4/8/08

EL DÍA DEL SANTO PATRÓN

Aún no era medianoche. Todavía la cascada campana del viejo reloj del Ayuntamiento no había golpeado con su broncíneo mazo las doce veces que señalaban la muerte de un día y el nacimiento de otro. Era la fiesta grande, la fiesta del patrón del pueblo. No obstante el silencio era absoluto. Parecía como si una inmensa manta hubiese cobijado al pueblo insonorizando hasta el menor murmullo que se produjese. Solitarias se encontraban las calles, ni la más fugaz sombra de persona se vislumbraba en ellas. La plaza del pueblo se encontraba desierta y abandonada. Vistosos farolillos y guirnaldas multicolores la atravesaban de parte a parte. El tablado donde iban a actuar los músicos, que buenos euros le había costado al Ayuntamiento traerlos, conservaban aún sobre su entarimado, la ruidosa, ahora enmudecida batería, el sintetizador silencioso, sin que nadie arrancase una nota de él, las guitarras eléctricas, yacían abandonadas, unas sobre el suelo, otras apoyadas en las sillas, parecía como si los músicos hubiesen abandonado sus instrumentos de forma alocada y precipitada sin preocuparles lo que pudiese ocurrirles. El alumbrado ferial, nadie se había ocupado de accionar el conmutador para apagarlo, seguía iluminado. El solitario tiovivo, cuyos caballitos, barquillas, cochecitos y todos los cacharros, que hacen la alegría de la gente menuda, lucían los vistosos colores sumidos en silencio total, aunque todavía era la hora de que la chiquillería estuviese disfrutando de ellos. Igual ocurría con la atrevida noria, las balanceantes barquillas o el túnel del miedo. Parecía como si una mano pavorosa con una escoba de terror hubiese barrido todo vestigio humano del recinto ferial. La enhiesta cucaña alzábase altiva con su goloso premio: un capón de más de tres kilos, que más de uno habría intentado conseguirlo. Para ello los mozos tenían que trepar a lo alto de sus cuatro metros embadurnados de grasa en cuyo extremo se había tallado una horquilla en la cual encajaba la cuerda que unía las dos patas del animal, de manera que el que lograse superar el resbaladizo mástil y llegar coger el asustado gallo por el cuello, tenía que hacer todavía un último y pequeño esfuerzo, pero que era el mas difícil de todos, ya que había que soltar una mano de la cucaña, sujetar al animal por el cuello o la cabeza y elevarlo unos centímetros sobre la horquilla para que al quedar libre pudiese bajarlo con él. Eran muchas las ocasiones en que empezaban a resbalar después de haber agarrado el capón por el pescuezo y por no soltarlo le arrancaban la cabeza de cuajo por lo que un chorro de sangre caliente caía sobre la cabeza y la cara del mozo, provocando a su vez gritos de jubilo entre la multitud por la satisfacción de ver al pollo desangrándose y al joven cubierto de sangre. Los chiquillos se colocaban debajo sintiendo verdadero placer al recibir la sangre caliente del animal sobre sus caras .Este había sido uno de esos años en el que nadie había intentando subir nuevamente por la cucaña para coger al desgraciado capón que asustando y boca abajo con la cabeza hacia arriba miraba de un lado para otro sin encontrar explicación ni al silencio, ni a las luces, ni a la falta de griterío como el que había cuando lo izaron sujeto a aquél poste de suplicio.
Pero el día no había comenzado así. El día había iniciado su andadura como uno más de los de ese cálido verano. Como uno más no, era el día del Santo Patrón. Día grande para el pueblo. A las siete y media de la mañana en punto la colorida banda municipal, bien conjuntada por cierto, había iniciado su recorrido por el pueblo, despertando a los vecinos con alegres dianas y bulliciosos pasacalles, aunque muchos chiquillos ante la emoción de la fiesta no necesitaron los compases musicales para despertarse. A las nueve de la mañana engalanados todos con sus mejores trajes de fiesta y presididos por las autoridades municipales vestidas con mayor pompa y ornato, se congregaron en la Iglesia Parroquial para, con misa solemne, como correspondía al caso, dar gracias al Patrón por el buen año que habían tenido. Ciertamente era uno de los mejores recordados por los más antiguos. El trigo y la cebada almacenados en las trojes aseguraban abundancia para más de un año. Los árboles frutales con sus peras, manzanas, brevas, higos y demás especies habían sido espléndidos. Los granados y naranjales prometían mejor cosechas aún si cabe para el cercano otoño. Por eso la misa de acción de gracias al Patrón había sido especial. Habían traído, costeado por el Ayuntamiento, un magnifico coro de treinta voces, masculinas y femeninas, que hicieron las delicias de los asistentes con su interpretaciones más variadas. El párroco derrochó facundia en su homilía y entusiasmó a sus feligreses cantándole las excelencias de la vida del Santo Patrón y pidiéndoles le agradecieran lo bien que se había portado aquél año con ellos, aunque muchos no se lo mereciesen. Después de la misa, el Ayuntamiento hizo otro alarde de derroche; ese año se lo podía permitir, y organizó una chocolatada con churros, dulces y anís incluidos, de la que disfrutó todo el que quiso. La chiquillería lo pasaba en grande. Los churretes del chocolate manchaban las manos, caras y ropas de la menudencia con gran disgusto de sus madres por el trabajo extra de lavado que esto les reportaba. Pero bueno, ¡un día es un día! y ¿quién les iba a negar a los niños que comiesen, y disfrutasen hasta quedar exhaustos en el día del Patrón?
Después de la chocolatada venía el espectáculo más emocionante de toda la fiesta: la decapitación de los gallos. La calle principal del pueblo que nacía en el campo y terminaba al otro extremo del pueblo era la más ancha. Por ella podían correr a galope tendido, de tres en fondo, tres caballos con sus jinetes. En ella y de acera a acera, a intervalos de veinte metros, se tendían unos cables elevados en los que, sujetos por las patas, se colgaban tres gallos en cada uno, sumando un total de cinco cables y quince gallos. Los jinetes que participaban en la carrera se situaban a la entrada de la calle, en la zona del campo, y a una aguda señal de trompeta autorizada por el Alcalde y emitida por el Conserje del Ayuntamiento, tres enloquecidos jinetes en frenético galope avanzaban por la misma entre alaridos y gritos de ánimo de sus vecinos, blandiendo unas magnificadas y afiladas cimitarras. Hay quien dice que las guardaba el Ayuntamiento desde la época de los moros y brillantes y relucientes las sacaba para estas ocasiones, con las que con certero golpe, en muchas ocasiones, cercenaban la cabeza del infortunado gallo, manando de su cuello un caliente chorro de sangre, a la vista de la cual los gritos del público llegaban al paroxismo. A esta primera acometida seguía otra y otra, hasta que todos los gallos quedaban decapitados. Los que no acertaban en su intento eran abucheados y rechiflados por los vecinos. El espectáculo enardecía tanto a chicos como a mayores y sus gritos de júbilo y alborozo, cuando veían la sangre, se eleva perdiéndose en el cielo de aquella calurosa mañana de verano. Acabada la fiesta mañanera, las casetas de la feria se ponían de bote en bote y el vino, el pescaíto, la cerveza y las tapas corrían de mesa en mesa y de boca en boca, acompañadas de cante y baile en el que todos participaban.
Después de comer, el que pudiese, si quedaba tiempo se echaba su siestecita para estar bien fresco y despierto para la corrida de toros. De novillos como todos los años. Este año habían traído tres magníficos, según los que conocían el paño, que se encargarían de aumentar la fama de tres novilleros que, al decir de muchos tenían muy buen cartel. Pero lo mejor de todo era el becerro embolado que, después de la corrida, soltarían en la plaza portátil y al que todo el que quisiese podría hacerle cuanto le viniera en gana. Desde torearlo con el mejor estilo posible, hasta tirarle del rabo, subirse sobre él o, finalmente, intentar darle muerte como mejor pudiese, a ser posible con una buena estocada. Rara vez ocurría eso. Los pueblerinos, este año disfrutaron de la lindo. Los toros estuvieron pasables. Los toreros, a decir de los que más sabían de esto, se habían portado con lucimiento pero a la peor fue a la hora de matar. Hicieron una verdadera carnicería. El pueblo gritaba enloquecido sus denuestos para los ineficaces novilleros, pero también enardecido a la vista de la sangre que fluía por las numerosas heridas que los torpes lidiadores les habían inferido, antes de que con mejor o peor tino llegasen al descabello. El becerro embolado fue otra cosa. Con él disfrutaron chicos y mayores. Corrieron detrás de él. Le tiraron del rabo. Más de uno lo agarró por los cuernos y estuvo a punto de romperle el cuello al desgraciado y maltrecho animal. Hubo uno que, con botas de montar que llevaban unas enormes espuelas, subió sobre él y clavándoselas varias veces antes de que el desgraciado becerro lograse sacudírselo de su maltrecho lomo, le hizo correr enloquecido. Por fin como si el infeliz estuviese deseando morirse para que lo dejasen descansar, se quedó un tiempo quieto resollando. Momento que fue aprovechado por un jovenzuelo larguirucho y mal encarado que, dándoselas de torero y armado con un estoque de verdad y una muleta, se acercó al pobre bicho, al que infirió tres pinchanzos, antes de acertar con una estacada bajuna que terminó con el animal degollándolo. En verdad, el día de fiesta se estaba dando de maravilla.
Ya estaba declinando el día. Era el momento en que la luz del sol pone mala cara porque va a tener que ceder su puesto a la oscuridad y lucha por alargar lo más posible ese instante para que su retirada no parezca una vergonzosa fuga. Llegaba la hora de la cucaña. Todavía quedaba suficiente claridad solar para disfrutar y reírse con los valentones que se atreviesen a trepar por el resbaladizo mástil e intentar hacerse con el gallo o siquiera llegar a cogerlo por la cabeza, aunque en su intento por descolgarlo, se la arrancase.
Parece que fue un niño el primero en darse cuenta. La verdad no se sabe lo cierto es que alguien dijo: ¿qué es aquello? ¡Qué cosa más rara! Allá a lo lejos, no mucho ciertamente, se divisaban unas bolas rojas, rojas y brillantes, como la sangre que mana al primer pinchazo, o al primer corte con una navaja bien afilada. No era el color rojo pardusco que toma la sangre cuando se ha oxidado Era brillante. Y la luz del sol, con sus últimos rayos, al incidir sobre ellas las hacia relucir como enormes naranjas pulidas y abrillantadas, aunque con un rojo más intenso y cegador. Venía en formación, como bien ordenada línea de batalla. Avanzaban de cuatro en fondo igual que una pesada falange macedónica. Parecían guiadas por un propósito concreto. Los pueblerinos, maravillados y fascinados por su sanguino brillo quedaron absortos ante aquel espectáculo inusitado y totalmente desconocido. Lenta, implacable, inexorablemente, las rojizas bolas iban avanzado. Ya se distinguían perfectamente y se pudieron contar entre veinte o veinticuatro. Pero fue todo lo que los fascinados habitantes pudieron hacer. De pronto, sin explicación aparente los más cercanos a las ígneas esferas se vieron elevados hacia ellas, sin que pudiesen evitar el efecto de succión que los desprendía de la tierra y los elevaba sin remedio hacia las panzas de aquellos globos sanguíneos, que los tragaban sin compasión. Una vez dentro las bolas efectuaban unos repugnantes movimientos sobre sí mismas como si estrujasen y succionasen simultáneamente al infeliz que había ingerido. Transcurrido cierto tiempo se abrían y dejaban caer un ser exangüe y examine como un sudario y que como un pesado fardo golpeaban el suelo al caer. El horror y el pánico cundieron entre los vecinos con tal fuerza que muchos, inmóviles, no podían apartarse del lugar en que estaban, estupefactos por tan espeluznante visión. Cosa extraña, sólo los humanos eran absorbidos por aquellas desconocidas manifestaciones. Era un festival de sangre humana para unos seres glotones que sólo se alimentaban de ella. Los perros aterrados al ver que sus amos subían y, después de un tiempo, se estrellaban contra el suelo como unos guiñapos sin vida y que a ellos no le pasaba nada corrían asustados de un lado para otro sin entender cómo el suelo se iba llenando de personas a quienes alguien, algún ser maligno y repugnante estaba succionándole la sangre hasta dejarlo sin aliento vital. Sólo
la sangre humana era el manjar de ese festín. Ningún animal, ni perro, ni gato, ni vaca, ni otro de los que por el pueblo corrían o en los campos estaba, se vio molestado por aquellas extrañas cosas de aspecto tan brillante y atractivo pero de acciones tan perversas y miserables. Cuando finalmente pudieron darse cuenta de que estaban totalmente indefensos ante aquellos inusitados prodigios, dominados por el pavor, una locura colectiva se apodero de ellos. El horror y el pánico cundieron entre los habitantes con tal fuerza que muchos inmóviles no podían apartarse del lugar en que estaban, estupefactos por tan espeluznante visión. Todos querían huir, abandonar la plaza, despobladas las calles, esconderse donde pudiesen, y así en loca carrera se atropellaban y acometían buscando dónde ocultarse, se derribaban mutuamente y más de uno encontró la muerte bajo los pies de sus vecinos y quién sabe si hasta de sus familiares. Otros, dominados por una locura frenética, como pudieron, alcanzaron los más refugio en sus casas, algunos lograron penetrar en la iglesia, el Ayuntamiento, o en el Colegio público. Poco a poco se iban extinguiendo la luz vespertina, el pueblo había quedado sin un ser viviente en las calles, muchos eran los cadáveres que pálidos y exangües comenzaban ya a presentar el rigor mortis. Los que habían perecido aplastado por la estampida humana estaban irreconocibles, los cuerpos machacados por lo pisotones y las caras deshechas por los que huyendo habían pasado sobre ellos.
La quietud fue apoderándose de las calles, El pueblo se sumergió en una calma de cementerio. Los que aterrados tuvieron el valor de mirar por los cristales de las ventanas, con los últimos vestigios de luz solar pudieron contemplar cómo aquellas nefastas bolas se unían en una sola, se integraban formando un todo maldito y unos, como movimientos peristálticos de digestión lo sacudían. Por fin llegó la noche. Un llanto silencioso y desconsolado se albergaba en cada casa. Todas las familias habían perdido a alguien como si de una plaga de Egipto se tratase. Cada vivienda había tenido su fallecido. Ninguna familia quedó exenta. Pero el llanto era por los seres queridos que no volverían a ver con vida, y al mismo tiempo por los que habían sobrevivido. No sabían qué iba a ocurrir con ellos. El terror los acongojaba. No se sentían dueños de las próximas horas. Sólo tenían certeza, sólo sabían lo que había ocurrido. El día siguiente era una incógnita para ellos. ¿Qué harían aquellas nefastas bolas rojas? ¿Qué nueva maldad ejecutarían sobre el pueblo? ¿Tendrían fuerza para succionar los tejados de las casas y a través de ellos llevarlos a una despiadada muerte? No había respuesta para estas preguntas. Sólo miedo. Sólo terror pánico se respiraba en cada casa. ¿Quién se iría a dormir? ¿Quién descansaría aquella noche? ¿Quién osaría abandonar la seguridad en la que, aparentemente, se encontraba? ¿Quién se atrevería a bajar la guardia y salir a la calle? Nadie.
Las horas transcurrían lentas, pesadas, aciagas. Poco a poco el sueño iba ganando adeptos. Uno aquí, otro allá, paulatinamente y no sin esfuerzo por evitarlo, iba cerrando los ojos. Cuando lograban hilvanar un pequeño sueño, la mano del terror los sacudía y despertaban sobresaltados. En la semi inconsciencia del duermevela no acababan de comprender lo que había sucedido. No asimilaban lo ocurrido. Al despabilarse del todo, ya entendía la infausta tragedia y el miedo volvía nuevamente a galvanizarlos. No, ciertamente no fue una noche tranquila para los del pueblo, igual que tampoco había sido un atardecer placentero, como todos esperaban. Por fin a través de los estores de las ventanas comenzaron a clarear las primeras luces del alba. Algunos, los más atrevidos o quizá los más temerosos, lenta muy lentamente, levantaron los picos de los visillos e intentaron atisbar qué seguía ocurriendo. Posiblemente esperasen lo peor, con seguridad no algo más nefasto que lo que les había sucedido la tarde de antes. Si la monstruosa esfera resultante de la unión de todas las más pequeñas seguía allí, ¿que iba a ser de ellos? ¿A quienes recurrirían?
El pueblo estaba quieto, tranquilo, amodorrado. Ya clareaba el día, ya se perfilaban las siluetas de las cosas, las casas, los árboles, la fuente, en fin no habían cambiado de sitio, todo permanecía igual que el día antes por la mañana. Pero no, todo no, las calles presentaban un macabro aspecto. Por doquier aparecían figuras en las posturas más extravagantes, como si una patrulla de aviones hubiesen bombardeado el pueblo con muñecos y muñecas, grandes, pequeños y medianos, y nadie hubiese tomado interés alguno en recogerlos. Los había boca abajo, como, si estuviesen besando el suelo, otros en cuchillas o sentados en la tierra, aquél con el torso pegado al suelo y los glúteos mirando al cielo en una infame postura helicoidal El otro boca arriba como absorto mirando el cielo. Macabro espectáculo como salido de las Zahurdas de Plutón. No olvidemos que era verano, pleno verano. Las noches son muy calurosas y la tierra y el asfaltó de algunas calles del pueblo, durante el día, sin exageraciones, habían ardido bajo los rayos del sol. La corrupción iniciaban su ciclo de nueva vida inexorablemente y los gases desprendidos de esta retorta ya se estaban elevando en el aire y penetrando a través de las rendijas de puertas y ventanas aumentando el pavor de los vecinos. Las últimas estrellas se desdibujaban cada vez más ante el empuje de los rayos del sol que iba ganando terreno a la huidiza noche.
Los que se aventuraban a levantar los visillos de las ventanas observaron acongojados por el temor todo este panorama, pero también vieron que nada más sucedía. Envalentonados poco a poco, lenta, muy lentamente movieron las hojas de las ventanas para observar qué ocurría fuera. Todo estaba tranquilo. Como si no hubiese ocurrido nada. Nada ni nadie se movía en las calles. Poco a poco, fueron asomando caras a las ventanas. Algunos se atrevieron a salir a las puertas de las casas y lo que comprobaron fue que las fatídicas bolas sanguíneas compactadas en una sola, se alejaban del pueblo llevando el horror y la muerte a donde a ellas les pluguiera.