10/8/08

ELCONVENTO FRANCISCANO DESCALZO DE ALHAMA DE GRANADA

EL CONVENTO FRANCISCANO DESCALZO DE ALHAMA DE GRANADA, SEGÚN UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII


INTRODUCCIÓN

Los asiduos asistentes a estos cursos de verano sobradamente conocen el trabajo que, no exento de dificultades, pero con mucho entusiasmo, vengo realizando desde hace ya bastantes años con la traducción al castellano de la crónica latina de todos los conventos de los frailes descalzos franciscanos, escrita durante la primera mitad del siglo XVIII, por un anónimo hermano de la Orden con un exhaustivo conocimiento de la historia de la provincia franciscana de S. Pedro de Alcántara que no sólo abarcaba conventos en la región andaluza, sino también en la murciana, es decir, los antiguos reinos de Andalucía y Murcia.
Para los que, por primera vez concurran a estas jornadas y desconozcan las actas ya publicadas de las anteriores, les diré que este desconocido autor emprendió la ingente tarea de narrar año tras año los eventos ocurridos en cada convento, remontándose en muchos de ellos a fechas muy anteriores a las de su fundación y exponiendo hechos o sucesos que tuvieron relación con la vida del convento que estuviese narrando, aunque fuese de forma no directamente conectada con el mismo.
El autor inicia su crónica con la segregación y constitución de la nueva provincia que tomará el nombre de S. Pedro de Alcántara y que se erigirá como tal, despues de haberse separado de la valenciana de S. Juan Bautista, y continúa contando la historia en forma de crónica de los diecinueve conventos que llegaron a constituirla. Es la narración más extensa de las que, hasta entonces llegaron a escribirse, ya que comienza en el año 1661, fecha de constitución de S. Pedro de Alcántara, y los últimos datos que recoge son del año 1747, es decir, ochenta y seis años de historia.
Las otras dos crónicas que hasta ese fecha había escritas sobre esta provincia eran las de Tomás de Montalvo, intitulada Crónica de la provincia de S. Pedro de Alcántara de religiosos descalzos... en los reinos de Granada y Murcia . En ella narra la gestión de los tres primeros provinciales, es decir, desde el año 1661 hasta el 1667 y los conventos que abarca son solamente los andaluces, o sea, Granada, Guadix, Loja, Puebla de D. Fadrique y Priego de Córdoba. Está contada en castellano y, como vemos, restringida a pocos años y pocos conventos.
La otra crónica la compuso Ginés García Alcaraz y viene a ser una continuación de la primera pues el nombre que lleva es Segunda parte de la Chrónica de la Provincia de S. Pedro de Alcántara de religiosos menores descalzos...en los reinos de Granada y Murcia. Este autor la inicia en el año 1668, es decir, el siguiente al que termina Montalvo y la finaliza en el 1695 e incluye en ella los conventos de Villacarrillo, Ilora, Caniles, S. Pedro de Málaga, La Magdalena de Antequera, el de Lorca, en Murcia y el de Laujar en Granada. Igual que la de Montalvo está escrita en castellano y ambas fueron publicadas en su momento oportuno.
A mi modo de ver el mérito de este autor desconocido que comentamos estriba en que incluye todos los conventos que existían hasta 1747, recogiendo los últimos fundados hasta esa fecha, como el de Albuñuelas que lo fue en 1726, y el inapreciable valor añadido de que está redactada en latín, lo que no sólo demuestra la grandísima erudición de su creador sino el enorme esfuerzo que tuvo que llevar a cabo para ello, pues soy de la opinión que primero la debió redactar en castellano y despues pasarla al latín, ya que ésta última lengua, en aquella época, no era del dominio de las mayorías y sí de un más bien reducido grupo de eruditos. Ésta quizá sea la razón que justifique que esta obra monumental haya permanecido desconocida hasta la fecha, ya que no ha sido publicada. Mi propósito, con la ayuda de Dios, es llevar a cabo la traducción de los conventos que me faltan, por lo menos los andaluces y hacer que este magnífico trabajo vea la luz

No sólo se pone de manifiesto los conocimientos eruditos de su escritor en el uso del latín, sino en la profusión de datos que pone al servicio del lector, ya que incluye los documentos oficiales, sobre todo los Breves y Bulas con los privilegios que los respectivos Papas hubiesen concedido a las iglesias o altares del convento, los frailes ilustres, bien por su santidad o por su actividad intelectual, así como las obras que compusieron y un grandísimo número de notas marginales en las que indica las fuentes de las que ha tomado los datos que ha empleado para construir el edificio de la historia del convento en cuestión.
En resumen es una obra monumental que, a no dudar, se habría publicado tras su terminación, si no hubiese estado redactada en latín.

EL CONVENTO DE ALHAMA

Como es habitual en el autor inicia la narración indicando la fecha en la que oficialmente se obtuvieron los permisos necesarios para la fundación del convento, aunque despues se remonte a muchos años anteriores para dar noticias sobre el mismo. En este caso comienza en el año 1695 de la era cristiana y, según su peculiar forma de datar, el 488 desde la creación de la Orden franciscana y el 34 de la erección de la provincia de S. Pedro de Alcántara.
Expone también la localización espacial de la localidad en la que se fundó el convento. Pero para ello no emplea coordenadas geográficas sino que nos menciona los pueblos o ciudades importantes que se encuentran cercanos al mismo. En este caso nos dice que Alhama dista siete leguas de Granada y que fue fundada por los fenicios. A continuación da un gran salto histórico y menciona que los Reyes Católicos la reconquistaron de los agarenos en el año 1486. Dato éste que toma de la Historia de los Reyes Católicos de Fernando del Pulgar y de un tal Gudiel. Nos extraña este gran vacío histórico, ya que en el caso de las otras localidades cuyas crónicas he traducido es más explícito y nos proporciona más información sobre la historia de cada uno de los pueblos.
La localidad fue colocada bajo el patrocinio de S. Pedro apóstol y enriquecida con una magnífica talla de la Virgen que fue colocada en una ermita extramuros y reverenciada bajo la advocación de la virgen de la Cabeza. Por datos ajenos a la crónica tenemos conocimiento que la cofradía de esta imagen existía, cuando menos, desde el año 1619, por una donación que el 18 de mayo de dicho año hizo el regimiento municipal de un terreno para que en él se construyese una ermita dedicada a dicha Virgen.
Según nos cuenta el cronista, los padres capuchinos poseyeron un hospicio en dicho pueblo en el que moraron durante algunos años con intención de fundar en él un convento, pero, los padres carmelitas calzados, seguramente más diligentes que los capuchinos, se les adelantaron en su propósito y fueron ellos quienes consiguieron llevar a cabo la fundación conventual, por lo que los capuchinos, al verse defraudados en su intento, según el autor, fueron expulsados definitivamente del hospicio.
PRIMEROS INTENTOS DE FUNDACIÓN POR LOS FRANCISCANOS DESCALZOS

Los primeros pasos que dan estos frailes con intención de fundar un convento en Alhama, se remontan al año 1663. En dicha fecha, el provincial de la orden, fray Francisco de Morales, comisionó al guardián del convento de Granada, fray Gaspar García, para que, ante el juez mayor de Alhama, D. Antonio Fajardo y Mejía, iniciase las gestiones en tal sentido, alegando además que los frailes observantes franciscanos poseían tres conventos en las inmediaciones de esta localidad, o sea, el de Granada, distante sólo siete leguas de Alhama, el de Loja, que se encuentra a cuatro y, finalmente Vélez Málaga, solamente está a seis, por lo que el derecho a la fundación les asistía totalmente, dada la densidad conventual que, en un espacio tan reducido poseían los observantes. El Ayuntamiento de la localidad, al decir del narrador, sin que los hermanos tuviesen intervención alguna, tomó partido por éstos y espontánea y libremente les otorgó los correspondientes permisos municipales para la fundación a los que impuso solamente una condición, es decir, que la corporación municipal fuere a perpetuo el Patrón de dicho monasterio.
El provincial, entusiasmado por la falta de trabas que había encontrado para realizar su deseo, inmediatamente, el mismo día quince de julio del año anteriormente mencionado, dirigió al Rey Felipe IV y al presidente del Consejo de Castilla sendos escritos en los que les rogaba accediesen a otorgar los permisos pertinentes para fundar el convento en Alhama. El narrador nos manifiesta que el referido Consejo no accedió a tal petición y nos indica que posiblemente fuese debido a la reciente expulsión de los capuchinos, a la ardorosa oposición de sus propios hermanos los observantes, o quizá también a la pertinaz negativa y poderosa fuerza de los carmelitas calzados quienes, aún despues de que los franciscanos descalzos erigiesen allí su convento, consiguieron una cédula real por la que obtuvieron que no solamente sus propios hermanos los carmelitas descalzos, sino que cualquier otra orden religiosa no pudiese fundar en dicho pueblo ningún convento.

PROSECUCIÓN INFRUCTUOSA DE LAS GESTIONES
Parece ser que los pobrecitos descalzos no se amilanaron ante estas negativas y así prosiguieron sus gestiones, aunque más lentas, ante la Curia romana, de la que el ministro provincial, fray Gaspar García, queriendo ampliar los exiguos límites con los que contaba la Provincia, obtuvo en el año 1666 un breve apostólico por el que se autorizaba la fundación del referido convento del Alhama. Con estos permisos, el ministro provincial, Fray Diego Fernández, se dirigió al arzobispo de Granada, pero no obtuvo, en ese momento, ni del capítulo por sede vacante, al que lo volvió a solicitar en el año siguiente, la venia necesaria para que, contando con las autorizaciones del ayuntamiento y de la autoridad episcopal, fuese más fácil conseguir la aquiescencia del Consejo Real de Castilla.
Sin embargo se les va a presentar una ocasión favorable a los descalzos, si no para llevar a cabo la fundación del convento, sí para introducirse en el pueblo y crear allí un primer asentamiento que, a la larga, propiciaría el establecimiento del cenobio. En el año 1687, transcurridos veinticuatro desde los primeros intentos, nos cuenta el cronista que alrededor de la antedicha ermita de la Virgen de la Cabeza se había asentado una población considerable de habitantes quienes, dada la cercanía a la que se encontraban nuestros frailes, (no refiere el autor en qué pueblo próximo se hallaban), les pedían insistentemente asistencia espiritual. El provincial franciscano, aprovechando la magnífica oportunidad que se le ofrecía para instalarse en Alhama, con el permiso del Definitorio, envió ante el Ayuntamiento de la localidad a Fray Gregorio Romero, para obtener el permiso y así poder asentarse en la ermita referida y prestar a los que vivían cercanos a ella, la ayuda que demandaban. El Ayuntamiento les ofreció dos opciones, o bien que ocupasen el antiguo hospicio de los capuchinos, o bien que levantasen un nuevo convento, cuya autorización anteriormente les había concedido. Estas autorizaciones las ratificó mediante los correspondientes escritos, emitidos en el mes de mayo de 1687 y el Ayuntamiento de Granada, gracias a las gestiones llevadas a cabo por el moderador de la Provincia, fray Manuel Ramírez, en el mes de septiembre del mismo año, también les concedió autorización para la creación del convento.
Con esta situación favorable y, hasta cierto punto esperanzadora, el provincial Ramírez, presentó, al arzobispo de Granada, fray Alfonso Fernández de los Ríos las licencias ya obtenidas, más un Breve pontificio por las que se autorizaba a los Descalzos a levantar el claustro en Alhama. El arzobispo, a pesar del cariño que, según el autor profesaba a estos frailes, denegó su permiso. Así pues continuaban inamovibles los dos escollos, por un lado la negativa arzobispal y por otro la del Consejo Real de Castilla.
EVOLUCIÓN FAVORABLE DE LA ACTITUD DEL ARZOBISPO

Nos cuenta el creador de la crónica que el arzobispo granadino padecía cierta parálisis, aunque no nos dice cuál era el lugar de su cuerpo afectado. Por ello los médicos le recomendaron que tomase baños en las aguas termales próximas a Alhama. Antes de poner en práctica este consejo, se le ocurrió consultar a una monja de un convento de la más estricta observancia, que tenía fama de, por su piedad, obtener favores de la Divina providencia, y además le rogó que orase por él. Inmediatamente la religiosa derramó sus oraciones ante el Altísimo y, hete aquí que, ante ella, se apareció S. Pascual Bailón quien le dijo lo siguiente: Has de decirle al Arzobispo que las termas de Alhama le traerán ciertamente la salud, -en lo cual él tenía mucha confianza-, pero para conseguir esto, debe mostrar su ánimo proclive y emitir la licencia para que se lleve a cabo en aquella ciudad la fundación del convento, ya que ésta es la voluntad de Dios. Este oráculo divino fue puesto en conocimiento del arzobispo quien consideró como una prueba de confianza en él por parte de la Divinidad que supeditase su curación a un poder que él tenía que otorgar.
Antes de la autorización decidió ir Alhama, en cuyo hospicio, como ya hemos dicho, se encontraban los frailes descalzos. El arzobispo congregó, a tañido de campana, a todo el clero y al pueblo en masa para que quedase constancia de la legalidad de la estancia de los descalzos en la localidad. Mientras se daba lectura a los dictámenes que así lo acreditaban, nos narra el cronista, que un grupo de niños, espontáneamente, se pusieron a gritar: Que entren, que entren. Cosa que fue tomada por una aquiescencia divina, manifestada por bocas inocentes, para que los descalzos permaneciesen en el pueblo. Ésta fue una de las razones más, por las que el prelado se decidió a otorgar el consentimiento que hermanos necesitaban, cosa que llevó a cabo en el mes de julio de 1689, pero autorizando solamente su condición de cuidadores del hospicio y que solamente habrían de residir en él cinco religiosos, es decir, tres sacerdotes y dos legos. El autor opina que esto fue una estratagema del obispo para que, los que se oponían a la estancia de los franciscanos en el pueblo, es decir los carmelitas, no pudiesen decir que los otros ya habían conseguido en convento y no se soliviantasen demasiado. Éste debería de ser el propósito oculto del arzobispo, ya que reclamó para sí el patronato del futuro convento, a cambio del cual les ofreció un suntuoso edificio, y además les hizo donación de la referida capilla, que era un edificio bastante amplio, una casa contigua a ella, todos los enseres necesarios para el templo, amén de las cosas profanas precisas. La toma de posesión se llevó a cabo en el mes de julio de dicho año, siendo su primer presidente, fray Juan Montiel, acompañado de los predicadores Francisco del Castillo y Lorenzo Pérez y del lego Mateo Piñero y el donado Sebastián de Arcas.
OPOSICIÓN DE LOS CARMELITAS
La reacción de éstos no se hizo esperar, ya que sospechando que este primer asentamiento terminaría en un convento, incoaron, ante el arzobispo de Granada y su vicario general, un proceso contra los descalzos con el fin de anular la posesión del referido hospicio. Estaban seguros de ganarlo, pues para ello argumentaban lo dispuesto en una real cédula de Felipe III que prohibía totalmente que se llevase a cabo alguna otra nueva fundación, pero no contaban con que el ánimo del obispo granadino estaba, después del suceso de las termas, totalmente inclinado hacia los franciscanos, por lo que hizo caso omiso a la cédula real y además les prohibió a los carmelitas que, durante dos años, presentasen alguna querella ante cualquier otro tribunal.
Cuando transcurrió el tiempo de inactividad impuesto por el metropolitano de Granada, volvieron a la carga y presentaron, ante el Consejo real de Castilla, una querella a fin de despojar a los franciscanos del hospicio y, de esa forma, obligarlos a que se marchasen de Alhama. No lo consiguieron, pero es que, además, éstos últimos, por medio de su procurador fray Benito Sánchez, posiblemente con el propósito de anular la actuación de los carmelitas, solicitaron, ente el mismo Consejo la fundación de un convento en Alhama, cosa que, por el momento, tampoco consiguieron, pero sí continuaron con el hospicio.
MAGNANIMIDAD DEL ARZOBISPO
Ya hemos visto cómo, desde el episodio de las termas, la actitud del prócer episcopal cambió radicalmente a favor de los descalzos. Por ello, dada la estrechez que tenían en el edificio que ocupaban, con el fin de ampliarlo, les hizo donación de 15.000 reales y 5.550 kgs. de trigo. Con esta ayuda inesperada, más las limosnas de otros benefactores, el provincial fray Francisco Jaymez, les autorizó a que construyesen un edificio para los religiosos que, al decir del cronista, tenía ya el aspecto de un convento. De tal manera el ánimo del arzobispo estaba por los franciscanos que, todos los años, cuando iba al pueblo a tomar las aguas, se hospedaba con ellos y llevaba a cabo la misma observancia religiosa que éstos. Además hacía que sus propios sastres confeccionasen los pantalones y los hábitos de los hermanos, cuya tela él costeaba. Además, en el año 1691, el superior del hospicio, fray Alfonso Gómez, quiso celebrar con toda pompa y solemnidad la canonización de S. Pascual Bailón y para ello tuvo que pedir permiso al arzobispo. Éste no sólo se lo concedió sino que mandó a los sacerdotes del pueblo que, durante tres días, se pusiesen a disposición de los frailes y permitió que el Santísimo Sacramento permaneciese, durantes las fiestas, en la capilla del hospicio.
El autor nos refiere que era tan grande el deseo del prelado de que se construye el cenobio que, allá por el año 1691, sin preocuparse de aquellos que podrían oponerse a ello, y con la esperanza de que los permisos finalmente serían otorgados, mandó iniciar la fábrica de la nueva iglesia y del convento. No lo hizo abiertamente, sino que para ello se valió de la estratagema siguiente: levantó, desde los cimientos, la capilla de la virgen de la Cabeza, pero dándole tal amplitud que más que una ermita, parecía una iglesia. A ésta le adosó una espaciosa habitación que podría utilizarse como dormitorio con el fin de utilizarla él, cuando fuese al pueblo a tomar los baños. Para continuar las obras le donó al provincial Jaymez quince mil reales, compró un huerto que se añadiría al próximo convento y además ofreció costear todos los gastos necesarios hasta que la obra estuviese totalmente terminada. Sólo puso dos condiciones a tan excesiva generosa actitud: la primera que se le concediese el patronato del convento y la segunda que habilitasen en el mismo una habitación para él de la que pudiese disponer cada vez que tuviese a bien desplazarse al pueblo.
El mencionado provincial, conociendo la buena disposición que hacia ellos mostraba la corporación municipal de Alhama y posiblemente sin acordarse de la petición que ésta le había hecho cuando en el año 1663 otorgó los permisos necesarios para la construcción del monasterio, le pidió permiso para, de los terrenos propios del Ayuntamiento, cortar los árboles necesarios para la obra del convento, al mismo tiempo que le manifestaba el deseo del arzobispo de ser el patrono de la abadía. La reacción de los munícipes fue una enérgica negativa y le dijeron al provincial que, si privaba al regimiento municipal del patronato del convento, pues habían impuesto esta condición cuando otorgaron el permiso en el año mencionado, no sólo no le autorizarían a cortar ni uno solo de los árboles solicitados, sino que obstaculizaría con todo el poder municipal la erección conventual. No le quedó más remedio al provincial que comunicarle esta rotunda negativa al arzobispo quien, adoptando una actitud comprensiva y llena de cariño a los franciscanos, renunció a su deseo de obtener el referido patronato y aplicó todo su esfuerzo a la construcción de tan deseado edificio.
INICIO DE LAS OBRAS DE FÁBRICA
El día veintisiete de enero de 1692 el prelado granadino formalizó por escrito las autorizaciones necesarias para que los descalzos llevasen a cabo su obra e incitó al provincial para que la iniciase. Podemos decir que los frailes decidieron principiar su andadura por el camino de los hechos consumados. Ciertamente tenían en su poder los pertinentes permisos, tanto del Ayuntamiento, cuanto del Arzobispado, pero no contaban con el más importante que era el del Consejo real de Castilla y, según la cédula real de Felipe III, ya mencionada, estaba prohibido levantar algún nuevo monasterio. Por ello su actitud de emprender las obras la consideramos que fue, por lo menos, temeraria. Sin embargo, el día primero de marzo de 1692, el beneficiado de la parroquia de la ciudad, D. Pedro Ramos Correa, en presencia de muchas personas importantes de la localidad, colocó la primera piedra fundacional del cenobio, comenzando así la construcción del mismo, a pesar de que, como hemos dicho, carecían de la autorización más importante.
El autor nos narra varios sucesos portentosos que ocurrieron durante el levantamiento del nuevo edificio y que, como casos curiosos o por lo menos extraños, voy a referir. Uno de ellos es que, cuando varios obreros, mediante unos sistemas de elevación estaban levantando una piedra que pesaba alrededor de 3.500 kgs., ésta se desenganchó de las ligaduras que la sujetaban y se desplomó sobre el lugar en el que se encontraba fray Juan Rodríguez, junto con otros compañeros. Como si un espíritu sobrenatural hubiese intervenido, cuando ya la piedra estaba a punto de aplastarlos, desvió su curso y cayó en tierra sin producir daño a nadie. Otro caso similar ocurrió al desprenderse del tejado una enorme viga que, por la trayectoria que llevaba, con toda seguridad aplastaría a unos niños que se encontraban jugando en el lugar de las obras. Lo mismo que en el caso anterior, torció su camino y no causó perjuicio a ninguno de los pequeñuelos. En el tercer caso se vio implicado el superior del convento. Cuando un albañil trasladaba una enorme piedra, haciéndola rodar, se le fue de las manos y, por la inercia del movimiento, continuó su camino, adquiriendo cada vez más velocidad, hasta que vino a chocar contra las piernas del mencionado superior. Fue tal el impacto que todos creyeron que se las habría destrozado. Cuando lo examinaron atentamente, sólo observaron en ellas unas mínimas lesiones que no le impedían caminar y hacer su vida normal. El cuarto portento tuvo lugar cuando ya se estaba terminando la parte superior de la capilla mayor. Sin encontrar razón alguna, de repente, se vino abajo todo el andamiaje con los obreros y herramientas que sobre él estaban. No sólo los que se precipitaron, sino aquellos que recibieron todo lo derrumbado, incluidos los cuerpos de sus compañeros, salieron indemnes de la catástrofe. El autor quiere ver aquí la intervención del diablo que pretendía que el convento de los descalzos no llegase a buen término, pues refiere que, en el pueblo, había una persona poseída por Satanás y que éste manifestó, lleno de furia, por boca del poseído, la siguiente frase: Dejaré libre a esta criatura siempre que Martín Carrasco, arquitecto de la iglesia de los hermanos descalzos, sea despedido. Portentos similares a éstos los he encontrado en todas las crónicas de los conventos que hasta ahora llevo traducidos, por lo que, si damos crédito al cronista, la perniciosa maldad diabólica siempre estaba dispuesta a que los pobrecitos descalzos no culminasen con éxito, o por lo menos libres de percances, la erección de cualquiera de sus cenobios.
PÉRDIDA IRREPARABLE Y NUEVOS ATAQUES DE LOS CARMELITAS
Allá por el mes de junio de 1692, la salud del arzobispo granadino, sostén y benefactor de los frailes, como hasta ahora hemos visto, se vio seriamente quebrantada, por lo que éste creyó que se encontraba a las puertas de la muerte, por ello les donó a los hermanos un pagaré por cuatro mil ducados, con la condición de que éstos consiguiesen del Altísimo que su vida se prolongase durante veinte días más. Los frailes pusieron mano a la obra y, tomando por intercesor a S. Pascual Bailón, elevaron sus preces a la Divinidad, rogándole por la sanación de este príncipe de la Iglesia. ¡Cosa admirable!. Dice el cronista. Para asombro de todo el mundo, cuando ya nadie creía que se iba a recuperar, inició una mejoría transitoria que le hizo continuar con vida hasta el mes de octubre del mismo año, en el que falleció. Dado que vio prolongada su existencia, no sólo los veinte días que, al principio, había pedido, sino casi cuatro meses más, aunque el narrador no lo menciona, suponemos que los frailes harían efectivo el mencionado pagaré.
La consecuencia del óbito del obispo fue que los carmelitas, al ver a los franciscanos ya sin su denodado protector, reiniciaron nuevamente sus ataques contra ellos, con la pretensión de que la comenzada obra del convento fuese derruida, los expulsasen del hospicio y, como es lógico, los privasen de la permanente exposición de la Sagrada Eucaristía. Con tal fin presentaron una querella ante el Consejo real de Castilla y los franciscanos enviaron como procurador ante dicho consejo a fray Agustín de Ribera, quien tuvo éxito ante los reinos, pero no ante el Consejo, sobre todo porque recientemente se había dictado un real decreto por el que se prohibía que se otorgase ninguna licencia para cualquier otra nueva fundación si no se concedía por la sede en pleno del Consejo real, que estaba compuesto por veintitrés miembros y, por ello era casi imposible, llegar a una unanimidad absoluta. El referido procurador tuvo la valentía de dirigirse personalmente al rey Carlos II, esperando obtener de él la apetecida venia. El piadoso monarca le respondió que no sólo autorizaría el convento, sino que éste se levantaría totalmente a sus expensas, siempre que los descalzos consiguiesen de la Divina Providencia que él tuviese descendencia. El provincial franciscano, al tener conocimiento de lo que pedía el rey, mandó que se celebrasen misas en todos los conventos de la Provincia para que, por la intervención de S. Pascual Bailón, el rey viese cumplido su deseo y ellos obtuviesen el permiso, tan deseado. La historia nos dice que, en este caso, las súplicas de los franciscanos no consiguieron el fruto deseado y Carlos II murió sin descendencia.
En el año 1695, nuevamente vuelven los frailes a solicitar la autorización ante el Consejo real de Castilla. Esta vez comisionan, como procurador para ello, al que había sido provincial, fray Francisco Iravedra quien, ante el pleno de la sesión hizo la exposición de sus razonamientos y, aunque, en principio, todos se oponían a la concesión del permiso, sin embargo, logró poner a su favor el ánimo de alguno de ellos, cosa que no resultaba efectiva, ya que el permiso habría de ser concedido por la totalidad. Entonces, al igual que fray Agustín de Ribera, como ya hemos dicho, decidió hablar personalmente con Carlos II, para convencerlo de la gran utilidad de la fundación. El rey le respondió que examinaría la propuesta con detenimiento pero que, para ello, necesitaba antes asesorarse, por lo que pidió opinión al Consejo y además requirió el informe de su confesor, fray Pedro Matilla, de la Orden de Predicadores. También ante éste se presentó el hermano Iravedra, con el propósito de convencerlo y que emitiese un informe favorable para que el Consejo no tuviese más remedio que formular su venia. El dominico, en la conversación, no le cerró totalmente las puertas y le dejó entrever que había alguna posibilidad, pero en su ánimo tenía el firme propósito de no pronunciarse por la autorización. El cronista nos cuenta que con esta disposición de ánimo se puso a redactar el informe, pero que lo escribió, como si otra mano ajena fuese quien lo ejecutase y que, cuando terminado, lo leyó, quedó sorprendido por los razonamientos tan atinados que daba en favor de la fundación y por la exposición tan ponderada que hacía de los mismos. Desde entonces se erigió en el más esforzado defensor de la fundación de este convento y finalmente, en el mes de diciembre de 1695, el rey concedió su permiso, pero con la condición de que a este nuevo monasterio se le pusiese bajo la advocación de S. Pascual Bailón, santo al que profesaba gran devoción.
Fue tal el júbilo que la noticia de la concesión del permiso real causó en la provincia franciscana que inmediatamente el provincial mandó que en todos los conventos de la misma se entonase un solemne Te Deum y se pidiese a Dios para que el monarca tuviese descendencia.
Inmediatamente, ante el nuevo arzobispo de Granada, D. Martín de Alcagorta, presentó la aprobación real, así como los restantes permisos. Éste rápidamente otorgó su venia por escrito, autorizando el nuevo cenobio. Además concedió plena autoridad a su vicario en esta ciudad, D. Felipe Merchante de Arriaga para que, sin demora ni obstáculo, les concediese la toma de posesión, que fue llevada a cabo el tres de septiembre de 1695, con toda la precaución posible, -no olvidemos la inquina de los carmelitas-, por el ex provincial fray Francisco Jaymez a quien acompañaban, el superior del hospicio, fray Bartolomé Muñoz, los predicadores Melchor Guzmán y Mateo Robledo, el confesor, Juan Alcaide, los clérigos Ignacio Cabello y Francisco Garrido y los legos Juan Rodríguez y Francisco Rodríguez. Los carmelitas no se percataron del hecho, por lo que no llegaron a poner en práctica su malquerencia y, ante la alegría, según el autor, que manifestó el pueblo, al tener conocimiento de ello, les invadió una profunda tristeza, al comprender que no habían podido conseguir sus negros propósitos.
EL AYUNTAMIENTO DE ALHAMA PATRONO DEL CONVENTO
Ya hemos dicho que las licencias para el hospicio y el convento las otorgó el Ayuntamiento bajo dos condiciones. Una, que el hospicio permaneciese siempre en el convento al cuidado de los frailes y otra que al patronato del nuevo convento le fuese otorgado a la Corporación municipal, estipulaciones con las que estuvo de acuerdo la Provincia, desde el año 1663 hasta el 1692. El Ayuntamiento reiteró la petición en el año 1696, con la que estuvo de acuerdo, no sólo el provincial Peña, sino también el Definitorio, por ello, con la intervención del síndico D. Pedro de Villarrasa, observando todas las disposiciones legales, se llevó a cabo el día cinco de febrero del referido año, con las condiciones siguientes ratificadas públicamente:
- El Ayuntamiento entregaría, de una sola vez, seiscientos ducados que serían empleados exclusivamente en la continuación de la obra de fábrica del convento.
- Cada año donaría diez ducados para el aceite de la lámpara de la capilla mayor.
- También otros diez ducados anuales para la feria de la semana mayor de la Virgen.
- De igual manera otros veinte ducados a perpetuidad en el día de S. Pedro de Alcántara del cual costearían espléndidamente una imagen en talla.
- También sufragaría permanentemente la conservación de la capilla mayor y además contribuiría al exorno de la misma.
- Finalmente quedaría constancia en sus anales de que, en las fiestas de S. Francisco, S. Pedro de Alcántara y S. Pascual Bailón, asistiría en pleno el Cabildo municipal a la iglesia de los franciscanos descalzos, y en las celebraciones de la Purísima Concepción y de la Purificación de María, cada año que tuviesen lugar, podrían mandar dos representaciones del Ayuntamiento a la parroquia del pueblo.
Los franciscanos descalzos, por su parte, se comprometían a que, en la capilla mayor, pudiesen recibir sepultura todos los concejales, sus esposas e hijos, a cuyas exequias asistirían los frailes y el día despues de la conmemoración de los fieles difuntos celebrarían para ellos unos actos funerarios.
- Autorizaban el Regimiento municipal a que, sobre la puerta de la iglesia y en la capilla mayor pudiesen colocar las insignias de la ciudad y poseer un asiento en el altar mayor para cuando se celebrasen funciones litúrgicas.
- Finalmente, en la feria quinta de la semana mayor, uno de los concejales sería designado por elección, entre ellos, para llavero de la urna sagrada.
REACCIÓN DE LOS CARMELITAS
La animadversión de los carmelitas no podía soportar el triunfo de los descalzos y las prebendas que, por su patronato, les concedía el ayuntamiento de Alhama, por ello su furor contra ellos crecía continuamente y estaban al acecho esperando encontrar la ocasión para poder vengarse, ya que consideraban que todo lo que, de favorable, les sucedía a los franciscanos, eran injurias gratuitas que éstos dirigían contra ellos. Ésta es la razón por la cual continuamente estaban maquinando la forma de tramar alguna venganza para desquitarse de ellos. La ocasión se les presentó propicia con motivo de la procesión de la bula de la Santa Cruzada, a la que habían de asistir todas las órdenes religiosas del pueblo y los carmelitas esperaban poder desquitarse de los franciscanos precediéndoles en ella, ya que, por una bula de Gregorio XIII, el orden de precedencia en la misma, se correspondería con el orden de antigüedad de los religiosos en cada pueblo, privilegio del cual ellos gozaban desde hacía más de doscientos años. Su propósito era usar de esta prerrogativa y, si los descalzos pretendían lo contrario, o no se avenían a lo dispuesto en la mencionada bula, abochornarlos públicamente, injuriándolos delante de todo el pueblo. Tal propósito y maquinación llegó a oídos del provincial de los descalzos, quien, para evitar que los carmelitas tuviesen esa satisfacción, le impuso al guardián del convento, fray Bartolomé Muñoz, que no concurriese con su comunidad ni a la mencionada procesión ni a ninguna otra, con el fin de evitar cualquier motivo de altercado y eludir todo escándalo y disputa. Para apoyar dicha actitud y demostrar que no iban en contra de la bula de Gregorio XIII, tanto el comisario de la bula de la Santa Cruzada, cuanto el vicario de la localidad, hicieron valer otra bula de Urbano VIII que liberaba a los frailes de los conventos que se encontrasen extramuros de las localidades a las que pertenecieren, de asistir a las procesiones que se celebrasen en las mismas y, dado que los descalzos se hallaban en esta situación, se encontraban dentro de lo dispuesto en ella. Los carmelitas, que no esperaban esta estratagema, vieron burlados sus deseos de venganza y los franciscanos, a partir de ese momento, no volvieron a concurrir a ninguna otra procesión de las que tuvieron lugar en Alhama.
TRASLADO DE LOS FRAILES AL NUEVO CONVENTO
Por las muchas dádivas y regalos que los hermanos recibieron desde el comienzo de su estancia en el pueblo y por las donaciones de personas caritativas, por fin, aunque sin que estuviesen acabadas totalmente de obras de fábrica, el nuevo cenobio se encontraba ya en situación de que los hermanos se trasladasen desde el hospicio a él, cosa que efectuaron en el año 1706, siendo moderador de la Provincia fray Juan Cebrián y guardián del convento, fray Juan Quesada. La comunidad conventual siempre estuvo compuesta, según el autor de la crónica, de unos treinta hermanos aproximadamente. De lo que no ha quedado constancia en los anales ni escritos de los hermanos es de la fecha en que se culminó la obra de la iglesia del convento ni de la ornamentación total de la misma, así como también se desconoce cuando se entronizó la sagrada Eucaristía en ella.
CONFRATERNIDAD DE LA VIRGEN DE LA CABEZA
Dada la devoción que hacia esta advocación de María existía en este pueblo, muchos habitantes del mismo quisieron establecer una confraternidad con los franciscanos, para fomentar el culto y el fervor a la misma. Por ello, el cinco de abril de 1714, celebraron una reunión en la que se aprobaron ciertos acuerdos que fueron presentados ante el provincial de los frailes para que les permitiese la fundación de dicha confraternidad en la iglesia del convento. Previa la correspondiente autorización del Definitorio, así como los pertinentes escritos del provincial, el superior del convento, Fray Manuel Garrido, accedió a que dicha confraternidad se llevase a cabo en la iglesia franciscana. El cronista nos refiere que solamente dos de los cánones de dicha confraternidad son dignos de resaltarse, el más importante de ellos es que todos los cofrades debían admitir interiormente y comprometerse a defender el misterio de la Purísima Concepción y el otro que el presidente de dicha confraternidad habría de ser el superior del convento o el hermano en quien él delegase tal función.
A partir de este momento el autor del relato no reseña datos de relevancia en la vida del convento, sí refiere importantes dádivas que, personas piadosas, hicieron al mismo, así como la gratitud que la comunidad manifestó hacia ellas, obligándose bien a celebrar oficios de difuntos para el sufragio de sus almas, concediéndoles enterramientos dentro de la iglesia conventual u otorgándoles el patronato de alguna capilla.
Nos da una breve pincelada de la vida del siervo de Dios fray Salvador Rodríguez Calderón que vivió en este monasterio entregado a la perfección y practicando un constante ejercicio del cuidado de las almas. A su muerte, ocurrida en octubre de 1735, los vecinos del pueblo acudieron en tropel para llevarse algún objeto del difunto que pudiesen venerar como reliquia. A falta de otra cosa, la silla en la que se sentaba para oír a los penitentes en confesión la hicieron añicos y los que pudieron conseguir una astilla de la misma se sintieron satisfechos por conservar algo que había estado en contacto con el cuerpo de este bendito fraile.
Cierra la crónica con la enumeración de las reliquias, ya auténticas, ya de las que carecen de tal certificación, pero a las que el pueblo venera con gran devoción.
Éste es otro de los muchos conventos de los franciscanos descalzos desde los que ejercieron su labor sin tasa, de piedad, ejemplaridad y vida digna de imitación que tanto influyó en los lugareños.
Priego de Córdoba, julio 2003


Manuel Villegas Ruiz