10/8/08

EL CONVENTO DE ILLORA, SEGÚN UNA CÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII

INTRODUCCIÓN

El autor de la crónica latina nos da algunas referencias sobre la villa de Illora. Nos dice que distante cinco millas hacia el norte de la ciudad de Granada, se encuentra cierta villa fundada en tiempos de Túbal, llamada por los antiguos Illiberis (es el nombre preferido por los historiadores) o también hay otros que prefieren llamarla Parapanda, posiblemente porque se halla situada a los pies de la roca Parapanda. Como vemos el cronista no se aleja de la historia de España del Padre Mariana, que atribuye La fundación de casi todas las ciudades de Iberia al descendiente de Noé Túbal o a quienes con él vinieron. Nos refiere que es una villa opulenta por varios honores pero que, sobre todo, el más importante es que es el lugar en el que nació el mártir Rogelio que sufrió tormento en Córdoba el dieciséis de octubre del año 852, bajo la dominación musulmana.

PRIMEROS INTENTOS DE FUNDACIÓN
Los deseos por parte de los habitantes de que los descalzos fundasen un convento en dicho pueblo se remontan a años antes que la provincia franciscana de S. Juan Bautista fuese dividida en dos. Concretamente, con constante insistencia, rogaron a los franciscanos, sobre todo en el año 1643, que, para consuelo de dichos lugareños erigiesen allí un convento. Cosa que también intentaron los de la provincia de S. Juan Bautista, antes de que ésta se dividiese. También los habitantes de la cercana villa de Montefrío, ya que sólo distaba de Illora dos leguas, les habían solicitado a éstos que fundasen del mismo modo, en su pueblo un convento, cosa que no se podía llevar a cabo, dada la cercanía entre las dos localidades. Los padres responsables, estudiados los pros y contras de ambas fundaciones, decidieron finalmente que era más conveniente para la Orden, intentar erigir un convento en la localidad de Montefrío. Obtenidas las licencias correspondientes en Madrid, el año 1657, para fundar no sólo en Montefrío, sino también en Caniles, encontraron la oposición tenaz del Arzobispo de Granada, por lo que, en palabras del autor, la licencia se adormeció y las autorizaciones fueron guardadas en el archivo de la provincia, hasta que le pluguiese a Dios concederles la oportunidad de llevar a cabo la tan deseada fundación.
Una vez consumada la división de la provincia de S. Juan Bautista en el año 1661, se nombraron varios procuradores para que, ante el arzobispo de Granada volviesen a intentar la fundación. Éste se mantuvo constante en su negativa, por lo que, con toda celeridad, se enviaron otros procuradores ante la Santa Sede, con intención de obtener la fundación en Montefrío.
PRESIONES DE PERSONAS RELEVANTES
Al mismo tiempo, el clero y las personas de más influencia de la localidad de Illora, rogaron con toda la intensidad que les fue posible, al provincial Fray Francisco Morales, que llevase a cabo la fundación del convento en el referido lugar. Con objeto de reforzar su petición enviaron ante el provincial, el 12-4-1663, en representación del clero del pueblo, a los párrocos beneficiados, D. Juan Cabello Serrano y Pedro Jiménez Piedrahita, a los jueces pedáneos Diego Jiménez del Pozo y Francisco Calderón Serrano, y como representantes de toda la villa a los concejales del ayuntamiento, José Palomino y Alfonso Mazuecos. El mismo día los concejales del ayuntamiento, reunidos en sesión plenaria, acordaron enviar, para obtener el permiso correspondiente, ante el Sumo Pontífice, Alejandro VII, a D. Diego de Salamanca y Robles y a Rodrigo de Pozas Calmaestra quienes también presentarían su petición al rey católico Felipe IV, al arzobispo de Granada, D. José Argayz y ante el Supremo Consejo de Castilla. Además el mencionado provincial, en nombre de toda la provincia, remitió, ante la curia romana, por medio de los frailes Tomás Muñoz, predicador, y Blas de Pina, lego, un suplicante memorial, a fin de retener el convento murciano. El Sumo Pontífice, Alejandro VII, prestó poca atención a las fundaciones de Villacarrillo e Illora, no obstante, sí concedió un Breve apostólico, el 16 de octubre de1663, pero el arzobispo granadino, a pesar de haber conocido por medio del provincial, los escritos apostólicos, tenazmente negó su autorización para el convento de Illora.
OPORTUNIDADES INESPERADAS Y BENEFICIOSAS, ASÍ COMO OBTENCIÓN DE LICENCIA PARA UNA FUNDACIÓN
En el año 1667, falleció el arzobispo de Granada, por lo que el provincial, rápidamente, presentó ante la Sede Vacante, el Breve pontificio y las autorizaciones de las autoridades de Illora. Para impetrar la voluntad divina, envió ante los prefectos de todos los monasterios, junto con sus escritos, todas las encíclicas, referentes a ello, y además les pidió que expusiesen solemnemente la sagrada Eucaristía el día consagrado a la Purísima Concepción, no sólo para obtener la fundación del convento de Illora, sino también para conseguir la de Villa Carrillo y Alhama de Granada. Sin embargo, en palabras del autor, esta fundación permaneció como adormecida.
En esta situación se llega al año 1669 en el que el Papa Clemente IX, inscribió en el catálogo de los Santos a S. Pedro de Alcántara. El nuevo arzobispo de Granada era un gran devoto de dicho santo, por lo que el provincial, Fernández aprovechó la ocasión para rogarle concediese permiso para la construcción de un monasterio en la provincia recientemente erigida, cosa a la que accedió, pero poniendo como condición que el titular del nuevo convento fuese el mencionado S. Pedro de Alcántara y la licencia les fue otorgada, por escrito, el día doce de junio de 1669. Los padres provinciales, una vez obtenido el permiso, volvieron a la antigua discusión del lugar que sería más idóneo para levantar el nuevo convento, si Illora o Montefrío. Cambiando el antiguo acuerdo se tomó partido por Illora, dado que proporcionaría a la Orden mayor número de limosnas que Montefrío y además porque había más agua para el convento y ofrecía un valle más amplio y ameno, además era un camino más cómodo para los hermanos que tuviesen que dirigirse a los conventos de Granada, Loja y Priego de Córdoba. Para el cambio de los permisos por los ya obtenidos, el provincial envió procuradores al Consejo real de Castilla. La entonces reina gobernadora de los reinos de España, Dª Mariana de Austria, accedió a dicha permuta en la que influyeron grandemente la marquesa de los Vélez y el conde de Casarrubias, D. Isidoro Camargo. También fue grande la influencia que prestó el arzobispo granadino, dirigiendo a la reina gobernadora un amplio memorial favorable a dicha fundación. Dicha reina, el dieciséis de julio del mismo año otorgó a los descalzos la tan deseada cédula, accediendo en ella a todo lo que éstos le solicitaban. El autor hace hincapié en la brevedad con la que se consiguieron las licencias correspondientes, es decir la del Consejo real, la del arzobispo de Granada, la de los Reinos en comicios y la de la reina gobernadora, ya que sólo tardaron dos meses en obtenerla.


TOMA DE POSESIÓN DEL EMBRIÓN DEL CONVENTO Y NOMBRAMIENTO DE LOS CARGOS MÁS IMPORTANTES DEL MISMO
Una vez que el provincial tuvo en su poder las referidas licencias, ésta las presentó rápidamente ante el arzobispo de Granada, quien le indujo a la posesión de la nueva fundación, entendiendo que el asunto no podía demorarse demasiado, por su propia urgencia.. Para ello comisionó con su propia facultad de derecho al doctor D. Juan de Leiva, capellán doctoral de la capilla regia de Granada, visitador general del arzobispado y después obispo de Almería. El referido comisario, el mencionado provincial, fray Diego Fernández y su secretario, fray Manuel Ramírez, se reunieron en la casa de D. Juan Fernández Crespo. En dicha reunión, fray Francisco López, lector primario en la casa de Loja y otros religiosos que habían acudido, por mandato del provincial, poco después, en la misma mañana, ante D. Diego Tesifón de Soto, beneficiario y párroco del pueblo, Diego de Salamanca y Juan del Castillo, jueces pedáneos de la villa, Salvador López, concejal de la misma y otros muchos vecinos, observando todas las disposiciones que manda el derecho, llevaron a cabo la posesión de la tan anhelada fundación, la cual el presidente provincial aceptó en que se ubicara un cierta ermita denominada de S. Sebastián, situada dentro de las murallas del referido pueblo. Como último acto de la misma se distribuyeron los cargos más importantes del convento que recayeron en fray francisco López, como presidente absoluto, predicador conventual, el mencionado secretario, confesores a fray Manuel Ortega y francisco Crespo, como portero, a Benedicto Abellán, como maestro síndico a D. Juan Fernández Crespo y, como responsable del huerto, a Fray José García. Para que quedase constancia legal de la autenticidad de los mencionados nombramientos, dio fe de ello el notario apostólico, D. Pedro Ruiz.
DONATIVO GRACIOSO PARA AMPLIAR LA PARVEDAD EL CONVENTO
Como hemos dicho la fundación se llevó a cabo con la toma de posesión de la ermita de S. Sebastián, pero ésta no tenía ningún anexo o habitación contigua en la que los frailes pudiesen realizar sus más elementales funciones. Por ello, D. Nicolás Ruiz, piadoso devoto de los frailes, gratuitamente y a perpetuidad, les donó una casa, no muy amplia, en la que el provincial preparó del mejor modo que pudo un domicilio lo más conveniente posible para los religiosos. La mencionada mansión también resultó ser exigua para los hermanos que componían la comunidad y además no podían tener el huerto, tan querido por los descalzos, por lo que determinaron, trasladar, en principio a un lugar poco distante, para lo cual obtuvieron previamente la licencia del arzobispo granadino. Sin embargo toparon con los inconvenientes de los propietarios de las casas que necesitaban los frailes, ya que no quisieron, no sólo cedérseles gratuitamente, sino ni siquiera vendérselas, ni aún ceder ante las presiones de personas importantes que intervinieron en ello. Sin embargo hubo dos señores, D. Pedro Ramos Berrocal y D. Diego Jiménez, que, parece ser que movidos por la intervención divina, según manifiesta el autor, les regalaron gratuitamente lo siguiente: el primero, un solar y el segundo, una casita que compró a sus expensas.
NUEVA AMPLIACIÓN DEL LOCAL
Igualmente la nueva residencia resultó insuficiente para los hermanos, por lo que intentaron ampliarla comprándole una casa, bastante amplia, a un tal D. Alfonso Camarero. Éste al principio, se negó en redondo a efectuar la transacción, por lo que nos dice el cronista que, hasta los mismos chiquillos del pueblo se burlaban del mismo por su terquedad. El escarnio público, o más bien la sentencia del tribunal real, ya que tuvieron que recurrir a un pleito, movió el corazón de este hombre y al final, les vendió a los descalzos la casa en litigio y terminó encariñándose con ellos devotamente.
DIVERSAS DONACIONES PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL CONVENTO
En el año 1670, los hermanos se vieron agraciados con distintos donativos entregados por almas caritativas y piadosas. Uno de ellos fue el que les hizo, el primero de agosto, el doctor D. Francisco Montiel, párroco de la villa de Huetortójar, quien, sin pedir nada a cambio les entregó doce mil reales de oro. No fue menos magnánimo el beneficiario de la parroquia de Asquerosa , D. Esteban Ruiz, quien, el once de diciembre del mismo año les donó quince mil reales de oro. Sin embargo la donación más espléndida fue la que les hizo el vecino de Illora, D. Martín Ruiz, quien el mismo día que el anterior, les entregó quinientos ducados. Todas estas donaciones tuvieron como condición que se empleasen exclusivamente en la construcción del convento. Con estas limosnas, más las de algunas otras personas piadosas y caritativas. el presidente absoluto, Fray Francisco López y su sucesor, fray Salvador Aguayo. prepararon, en el lugar de la referida posesión, una pequeña iglesia, así como un reducido convento.
CONSTITUCIÓN DE LA VENERABLE ORDEN TERCERA
El día trece de abril de 1672, por escrito del comisario de la orden, fray Francisco Jiménez de Samaniego y el ministro de la provincia, fray Alfonso de Segura, fue instituida en dicho convento, según el ritual preceptuado para ello, la venerable Orden Tercera. El autor nos dice que esta decisión plugo tanto a Dios que manifestó su complacencia con varios milagros, según él. Aunque no cuente todos sí voy a referir uno que, parece ser, era desconocido hasta para algunos padres franciscanos de nuestros días. El hecho fue el siguiente: Con motivo de la instauración de los terciarios, celebrando los funerales por sus hermanos difuntos, encendieron seis hachones de cera que estuvieron encendidos ininterrumpidamente durante seis meses. Pues bien, después de tanto tiempo, no sólo no se consumieron sino que estaban más blancos que la misma nieve. Por ello nos dice el autor que los terciarios franciscanos, desde entonces, se ciñen el hábito con un cíngulo blanco.
PRIVILEGIO PAPAL PARA EL ALTAR MAYOR DE LA IGLESIA
El papa Clemente X, el día 20 de marzo del año 1674 concedió indulgencia plenaria, durante un setenio, al referido altar, siempre que se cumpliesen las siguientes condiciones
-Que diariamente se celebren en él siete misas
-Que cualquier sacerdote que, en cualquier tiempo, celebrase en dicho altar por lo menos una misa de difuntos, en el día de la conmemoración de los fieles difuntos y en cada uno de los días dentro de su octava y en la feria segunda de cualquier semana, por cualquier cristiano, cuya alma, unida a la caridad de Dios, hubiese fallecido.
PLEITO POR EL PAGO DE IMPUESTOS
No se vieron libres los frailes de este convento, como ya ocurrió también en otros, del deseo de los recaudadores de tributos reales, que pretendían que los hermanos pagasen impuestos por los productos que ellos mismos recolectaban o fabricaban, tales como carne, vino, peces, aceite, vinagre y jabón, que una vez obtenidos los vendían a los parroquianos.
Corría el año 1676, cuando D. Antonio de Castrorreal, recaudador de millones de la hacienda real, pretendió que los hermanos, al igual que el resto de los comerciantes abonasen la parte correspondiente por los productos que vendían. Se estableció el pleito correspondiente del cual salieron airosos los frailes, ya que la exención era un privilegio concedido a la Orden. Por ello el doctor D. Juan de Leiva, vicario general del arzobispado de Granada, como juez apostólico, designado por la parte eclesiástica, el 17 de junio del mismo año, consiguió una resolución, firmada ese mismo día, por la que la comunidad conservó todo su derecho reconocido desde tiempos ancestrales y D. Antonio de Castrorreal, no tuvo más remedio que aceptar el fallo y dejar a los frailes tranquilos.
VIDA DE VARIAS PERSONAS CON LOOR DE SANTIDAD
El autor nos narra y nosotros creemos conveniente referirlo por la prestancia que le da al convento, la vida de algunas personas vinculadas al mismo y que fueron dignas de ser contadas entre los santos:
FRANCISCA JIMÉNEZ, terciaria, natural de Illora, aunque se desconoce quiénes fueron sus padres, desde su más tierna niñez, comenzó a sentir el santo temor de Dios, al mismo tiempo que renunciaba a toda clase de placeres. Llegada a la edad núbil fue entregada en matrimonio a cierto adolescente que, una vez pasados los primeros días de felicidad, no dudó en aterrorizarla, tanto de palabra, cuanto de obra. pasados algunos años esta persona inhumana falleció, por lo que Francisca, después de tan funesto experimento, conociendo la falacidad del mundo, renunció a todas las cosas caducas, distribuyó sus bienes entre los pobres y por el superior del convento le fue impuesto el hábito de la Tercera Orden. Desde entonces se dedicó a la perfección, con todas las fuerzas de sus entrañas y a intentar complacer constantemente a su esposo celestial.
El cronista nos cuenta de ella hechos que ciertamente son para que figurara en el catálogo de los santos.
Rápidamente se aficionó a los ejercicios piadosos, frecuentaba asiduamente la iglesia, recibía frecuentemente los santos sacramentos y aceptaba con especial humildad y sumisión los consejos y orientaciones de sus superiores. Promovía con gran afecto el culto a la Sagrada Eucaristía. Se cuidada constantemente de la pulcritud y limpieza de la iglesia conventual, de tal manera que limpiaba cuidadosamente todos los muebles y enseres sacros y estaba al cuidado de que no faltase aceite para que luciese la lámpara del Santísimo. Su entrega a la oración era total y rogaba a Dios constantemente para que se compadeciese de los pobres pecadores e imploraba durante muchas horas, ante la imagen de la Virgen para que le concediese su auxilio. Era desprendida y caritativa en extremo, llegando a veces a desprenderse de sus propios vestidos para donarlos a alguien que, según su criterio, los necesitaba más que ella. Su amor hacia los demás los llevaba hasta extremos insospechables, pues visitaba a los enfermos, favorecía a los huérfanos y a las viudas, portándose con ellos como si fuese su auténtica madre
Sentía arrebatos de éxtasis durante los cuales quedaba desposeída de todos sus sentidos y daba la impresión de que estaba muerta; perseverando en esta situación, las angustias de su corazón le duraban, a veces, hasta ocho horas seguidas, después de las cuales el mismo Dios, con supremas delicias limpiaba sus lágrimas. Cuando se hallaba ante el Santísimo Sacramento, sentía tal sufrimiento que sus vísceras, sus huesos, sus articulaciones, en fin, todos sus miembros, padecían como si se encontrase sobre un horrible potro de tormento. El gemido de estos padecimientos, el indicio de estos suspiros de impaciencia que profería, dando gracias a Dios por estas horribles torturas, parecían mas bien manifestaciones de alegría y contento por ser atormentada por estas penas que el sufrimiento que por ellas padecía.
Su amor a la penitencia la llevaba a extremos tales que su lecho era la desnuda tierra y su almohada una dura piedra. Su manifestación por el desprecio de las cosas mundanas llegaba a tal extremo que solamente llevaba por vestido un burdo sayo y su camisa era un doloroso cilicio. El ayuno era su alimento diario, pues además de observarlo durante toda la cuaresma, el adviento y otros a los que pedía para ello permiso a su padre espiritual, durante tres días a la semana, solamente tomaba pan y agua y los restantes del año, se alimentaba parcamente con unas pocas legumbres. Cada noche hacía conocer a su cuerpo los azotes de una dura disciplina durante media hora que, durante el Adviento y la Cuaresma alargaba a una hora completa. Tenía un don especial para apaciguar las discordias y bastaba con su presencia para que, una vez alterados los ánimos por cualquier razón, se calmasen y volviese la paz y la tranquilidad entre los alterados. Con este cúmulo de méritos, final y felizmente descansó en el señor en el año 1678 (tanta fue su humildad que se desconoce el día exacto de su fallecimiento). A sus funerales acudió todo el pueblo, conocedor de la fragancia de todas sus virtudes, proclamándola santa con una sola voz.
FRAY DIEGO NEGREDO, donado, nació en Madrid, sus padres Juan Negredo y María de Munera, fueron personas muy estimadas y queridas por todos aquellos que gozaron de su amistad. Tuvo la desgracia de que su madre falleciese y tanto él, cuanto su padre, abandonaron las cosas mundanas y se trasladaron a la provincia franciscana de S. Pedro de Alcántara, en la que ambos, recibieron el hábito seráfico, como simples oblatos.
Diego fue aceptado en el convento granadino el día once de octubre del año 1667. Poco después fue enviado al convento de Illora, en el cual adelantó tanto en la escuela de perfección y santidad que se reveló como un ejemplar digno de ser emulado aún por los más perfectos. Su gran pasión era la humildad por la cual, con gran frecuencia clamaba a Dios con grandes voces continuamente: Señor, confírmame en este espíritu, el principal fundamento de todas las virtudes, y concédeme benigno el don de la perfecta humildad, cosa que, mientras no la consiga de ti que se lo das a todos abundantemente, nunca me consideraré satisfecho.
Su amor divino le hizo permanecer de tal manera afirmado en su humildad que no consideraba a nada ni a nadie más vil que a él mismo. Era limosnero del convento, por ello y dada su humildad, cualquier cosa que le entregaban como limosna, careciendo de un caballo, mulo o un simple borriquillo, la cargaba sobre sus hombros y alegremente, ya fuese caminando sobre las nieves, ya fuese bajo el agostador calor veraniego, se dirigía alegremente al convento, lleno de felicidad por aportar algún bien a la comunidad. Una vez en el pueblo, para más humillarse ante la vista de todos, marchaba por las calles y plazas más principales, diciendo para sí estas palabras: Oh pobrecillo inútil, ¿con qué cara vuelves ante los padres? ¿con qué honra te ven a admitir?. Justamente te rechazarán con toda certeza, como indigno de su compañía. Ciertamente digno de admiración, el obsequioso Diego, ponía tanta diligencia en servir a los hermanos que no le atemorizaba la intemperie, ni le detenía la distancia, por ello, muchas veces, sudando copiosamente, pero lleno de felicidad por traer algo a la comunidad, se presentaba en el convento, cargando sobre sus hombros un carnero, después de haber recorrido tres o cuatro leguas, bajo un peso tan oneroso. Ocurrió, mas de una vez, que algunos devotos suyos le ofrecieron gratuitamente una bestia de carga con la que poder trasportar cómodamente las limosnas, pero irrecusablemente él respondía: Yo soy el jumento de la casa de Dios, así pues nadie me podrá desposeer de este privilegio. En cierta ocasión en la que portaba sobre sus hombros un carnero, juntamente con dos cabras, un piadoso y devoto joven que lo vio, compadecido de tan tremendo sacrificio, se ofreció voluntariamente a ayudarle a transportarlos. La respuesta de Diego fue tajante y sonriente le dijo que él se encontraba satisfecho llevándolas todas unidas.
También se dedicaba, poniendo un esmero especial, al cuidado de los animales del convento, por lo que no era raro encontrarlo frecuentemente cubierto de pajas, estiércol y otras inmundicias, propias de los establos y cochineras. De esta manera más de una vez se dirigía al pueblo y se presentaba cubierto de suciedad ante los vecinos, imponiéndoselo como signo de obediencia y humildad. Cuando los vecinos lo contemplaban de tal jaez, alguno le decía: ¿Padre Diego, ¿por qué va tan sucio?. Con graciosa simulación él le respondía: ¿Por ventura voy de alguna forma extraña?. Al mismo tiempo que se decía a sí mismo: Yo me encuentro bien presentable ante Dios. Ya que ni él mismo se percataba del estado que presentaba ante los demás.
Su amor a la penitencia era tan grande que, ya fuese pleno invierno, con nieve o escarcha, ya verano, bajo del sol tórrido de Andalucía, siempre iba descalzo, caminando por la nieve, el lodo o lugares pedregosos que herían sus pies hasta hacerlos sangrar, padeciendo todos estos sufrimientos con tal de buscar la limosna tan necesaria para los conventuales. Sin embargo, las sandalias las llevaba siempre colgando del cíngulo y sólo las utilizaba al entrar al convento, para que sus hermanos no se sintiesen heridos por tanto sacrifico. De la misma manera llevaba sobre sus espaldas un vil sombrero que no acostumbraba a usar ni bajo el sol más caluroso, ni bajo el hielo, ni cuando nevaba, haciéndolo siempre por consideración a Dios y como sacrificio.
Sobresalió en gran manera por su gran entrega a la penitencia, pues todos los días, además de la impuesta para todos los hermanos, él se castigaba con otras muchas. Domaba su carne y su espíritu con un áspero cilicio. Sentía especial predilección por el ayuno, ya que además de los días prescritos por la Iglesia para ello, él observaba otros con mucha aplicación, es decir, desde la Ascensión hasta Pentecostés, desde el día de todos los Santos, hasta la Navidad, desde Epifanía hasta Cuaresma y finalmente las seis ferias y los sábados de cada año. Además de éstos, los lunes miércoles y viernes, solamente tomaba, como si fuese un placer especial, solamente un poco de pan y agua. Muchas veces sus mismos compañeros le rogaba que atemperase estos rigores, no sólo por el bien de su cuerpo, sino también por el de su alma. Cuando así le aconsejaban él respondía: Yo me entrego a Dios, hermanos, pues el jumento de mi cuerpo da coces y es necesario domarlo; aquí que trabaje, ya descansará en la eternidad. Otras ocasiones respondía: mi cuerpo todavía sigue oponiéndose; cuando pierda sus fuerzas y el vigor de su espíritu, obedeceré vuestros concejos. En otras ocasiones, con cierto gracejo, decía: No soy ni un obispo, ni rico ni poderoso, sino un pobre terciario de S. Francisco, o bien: Para llevar mejor vida debería de haber nacido obispo y no un donado del Pobrecito de Asís.
Adorando a la divinidad y entregado con todas sus fuerzas al coloquio divino, durante el día, por sus muchos trabajos y quehaceres, se le podría comparar con la Marta del Evangelio, sin embargo no descuidaba la práctica de la oración, ya que, casi toda la noche la dedicaba a ella, pues arrodillado a los pies del Señor se empleaba y dedicaba todo su espíritu, como la María evangélica, al fruto de la contemplación.
A pesar de este aparente alejamiento de las cosas mundanas, siempre estaba pendiente de las desgracias de los demás y cuando tenía conocimiento de que alguien había padecido algún daño o soportaba cualquier tipo de sufrimiento, se desvivía por ayudarlo, llevado por su enorme caridad.
Proseguía con gran insistencia en la pobreza, en la castidad, en la caridad y en la obediencia. Ninguno fue tan ávido de la carencia, tanto de oro, cuanto de plata o cualquier tipo de riqueza. El hábito que llevaba era el más vil y digno de desprecio que cualquier hermano pudiese portar, estaba lleno de remiendos de arriba abajo y su ropa, tanto la interior, cuanto la exterior era toda un puro remiendo, el cordón, las sandalias y el sombrero eran despreciables y no admitía otra cosa que el rosario, las disciplinas y el cilicio. Su obediencia era digna de encomio, nunca puso objeción a los mandatos de los superiores, aún a los de más difícil y oneroso cumplimiento. A nadie respondió jamás con impaciencia, además siempre se encontraba dispuesto a montarse obsequioso con los demás y constantemente los recibía con alegre semblante.
Ante las mujeres se comportaba con un pudor especial y empleó siempre toda clase de precauciones, sabiendo a ciencia cierta, lo peligroso que es mantener con ellas una conversación, aún sobre los asuntos más sagrados. Sin embargo su continuo deambular por las calles en busca de limosna, le obligaba a hablar casi continuamente con ellas, pero jamás llegó a conocer alguna por su rostro, ya que siempre mantenía los ojos bajos, sin atreverse a mirarlas a la cara, aunque en su conversación se mostrase alegre y ocurrente.
Estaba dotado de tan singular modestia que, en todos sus quehaceres trataba a los demás con gran edificación. Fomentaba en los seglares con dulcísimos palabras y con saludables consejos, el amor a Dios, pero sobre todo se solazaba con aquellos que estaban dotados de alguna gracia especial, quienes ávidamente le preguntaban que cuándo, por su causa, se verían libres o se aliviarían sus calamidades. Él procuraba fortificarlos y robustecerlos en su fe y amor a Dios, aplicando para ello la gran paciencia de la que era poseedor, por lo que todos los que hablaban con él terminaban siempre reconfortados, de tal manera que le llamaban a voces, dado el gran consuelo que de él recibían, el Santo. (Este era el nombre por el que era conocido en todo el pueblo).
El cronista nos manifiesta que este santo varón, por la gracia de Dios fue pródigo en milagros, aunque por su mucha humildad, ni él mismo permitía que se los atribuyesen y es más, no se guardaron de ellos constancia por escrito. Solamente nos refiere el siguiente:
La noble y piadosa señora Dª Bernarda de Puerta, se encontraba adornando el monumento de la feria V de la Cena del Señor. Al colocar la cera sobre la alfombra y por un descuido del guardián del templo, una de las cortinas que servían de adorno fue manchada de tal manera que quedó inservible, lo que produjo un tremendo disgusto a la piadosa señora. Enterado fray Diego de lo ocurrido, tomó en sus manos la cortina, la dobló y con ella, de esa guisa, se presentó ante Dª Bernarda a la que con mucha dulzura le dijo: Calma señora, calme la perturbación de su ánimo, pues su cortina no tiene ningún detrimento. ¡Cosa admirable!. Delante de ella, Diego arrodillado, con los brazos cruzados y los ojos elevados al cielo, inmediatamente elevó sus oraciones a la suprema divinidad y la mancha, rapidísimamente desapareció por completo, quedando la cortina totalmente impoluta.
DEPLORABLE DESGRACIA PARA LOS HERMANOS
Desde el año 1670 hasta el 1680, los prelados granadinos, considerando que tanto la iglesia, cuanto el lugar que ocupaban los frailes eran bastante pequeños y considerablemente incómodos, desearon ampliar así una como el otro, pero dada la escasez de limosnas debidas a la penuria de los tiempos y de la peste que asoló a España en este intervalo de tiempo, solamente pudieron levantar una parva iglesia y una habitación que tan poco ofrecía muchas comodidades. Pero para colmo de desdichas, ésta, la iglesia ardió totalmente en el año 1680. Para reparar tal ruina trabajaron con todo su esfuerzo los superiores del convento, cosa que no pudieron ver finalizada, a causa de la extrema pobreza de aquellos años. No obstante, el guardián, fray Antonio Martínez, contando ya con limosnas de más consideración, la reparó totalmente en el año 1684.
AMPLIACIÓN DE LA IGLESIA Y ENSANCHAMIENTO DEL CONVENTO
En el capítulo provincial celebrado en Granada el quince de julio de 1687, fue destinado para la prefectura del convento, el confesor, fray Alfonso Galindo. Quien inmediatamente tomo posesión de la misma y llevado por su gran celo hacia Dios y los religiosos se propuso firmemente construir una iglesia más amplia y agrandar el convento. Como señal de que la divinidad aprobaba este proyecto, mientras se acopiaban los materiales para la construcción, se produjeron una serie de milagros, de los que el cronista nos narra los siguientes: La señora Dª Juana Rojo, natural de la villa y piadosa devota de los hermanos comenzó a padecer una fiebre maligna que la puso al borde de la muerte. Para remediar su mal, invocando a S. Pedro de Alcántara, le aplicaron una reliquia del mismo que se guardaba en el convento. Inmediatamente entró en una especie de éxtasis en el cual contempló una serie de santos que salían de este convente, entre los que se encontraba el referido S. Pedro que la dijo a la enferma: Pide a Dios la salud por los tres cilicios con los que continuamente castigaba mi cuerpo y te verás sana y salva. La enferma al recobrarse del trance, hizo loo que el santo le había mandado e inmediatamente su cuerpo recobró totalmente la salud.
Otro hecho portentoso, cuando no milagroso que nos narra, es el que le ocurría a Dª María de Laguna. Esta mujer era una piadosa devota de los frailes a los que socorría, casi continuamente con donaciones de vino y aceite, pues bien cada vez que llevaba una limosna de este tipo al convento, al volver a saca, siempre encontraba las tinajas de dónde había sacado los líquidos, completamente llenas.
Con estos hechos milagrosos se acrecentaron las donaciones y limosnas a los frailes que llegaron a concluir la construcción colocando la siguiente lápida conmemorativa:
Este templo fue levantado por este pueblo
cristiano de Illora para alabanza de Dios y de S. Pedro de Alcántara, siendo pontífice Inocencio XI y rey de España, Carlos II, en el año de nuestra redención MDCLXXXVIII del mes de junio
Con la ayuda de los habitantes de la villa, el menciona guardián Galindo terminó totalmente los cimientos de la iglesia y del convento.
TERMINACIÓN TOTAL DE LA IGLESIA Y DEL
CONVENTO
Además de las limosnas recibida, de D. Antonio Ruiz de Molina y de su esposa Dª María de Castro y Palomino porque se les concediese el patronato de cierta capilla de la iglesia, los frailes contaron con la aportación económica de todos los fieles del pueblo con lo que, por fin, fue acelerado al máximo el trabajo de terminación de la iglesia y del convento. La primera fue finalizada el ocho de junio del año1695, a la cual con los correspondientes festejos y concurrencia de los habitantes de Illora, a finales de septiembre del año 1695, trasladó la Sagrada Eucaristía. El convento fue terminado totalmente y los frailes se trasladaron definitivamente al mismo a finales del referido año, con lo que la comunidad quedó ya ubicada en un lugar digno y con amplitud suficiente para poder realizar todas sus tareas religiosas y apostólicas con la debida y decorosa comodidad. No obstante quedaba aún por finalizar la estructura de la capilla mayor, cosa que llevó a cabo el predicador fray José de Molina y el día diecinueve de octubre del año 1697, trasladó con toda solemnidad el venerable sacramento de la Eucaristía, cuyo hecho festivo, fue celebrado durante ocho días.
RELIQUIAS QUE SE CONSERVAN EN EL CONVENTO
Como todos los cenobios de los franciscanos en éste no podía faltar una colección, debidamente autenticada, por las autoridades competentes de las reliquias que en él se conservaban y, que según nos relata el autor eran las siguientes.
En la sagrada oficina del convento se custodiaban una pequeña parte del hábito de S. Pascual Bailón y un parvo trozo de un hueso de S. Pedro de Alcántara. Además en el archivo del mismo, se conservaban con todo decoro, la pierna completa del mártir S. Pío, un hueso del brazo de S. Celestino, mártir y la pierna completa de la mártir santa Teodora.
EL CONVENTO COMO SEMINARIO Y PROFESORIO
En el capítulo provincial, celebrado el día tres de mayo del año 1724, siendo comisario general el padre Juan de Soto, y que se llevó a cabo en Granada, por consenso común de todos los asistentes y sin que nadie discrepase, se estableció que un convento de la provincia, se constituyese en seminario o en profesorio y que se dispusiese que los hermanos clérigos de dicha provincia, inmediatamente, un vez emitida por ellos esta determinación, irremisiblemente la llevasen a la práctica y allí, durante un año, por lo menos, perfeccionasen las costumbres religiosas. Este decreto fue confirmado, por consenso en los comicios provinciales el trece de junio del año 1730. Para su ejecución fue enviado a este convento de Illora, fray Tomás Montalvo, ministro provincial. En el mismo cenobio preparó veinte celdas como dormitorio y las demás cosas necesarias, además un seminario, separado del lugar común de los hermanos pero sin embargo adosado al convento. Una vez dispuesto como habitable, el día ocho de diciembre del año 1731, en la congregación provincial celebrada en Granada, se resolvió definitivamente que el nuevo seminario comenzase a ser ocupado por los jóvenes clérigos. Este lugar resultó pequeño, pues llegaron a poblarlo más de cuarenta frailes, por lo que el provincial fray Tomás García, entre los años 1735 y 1736, levantó desde los cimientos otro dormitorio más amplio, finalizándolo totalmente.
La constitución de este seminario profesorio, fue aprobada y confirmada por el Papa Clemente XII, el día 10 de septiembre del año 1782.
El autor nos cuenta, como ya he dicho, la vida de otros muchos siervos de Dios que habitaron en este convento y que vivieron con fama de santidad, pero, como ya he referido más arriba, no me detengo en narrarlos por no hacer gravosa esta comunicación.
Priego de Córdoba, julio de2004



Manuel Villegas Ruiz