban mucho de la de los muy doctos y elocuentes. Con excesiva frecuencia se quejaba con gran avidez, afectado por el gozo de su elocuencia, de las cosas del cielo que, de cierta forma admirable, iluminaban su espíritu y revelaban a muchos, dejándolos perplejos, lo que nadie hacía tan bien como él. Una cosa era digna de admiración en el siervo de Dios: a saber, con su supuesto desconocimiento total de las letras, distinguiendo sólo los caracteres de cierto librito sagrado, presentando a él por el siempre alabado venerable padre Molinero, por medio de inspiración entendió perfectísimamente su contenido.
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Puesto que, a causa de la observancia hasta de los más leves preceptos, era muy estimado exhibiéndolo como conspicuo arquetipo de probidad, hasta para los alumnos más estrictos, los descarríos ajenos, desgarraban horriblemente sus amorosas entrañas, las transgresiones de la disciplinas de las Reglas, aunque fuese leves, traspasaban profundamente su alma como crueles dardos. Lo consumían un gran celo por la Casa de Dios; por lo cual, si conocía algún defecto contrario, lo denunciaba igualmente, ya con prudencia, va con acritud para que no se transgrediesen las líneas del estado de cada uno, ni que, por la cualidad de las personas se hollasen los límites convenientes de veneración. No menos se derretían sus entrañas con el fuego de sus impacientes deseos por causa de la conversión de los infieles. Hubiese querido derramar toda su sangre sin dilación, para que se extendiesen la verdadera fe, hacía que el feliz fuego de sus entrañas, resplandecía nítido, mientras en algunas de las abstracciones maravillosas de sus sentidos, que frecuentemente padecía (como veremos más adelante), se le oyó prorrumpir con gran fervor: “!Ay! si yo fuese teólogo o predicador, de qué modo me ataría al Señor crucificado con mis manos y recorrería todo el orbe de las tierras y llevaría a los moros, los gentiles y a todos los obcecados a la senda segura de la luz evangélica, para lo cual, si fuese necesario, llamaría a los muertos, sacándolos de sus sepulcros, para afirmar más fácilmente la fe”. En cierta ocasión fue tan agraciado en sus deseos hacia cierto moro converso, cuyo suceso ocurrió así: En la playa de Málaga casualmente nuestro Francisco entabló conversación sobre las verdades de la fe católica con cierto infiel. Ciertamente, puesto que había profundizado hasta la plenitud en la sabiduría divina, enlazó los profundos misterios con tan razones que el infiel parecía que las contemplaba con los ojos, solamente no lograba éste descifrar una única dificultad, la Virginidad de la Divina Maternidad de María. Enseguida el siervo de Dios tomó un vaso de cristal, y lo colocó frente a la luz del sol, de este modo le hizo patente el sacratísimo misterio con tan válidas razones y tales argumentos celestes, que abandonando éste su terquedad obstinada, blanqueado por el rocío purificador, obtuvo la felicísima suerte de pertenecer a la Iglesia de la Madre de los hijos de Dios.
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El edificio espiritual de este conspicuo varón no se colocaba muy lejos, ni menos alto de su fundamento que el de los próceres más ilustres. Ciertamente se cimentaba en la firmísima y siempre sólida roca de la humildad, que de tal forma sobresaliente resplandecía en él, que mientras en su intimidad se adhería al inane polvo de su insignificancia, con la que los envidiosos procuraban despreciablemente oscurecer más sus portentos con ello su encanto crecía con nuevos argumentos. La mano omnipotente de Dios lo adornó con el maravilloso don de las curaciones, y para que, humilde, evitara los aplausos mundanos, y no se atribuyese la suprema gracia de la Divinidad a su propia virtud, acostumbrada a emplear algunos medicamentos que, inocentemente y no perjudiciales, eran desconocidos por los profesores del arte de la medicina. Los vívidos dardos encendidos dignos de emulación, los transformaban sus crueles perseguidores en aguijones de injurias. Muchos incrédulos hacían coro a éstos infames, lenguas envidiosas injuriaban a este santo varón diciendo que era fatuo, embustero, portador de grasa para la santidad, sólo se escuchaban motes vulgares. Ciertamente éste era el estilo y las palabras que canturreaban con uniforme sonsonete en los oídos de Francisco. Por causa de este concepto propicio a todos, sobre todo a los presbíteros, proseguía sin interrupción; así venerando la inefable sublimidad de éstos, que rara vez no le regase con lágrimas de su bondadosísimo corazón. Las alabanzas a su persona le proporcionaban una áspera tortura y los aplausos le deparaban un tormento que evitaba. Se dice que la curia de Madrid, donde admirablemente se retrajo como un prófugo lo aclamó como santo, cosa que él declinó. Se refugiaba en el templo de la Excelsa Señora, a donde la Santa obediencia lo conducía. Allí, rodeado de sombras tumultuosas sufría la gran violencia de las inútiles vanidades, deseando vehementemente buscar sus peculiaridades, así permanecía en vigilia durante todo la noche. Se tenía perspicaz además la asistencia de Francisco al cuidado no indolente de la piadosa Reina, para lo cual se preocupaban sus superiores, con cuidadosísima diligencia, de echar el cerrojo a todos los accesos del templo. Lo seguían complacientes compañeros; sin embargo de nada sirvió esta decisión, para impedir que el humilde donado condujese sus deseos a la deseada meta. En una desacostumbrada hora de la noche, mientras se apostó en las puertas cerradas, he aquí que de un modo admirable se abrieron, por lo que rápidamente echó a correr. No pasó mucho tiempo para que se diesen cuenta de sus ausencia intempestiva; después de que algunos de los domésticos más diligentes fuesen preparados para no perderlo de vista ¡Oh, cosa admirable! varias veces estuvieron buscando en vano de un lado para otro y no encontraron ni el más mínimo vestigio de él como no pudiesen hallarlo, pues sus ojos estaban cegados como por una luz divina, para que no lograsen localizarlo. De esta manera apartó así de su humilde siervo su excelso ángel protector este grande y pesado dolor de que lo descubriesen.
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No fueron inferiores para la tolerancia inalterable de nuestro Francisco prodigios dignos de emulación, pues en medio de mentes enemigas, injurias e irrisiones, su espíritu se circundaba de una apacible tranquilidad, porque entre los caducos aplausos, las fútiles alegrías de los vanidosos serían, sin duda algunas, melancólicas sombras en el peso de la alabanza. Dos o tres veces fue acusado ante el tribunal de la Santa Inquisición por la voraz malevolencia. En efecto, ciertamente, cuando con la mirada torva, examinó la imagen de Francisco la encontró oscurecida, pero con observaciones más lucidas hizo que resplandeciese una gloriosa opinión sobre el mismo. Su caritativo corazón se consumía por su converso, es más le devolvía bien por mal compensando sus injurias con obsequios. Cada vez que podía perseguía a sus calumniadores con cortesía, aprovechando para ello toda oportunidad, por lo que ocurrió que en su casa, donde más envidiosos había, se dejaban oír grandes y numerosas quejas contra él. Por una fatal casualidad a uno de los domésticos se le rompió un brazo a causa de un golpe. Los médicos más expertos acudieron y le aplicaron, con todo su arte, toda la destreza de su sabiduría, pero nada sucedió para que sus huesos volviesen a su estado anterior, y sus miserables dolores aumentaban a pasos agigantados. A su supremo numen, le agrava que esta curación se llevase a cabo por la facultad sanatoria de su preferido difamado por el enfermo con mala intención, por lo cual, habiendo fallado la ayuda de los hombres, finalmente se hizo necesario convocar a Francisco, del que en todo momento habían hablado mucho y mal. Vino enseguida alegre y lleno de gozo y con el singular afecto de su corazón le aplicó la medicina según su cálculo; los que vieron que no había intervenido ningún artificio extraño, contemplaron que en pocos días le fue restituido al enfermo la primitiva fuerza de su brazo, sin que se quedase ninguna deformidad. De esto, el siervo de Dios obtuvo la ganancia celestial de la caridad, y los envidiosos cayeron en una negra confusión.
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El enemigo infernal rechinaba los dientes contemplando la incontestable paciencia de nuestro donado. Lo perseguía con innumerables vejaciones, sobre todo cuando se veía arrojado de las almas de los hermanos, a causa del impulso caritativo de la virtud de Francisco (según se expondrá más adelante). Ya su ira se encendía en grandes e inextinguibles llamas, ya sus rayos furibundos estallaban con acritud, y si no hubiese intervenido la piadosa Omnipotencia del Altísimo, nuestro oblato hubiese sucumbido en muchas ocasiones a causa de espantosos suplicios con una muerte infernal. Ciertamente, siendo insaciable la sed furibunda de las soberbias bestias del tártaro, la artera astucia de éstas no despreciaba ninguna ocasión para dañarlo, injuriando además a las mínimas criaturas, para que se atormentase con toda crueldad la resistente constancia de Francisco. Referiré el testimonio del caso siguiente: El poderío prepotente del siervo de Dios dominó las negras catervas de demonios, bajo cuya tiránica posesión gemía miserablemente cierto abad de la ciudad de Santa Fe. Se desgarraban entre sí con sus dientes de fuego como perros rabiosos mientras se manifestaban al donado indigno de desprecio y con furiosa predisposición, por lo que el energúmeno sólo podía estar encerrado dentro de una habitación. Desatando su lengua comenzaron a vomitar siniestras y acres quejas contra el siervo de Dios. Decían: en este lugar de medicina se prepara mi muerte, donado, como si fuesen necesarios los golpes y heridas para restituir la salud. Excitados con las vociferaciones se arrebataron inmediatamente y con gran estupor, los del convento, contemplaron al paciente totalmente destrozado con heridas en la cabeza, en el cuello, el rostro, y las uñas laceradas cruelmente. ¿Qué es esto?, se preguntaban entre sí ¿De qué manera este donado se ha atrevido a imponer sus nocivas manos en el nombre del Señor Jesucristo?. Arrebatados por su mal humor, irritados con los incrédulos se lamentaron ásperamente ante el Prelado, quien agitado sobremanera, ante todos acosó al siervo de Dios con una asperísima represión, y este doblegó su frente en nombre de la humildad religiosa. El inocente recibió la reprimenda con tolerancia y silencio parejos, pero en lo más profundo de su corazón elevaba su mente a Dios suplicante, para que el honor y gloria divinos, se dignasen hacer patente la luz a los obcecados y llevasen la confusión a la astucia de los infiernos y aquel caso resplandeciese con la verdad. Tomó inmediatamente un poco de aceite de la lampara de la Divina Pascua, lo llevó consigo al que estaba languideciendo y cubrió aquellas partes heridas y ensangrentadas. ¡Cosa admirable!. Al momento se desvanecieron las heridas y la sangre; no quedó ni la más mínima señal de tantos malos y tratos y lesiones. Todos quedaron pasmados, y comenzaron a resonar las alabanzas de los que antes habían denigrado a Francisco. Así pues, desde este momento, aumentó una alabanza más grande y honrosa para el siervo de Dios; de donde las nubes oscuras de las furias del infierno se cuidaron, contra su voluntad, de aumentar la resplandeciente virtud de éste: De casos como éste, Francisco acrecentaba los grandes triunfos de su paciencia, donde el soberbio enemigo imaginaba acumular grandes despojos de la vencida tolerancia de éste.
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¡Qué voz, qué lengua podría referir los blancos resplandores de su virginal castidad!. Parecía que carecía de los estímulos paternales de nuestros primeros padres. ¡Qué grandes y válidos motivos tenía!, para disimular el nítido esplendor de su pureza entre innumerables curaciones de mujeres que se le presentaron, si no hubiese estado imbuido su corazón de un ardiente amor a Dios, el cual, por un privilegio peculiar apartó misericordioso los estímulos de la carne y rechazó de sí todo deseo libidinoso. Es más, en los inevitables contactos de sus cuerpos actuaban como si careciesen de lengua o tocase unos rígidos mármoles. Poseía Francisco una diligencia sin medida hacia la honestidad y la decencia más nítidas en este tipo de actuaciones: si por casualidad en nombre de la inmoderación, esta forma natural de actuar en contactos inocentes de cuerpos pueda llamarse caída en los abismos infernales. En toda ocasión el Siervo de Dios poseía una singular clausura de sus ojos, a los que mantenía inclinados frecuentemente a la tierra, para no precipitarse en la perdición Agitado por un nobilísimo amor a la castidad frecuentemente estaba exaltado, irradiando su entusiasmo íntimo y rutilante a los corazones de los que le preguntaban, no siendo menos vehemente, en corregir la fatuidad de los petulantes, que, en presencia del puro Francisco, se agitaban de miedo. He aquí un prodigioso testimonio de su pureza: En repetidas ocasiones, se veía atacado por cierta clase de enfermedad (más adelante la referiré ampliamente) de tal manera que perdidos totalmente sus sentidos algo sobrenatural se manifestaba en él. Se vio afectado nuestro donado por este padecimiento en el mismo tiempo en que se hospedaba en casa de cierta dama de Priego, a saber, Estefanía de Leiva. Esta llevada por su caridad intentó con afectuoso corazón aplicarle algún medicamento, y, para poder realizarlo con su propia mano, procuró introducir ésta por una abertura superior del hábito entonces. Entonces, el casto Francisco, que yacía casi privado de sus sentidos, rechazó la mano de la dama, con fuerza tan descomunal que fueron vanos los intentos que ésta llevó a cabo tres o cuatro veces. Los presentes quedaron asombrados contemplando esta clase de resistencia en un hombre con los sentidos desvaídos y que se opusiese con tanto encono. Ciertamente reflejaba claramente la blancura de su purísimo corazón. Un alumno de la prima provincia, llamado fray Sebastián Padial, introdujo su propia mano en el pecho del enfermo, y ya sin ninguna dificultad no entró obstáculo alguno para poder aplicarle el ungüento, lo que dejó pasmados a los presentes.
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No podían apartarse finalmente de este hermosísimo jardín de blancos lirios, rodeado de una inaccesible muralla de espinas; pues no sería difícil que se marchitase el vigor de la castidad de Francisco, con frecuencia, a no ser que se refiriese a algún apesadumbrado, hubiese podido prevalecer ventajosamente contra el insulto de la descarada carne. Entre las muchas clases de mortificaciones con las cuidaba diestramente someter la rebelde naturaleza a las leyes de la razón, frecuentemente llevaba pegado a su carne un silicio de hierro, y cada día, en las comunes flagelaciones con los hermanos, rechinaba el sonido de los rígidos correazos que se aplicaba. Cuidadoso de una estricta abstinencia la llevaba a cabo siempre que podía Raramente encontraba razón para desayunar, y en las comidas de mediodía procuraba apartar la carne del plato y se contentaba sólo con pan y agua o de algún tipo de alimento muy liviano. Más de una vez estuvo totalmente en ayunas durante dos o tres días y permanecía crucificado por el Numen Supremo en esta gran mortificación sufriendo vehementísima tortura desde el dorso, hasta que, a causa de haber expuesto la mano, algunas veces por el tormento del dolor de la consumición, llegaron a desprendérsele trozos de la piel: tal vez porque al Dulcísimo Redentor, el ternísimo corazón de Francisco se derretía recordándolo compasivamente para que degustase las amarguras de su pasión, quería que el fuese gratos estos suplicios; como cierto suceso, que voy a narrar, que el mismo Señor quiso manifestarle a Francisco: En una ocasión se le confería a Francisco una Orden Sagrada acompañado por su presentador que era su confesor (el cual entonces era fray Antonio Colmenares, de la misma provincia), por la subida demasiado elevada de la pendiente, en aquel tiempo, unos dolores de dorso lo atormentaban cruelmente. Su compañero lo exhortaba diciéndole que pensase en los inmensos tormentos de Nuestro Señor Crucificado, pero como comenzase a languidecer el siervo de Dios, cada una de estas palabras aumentaban nuevos y agudos dolores. Finalmente llegó al templo, donde se venera una devotísima imagen de Jesús Nazareno, cuyo aspecto es la ternura y el dolor mismos, y puede derretir los más durísimos corazones. El confesor, admirado, contemplaba esta maravillosa imagen, cuando he aquí que oyó que la misma imagen le hablaba a nuestro donado: “¿Qué buscas, Francisco? He aquí que estoy preparado. Ciertamente cualesquiera que sean los deseos del ardiente corazón de este serafín los tendré en cuenta, y se mantenga su piedad mientras intento contemplar la grandísima pobreza de éste.
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El venerable oblato cultivó en grado sumo la grandeza de la pobreza, considerando en nada los bienes inanes y caducos de la tierra. Normalmente llevaba consigo, tres o cuatro estampas, sirviéndole como único decenario y únicos flagelos para su meditación, en su pobreza, se alegraba sobremanera en ellos, y aborrecía los dones, que en justa correspondencia, le obsequiaban sus benefactores por sus admirable curaciones, rogando a los que le instaban que fuesen mínimos o insignificantes para que se adaptasen a su misma pequeñez. Jamás consiguió que le hicieran caso. Su repetida brusquedad excepcionalmente conseguía que la agradecida liberalidad de las personas piadosas cediese en beneficio de su comunidad. Se consideraban con admiración el mismo desprecio a las naderías con las que gozaban, la prontitud y la alegría con que estaba presto a socorrer a los enfermos retrayéndose por los demás de proporcionarle remedios medicinales a los ricos y poderosos, y los decía que acudiesen a los médicos para que éstos les restituyesen la salud, y, ante los constantes ruegos, se hacía necesario el sagrado imperio de la obediencia para que, de este modo, accediese a proporcionarles sus remedio.
Aborrecía como al fuego las limosnas en dinero. Cuando se producía alguna de este tipo, su dadivosa mano, solía entregarla a la comunidad, pero, previniendo algún regalo decía que se cediese a alguna persona honrada con lo que, en lo sucesivo lo donaban al ecónomo del convento. ¡Oh verdadero émulo del Patriarca de los pobres! ¡Ay nitidísimo ejemplar de la perfección evangélica!.
La sublimísima, ingente y eficaz altura de la mente de Francisco llegó casi a lo inefable, puesto que no descansaba su ardentísimo corazón estando ausente de su Amado. La acumulación de ocupaciones por causa de la obediencia no ponía impedimento a sus afectos ardentísimos. Ciertamente parecía destinado a la dulzura de la contemplación entre la incultura de la muchedumbre; ya entregado entre las opacas sombras a los coloquios divinos; ya finalmente se veía arrebatado por la celeste conversación entre las ocultas mansiones de los brutos. Además siempre y en cualquier lugar aquella belleza de los cielos asistía a la contemplación interna de su alma, que colmaba los astros matutinos, la que el sol y la luna admiran estupefactos, cuando, como exhala el calor del alma diligente se ofrecen cada uno uno a él como oportuno oratorio todos y cada uno de estos lugares. Fue eximio cultivador de las virtudes teologales, de las que obedecía continuamente las proposiciones de sus saludables exhortaciones Éstas resplandecían (sobre la Fe ) con cierto nitidísimo esplendor entre todas obras de Francisco; las cuales agradaban de tal manera admirablemente al queridísimo Esposo de su alma, que colmó con inmensos e innumerables favores a su siervo. Le entregó como compañero al mismo espíritu celeste que, en cierta ocasión, custodió al caminante Vicente Ferrer, en cuya superior compañía, y fidelísima familiaridad se gloriaba grandemente el siervo de Dios, entablando frecuentemente con él dulcísimos coloquios. La diestra del Omnipotente adoró también a su queridísimo Francisco con el admirable don de las curaciones, el espíritu de profecía, el poder contra las demonios, las revelaciones divinas el conocimiento interior, la grandeza de los milagros, y finalmente alguna resurrección de muerto. Procuraré enumerar este inmenso abismo de concesiones divinas.


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Examinemos la especie inmensa de enfermos ya de cuerpo, ya de poseídos por maleficio del diablo, sometida a su poder curativo. Ciertamente la facultad de curación de nuestro Francisco, no necesitaba emplear productos farmacéuticos, sólo eran suficientes su saliva, una imposición de manos y la oración para que sanasen los enfermos Aunque sin embargo solía utilizar medicinas y no muchas, esto, ciertamente lo hacía llevado de su humildad, hasta tal punto quería imputar el milagro a la eficacia de las medicinas, no poder, pero cuidaba que los remedios que habían de ser empleados fuesen diferentes y, a veces, casi contrarios para procurar la salud, lo que exaltaba más su humildad; por lo que la suprema y poderosa virtud del siervo de Dios, resplandecía con fulgor propio, después que llegaban a él toda clase de afectados por cualquier enfermedad no sólo de la villa de Priego, sino de las de los alrededores y pueblos lejanos, hasta tal punto que a los que no encontraban hospedaje en las posadas, había que buscarle acomodo en casas particulares, y algunos temiendo a causa de la influencia de tantos enfermos, no encontrar lugar para alcanzar la tan deseada suerte de alcanzar su salud, llegaban a buscar personas importantes para que intercediesen para que no fuesen rechazadas sus influencias. Ciertamente las cualidades de todo género de las personas se veían con gran éxtasis, los pobrecillos incultos quedaban absortos ante la presencia del Donado, al que observaban con excesiva avidez, esperando un final feliz a sus dolencias. Llegó a él un docto y expertísimo médico que, con ningunos resultados y aplicando medicamentos con estudiada diligencia exhortaba a nuestro Francisco preguntándole, para que preparase algunas cosas para una acción rápida, pues no observaba la razón más adecuada para la salud del cuerpo. No injustamente porque en las famosas universidades del orbe, cuanto aprendía en la clase de la oración celeste el humilde Francisco, todos los médicos reunidos no eran capaces, de adquirir tanto conocimiento. Donde abiertamente se esperaba la necesidad de los enfermos, allí levantaba su mirada a la sublime Majestad: y existía un gran acuerdo a la fuerza de su deseo, que observaba que podía emplear. Ni el horno que era el pecho del Siervo de Dios se satisfacía ardiendo sólo con esto, que no le fuesen enviadas medicinas más saludables que las espirituales, de tal manera que, propondría éstas como preparativos necesarios para una perfecta curación.
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Pero sería extenderse hasta el infinito si quisiera enseñar una por una las incontables curaciones milagrosas de nuestro Francisco. Pero no obstante, dejando el tema iniciado para un conocimiento más amplio, relataré sin profundizar y brevemente algunas de las más milagrosas. En esta villa de Priego nació con los pies deformes María Jacinta de S. Roque: los dedos ocupaban el lugar de los talones y aquellos estaban en el lugar de éstos. Los padres estaban muy afligidos y apesadumbrados por la deformidad manifiesta y confiaron en que el remedio con seguridad lo hallarían en manos del venerable donado. Inmediatamente acudió éste y, urgiendo los dedos con su saludabilísima saliva, trazó la señal de la Cruz, sobre los pies deformados, con lo cual los redujo inmediatamente a su postura correcta. Una niña pequeña cayó al fondo de un caldero repleto de ardiente lejía, quedando totalmente quemada por la fuerza de ésta, solamente vivió durante veintiocho horas en una situación miserable. Cierta hermana suya por un increíble espasmo, atónita, arrebatada por un increíble espasmo, atónita despreciando el fuego, introdujo sus brazos dos veces para extraer a su querida hermana pequeña, aunque logró su propósito, los nervios de los brazos se le quemaron y quedaron contraídos fundiéndose la carne por efecto del fuego; a los pocos días aparecieron los huesos casi desnudos; Más de cinco meses permaneció sin alivio alguno. Después de haberle sido aplicadas inútilmente innumerables medicinas quedó postrada por esta desgracia, sin embargo evocando la ayuda de nuestro Francisco, recuperó la casi perdida esperanza de obtener la salud, encomendando ambos brazos al poder de él. Entonces el Siervo de Dios trazó con sus dedos, impregnados de su saliva, varias creces sobre los brazos contraídos. Éstos quedaron, a su contacto salutífero, libres y robustos de tal manera que comenzó a moverlos y recuperó en breve tiempo la integridad perdida.
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Cierto presbítero de Granada llamado D. Juan de Valenzuela, preocupado en extremo por su salud, requirió al Siervo de Dios, porque padecía de hidropesía y hacía seis meses que sufría unos dolores angustiosísimos. Había sido desahuciado por los médicos, que le dijeron que no había fuerza humana que lo curase y ya veía cercano el día de su muerte. Para que se lucrase del beneficio saludable de esta clase de prodigios, llevó consigo a una sobrina suya que padecía de unos enormes bultos en el cuello que, a veces parecía que la iban a asfixiar. Tuvieron pues un feliz encuentro con nuestro donado, quien tomó como suyas las tragedias de ambos llevado por su tierna compasión e inmediatamente mandó que le trajesen una jarra de agua de una fuerte cercana, para que bebiéndola, el hidrópico pudiera conseguir el consuelo inesperado. Los reunidos quedaron estupefactos al contemplar un medicamento tan dispar, sobre todo porque doctísimos médicos le habían prohibido beber. “No hay miedo–dijo Francisco-, beba y mantenga viva su vacilante fe y quedará sano, y cuando llegue a su casa, coma con confianza todo el alimento que le apetezca y beba el agua que se llevará consigo, tomada de la misma fuente”. ¡Oh prodigio!, inmediatamente se cumplieron los mandatos de nuestro médico celestial y desapareció rápidamente toda señal de enfermedad. El siervo de Dios dirigió su mirada a la afligida paciente y observando cuidadosamente el cuello inflamado, el cual había tomado forma de esfera, a causa de la enfermedad incurable, lo ungió, trazando sobre él el signo de la cruz mojando sus dedos en su salutífera saliva, y, para asombro de todos, desaparecieron inmediatamente los tumores a los que no les había servido de nada los siete años durante los cuales habían aplicado distintas y reiteradas medicinas.
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Mientras un muchacho cogía cerezas en el huerto de D. Pedro de Morales, cayó de lo alto de un árbol, de tal manera que, habiéndose roto algunas costillas, maltrechos los miembros y perdido el sentido y careciendo toda signo de vida, quedó como muerto. Llamado Francisco para que se dirigiese donde estaba caído el niño, dijo: “Este simula que está muerto para evitar el trabajo,” y tocándolo levemente con su mano para que volviese a la labor, éste se levantó. !Cosa admirable¡, resucitó al punto, subió al cerezo y totalmente sano siguió recogiendo cerezas.

El arquitecto que estaba construyendo la estructura de nuestro convento de Málaga se debatía entre dolores letales en peligro de muerte, habiendo abandonado ya todo tipo de medicinas. Entonces el Guardián le dijo a Francisco: “El Maestro que dirige las obras de este convento dicen, que esta a punto de morir, lejos ya de todo remedio humano. Me siento obligado con él, por lo tanto en nombre de la Santa Obediencia te mando que lo cures y que quede totalmente sano, y que no vuelva a tener ninguna enfermedad”. El obediente donado marchó inmediatamente y, cuando visitó al moribundo, encontró con él tres médicos de los más famosos que, cuando vieron al pobre y humilde fraile que iba a sanarlo, comenzaron a ridiculizarlo riéndose de él y no recatándose de sus burlas. Francisco no tuvo en cuenta sus injurias y, con todo celo, se dispuso a realizar su trabajo de curación que le habían mandado. Mezcló aceite con unos preparados que llevaba triturados, y juntamente le añadió una pequeña porción de ceniza de sarmiento. Todo este preparado le echó en un vaso de arcilla, mezclándolo con agua, y se lo ofreció al enfermo para que lo bebiese, éste aborrecía ya los manjares más exquisitos y no podía tragar la comida más delicada. ¡Oh maravillas del Divino Rey!, apenas probó el preparado, se levantó en la cama con los ojos abiertos, y para asombro de los allí reunidos, bebió con avidez aquel insólito caldo, y apuró las heces y cenizas con las que se había compuesto, diciendo que tenía un gusto exquisito. No fue necesario nada más para que a los pocos días volviese a dirigir la obra del convento, ya restituida su salud y recuperadas todas sus fuerzas. Qué corridos de vergüenza quedaron los arrogantes médicos y qué, enseñanza sacarían de su envidiosa irrisión.
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Finalmente nuestro bendito donado inspiraba un soplo saludable a los que soportaban cualquier tipo de padecimiento, y su admirable poder se extendía a sus sandalias y a su pobre manto, los cuales aunque no los llevase puestos operaban admirablemente curaciones. Llevaba consigo una calabaza llena con polvos, prodigiosa panacea para toda clase de enfermedades, como se pone de manifiesto por este experimento referido. Portaba además en la manga de su hábito aquella imagen de la Virgen Niña que antes mencionamos, las delicias de Francisco, y por ella eliminó prodigiosamente innumerables enfermedades. Su afecto gozaba grandemente de las ternuras de la celestial Emperatriz, la cual acudía rápidamente en su socorro, en las muchas necesidades y aflicciones extremas manifestándose innumerables veces, desde la manga donde se encontraba su imagen, cada vez que él la invocaba, para que su amado no prorrumpiese en quejas de amor, con cuyas repetidas manifestaciones, aunque invisibles se hacía patente no sólo al mismo Francisco, sino que los demás llegaban a notar su presencia por la maravillosa fragancia celestial que percibían La Duchísima Madre envolvía a su confidente Francisco con luz divina , sobre todo cuando se dignaba realizar estos hechos con los enfermos. Escuchen dos sucesos de los más prodigiosos que ocurrieron con esta maravillosa imagen. Francisco llevó sagrada y venerable imagen de su manga a cierta familia que se lo pedía insistentemente y ésta veneraba con afecto a la Princesa de los Cielos. Un pequeñuelo que apenas tenía ocho meses y aún se amamantaba, al que apenas sus pies tenían fuerzas para mantenerlo erguido, he aquí de forma inesperada se dirigió rápidamente por sus propios piececillos e hincándose de rodillas en presencia de todos, comenzó a adorar la imagen de María. Entonces el Siervo de Dios dijo que él había presentido tal veneración por parte del pequeñuelo
Cierta mujer de Priego amamantaba a un hijo que no era suyo, éste pasaba los días y noches llorando abundantemente y sin descaso. Solícita acudió a nuestro donado para que lo librase de este llanto incontrolable. El cual dijo: “No es bueno que también quieran encontrar en mí remedio, ¿hasta qué grado podré yo contener el llanto de los niños?”. No obstante extrajo la imagen de la Virgen Niña, que siempre llevaba con ella trazó el signo de la Cruza sobre la cara del niño.¡Cosa admirable!. Al momento se le secaron completamente los manantiales de las lágrimas y, mucho más, por el resto de su vida ningún tipo de sensación hizo volver jamás ninguna lágrima a sus ojos, para admiración suya y de los demás.

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Ni la misma muerte podía resistir la poderosa virtud de nuestro Francisco, a cuyo poder restituía rápidamente los funestos despojos de su abominable guadaña., a cuyo poder restituía rápidamente los funestos despojos de su abominable guadaña. Está demostrado, hasta el día de hoy, que devolvió la vida a cinco muertos.(a saber: tres niños un hombre y un cuadrúpedo). El más maravilloso de todos sus hechos) es el siguiente: Cierto niño de tres años yacía con los intestinos fuera. Su inconsolable madre rogó al siervo de Dios para que lo librase de la inminente muerte. Éste, por caridad, acudió rápidamente; y volviendo hacia atrás el paquete intestinal lo introdujo en el cuerpecito; no tardó mucho en curar totalmente, cosa que atestiguan sus padres. Hace poco, estando ausente Francisco, he aquí que falleció un niño a causa de unos horribles dolores. No eran para oír los gemidos, las lágrimas y las quejas truculentas de la madre, culpando a Francisco de la muerte de del niño. “¡Hombre vil y embustero, por su culpa a muerto mi niño!”, decía y vomitaba todo tipo de juramentos furibundos y maldiciones llenas de veneno: Después como una fiera, se dirigió violentamente hacia donde se hallaba el venerable donado llevando al mismo tiempo el cuerpo exánime de su hijo, y con idea de que Francisco lo siguiese en su muerte. Finalmente lo encontró y con torvo aspecto le mostró el cadáver, amenazándolo con un hierro incandescente. En nada se conmovió el siervo de Dios, al contrarío revestido de una dulce mansedumbre dijo: “¿Por qué dices que este niño está muerto, cuando está vivo?”, y llevando su salutífera, mano a su barbilla dijo: “!Niño, niño¡”. ¡Oh prodigio¡; rápidamente abrió los ojos y mostró una alegre sonrisa a todos los que habían acudido a presenciar el desenlace de este hecho, que quedaron atónitos, pero sobre todo la madre, cuando en aquel momento contempló a su hijo libre de la hernia. Entristecida por haberse portado con tal mal humor, inclinada, rogó al Siervo de Dios que le perdonase y, finalmente, llena de gozó, volvió a su casa acompañada de su hijo.
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Los poderes del infierno sucumbían ante la autoridad del Siervo de Cristo Francisco, y no podía hacer valer su prepotencia cuando eran obligados por el a abandonar los cuerpos en los que se habían introducido. La fama de la de la potestad de nuestro donado contra las negras maquinaciones de los habitantes del infierno se extendía por todo el orbe con rapidísima alas, por lo que los miserables posesos de todas partes lo buscaban con imperioso afán para que los librase de tan infame servidumbre. Con tal fulgor admirable fue Francisco engrandecido por el Señor, sobre el tema de la posesión demoníaca, que ni las mismas brujas, ni la malicia inicua de sus hechizos pudieron escapar de su perspicacia. Sus cuantiosas curaciones de este tipo son para que las contase, si no pesase por molesto, sin embargo haré un breve compendió de todas ellas. Escuchemos uno o dos, a vía de ejemplo. Unas bestias inmundísimas atormentaban a Dª Juana Cano Sánchez. El Siervo de Dios fue llamado para que la librase de tales monstruos. Fue con rapidez, y al mismo tiempo también se congregó una gran multitud de curiosos, ávidos de contemplar la actuación de Francisco. Enseguida la posesa comenzó a gesticular con tremendos y horrendos visajes de su cara. Entonces el Siervo de Dios, echando su cordón al cuello del energúmeno, lo condujo a la fuerza a un lugar donde había un emparrado; y allí mandó a todos los que estaban presentes que, hincados de rodillas rezaban lo que les había pedido, el fervoroso Francisco no cesó de exhala su carismático aliento en los oídos y en los ojos de posesa. Gruñían las furias del Infierno arrojando grandes llamas, no queriendo ceder al gran poder del Siervo de Dios. Abandonaron finalmente el desgraciado habitáculo de la pobre mujer quemando a su paso la mitad del emparrado que ya hemos mencionado. Entre la muchedumbre se encontraba un tal Diego Romero que profesaba cierta incredulidad sobre los prodigios de Francisco; de pronto sintió en el rostro un intolerable calor. “¡Oh Jesús!– dijo, ¿qué es esto?”, e inmediatamente se marchó a su casa, donde su mujer estupefacta contempló que tenía quemadas las cejas y los párpados. Mientras ocurría esto, nuestro Francisco dijo: “Bastante confuso y avergonzado se ha marchado a su casa Diego Romero, puesto que por causa del Demonio se ha visto afectado por una saludable quemadura que no le causará lesión, por ello, ya que es incrédulo al poder de Dios vendrá, sin embargo, aquí a suplicar perdón ante todos los presentes”. Así ocurrió ciertamente. Volvamos finalmente junto a las parras, en las que, entre la frondosidad y de la hermosura de sus frutos, se contemplaban los negros horrores del fuego. Entonces, el Siervo de Dios, con la mezcla de polvos de su calabaza, mandó quemarlos con polvo de azufre sahumar los sarmientos calcinados y todos los rincones de la casa. ¡Cosa admirable!. Enseguida con la emisión de los vapores, volvió el primitivo verdor y los anteriores frutos, y se desvaneció de la casa todo el hedor infernal.
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En cierta posada de esta villa de villa Priego, Francisco expulsó catervas de espíritus infernales del cuerpo de una mujer mientras el pueblo curioso lo rodeaba, entre el cual había algunos incrédulos y difamadores, buscando la ocasión de mofarse de él y ridiculizar a su adeptos. Tan gran multitud molestaba al Siervo de Dios grandemente, y les suplicó una y otra vez, que se marchasen, pero hacían oídos sordos a las peticiones de Francisco. Finalmente estando para salir, el demonio habló por boca de la posesa: “Francisco, ¿quieres qué a todos los aquí reunidos, que no creen, les sobrevengan unas diarreas que no olvidarán y verás como así creerán?”. No a todos –respondió el Siervo de Dio, sino a ocho o nueve de los obstinados”. Al momento (es cosa digna de risa), cuando sintieron las diarreas, muchas personas echaron a correr precipitadamente, ya tropezando unas con otras, ya desperdigándose. En esta confusión tumultuosa, salió mal parado Félix Gómez, quien sufrió grave daño en un brazo. Nada estuvo más claro que, los que se habían burlado de Francisco, sufrieron inmediatamente el flujo de las diarreas, expulsando gran cantidad de líquido amarillento.
Entre éstos cierto conocido, Fernando Gómez, comenzó a expiar el haber sido el primero en la burla, por cuya malevolencia pidió perdón al Siervo de Dios y cambió su primitivo sentimiento nocivo, en afecto.
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Tan patente era la fuerza de nuestro Francisco contra los demonios que, habiendo llegado a los oídos de cierto general de la Inquisición los reiterados prodigios, intentó que el venerable Francisco recibiese la Orden sagrada menor de exorcista, sin embargo impregnado de humildad, el Siervo de Dios renunció a esta gracia, considerándose indigno de tan sagrado honor. Finalmente reseñaré brevemente dos casos singulares que ilustran su maravilloso poder.
Unos demonios parlantes sometían a tiránica posesión a una desgraciada mujer. Los del pueblo comentaban esta calamidad ante Francisco intentando eliminarla. La charlatanería de estos demonios consistía en poder expresarse en latín, al mismo tiempo que en castellano, para confundir a sus oyentes y que no se pudiese distinguir la magnitud de la enfermedad. Entonces Francisco con ojos amenazadores se volvió a la posesa y, con una sola mirada, la que antes actuaban como una disoluta, fue doblegada a un humilde silencio. Renovado el coloquio, el demonio repitió su disonante charlatanería, como al principio; por segunda vez, lo miró Francisco e inmediatamente, inclinando la cabeza, enmudeció para admiración de los presentes al contemplar que sólo ante la mirada del Siervo de Dios el enemigo no podía mantener su preponderante soberbia. Además unos espíritus inmundos poseían a la desgraciada, los cuales, obligados por la virtud de nuestro donado, aunque a duras penas, restituyeron totalmente, su salud a la que habían atormentado con terribles suplicios durante un trimestre. El Siervo de Dios prevenía que saliesen los demonios por los oídos, no por los ojos, que eran por donde ellos querían salir, sin embargo desobedientes y rebeldes, salieron por los ojos, consumiendo el párpado del ojos derecho, a causa del fuego producido a su salida. Francisco, lleno de ira se encolerizó e inmediatamente les mandó a las pertinaces bestias que saliesen por los oídos, como les había mandado, y que de paso sanasen el ojo dañado. ¡Cosa admirable¡ Se plegaron a su mandato, y, aunque rechinando los dientes a causa de su renuncia, cumplieron exactamente todo lo que le había impuesto.
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Ciertamente no es fácil de explicar ni puede caber en mente humana, la implacable rabia furiosa que contra el donado se ocultaba en los demonios. Tenían contra él un terrorífico odio, y a no ser por intervención divina. En más de una ocasión hubiesen destrozado los miembros de Francisco, con tremendos desgarrones. Ya se tenía por cierto que, después de cualquier expulsión de diablos tenía que estar prevenido. Lo arrojaban contra el suelo con aquella fuerza extraña que hacía que derramase sangre por la nariz y oídos a consecuencia del golpe. Con ello, lo atormentaban con tanta crueldad que estuvo a punto de morir en más de una ocasión. En cierto momento fue arrojado de cabeza desde un lugar bastante alto, lo que le ocasionó la pérdida del sentido y fracturas varias en ambos brazos y heridas en la cabeza, sin embargo, el poder divino estaba atento y libró al Siervo de Dios con su providencia de tantas heridas.
Francisco padecía cierta extraña enfermedad de manera que apenas tenía fuerzas para no ser atacado por la cruel astucia del demonio. Además, en aquel tiempo, se observaban, en él violentísimas alteraciones, en las narices, en los ojos, en las orejas, y muchas veces, arrojaba por la boca un líquido color púrpura, pero entre estas agitaciones y grandes sufrimientos seguía recibiendo la tranquila dulzura del cielo en la medida que su dignidad merecía. Mientras era privado de los sentidos y poseído por la enfermedad se escuchaban altísimas alabanzas a la Suprema Divinidad y a su excelsa Madre. Los sucesos que ocurrían en lugares alejadísimos, los describía con todo detalle, como si personalmente los hubiese presenciado, de cuya verdad consta como fiel testigo, una horrenda tempestad que padecieron los hermanos que navegaban para celebrar capítulo general, cuya nave, a causa del temporal, naufragó. Francisco narró el siniestro con todo detalle estando bajo los efectos de la enfermedad. Comprobada la hora del día en que ocurrió el suceso, después cuando transcurridos muchos meses, llegó la noticia, se evidenció con certeza lo descrito por Francisco en su lecho de dolor. Sumido en el mismo habían de ocurrir muchas cosas que finalmente se comprobaban que había sucedido. Profetizaba y el Señor recreaba el alma de su siervo con admirables visiones. Lo oían hablar en lenguas desconocidas para él, y lo que admiraba aún más a sus acompañantes, poseía un raro conocimiento de prendas sagradas, que, sin embargo, por fuerza de la naturaleza, puesto que no era dueño de sus sentidos, no podía ocultar. Tan pormenorizadamente lo explicaba con tanta claridad se manifestaba que daba a conocer hasta los nombres contenidos en una hoja de papel. Cierto individuo llevado por la curiosidad intentó hacer una prueba sobre su capacidad de cognición por lo cual, mientras estaba abatido por una enfermedad, le aplicó por la espalda un trozo de la Cruz de Cristo. “¡Oh qué reliquia! – dijo Francisco-, es un fragmento del Árbol de la Vida”. Pasados algunos meses, estando en una situación similar a la anterior, por enfermedad, le acercó al Siervo de Cristo el don sagrado. “Que curiosidad – dijo Francisco -: ¿por qué no quieres mostrar lo que es?”. Pasado sin embargo cierto pequeño intervalo de tiempo, le aplicó el sagrado fragmento, lo mismo que la primera vez. Soportando con desagrado el Siervo de Dios esta clase de inoportuna asiduidad, dijo: “¿No es cierto que en otra ocasión descubrí de dónde procedía esta reliquia, Por qué tanta impertinencia?” De esta manera, el individuo mencionado, se transformó en un admirador suyo cuando comprobó su capacidad de cognición.
Su adhesión a la Santa obediencia resplandece con no menos brillantez. En las ocasiones en las que se veía afectado por su peculiar enfermedad, pues en muchísimos momentos, estando privado de sentidos presentía que se acercaba el Prelado, aunque éste se háyase bastantes lejos y tantas veces como esto sucedía, rápidamente y con complacencia se levantaba para reverenciarlo, causado admiración a todos los que contemplaban este excesivo celo por el cumplimiento de las reglas de Obediencia.
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Predecía los sucesos que habrían de ocurrir con mucha anticipación, por el espíritu profético del que estaba dotado. Pero, si me dedicase a referir todos los que predijo, la narración seria inacabable, no obstante, a modo de comprobación, voy a contar un suceso de los más significativos. Ya habían transcurrido cuatro años desde que la ilustre dama de este pueblo Dª Ana de Ovando, había dejado de ser fértil, a la que cierta tarde vio el Siervo de Dios, ella dijo: “Nada me alegraría más que poder tener hijos y que vuestra merced fuese su padrino”. “Queda un remedio- dijo él -, tome una pequeña porción de este polvo y será madre”. Le mostró un pequeño sobre doblado del cual ella sacó un poco de polvo con los dedos, tomándolo, lo probó. Le ofreció otro poco y le dijo Francisco: “¿No quiere vuestra merced tener dos hijos?”. Respondió ella: “Los que Dios me diese y haciendo caso a Francisco, tomó otro poco.¡Oh prodigio!. En breve quedó encinta y, pasado el tiempo reglamentario, fue recompensada con dos niños gemelos, a los que gozosamente apadrinó Francisco.
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Tampoco quedaban ocultos los pensamientos íntimos del corazón humano a la perspicacia de Francisco. No escapaban los estados de la conciencia a su mirada. Finalmente no sucedía nada que desconociese, cosa que Dios había añadido al admirable don de las curaciones. Es digno de considerar el cúmulo de gracias prodigado a este hombre humilde, que se oponía a tan repetidos prodigios. Las gentes admiraban su poder en cualquier tipo de gestos heroicos. El Siervo fiel Francisco era deleite supremo del Señor de los poderosos, que lo había adornado con una luz admirable, con la que conseguía penetrar en las profundidades más íntimas de la humildad. En cierta ocasión cayó de rodillas un caballo cuando vio pasar al Siervo de Dios. Otra, un terrible león doblegó su cruel naturaleza, cuando, movido por la caridad Francisco, le curó la pata enferma. Por su mandato, mantuvo por dos horas la luz del sol para que penetrase en el camino de un lugar horrible y lúgubre. Los rayos obedecían a Francisco, los cuales, apartando oscuridad a su alrededor, llevaban a los sembrados grandes y copiosas lluvias, quedando totalmente inmune él, sus acompañantes y las bestias de la servidumbre que habían abandonado una noche su residencia. Este hecho es digno de ser admirado, los que observaron que no había la más leve señal de humedad en las sandalias de Francisco, después de haber andado por el campo, cuando los cielos se precipitaban en copiosa lluvia. La maravillosa providencia divina socorría a su famélico Siervo cuando caminaba, ofreciéndole inesperadamente un hermosísimo pan recién cocido con el que pudo terminar su viaje, al tomar aquel alimento que compartió con su acompañante. Finalmente cuántas veces logró prodigiosos incrementos de alimentos, semillas, trigo, y otros frutos de la tierra, por ello la gente lo colmaba de alabanzas y honores en tal grado que son innumerables los que compartieron y se beneficiaron de los dones sagrados, considerándose, por ello, afortunadísimos.
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Ciertamente no sonaban del mismo modo los aplausos de los enemigos, pero el fulgor de la vanidad no le cegó en ninguna ocasión y consideraba tesoro inestimable de sus delicias en todo momento, el corazón humano, por ello todo lo demás lo tenía en poca cosa. Se consumía en ardentísimas llamas por su Amado, y en más de una ocasión, vehementes incendios lo arrebataron, gratificándolo con el don de levitación. Muchas veces lo sorprendieron privado de sus sentidos y tan insensible como el mármol y exhalando maravillosas fragancias celestiales. Y no fue raro que se le viese rodeado de un resplandor divino, sobre todo cierta noche que, estando en nuestro templo, fue arrebatado en divina contemplación y toda la basílica se iluminó con luces sobrenaturales. También la obsequiosa prontitud de Francisco estaba a la vista en tales abstracciones maravillosas, causando recelo en muchas ocasiones, ya a los prelados, ya a los confesores sobre esta virtud. Ciertamente eran inefables las dulzuras que, feliz conseguía de su queridísimo Esposo celestial. En cierta ocasión se vio al Supremo Rey de los cielos acompañado de su amantísima Madre que escuchaban con dulcísima condescendencia, cómo les hacía sus ofrendas y acercándose sus santísimas almas, se recreaban maravillosamente haciendo que, de la sacrosanta herida del costado del Redentor, fluyese cierto inestimable licor. De ninguna se atrevía Francisco, a causa de su humildad, a acercarse para libar de él y gozar de tan inmerso favor sin embargo el Seño, invitando a su siervo a aquel preciosísimo néctar celestial, llenó su espíritu de incompresible suavidad.
85.-La deseada meta se acercaba a Francisco, por ello, los ardientes deseos de su corazón, que por momentos hacían que se derritiese en amor, estallaban en llamas.
Falleció, finalmente, en el año 1742, cuyo comienzo trajo la última enfermedad del Siervo de Dios. En ella resplandecieron, la paciencia y la mortificación fuera de lo humano, pues no consintió, como era su costumbre, probar carne, ni otro tipo de alimentos fuera de los que antes mencionamos, yaciendo en cruz entre dolorísimos tormentos y suplicios de la enfermedad y, como verdadero émulo de San Francisco, pidió insistentemente que lo dejasen morir soportando el dolor y que, cuando expirase, lo enterrase desnudo en la desnuda tierra, para que sus miembros se devolviesen en la más completa pobreza. Durante todo el tiempo las manifestaciones de este abatimiento eran abundantísimas, quedando inmóvil por la enfermedad, aunque no eran infrecuentes los raptos de arrobamiento y, porque su vida velozmente se aceraba a su término, se esforzaba con todo su cuerpo en practicar heroicos actos de virtud, en recitar con todo amor ardentísimas jaculatorias
No se demoró mucho el día de la muerte de Francisco; ésta ocurrió en el Sábado Santo ocho de abril del mencionado año de 1742, en cuyo día, sostenido tiernamente por el ritual de la Santa Iglesia, se durmió en un abrazo con su amantísimo Esposo Celestial, quedando su cuerpo inmune a los horrores de la muerte, hasta que fue sepultado, y un leve calor persistió en su cuerpo manteniendo sus miembros flexibles y sus ojos pulcros y cristalinos.
89.-La gente del pueblo que acudió fue ingente. Todos pretendían besar el venerable cadáver, movidos por una desacostumbrada piedad, hasta tal punto que hubo que colocar a su alrededor guardas, aun de noche, para que impidiesen que de destrozasen su cuerpo para conseguir una reliquia, y, hasta las coronas con las que se había adornado el féretro, no estaban seguras, ya que, por piedad, las arrancaban para llevárselas. La gente devota observó dos prodigios en el momento de introducir el cadáver en la sepultura. Cuando presenciaba la inhumación D. José de Luque Mariscal, le cayó sobre la espalda una lápida de mármol que, a pesar del fuerte golpe que le dio, no le ocasionó ningún tipo de daño ni de contusión alguna. Además mientras se extraía del venerable cuerpo una uña para satisfacer la devoción, la navaja con la que se realizaba la operación, extirpó, al mismo tiempo, parte de carne, y comenzó a manar sangre del dedo, a pesar de que hacía tres días que había fallecido.
Francisco desapareció de las miradas de los hombres, pero ciertamente, no se esfumaron los prodigios, ni acabaron los beneficios que, en vida, había prodigado, aunque la segur de la muerte hubiese cortado su vida.
Dios extendió su omnipotente diestra por los méritos de su Siervo Francisco, para adornarlo con prodigios póstumos. Narraré uno, de los muchos que ocurrieron. Los que eran tocados con las reliquias de Francisco obtenían curaciones milagrosas. Un íntimo, amigo suyo, Francisco de Castro, tenía una niña de ocho meses, la cual fue herida mortalmente por una pedrada en la frente. Al momento, la diligencia de su padre hizo que se le aplicasen todos los remedios que estaban a su alcance, y la horrible herida quedó inmediatamente vendada. Esta curación no satisfizo el corazón de padre y, armado de su ardentísima fe, colocó sobre las vendas y medicamentos la reliquia que había tenido la suerte de conseguir. Cuando amaneció, ¡cosa admirable! , se hallaban dispersadas por el suelo las vendas flojas, las ligaduras, y sólo quedaba adherida a la frente, rodeándola, la reliquia del Siervo de Dios, que ella sola fue suficiente para que sanarse la herida. Sea bendito por siempre el hombre admirable y glorioso que se manifestó de manera tan gloriosa y admirable.
AÑO 1743
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Fray José de Rivera, Definidor, hijo de Pedro Rivera y de Dª María de Olmedo, fue adherido a nuestra provincia de Granada, el primero de febrero de 1690, Fue un hombre adornado de paciencia, humildad, mansedumbre, prudencia, caridad, limpieza de alma y de todo tipo de virtudes. Por el celo de las almas fue infatigable en escuchar confesiones, un elegido por Dios para llevar a muchas un consuelo feliz en sus pecados. Fue elegido Guardián tres veces, y otras tres Definidor. Eminentísimo en Teología Moral, escribió un libro titulado “Tratado del Mal Supremo, o pecado mortal”, que no llegó a publicarse. Colmado de días, descansó en el Señor el seis de octubre de 1743.

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Fray Juan Zambrana, profesor de Teología y Definidor, hijo de Ildefonso Zabrana y de Manuela de Valencia, nació en Fuente del Maestre, del obispado de Paz Julia, (Badajoz, para el vulgo), y fue incorporado a nuestro convento, el 17 de julio de 1698, fue dos veces Guardián, otra Maestro de Novicios y otra Definidor. Dotado de gran agudeza de mente escribió un breve tratado inédito, titulado “Florilegio de Devociones”, y otro llamado “Alegación contra los Padres Carmelitas Calzados “, que intentaron conseguir para ellos una fundación en esta villa de Priego. Una obra ciertamente muy buena y llena de razones, que se conserva en el archivo de este convento. Viva por siempre su autor.
RELIQUIAS
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Además de una partícula de hueso de San Pedro de Alcántara y un trozo de la colcha de la cama de S. Pascual Bailón, que se guardan en la Sacristía en conveniente veneración, en el Sagrario del Altar Mayor se venera una gran parte de un radio del cuerpo de San Antonio de Padua, que a este monasterio dejó en su testamento el ilustrísimo D. Antonio Pimentel y Ponce de León, abad mayor de la abadía de la ciudad de Alcalá la Real en 1697, junto con todos los enseres sagrados de su oratorio. En cierto relicario muy rico hay incluido una prenda de tres palmos, guarnecida de cristal, adornada con el nombre del mismo Santo. Este, que está escrito en castellano por el ilustrísimo Señor D. Diego de Ortega, lo hemos traducido en latín, cuyo texto, a saber, es el siguiente:
"Nos, Don Fray Diego de Ortega, por la gracia de Dios, Arzobispo estauropolitano de la Santa Sede Apostólica y Vicario General de Misiones de Africa, certificamos que sabemos que se recibió del ilustrísimo D. Antonio Pimentel y Ponce de León, Abad Mayor que fue de la Abadía de Alcalá la Real, cierto Relicario, conservado en poder del mencionado Abad, con una reliquia de S. Antonio de Padua, que era el que más veneraba y apreciaba de él; que lo recibió por una donación que le hizo su tío paterno el ilustrísimo D. Domingo de Guzmán, arzobispo de Évora, en Portugal. El mencionado relicario fue donado por el ilustrísimo abad, en su testamento, al convento de San Pedro, Apóstol, de los Hermanos Descalzos de la villa de Priego a catorce de noviembre de 1698. Firmando Fray Diego Ortega, Arzobispo Estauropolitano”.
90.-Además, todos los huesos del cuerpo de S. Olivio mártir, que se conservan fuera del culto, desde hace tiempo, en una arqueta en el archivo de este convento, por aquello de que, sin el previo consentimiento del Obispo, no se hiciese un detallado escrutinio. No obstante podemos inferir que son auténticos.
En el Nombre de Dios, Amén.
Sea conocido, evidente y patente para todos como instrumento público que en la Navidad del año 1671 en la Declaración IX, del día 19 de febrero primer año de pontificado del Papa Clemente, ante Notario Público y los infrascritos testigos convocado para esta ocasión, y presente Fray Fernando de la Encarnación, religioso confeso de la Orden Descalza de la Santísima Trinidad, de la Redención de Cautivos, de la Congregación de las Españas, venido para el asunto del caso, al convento de S. Carlos, junto a las cuatro fuentes de Roma, conocido por mí, declara bajo juramento, con las manos en el pecho, como es costumbre en los sacerdotes, y afirma que a él le fueron donadas por A.R.P. Felipe. de la Santísima Concepción, Ministro y Procurador General del mencionado convento de S. Carlos, como legítimo sucesor, del, en otro tiempo, Ministro y procurador general del mismo convento, las mencionadas reliquias sagradas, conservadas con todo decoro, devoción y reverencia, en el Oratorio del mismo convento, con facultad de poder donarlas a otros, transmitirlas fuera de la ciudad y de colocarlas en las Iglesias; y las descritas fueron concedidas a A:R:P: fray Juan de la Anunciación por el Ilustrísimo y Reverendísimo D. Juan Bautista de Alterio, que fue obispo Camerinense y Vicegerente del Eminentísimo Cardenal vicario de Roma, y fueron donadas, por el ilustrísimo D. Lorenzo López Crespo, las sagradas reliquias del cuerpo de S. Olivio, mártir, existentes en cierto cofre atado, con cintas de seda roja, y selladas con el sello del ínclito Pueblo Romano.
El mismo A.R. P. fray Fernando dijo y afirmó que las dichas reliquias sagradas le fueron donadas, y juró, poniendo la mano sobre su pecho, según la costumbre sacerdotal, que son las auténticas, las que están contenidas en dicha arca. Las cuales reliquias del cuerpo de S. Olivio Mártir, fueron donadas voluntariamente por D. Lorenzo, al ilustrísimo D. Luís Ferrer de Castro. Sobre todo ello, fue pedido por mí, el infrascrito notario público, para confeccionar uno o varios instrumentos públicos y en la medida que fuese necesario y se me solicitasen .Ejecutado en Roma, en el dicho venerable convento de S. Carlos, estando presentes, como testigos D. Alfonso Martínez, hijo de Francisco Placentino y D. José Brunone Valenciano. Yo, Pedro Antonio Pacinello, notario público de Roma, por la gracia de Dios y por la autoridad apostólica de la Curia Capitolina, doy fe sobre todo lo anterior, y, para gloria de Dios, lo signo con mi sello.