10/8/08

CONVENTO DE LAUJAR, SEGÚN UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII

INTRODUCCIÓN

Dentro del reto y propósito al que voluntariamente me he comprometido de traducir una crónica latina inédita escrita por un padre franciscano descalzo, cuyo nombre desconocemos y que recoge todos los conventos de la provincia de S. Pedro de Alcántara de la misma Orden, para este Octavo Curso de Verano sobre el Franciscanismo en Andalucía, he llevado a cabo la labor de verter al castellano, la crónica del convento de Laujar, localidad almeriense situada en la zona de las Alpujarras.
La estructura de dicha crónica, es similar a la de los anteriormente traducidos por mí, o sea, el de Priego de Córdoba, el de Antequera, el de Loja y el de Albuñuelas. El relato lo divide en capítulos, más o menos extensos y de mayor o menor número, según sea la importancia de los hechos y vicisitudes acaecidos en el convento del que trate. Al principio de cada uno de ellos expone los epígrafes de los asuntos que van a ser recogidos en el mismo, aunque también los vuelve a reseñar, en nota marginal, cuando llega el momento de su relato. Normalmente antes del inicio del primer capítulo consigna la fecha de la fundación del convento, empleando para ello tres eras de referencia, es decir, primero expone el año que le correspondería según el calendario cristiano, le sigue con el que incumbiría desde la constitución de la Orden de los Religiosos Menores de San Francisco y finalmente emplea el perteneciente a la creación de la Provincia, en este caso la de San Pedro de Alcántara, que es a la que este de Laujar Pertenece. A pesar de ello, la mayoría de las veces, si llega el caso, inicia su relato en años muy anteriores al de la fundación del convento. Según esta datación, el convento asunto de esta exposición, fue fundado en el año 1.691 de la era cristiana, en el 484, de la creación de la Orden franciscana y en el 30 de la instauración de la provincia a la que pertenece.
La narración de la crónica la inicia con una breve descripción histórico-geográfica de la localidad; en ella indica, si lo conoce, el año de su fundación, quiénes fueron sus primeros pobladores, casi siempre éstos, - según la periclitada historiografía que atribuía la fundación de las ciudades de la Humanidad a personajes del Génesis, -descendientes de Noé. Continua con lo que podríamos llamar la localización topográfica, pero a falta de coordenadas, indica las leguas que dista dicho lugar de las localidades más importantes de su entorno. También relata, no siempre, los productos que genera y si hay algún lugar digno de mención, como pueda ser un río, un monte o cualquier otro accidente geográfico.
Como ya he dicho está escrita en latín, en una época en la que esta lengua solamente era utilizada por personas muy versadas en ella, por lo que parece ser que su propósito no fue darla a conocer a un público muy extenso. Posiblemente este hecho, junto al de que las formas latinas que emplea, son para mí, la traducción de un texto que ha confeccionado previamente en castellano y que al pasarlo a la lengua de Cicerón, ha recurrido a expresiones y giros que ya, en la época de esta autor latino, estaban periclitados, a construcciones con exagerado hipérbaton y a palabras que en muchos casos creo que son de su propia invención, dado que en latín no existían, como pueda ser cohete, justifiquen que la referida crónica, valiosísima por lo demás para conocer la historia de los Franciscanos Descalzos de Andalucía, haya permanecido, durante más de ciento cincuenta años, yo diría que casi olvidada.
Caso de que haya alguien interesado en la construcción latina que emplea, puede consultar mis trabajos anteriores, publicados dentro de la colección que, sobre estos Cursos de Verano, existe, en los que, en alguno de ellos, hago un somero análisis del latín que utiliza.

LA VILLA DE LAUJAR

El autor nos sitúa la mencionada villa, a la que en el año de la crónica, la cierra en el 1.741, le atribuye seiscientos habitantes, en una llanura ubicada entre los montes Ninguido y Gabor y a una distancia de dieciséis leguas de Granada, nueve de Almería, ocho de Guadix y cinco del mar Mediterráneo. Si al mencionar habitantes, se está refiriendo a vecinos, en terminología historiográfica, vecino es el cabeza de familia del que dependen su esposa e hijos. El coeficiente que normalmente se aplica en esta época para averiguar el número de personas que pueblan un determinado lugar, cuando se da el de vecinos, oscila entre 4,5 y 5, por lo que la cantidad de individuos que vivirían en dicha villa, tomando el menor coeficiente, debería de ser aproximadamente dos mil setecientos. Cantidad que considero importante para una villa del siglo XVIII. Me inclino más a aceptar esta cifra que la otra, pues a lo largo de la crónica, por los hechos que en ella se relatan, se infiere que la villa debería tener cierta importancia dentro de la zona de las Alpujarras.
En el caso de Laujar no nos manifiesta quiénes fueron sus fundadores, ni en el año en el que se llevó a cabo su asentamiento. Inicia su historia en el año 731 d.c., y nos dice que en esta fecha el mahometano, Abraham Albuxarra, gobernaba cuarenta y tres localidades situadas entre y en los alrededores de los montes anteriormente referidos. Con la palabra Albujarras o Alpujarras fue conocida la demarcación que integraba los cuarenta y tres pueblos mencionados. Este Abrahan Albuxarra estableció su corte, según el cronista, en el pueblo que comentamos, al que denominó Abuxar, que al correr el tiempo, cambió por Auxar, y finalmente, por decisión de sus habitantes, en la fecha de la crónica ya es conocido como Laujar.
Como más arriba he dicho, el autor inicia la fundación del convento en el año 1.691, sin embargo se retrotrae hasta el 1.568 para darnos una muy breve noticia sobre la sublevación de los moriscos granadinos en dicha fecha, pero sólo utiliza el dato histórico para decirnos que dicha sublevación se extendió a las ya antedichas localidades y manifestarnos que murieron martirizadas a manos de los moriscos, por mantener su fe cristiana, más de mil personas pertenecientes a la demarcación alpujarreña, de las cuales solamente se conoce el nombre de ochocientas ochenta y cinco, quince de las cuales eran naturales y vecinos de Laujar.

PRIMEROS INTENTOS DE LA FUNDACIÓN DEL CONVENTO

En el año 1.654 las cuarenta y tres villas alpujarreñas, según el autor, por la devoción que sus habitantes sentían hacia los Franciscanos Descalzos y especialmente el Síndico Eugenio Arance, fueron asignadas a la tutela del convento de Guadíx. En el año 1.661 la Provincia de San Pedro de Alcántara ya se había segregado de la de San Juan Bautista; el primer provincial de la misma fue Fray Francisco Morales y su hermano Fray Bernardo, su primer definidor. El pariente de ambos, Francisco Morales de Valdivia, beneficiado de esta villa, se encontraba cierta tarde conversando con D. Pedro Murillo Velarde, a ellos se acercó Fray Salvador García que gestionaba los bienes de este pueblo que pertenecían a los Franciscanos Descalzos. En la conversación que mantuvieron, dado que ya estaba constituida la provincia de San Pedro de Alcántara, decidieron iniciar los primeros trámites para la fundación del convento de Laujar, para lo cual D. Francisco Morales prometió a su pariente el provincial Fray Francisco Morales una donación de treinta mil ducados y la consecución, en esta ocasión sólo verbal, de la autorización del Ayuntamiento, así como también la del Arzobispo de Granada, D. José de Agair, con quien le unía cierta amistad. El Provincial que, por aquellos entonces, se encontraba absorbido por otras preocupaciones de mayor importancia, sobre todo por un problema legal originado por el convento de Murcia, no pudo dedicar tiempo al trabajo que suponía la ingente gestión necesaria para la fundación de un nuevo convento, por lo que preterió la oportunidad que le ofrecían para ello. Entre los años 1.664 y 1.665, fallecieron D. Pedro Velarde y D. Eugenio Arance, los principales promotores, además el beneficiado Morales olvidó consignar en su testamento la manifestada voluntad de donación, antes referida, por lo que el fervor inicial se entibió de tal manera que casi llegó a olvidarse el asunto de la creación del nuevo cenobio.

RENACE EL INTERÉS POR LA CONSTITUCIÓN DEL MONASTERIO

El encargado de reavivar el deseo de que se crease dicho cenobio, fue D. Pedro Murillo Velarde, quien en el año 1.667, acució para ello, tanto de forma verbal, cuanto por innumerables escritos, al nuevo Provincial, Fray Diego Fernández, aunque en esta ocasión su aspiración tampoco prosperó. Para hacer más efectiva su influencia contó con la ayuda de Miguel Arance, Manuel Méndez de Castro, Cristóbal Rodríguez Chacón, juez pedáneo, y la de los concejales Gabriel Bas y Francisco Ruiz, quienes el dieciséis de abril de 1.674, reunidos en el Ayuntamiento, le suplicaron al Provincial, en esta ocasión Fray Salvador Aguayo, que accediese a la tan deseada fundación, manifestándole al mismo tiempo, que le hacían donación del terreno suficiente para la construcción del convento y el huerto en las cercanías de cierta pequeña iglesia o ermita, dedicada a San Sebastián y que se encontraba en las cercanías del pueblo.

DONACIONES ESPONTÁNEAS PARA SU CONSTRUCCIÓN

Además de la del terreno necesario, posiblemente la más importante, los vecinos pudientes de la localidad, al conocer que la empresa podría prosperar y con objeto de presionar al Provincial, por propia voluntad ofrecieron ciertas cantidades de dinero, cuyo monto total fue de mil cuatrocientos ducados y sus donadores fueron los siguientes:
D. Francisco Pimentel, cien ducados.
D. Manuel Méndez de Castro, cien ducados.
D. Pedro Murillo, doscientos.
Pedro Sánchez Mercado, cien.
Francisco Ruiz, cincuenta.
Miguel Arance, cien.
Juan Arance, mil reales.
Jerónimo Pérez, cien.
Diego Arias, cien.
Andrés Arias, cincuenta.
Fernando Arias, ciento diez.
Blas Romero, cien.
Gaspar Cortés, cincuenta.
Juan Murillo Velarde, treinta.
Francisco de Espín, cincuenta
Lucas Gutiérrez, cuatrocientos reales.
Luis Pérez, doscientos reales.

He considerado conveniente relacionar la nómina de estos próceres que deseaban fervientemente que los Franciscanos Descalzos poseyesen un monasterio en la villa de Laujar, para poner de manifiesto la fuerza que pudieron ejercer sobre el Provincial de la Orden que, al igual que los anteriores, no había prestado toda la atención necesaria para la consecución de dicho propósito. Esta considerable suma de dinero, junto con la donación de los terrenos anteriormente mencionados, dieron lugar, como nos narra el mismo autor, a que no se dilatase la fundación del convento. A pesar de ello, parece ser que la Dirección no terminaba de decidirse a que se llevase a cabo tal creación, pues se encontraba en aquellos momentos ocupada por los problemas que le sobrevenían a causa de la erección del convento de Málaga, ciudad, a todas luces, más importante que la villa de Laujar y cuyo convento, una vez resueltas las dificultades que su construcción presentaba, reportaría a la Orden más y mejores beneficios que el de la referida villa. Por ello, dos años después de las mencionadas donaciones, es decir en el año 1.676, aún seguía pendiente el deseo de los habitantes de Laujar y parece ser que las personas que tanto interés tenían en ello, se sentían algo decepcionadas, por lo que esta vez se celebró otra reunión de personajes posiblemente más importantes e influyentes que pudiesen presionar para conseguir su propósito. Entre ellos se encontraba D. Diego Charrán quien, además de ser el Vicario del Obispado granadino para la demarcación de la villa, también era su párroco, a él se unieron los beneficiados Francisco Pimentel y Manuel Méndez de Castro, los jueces pedáneos de aquel distrito, Bernardo Gómez de Valdivia y Manuel de Viruega, así como los concejales del Ayuntamiento, Fernando Arias Murillo y Cristóbal Martínez. Este elenco de individuos poderosos, se presentó ante el Provincial, Fray Diego Fernández, el doce de enero de 1.676, para pedirle que activase las gestiones, pero poco o nada pudo hacer éste sobre ello, ya que falleció el día veinticuatro del mismo mes. Para sustituirlo fue designado, Fray Francisco López, del que, el ocho de octubre del mismo año, consiguieron por escrito la promesa de que se encargaría ante la Orden de llevar a cabo el proyecto, siempre que ellos personalmente obtuviesen antes la autorización del Arzobispo de Granada, D. Francisco de Rois y Mendoza. Caso de que así fuese, él dejaría a un lado todas sus ocupaciones y dedicaría toda su atención a la finalización de todo lo que, además, fuese menester para tal fin. La presión que estos insignes próceres pudiesen ejercer sobre el Arzobispo y la insistencia de sus ruegos debió de ser de tal calibre que el día seis de noviembre del mismo año el mencionado Arzobispo no sólo les dio su autorización por escrito, sino que se comprometió a prestar su valiosísima ayuda para interceder ante el resto de las autoridades competentes a fin de conseguir los permisos y autorizaciones necesarios. Además aprobó la donación de la pequeña iglesia de San Sebastián de la que antes hemos hablado.

OBTENCIÓN, SIN EFECTO, DE ALGUNAS AUTORIZACIONES

Lo que podríamos llamar las fuerzas vivas de Laujar, armados con la fuerza que les daba la Autoridad Arzobispal se presentaron ante el Provincial al que, además para presionarlo, le hicieron nuevas promesas de donaciones, por lo que, ya dentro del año 1.677, los permisos locales y provinciales que se precisaban fueron conseguidos. Para la obtención de la conformidad del Consejo Real de Castilla, fue designado Fray Francisco de Iravedra, junto con un procurador, y ambos iniciaron las gestiones en la capital del Reino. Algún escollo que el cronista no cuenta debió de surgir, pues nos dice que el asunto quedó, por aquel entonces, sin resolver. Durante este mismo año se producen varios intentos en la misma dirección que resultaron totalmente infructuosos, a pesar de la intervención favorable del Duque de Medinaceli.
Durante el año 1.678, de la misma manera que en otros intentos de fundaciones de los Franciscanos Descalzos, los Franciscanos Observantes se opusieron tenazmente a que se llevase a cabo la fundación en Laujar. En este caso fue el Guardián del convento de los Observantes del pueblo de Ugijar que dista tres leguas de Laujar, alegando, como la más firme razón de su oposición, la posible disminución de las colectas que les perjudicaría directamente y, aunque al final el Arzobispo de Granada desoyó sus fundamentos por falta de consistencia, sí logró el propósito de, al menos, retrasar con sus impedimentos las gestiones que los Descalzos llevaban a cabo. Durante este año, promovido nuevamente el trámite de los permisos ante el Consejo Real de Castilla, sin explicación alguna, según el cronista, éste lo denegó. Ello ocasionó un cierto adormecimiento del entusiasmo que todos los interesados habían manifestado por la erección del cenobio. Este letargo duró nada menos que diez años, pues fue en el año 1.688 cuando nuevamente se aviva el interés, pero en esta ocasión los Descalzos cuentan con unos aliados que hasta entonces no tenían. Éstos fueron los superiores de conventos de otras órdenes, tales como la de los Trinitarios y la de los Carmelitas quienes solicitaron al Provincial descalzo, Fray Manuel Ramírez que reiniciase los trámites, manifestándole además que ellos asumirían que se construyese el nuevo convento o, al menos, se edificase un hospital. El Provincial descalzo, tomó nuevamente interés en el asunto y, aunque desoyó la petición de fundación de un hospital, para no molestar a los Observantes de Ugijar, sí introdujo una cuña o avanzadilla en Laujar, con el envío de unos frailes confesores que, con el pretexto de una cuestación, se instalaron de manera definitiva en el pueblo.

CONSECUCIÓN DEL PERMISO REAL

Habrían de transcurrir todavía tres años más para que los que con tanto interés y entusiasmo habían bregado por que la construcción se llevase a cabo, viesen coronadas con éxito sus aspiraciones. La definitiva oportunidad se presentó en el año 1.690 con la canonización de San Pascual Bailón. Por tal motivo, el exprovincial, Fray Francisco de Iravedra y el Predicador, Fray Francisco Moreno, tuvieron que desplazarse a Madrid para resolver ciertos negocios. El Provincial, Fray Francisco Jaimes los autorizó a que nuevamente, promoviesen en la capital del Reino el casi olvidado asunto del convento de Laujar. En Madrid encontraron la decidida y definitiva ayuda que les prestó Dª Catalina de la Cerda y Aragón, hija del duque de Medinaceli, Patrona de la Provincia franciscana descalza de San Pedro de Alcántara y ferventísima devota de San Pascual Bailón. Ésta con la gran alegría que le había producido contemplar en el Catálogo de los Santos a su amado Beato y con la inexcusable condición de que el nuevo monasterio estuviese dedicado a él, no dudó en ejercer toda su influencia sobre los componentes del Consejo Real. Su intervención fue concluyente. Los integrantes de éste otorgaron la venia correspondiente el día catorce de Julio del año 1.691, autorización que, posteriormente, fue refrendada por el Rey. Por fin, tras treinta años desde las primeras conversaciones, se resolvía favorablemente la ardua pugna que contra unos y otros y arrostrando dificultades e impedimentos de todo tipo tuvieron que mantener los que se empecinaron en que en Laujar hubiese un convento de Franciscanos Descalzos.
El autor expone tres consideraciones por las que atribuye a la intervención de la Divina Providencia el que este permiso tardase treinta años en conseguirse y en las que ve que tal autorización se obtuvo porque el convento estaba predestinado a que su Santo titular fuese San Pascual Bailón. Por la primera manifiesta que todos los intentos y esfuerzos de los Descalzos, durante tanto tiempo, resultaron absolutamente infructuosos, como si un poder Superior considerase que aún no había llegado el momento. En la segunda nos muestra las desavenencias de los componentes del Consejo Real que se manifestaban en el momento de la oportuna votación para la concesión del permiso, en contra de la total anuencia que todos mostraron en la que, al fin, se otorgó. Nos refiere, además, que uno de los consejeros contó después que él, que siempre había sido contrario a que se construyese el monasterio, en la última, sin saber por qué, sintió como un impulso interior que lo obligó a que su voto fuese favorable. La tercera que hace es el sentir y deseo de todo el pueblo de que el convento estuviese bajo el patrocinio de tan excelso titular, deseo que también fue corroborado por el Arzobispo de Granada Fray Francisco de Roys y Mendoza, y que no se consiguieron las autorizaciones necesarias hasta que este santo varón no fue elevado definitivamente a los altares.

LA TOMA DE POSESIÓN

Al Provincial, inmediatamente que el Consejo Real dio su aquiescencia, se le envío un correo para darle cuenta de la misma y a la vez para que lo pusiese en conocimiento del arzobispo de Granada, Fray Ildefonso Fernández de los Ríos y Guzmán. Éste, tan pronto tuvo en su poder el documento acreditativo, el cuatro de julio del mismo año, extendió una nueva autorización a favor de la fundación y además daba permiso a los hermanos para que, entre tanto se construyese el convento, pudiesen residir en una casa. No se demoró mucho la toma de posesión, ya que el mismo día referido, al Lector en Teología, Fray Antonio de la Peña, que antes había ostentado el cargo de Definidor de la Orden, se le dio autoridad plena de Comisario Provincial para que, acompañado de los frailes sacerdotes Antonio Murillo, Manuel del Campo, José Yánez y Juan Suárez y de los legos Pascual Arance e Ildefonso de Soria, en la noche del mencionado entrase en la villa, en la que fue recibido en la casa del juez pedáneo, Miguel Arance, con el júbilo y espontáneas muestras de alegría de los del pueblo que ya habían tenido conocimiento de que los tan deseados hermanos venían a fundar el anhelado convento. A las cuatro de la mañana, después de haber improvisado un altar en el lugar conocido como la Cruz de los Mártires, donde padeció por causa de su fe, cuando el levantamiento de los moriscos, el beneficiado de la parroquia, D. Juan Moreno Cervera, y ante la concurrencia jubilosa de los ciudadanos, el referido vicario Cebrián, observando todas las prescripciones legales del caso y con la conformidad de todos los sacerdotes del lugar, llevó a cabo la toma de posesión de la fundación.
De igual manera, los dichos sacerdotes estuvieron conformes en que, hasta tanto se construyese el convento, se les cediese a los frailes una capilla, dedicada a Nuestra Señora del Rosario dentro de la parroquia, en la que los hermanos podrían celebrar misa, así como todo tipo de actividades religiosas. También se les autorizó el uso de dos espléndidas habitaciones que había sobre la fábrica de la misma iglesia y de otras dos construidas dentro de la torre.

OPOSICIÓN DE LOS OBSERVANTES

Ya hemos visto anteriormente cómo los Observantes franciscanos habían recibido del Arzobispo de Granada la negativa a su pretensión de que el convento de los Descalzos no se erigiese en el pueblo. Una vez que conocieron los hechos anteriormente relatados su aversión se recrudeció y envenenaron el ánimo del juez mayor del distrito de las Alpujarras, D. José de los Ríos y Berriz que por estos días se encontraba en la villa de Fondón distante media legua de Laujar, denunciándole falsamente que era dudosa la legalidad de la toma de posesión y que parecía que la cédula real que la autorizaba no era del todo correcta. Este juez que tampoco veía con buenos ojos que los Descalzos de aposentasen en el pueblo, inmediatamente dirigió lo que llamaríamos una carta circular a todos los jueces pedáneos de su distrito para que se opusiesen al hecho consumado, hasta tanto no le fuese presentada a él personalmente la antedicha cédula real. Previsora y astuta fue la reacción del Comisario descalzo, pues rápidamente y para añadir fuerza a lo realizado, en la villa vecina de Izar, aceptó la donación definitiva de una casa nueva y espaciosa que Dª Isabel de Salazar le regaló y que además la habían ocupado los Descalzos desde los tiempos en los que vivía el esposo de ésta quien la había puesto solamente a disposición de los hermanos. En ella acondicionó para que sirviese de iglesia una de sus habitaciones, cuyos precisos enseres fueron donados espontáneamente por los del pueblo, abrió en ella una puerta a la calle y colocó sobre la ventana una pequeña campana. A esta improvisada iglesia trasladó, desde la parroquia con toda la solemnidad del caso y con la asistencia de los cabildos eclesiástico y municipal, así como de casi todo el pueblo, la Sagrada Eucaristía.
Los Observantes no cejaron en su intento de expulsar a los Descalzos, por ello el día diez de julio del mismo año, el Guardián de Ugijar, con ánimo muy combativo, incoó, ante el referido juez Berriz, un pleito con la intención de que anulase la fundación. Esta petición tuvo que ser desestimada, dado que el Predicador conventual descalzo, Fray Antonio Murillo, presentó todas las autorizaciones que estaban redactadas conforme a las leyes, sobre ello, existentes, así como la Bula otorgada en tal sentido por el Papa Inocencio XI, expedida el tres de septiembre del año 1.678.
No abandonaron su propósito estos enconados adversarios y ya que no podían obtener resolución legal favorable a sus propósitos, iniciaron una serie de ardides y malas mañas, para conseguir expulsar de Laujar a los Descalzos. Por ello, la inquina del referido juez Berriz, le llevó a celebrar, el autor dice que el ocho de julio, o sea antes de la fecha arriba mencionada, una reunión en la que expuso que la fundación debería ser anulada y que no se construyese el convento, dada la suma pobreza de los vecinos. Los jueces pedáneos actuaron en contra de su superior, cosa que también hicieron los concejales y convocaron con toda celeridad otra reunión en la que manifestaron su disconformidad a la propuesta del juez Berriz y además acordaron enviar escritos suplicantes, en tal sentido, al Ilustrísimo Arzobispo de Granada.
La contumaz inquina, así del referido juez, como del Guardián Observante, no se arredró y ambos iniciaron una andadura por un camino más tortuoso pero que ellos pensaban que les sería más favorable, es decir, congregaron a los componentes de los cuarenta y dos restantes Ayuntamientos alpujarreños en la localidad de Ugijar y allí, ya con dádivas, ya con amenazas y presiones, intentaron conseguir que, en la votación que se habría de realizar, éstos ediles decretasen la anulación de la fundación y, tal decisión, se enviase a Madrid, para que el Consejo Real igualmente la aboliese. El cronista dice que la intervención divina también se manifestó a favor de los Descalzos, pues cuando llevaron a cabo el recuento de los votos, el resultado fue favorable a éstos casi por unanimidad.

LA CONSTRUCCIÓN DEL CONVENTO

Ya estaban libres los pobrecitos Descalzos de acechanzas y malas artes que impidiesen lo que tanto ellos, cuanto el pueblo e ilustres próceres deseaban. La alegría de los lugareños, así como el deseo de que estos frailes se quedasen en el pueblo, se puso de manifiesto por las muchas donaciones que les hicieron, ya que, según nos manifiesta el redactor de la crónica, durante tres meses y día a día, se ocuparon de suministrar a los frailes el alimento necesario para su sustento y no contentos con ello, además, los proveyeron de gran cantidad de materiales necesarios para la fábrica de albañilería, así como de aportaciones monetarias, dada la indigencia en la que se encontraban los frailes.
El día cuatro de octubre, festividad de San Francisco de Asís, después de haber sido celebrada ésta, con toda solemnidad en la parroquia de la villa, por la tarde, el Superior, revestido con los ornamentos sagrados, condujo en procesión, acompañado del fervoroso pueblo y de sus más altas dignidades, la Sagrada Eucaristía, hasta el lugar conocido como Cruz de los Mártires, cercano al terreno en el que habría de ser levantada la construcción del nuevo convento. Y allí mismo, después de la procesión, sin despojarse de las sagradas vestiduras, dado que estaban ya preparadas las herramientas para la excavación de los cimientos, cogió una pesada azada y comenzó la roturación del terreno. Todos los presentes, admirados por tal acción, se apresuraron a proveerse de los utensilios necesarios y se le unieron en esta ardua e improvisada labor a la que no rehuyeron ni los altos dignatarios, ya referidos, que habían participado en la procesión. Los que se quedaron sin ningún instrumento, pues eran muchos los que querían colaborar, se dedicaron a transportar la tierra excavada y, aunque no había espuertas para todos, tanto los hombres, cuanto las mujeres, emplearon, ya sus abrigos, ya sus capas como seras, para transportar la tierra al vertedero.


CASO NOTABLE OCURRIDO POR INTERVENCIÓN DE SAN PASCUAL BAILÓN

El doce de noviembre de 1.691 fue llevada desde Granada, para entronizarla como patrón del convento, la primera imagen de San Pascual Bailón que, desde la localidad de Alcolea, distante una milla de Laujar. Fue transportada a hombros y en procesión solemne por el Alcalde y los vecinos del pueblo de Fondón, mientras que, delante de ésta, el resto de los vecinos, llenos de regocijo, cantaban y bailaban en honor del Santo. Los años anteriores habían sido muy malos para las cosechas el campo, por lo que los vecinos le pidieron a San Pascual que remediase esta escasez en la próxima producción y que ésta fuese más abundante en frutos de la tierra. Inmediatamente, después de tantos meses sin que cayese ni una sola gota de agua, comenzó a llover de tal manera que los campos quedaron totalmente saciados hasta tal punto que, en toda la zona de las Alpujarras, en la que ya se daban también por perdidas las cosechas de este año, fueron éstas tan abundantes, como nadie de la comarca recordaba que se hubiesen producido en épocas anteriores.

COLOCACIÓN DE LA PIEDRA ANGULAR

El siete de enero del año 1.692, Fray Antonio Murillo, elegido primer Guardián de este convento el día veintinueve de diciembre del año anterior, tomó posesión de su nuevo cargo. Consideró como la tarea más prioritaria de todas las que tenía que llevar a cabo continuar la construcción del nuevo edificio. Valiéndose de sus buenas dotes de persuasión convenció, no sólo a los vecinos del pueblo, sino también a algunos de los lugares vecinos, tanto a hombres, mujeres y niños, igual nobles que plebeyos, para que, en sus ratos libres, sobre todo en los días de fiesta, acarreasen los materiales necesarios para la continuación de la obra. Esta generosidad de los vecinos igualmente se puso de manifiesto cuando los jueces pedáneos, D. Francisco Gutiérrez Osorio y Alejandro de Ocaña, así como el concejal del ayuntamiento, Juan López, hicieron donación al convento de dos caños de agua viva y constante, para subvenir a las necesidades del mismo, del terreno necesario para que los frailes pudiesen disponer de un huerto y algunos censos para que ellos disfrutasen de sus rentas, todo ello perteneciente a los bienes propios del Municipio.
EL SIERVO DE DIOS FRAY MELCHOR ROJO

El autor nos presenta una breve pincelada de la vida de este santo varón modelo de virtudes y dedicado plenamente al cumplimiento de las reglas de la seráfica familia de Asís. Sus padres fueron Dª. Pedro Rojo y Dª Ana Azorero de Talavera y nació en el pueblo de la provincia granadina, denominado Vélez el Rubio. Aunque, según el cronista fue un raro ejemplar lleno de virtudes y digno de admiración de todos los que lo conocieron, en las que más descolló fue en la de la pobreza y la de la penitencia, con el castigo, a veces cruento, para dominar las inclinaciones de su cuerpo, cosa que llevaba a cabo con tal discreción y tan en secreto que, hasta después de su muerte, los restantes hermanos no descubrieron los instrumentos con los que se mortificaba, ya que entre sus pertenencias encontraron una cruz con hirientes púas que portaba sobre su pecho, unos azotes metálicos con los que se flagelaba y unos mortificantes calzoncillos de cilicio. El final de sus días le llegó el siete de mayo de 1.693 y su cuerpo fue sepultado, entre las aclamaciones de ¡santo, ¡santo, que proferían todos los que lo habían conocido. Fue sepultado en la capilla de la Virgen de la Soledad de la parroquia del lugar.

DIVERSOS HECHOS PRODIGIOSOS

Como en las crónicas de todos los conventos traducidas por mí hasta la fecha, en esta tampoco podían faltar portentosos hechos en los que, de una u otra manera, el autor reconoce la intervención directa o indirecta de la Divina Providencia. Ya hemos referido la inesperada y abundante lluvia que cayó sobre toda la comarca, cuando la estatua de San Pascual Bailón era portada desde el pueblo de Fondón hasta el de Laujar, y los fieles le rogaron a este Santo que cesase la sequía. No en vano a éste se le había encomendado la custodia del convento poniéndolo bajo su protección, pues en los hechos que a continuación vamos a exponer, la intervención divina, por mediación de este Santo, fue manifiesta.
En el año 1.693, siendo Guardián del Convento Fray Fernando Carcelen, la obra del cenobio estaba de tal manera avanzada que sus paredes se encontraban a punto de que fuesen finalizadas, pues llegaban ya a una altura del suelo de casi cinco metros, pues bien, sobre una de ellas, el cronista nos dice que había colocada una máquina y que un obrero la estaba librando de sus ligaduras. El autor no nos indica dónde se encontraba este operario, pero, por lo que narra a continuación, suponemos que la estaba soltando de algunas sujeciones que la mantenían a dicha altura desde el suelo, pues nos manifiesta que, de pronto, una enorme piedra cayó desde lo alto y que este trabajador, viendo que venía sobre él, invocó a San Pascual y la piedra pasó por su lado sin rozarlo siquiera. Un caso similar, pero al contrario, le ocurrió al maestro carpintero, Fray Antonio de Villanueva. Éste estaba encaramado sobre una de las paredes mencionadas, suponemos que colocando las alfajías de la techumbre, cuando de pronto, se precipitó de cabeza hacia la tierra. Inmediatamente invocó al Santo protector del convento y ¡cosa milagrosa, se dio la vuelta en el aire y con toda suavidad posó sus pies en el suelo, sin que le ocurriese daño alguno. Los que contemplaron el hecho no pudieron menos que atribuirlo a la directa intervención del bendito San Pascual. El caso siguiente es el que le sucedió al novicio Francisco Ribero. Éste, al igual que Fray Antonio de Villanueva, se hallaba subido en todo lo alto de la construcción, a donde había llegado portando un haz de cañas para colocarlas sobre la estructura del edificio. Inesperadamente se levantó un impetuoso viento que con indescriptible fuerza, arrancó de sus manos el haz de cañas, así como de su cabeza el sombrero, el humilde neófito se encomendó, desde lo más profundo de su corazón, a su Santo patrón y éste, como si con su mano lo hubiese sujetado, hizo que permaneciese en el mismo lugar en el que se encontraba y que no padeciese ningún mal. Otro hecho no menos digno de admiración fue el que sucedió en el año 1.696, pues en el último día de su mes de noviembre, el artesano Francisco Fernández, se encontraba a pie de obra efectuando ciertas labores. Inesperadamente y sin que nadie pudiese avisarle, se precipitó sobre él, desde la techumbre de la edificación, tal cantidad de madera, piedras y tierra que sepultó su cuerpo, por lo que todos los que contemplaron tamaña desgracia, dieron por supuesto que había sido aplastado por tan ingente mole de materiales y que habría perdido la vida. Devoto, como los anteriores, de San Pascual Bailón, cuando se vio sepultado por tan enorme derrubio, dándose por muerto, le imploró, desde lo más profundo de su corazón. No podían dar crédito a lo que veían, cuando los restantes operarios removieron aquella ingente mole de materiales, se lo encontraron sano y salvo y sin el más leve rasguño.




TRASLADO DE LOS RELIGIOSOS AL NUEVO CONVENTO

El día seis de noviembre del año 1.696, fue nombrado nuevo Guardián del cenobio, Fray Antonio Jiménez. Éste al igual que los anteriores puso todo su celo en llevar a cabo la terminación de la obra, por ello, el día cinco de agosto de 1.697, ya estaba casi totalmente finalizada, sobre todo en las más importantes dependencias, por ello, los treinta y dos religiosos que integraban la comunidad, se trasladaron al mismo, desde el pequeño conventículo que habían habilitado durante el tiempo que la nueva obra se llevaba a cabo.

CONFRATERNIDAD CON EL CLERO DEL LUGAR

Ya hemos visto, a lo largo de la crónica, cómo los sacerdotes seculares de Laujar, prestaron su apoyo en todo lo que pudieron a los Descalzos para que erigiesen el convento. Desde hacía tiempo albergaban el deseo de constituir con ellos cierta confraternidad, cosa que finalmente consiguieron el treinta y uno de diciembre de 1.706, cuando el sacerdote D. Manuel Méndez de Castro, decano de los beneficiados de la parroquia, junto con el resto de los sacerdotes por una parte, y por la parte conventual el Guardián de la misma, Fray Juan Suárez, totalmente de acuerdo con la comunidad y obrando con la plena autorización de la Provincia y del Definitorio, llevaron a cabo la tan deseada concordia, bajo las estipulaciones siguientes:

- En las fiestas de San Vicente Mártir, Patrón de la villa y en las vísperas de San Pascual Bailón, titular del Convento, se celebrarían sendas procesiones a las que asistirían de forma conjunta, tanto los unos cuanto los otros.
- De la misma manera, se oficiarían conjuntamente los funerales, ya de sacerdotes, ya de conventuales y el cadáver sería transportado a hombros indistintamente. También el mismo día del sepelio, en las misas que, por el fallecido, se celebrasen, según el ritual del Oficio de Difuntos, se oficiarían por sacerdotes de una y otra parte. Los días siguientes al entierro se rezarían, en sufragio del alma del difunto, cien veces el Padrenuestro en las visitas que se efectuasen a los altares, así como en la Estación al Santísimo Sacramento.
- El colofón final sería que se respetaría el derecho de preferencia que cada parte tuviese en las procesiones a las, tanto los religiosos seculares, cuanto los regulares, asistiesen conjuntamente.
Más adelante veremos en qué quedó esta concordia y buena avenencia entre los sacerdotes del lugar y los frailes del convento.

ENTRONIZACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

El día cinco de noviembre del año 1.708, el Guardián del Convento que por aquel entonces era Fray Matías Ramírez, entronizó el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en la iglesia del nuevo edificio, acto al que concurrieron el cabildo municipal y el eclesiástico, así como todo el pueblo que no cabía en sí de gozo por tan feliz acontecimiento, ya que con ello se daban como totalmente terminadas todas las obras del mismo. El narrador de la crónica aprovecha esta ocasión para exponernos lo magníficamente adornado que se encontraba el templo, en gran parte, gracias a las importantes y espontáneas donaciones que los fieles devotos de los Franciscanos Descalzos les habían hecho.
Entre las más espléndidas limosnas que los frailes recibieron, además de las referidas más arriba, y, aunque se ignoran las más copiosas, nos dice el autor que, en año 1.691, Francisco de Campos, habitante del pueblo, les regaló una gran porción de sus tierras; en el año 1.694, los hermanos Marcos y Francisco Pardo, vecinos de la villa de Verja, les donaron una ubérrima viña; Dª Catalina de la Cerda y Aragón, hija del Duque de Medina Coeli, Patrón de la Provincia franciscana de San Pedro de Alcántara, les hizo entrega de una costosísima Custodia para exposición de la Sagrada Eucaristía; Dª Isabel López Mayor, vecina del pueblo de Presidio, en el año 1.702, les donó cuatro mil reales de oro; igualmente les entregó mil reales de oro el vecino de Alcolea, en el año 1.703; también el Projuez de la villa de Ugijar, D. Francisco Rodríguez, en el año 1.703, les dio una limosna de cien ducados. Donaciones que, en palabras del cronista, fueron aumentadas copiosamente por el Guardián, Fray Juan Cebrián, con las que consiguió de todas partes para llevar a cabo la construcción del cenobio. Con todas estas limosnas, más las que se desconocen, no nos extraña que la razón más fuerte que arguyesen los Franciscanos Observantes para oponerse a la instauración de los Descalzos en Laujar, fuese que disminuirían en número de donaciones hacia ellos, con el consiguiente perjuicio que les causaría. Argumento que el Arzobispo de Granada consideró, en su momento vacío de contenido y falto de consistencia.

CONCESIONES DEL PATRONATO DEL CONVENTO Y DE CIERTAS CAPILLAS

Según las crónicas, hasta ahora, traducidas por mí, una de las apetencias que, con mayor fervor, deseaban los fieles era poseer el patronato de un convento, o cuando menos el de una capilla dentro de la iglesia del mismo, cosa que sólo estaba al alcance de los más pudientes que conseguían este favor mediante importantes donaciones. La concesión de este patronato estaba regida por un protocolo en el que se estipulaban las condiciones que ambas partes tendrían que cumplir, una vez llegadas al acuerdo.
El patronato de este convento le fue concedido al marqués de Mejorana, que lo deseaba ardientemente, tras las correspondientes deliberaciones del Definitorio, el treinta de abril del año 1.701, sin embargo, este personaje que tanto anhelaba tal galardón no pudo tomar posesión del mismo por causa de un procedimiento oculto de los instrumentos necesarios y, según nos dice el autor en el año que escribe la crónica está aún vacante.
No ocurrió así con sendas capillas de la iglesia del convento. Una de ellas, la dedicada a San Antonio de Padua, contó con el patronato de D. Pedro Murillo Velarde, al que se lo otorgó cuando fue nombrado Auditor General Militar del reino de Granada. Los méritos por los que a su familia se le concedió tal privilegio fueron los siguientes: haber añadido el colofón a la iglesia del convento, así como haber donado al mismo cuatro mil reales. A éstos hay que añadirle los de su hijo, D. Andrés Murillo Velarde Contreras, canónigo de la Iglesia de Toledo y después Obispo de Pamplona. Éste, en el año 1.708, decidió en su testamento que todos sus bienes fuesen entregados íntegramente al Convento, por ello, entre las donaciones del padre y las del hijo motivaron que a éste último, se le concediese el patronato de la referida capilla según los acuerdos siguientes:
- El patrón, para que pudiese gozar de todos los derechos del patronato, podría renunciar a él en cualquier miembro de su familia, como realmente ocurrió, cuando D. Andrés lo hizo a favor de su hermano, D. Jacinto Murillo Velarde Contreras, Gobernador militar.
- Poseería en la capilla a perpetuidad un sepulcro que podría subrogar a favor de sus sucesores.
- También tendría derecho a colocar en ella su retrato, poseer un asiento, así como una alfombra.
- En contrapartida, además de las limosnas ya entregadas, debería hacer donación al convento de su propia biblioteca, entregar doscientos ducados y costear la lámpara colgante, la imagen de San Antonio, elaborada en madera, así como otros enseres que quedarían para ornato de la mencionada capilla.
Por contrapartida los frailes se comprometían a darle la capilla, ya totalmente terminada, protegida por unas verjas, así como permitirle que, sobre un arco de la misma colocase una placa pétrea en la que, con letras de oro, constase la pertenencia de la misma a D. Andrés Murillo Velarde.
Otra familia que se vio favorecida, por sus muchos regalos, con el patronato de la capilla dedicada a San Pedro de Alcántara, fue la compuesta por D. Juan de Moratalla y Bazán y su esposa, Dª María de Hoya, habitantes de dicha villa. Las donaciones por las que alcanzaron tal mérito no las enumera el redactor de la crónica, sólo expresa que la condición por ambas partes fue la de que esta familia, en señal de posesión de la referida capilla, pudiese colocar una lápida en la que constase la pertenencia de la misma a ellos y a sus herederos, cosa que llevaron a efecto en el año 1.710.

LITIGIOS CONTRA LOS CLÉRIGOS DE LAUJAR

Aquella tan deseada concordia y avenencia entre los clérigos y los frailes que más arriba hemos referido se vino abajo y rompió estrepitosamente por los hechos que a continuación nos refiere el narrador:
Resulta que los frailes poseían, desde el inicio de la fundación, el privilegio, autorizado sólo verbalmente por el Arzobispo de Granada, D. Martín de Alcagorta, de predicar en la parroquia durante el periodo cuaresmal. De la misma manera, la Orden Tercera también gozaba, desde que fue constituida por el convento, de poder cantar por las calles de pueblo la Doctrina cristiana, en determinados días del año, sin que ninguno de los clérigos de la localidad se opusiese a estas prácticas. Parece ser que, sin razón alguna, el domingo siete de abril del año 1.719, cuando el Guardián conventual se hallaba predicando en la parroquia, los sacerdotes no lo toleraron e iniciaron un pleito. La reacción del Provincial no se hizo esperar e inmediatamente recurrió ante el Vicario General del Arzobispado de Granada, en sede vacante, D. José Domingo, quien, dentro del mismo mes y año, dictaminó que, tanto los conventuales, cuanto los terciarios podrían conservar y seguir practicando estas inveteradas costumbres.
Esto motivó que el buen clima de entendimiento que entre ambas comunidades había se deteriorase de tal manera que muchos frailes clamaban para que se les exigiese a los clérigos desagravios por injurias. Los sacerdotes se guardaron su rencor para mejor ocasión, cosa que creyeron se les presentó el día trece de junio de 1.724, con motivo de la procesión que habían organizado los Descalzos para la consagración de la nueva talla de madera de San Pascual Bailón. Cuando ya estaba organizada el desfile, exigieron, con violencia y pertinacia y armando gran alboroto, el derecho que pertenecía a los hermanos de presidir estos desfiles. El Guardián del convento, Fray Francisco Gómez, se opuso con todas sus fuerzas y, parece ser, lleno de cólera, se dirigió a la parroquia y rompió los acuerdos que unos y otros habían firmado con motivo de la concordia, separándose de la misma. Tras sendos informes por escrito emitidos por ambas partes al Arzobispo de Granada, la referida armonía quedó definitivamente deshecha el once de agosto del año mencionado.
Otro caso que motivó desavenencia y pleitos entre unos y otros, fue el que tantas veces nos hemos encontrado en las restantes crónicas que hemos traducido, es decir, el derecho de los frailes a oficiar el entierro de las personas que así lo hubiesen manifestado de forma patente. El día once de junio del mencionado año, el Licenciado D. Pedro de la Hoya, estando próximo a su muerte, dispuso en su testamento que fuese enterrado por los frailes y en el convento. Llegado el día, los sacerdotes, desobedeciendo la última voluntad del difunto y haciendo oídos sordos a todo razonamiento, llevaron el cadáver a la parroquia. Inmediatamente se incoó el correspondiente pleito ante el Arzobispo de Granada. Posiblemente los sacerdotes, estimando que no les asistía derecho alguno, se retiraron del mismo, por lo que los frailes trasladaron el difunto al convento y conservaron la prerrogativa de inhumar a los que así lo manifestasen.
Los clérigos no cejaban en su empeño de ganarle alguna partida a los frailes, por ello se opusieron nuevamente a que los hermanos predicasen en la iglesia parroquial los sermones cuaresmales que pronunciaban durante los días de ceniza del año 1.725. Los Descalzos comparecieron ante el Arzobispo de Granada, D. Francisco de Perea, y en su presencia hicieron juramento solemne ante el Altar del derecho que les asistía, poniendo de manifiesto la inquina de los sacerdotes seglares. El Arzobispo dirigió un mordaz escrito a éstos en el que les expresaba que los sermones de la presente Cuaresma los pronunciarían los frailes y que en la parroquia del pueblo no llevaría a cabo ninguno durante ese año.
Por fin, en un caso quedaron victoriosos los curas en sus querellas contra los frailes. Esta ocasión se les presentó cuando el Guardián Gómez, actuando irreflexivamente y posiblemente en una acción de desquite, (el cronista dice que fue por que padecía de un fuerte dolor de estómago), les negó a los eclesiásticos el derecho inveterado que éstos tenían entrar cantando, el tercer día de las Letanías Rogativas, en la iglesia del convento y oficiar en ella una misa solemne en memoria del Beneficiado Cervera y del resto de los mártires que fallecieron a manos de los moriscos. Un descendiente de éste, llamado D. Juan Lorenzo Cervera, fue comisionado por los clérigos para reivindicar este derecho ante el Provincial Descalzo, Medina, quien, ras consultar con el Definitorio, reconoció la prerrogativa antedicha y dirigió los correspondientes escritos al Guardián del convento para que éste no volviese a poner impedimento sobre este asunto a los presbíteros.

LAS RELIQUIAS DEL CONVENTO

De la misma manera que en el resto de los cenobios cuya historia narra, en éste también nos da un pormenorizado inventario de las reliquias, tanto de las autenticadas documentalmente, cuanto de las que no poseen prueba alguna sobre su veracidad. Las reliquias dignas de crédito dice que se encuentran en una urna de madera que se conserva en el Archivo del convento, cuyo inventario realizó Juan Valero Aguirre, según el siguiente pormenor: Una cruz en la que figuran todos los signos de la pasión de Cristo y que está confeccionada con madera de la zarza sobre la cual se arrojó San Francisco después de la tercera tentación. También se halla una piedra encontrada en la columna sobre la que San Pedro, hincado de rodillas, lloró; finalmente hay una moneda elaborada con parte del martillo que Santa Elena confeccionó cuando buscaba la Cruz de Jesucristo. En otro estuche de madera rodeado con una chapa ondulada, existe un trozo, no pequeño, de la pierna de San Benigno mártir, cuya certidumbre de autenticidad está refrendada por un documento expedido por el Cardenal, Obispo de la Sabina y Vicario General del Papa, Gaspar. Las reliquias cuya legitimidad no está refrendada por documento alguno, se ubican en la sacristía, colocadas dentro de un relicario de plata y cristal que contiene fragmentos de huesos de los Confesores: San Pedro Alcántara, San Pascual Bailón y San Juan de Dios, así como de los Mártires: San Esteban, San Secundo y San Tesífono y de las Vírgenes Santa Rosalía, Santa Teresa y Santa escolástica. Tanto unas cuanto otras, son veneradas por los fieles con suma piedad.

VIDA EJEMPLAR DE ALGUNOS SIERVOS DE DIOS

Parte del tercero y último capítulo la dedica el autor a narrarnos la vida de cuatro Siervos de Dios, de los cuales la más importante por sus actuaciones en política, aparte de su ejemplar vida es la de
FRAY ILDEFONSO NECOR. Este importante fraile era hijo de Pedro Necor, nació en Zuhijia, en la Región vascongada y de Isabel de Toledo, natural de Orce en el reino de Granada, pueblo en el que él también vio la luz. Profesó en la casa franciscana de San Diego, en Murcia, el veintisiete de enero de 1.682. Terminó en Cartagena la carrera de Filosofía y comenzó en Huesca la de Teología. Para finalizar ésta fue destinado al convento de San Lucio en Nápoles, del que, una vez acabada, fue Guardián. Celoso y estudioso a fondo de las Reglas de la Orden, pronto alcanzó gran renombre y liderazgo. Siendo Guardián del convento, las tropas imperiales alemanas conquistaron la ciudad de Nápoles, cosa que malamente soportó el fervoroso entusiasta, desde lo más profundo de su corazón, del Rey de España Felipe V, puso de manifiesto su partidismo, ya en conversaciones privadas, ya en continuas alocuciones en público. Esta decidida participación a favor del Rey de España motivó que las tropas alemanas lo interrogasen duramente, por lo que tuvo que volver a España. Aunque había otros hombres famosos por su destreza y habilidad como políticos agudos y hábiles litigantes en solventar toda clase de problemas, por muy laboriosos que fuesen, él comenzó inmediatamente a adquirir fama de hombre sagaz. Esta cualidad motivó que el provincial, Fray Juan Cebrián lo destinase como colaborador de Felipe V, por lo que volvió a los conventos hispanos que los Descalzos poseían en Nápoles, mientras duraba la lucha de los napolitanos contra las tropas imperiales, en los que el Rey la autorizó, por escrito, a que continuase allí su anterior tarea en la que de nuevo demostró la agudeza de su mente.
Aparte de esta vida de actividad política, como hemos dicho, la ejemplaridad de su conducta y la santidad de su comportamiento se ponen de manifiesto en los milagros que, por intervención divina, que no dejan lugar a dudas su beatitud celestial, realizó en la persona de la monja Dª María Manuela. Ésta era hermana Carmelita descalza del Convento de Santa Teresa de Granada y sobrina nieta del Fray Alfonso. Contrajo una funesta epilepsia durante el año 1.718, lo que la obligaba a permanecer continuamente en posición de decúbito supino, postura que le ocasionó en descoyuntamiento de los pies; los huesos de los talones quedaron faltos de unión, los nervios de las rodillas sin poder contraerlos y la carne de ambas piernas totalmente consumida. Después de haberla atacado las convulsiones con denodada furia, durante ocho días, las articulaciones de medio cuerpo para abajo quedaron totalmente muertas, por lo que se le desprendían trozos de carne de la parte inferior de su cuerpo. A este insoportable dolor había que añadirle el que le producían las ligaduras con las que estaba sujeta a la cama, para que las fuertes sacudidas que le producían la enfermedad no la derribasen y se produjese aún más daño. Los mejores médicos de Granada la atendían sin descubrir solución para su mal. En esta situación permaneció durante seis años consecutivos, sin que se encontrase ni el más mínimo alivio que la medicina pudiese proporcionar. La conclusión a la que llegaron los médicos y cirujanos fue que no había remedio humano para su enfermedad y que sólo la intervención del poder divino podría sanarla.
Durante diez años y siete meses permaneció esta desdichada monja sujeta a este cruel potro de tormento. En febrero del año 1.736 falleció su tío abuelo fray Ildefonso Necor. Durante su velatorio, la desdichada monja, movida como por un impulso divino, musitó la siguiente plegaria: Si, por casualidad, tío mío, gozas de la bienaventuranza celestial, ruega por mí a la Divina Providencia para que, como una señal de tu celestial felicidad, aunque con mucho esfuerzo, yo pueda volver a andar, para que pueda llevar mi consuelo a los que se encuentran en trance de muerte. Transcurrido un breve espacio de tiempo, sintió una peculiar y eficaz sacudida y se vio fuertemente impelida a levantarse, pareciéndole que oía a su tío decirle: ¡Levántate, date prisa, ya estás en condiciones de andar, De repente notó que sus fuerzas volvían a ella. Se incorporó sin ningún impedimento, a pesar del muchísimo tiempo que había estado postrada y sin movimiento. Mientras tanto, llegó la hermana Maestra que le dijo: ¡Ea pues, hija mía, coge mi mano, así, ¡muy bien y en el nombre de Dios, de su Santa Madre y del Príncipe San Miguel, ¡levántate ya. Inmediatamente se incorporó, dando un salto y enseguida se le consolidaron los débiles y contraídos miembros y llena de alegría, comenzó a moverse de un lado para otro con rápidos pasos, observando que sus pies y sus piernas la sostenían con todo su antiguo vigor. En el momento que tuvieron conocimiento de este insólito hecho, se presentaron los médicos y cirujanos que la había atendido durante tanto tiempo y se sintieron sobrecogidos sin poder dar crédito a lo que veían. Ellos creyeron necesario aplicarle determinadas pomadas para incrementar la musculatura y que los huesos adquiriesen el vigor correspondiente. No habían terminado de untarle los ungüentos, cuando volvieron al cuerpo de la desventurada los antiguos y agudos dolores invadiéndola totalmente. La Divina Providencia no quería permitir que este portentoso hecho pudiese ser atribuido de ninguna manera a intervención de mano humana alguna. Los médicos se percataron del empeoramiento y comprendieron que éste había sido producido por la aplicación de los bálsamos. Rápidamente se los limpiaron y la monja volvió a recuperar la salud y quedó totalmente curada.
Otro hecho prodigioso que, por intervención de Fray Antonio, se produjo y también en esta misma sobrina fue el siguiente:
En cierta ocasión por las muchas atribulaciones y penosos trabajos que la ocupaban, se encontraba esta hermana con una gran conturbación de alma y debilitada por los grandes esfuerzos que soportaba, por lo que pasaba las noches enteras sin dormir, oprimida por tales angustias y buscando cualquier ocasión para levantarse. En medio de estos turbulentos enfrentamientos cayó, durante un tiempo en un lento sopor. De pronto volvió en sí y, con la mente, aún confusa, creyó ver a su tío que observada detenidamente sus muchas tribulaciones y la liberaba de ellas. Por prudencia, no fue considerada totalmente sanada, aunque durante dos años, dispersadas las oscuras tinieblas que ensombrecían su ánimo, permaneció en una dulce tranquilidad. Nuevamente sus defensas fueron atacadas fuertemente por las perturbaciones interiores. Al igual que antes, recurrió a la ayuda de su tío, al que creía ver en el sopor de su dormivela, trasmitiéndole sus fuerzas y ánimos para que saliese de la enfermedad.
No sólo Fray Antonio Necor se manifestó a su sobrina. Otra monja del mismo monasterio, Sor María de la Santísima Trinidad, le rogó, que así como había sanado a su sobrina, también intercediese ante la Divina Majestad en su favor. La respuesta que recibió del santo varón fue que nadie recordaba ni hasta ahora lo hacía que por su mediación ante el Señor, por ella, se había deshecho de la enfermedad que contraía los miembros de su cuerpo. Esto demuestra que él había querido atribuir el portentoso milagro a la intervención de la Suprema Majestad.

FRAY FRANCISCO RUIZ. Este es otro piadoso hermano cuya vida, de forma muy breve nos relata el escritor. En el convento, era corista; había nacido en Guadix y sus padres se llamaban Francisco Ruiz y Manuela de Raya. Recibió el hábito franciscano en Granada, el tres de septiembre de 1.680. Rápidamente descolló entre sus hermanos por los fulgores de su magnífica reputación de hombre ejemplar, de manera que por todos los caminos que recorría mendigando, se percibía el fragante olor de sus acendradas virtudes. Su sentido de la obediencia le llevaba a tales extremos que, en cierta ocasión, encontrándose en cama aquejado de una fuerte fiebre y, por tanto legítimamente impedido, anduvo más de una legua para hablar con el Superior. Igualmente era un fiel cumplidor de las reglas de la Orden. Lleno de virtudes y encomiado por todos los que lo conocieron, descansó en el Señor el año 1.731 y sus huesos reposan en el cementerio del convento.
Otro santo varón digno de admiración por la santidad de su vida fue FRAY FRANCISCO GONZÁLEZ, este donado, había nacido en la villa alpujarrense de Valor. Sus padres fueron Sebastián González y Feliciana de Jerez. Fue un verdadero discípulo del Seráfico Padre Francisco, cuyas virtudes, en todo momento, trataba de emular con todas sus fuerzas. Su ocupación en el convento era la de portero, aunque él, en su acendrada humildad, siempre deseaba que lo destinasen a las faenas del campo. No perdía la ocasión de mortificar su cuerpo con crudelísimas penitencias, castigándolo con durísimos azotes. Sus compañeros fueron testigos de estas cruentas prácticas que llevaba a cabo, lo mismo de día que de noche. Nunca desfalleció su sufrimiento por causa de los trabajos y su semblante siempre aparecía tranquilo y afable. Siempre se mostró eximio por su pobreza, célebre por sus acertadas opiniones y ecuánime en todo momento, por ello, lo mismo entre los seglares, que entre sus compañeros de monasterio, recibió el sobrenombre de Hombre Santo. Falleció el cinco de junio de 1.741, en el momento en que los cantores del coro conventual entonaban el Te Deum laudamus. Esta coincidencia fue interpretada como si el Altísimo no hubiese querido que su amado Siervo partiese de esta vida acompañado de cantos fúnebres sino al son de un himno triunfal.

FRAY RAFAEL MELÉNDEZ, fue también un donado de este cenobio. Nació en un pueblo de Murcia, conocido como Las Cuevas. Sus padres fueron Rafael Meléndez y Ana Martínez. El siete de mayo de 1.717 recibió el hábito franciscano en el convento de Granada. El ejercicio de su acendrada piedad lo centró principalmente en la penitencia, la contemplación y la caridad. Llevaba debajo del hábito, adherido a la carne, un cilicio de afiladas púas, cosido a una piel de cabra, así como una cruz, llena de pinchos, que cruelmente le punzaba su pecho. Estos instrumentos de mortificación solamente fueron descubiertos ya después de muerto, cuando preparaban su cadáver para darle sepultura. Profesaba un ardiente fervor a la Suprema Reina de los Cielos, a la que solía rezar las tres partes del Santo Rosario, todos los días, con los brazos extendidos en cruz. También se sentía atraído por una especial devoción a San Pascual, cuya vida procuraba imitar en todo momento. No es raro que esta vida de santidad se viese favorecida por las atenciones de la Caridad Suprema. En cierta ocasión en la que trabajaba como hortelano en el convento de Albuñuelas, uno de los conversos, Fray Juan Villén, le pidió a este santo varón que le regalase unas coliflores con las que él quería obsequiar a ciertas monjas que conocía de un convento de Alhama. El Superior, de alguna manera, se enteró y mandó que estas hortalizas fuesen contadas con total exactitud para comprobar si se cogía alguna sin su permiso, ya que no estaba conforme con el regalo que el neófito quería hacer. Sin embargo, nuestro Rafael, más desprendido y compadecido del converso, cogió algunas y se las entregó. Inmediatamente lo llamó el Padre Superior al que el humilde Siervo de Dios preguntó que cuántas había, a lo que le respondió éste con el número exacto que le habían comunicado. El sencillo Rafael le dijo: Vuelva Su Paternidad a contarlas. El Superior no tardó tiempo en hacerlo y comprobó con admiración y total confusión que no faltaba ninguna de las coliflores. Otra forma en la que se manifestó la predilección divina de que era objeto, fue en que tuvo conocimiento anticipado del día de su fallecimiento, pues cuatro días antes de su muerte la dijo al lego, fray Manuel de Toro que estaba a punto de expirar: Dentro de poco yo te seguiré. Así ocurrió efectivamente, pues el día antes de que dejase el mundo de los vivos, les dijo a sus superiores: Yo tengo que ser separado de este mundo, por decisión divina, pero Dios Misericordioso, para que mi paciencia se temple más, ha alargado mi vida hasta mañana. Efectivamente así se cumplió al pie de la letra, al día siguiente, o sea el veinticinco de Junio de 1.741, pidió insistentemente que se administrasen los Santos Sacramentos y tras recibirlos se durmió en el Señor. Cosa digna de admiración, durante dos horas seguidas, apareció, como impresa en sus ojos, una imagen de San Rafael. Cuando el pueblo tuvo conocimiento del hecho, se agolpó en el convento y todos querían llevarse alguna reliquia de esta Santo de Dios, por lo que fue necesario colocar vigilantes alrededor de su catafalco para que no lo despojasen de sus vestiduras.
Ya desde el cielo también manifestó que la Voluntad Divina se cumplía si se recurría a su intermediación. Algún tiempo después de su muerte, la vecina de Laujar, Isabel Palacios, se encontraba realizando ciertas faenas en su huerto. De pronto se vio invadida por una plaga de hormigas que no abandonaban su cuerpo y le hacían sufrir atroces padecimientos con sus mordeduras. No había forma de quitárselas de encima, por lo que todos sus convecinos la daban por perdida y decían que no le quedaba más remedio que abandonarse a su funesta suerte y ser devorada por estos pérfidos animalejos. Armada por una fe inquebrantable en la intercesión de fray Rafael, exclamó: ¡Oh, Rafael, Si verdaderamente estás en presencia de Dios, te tiene que conceder lo que le pidas. Ruégale que aparte de mí esta calamidad. Efectivamente, así ocurrió. Al punto, como si una mano poderosa hubiese recorrido todo su cuerpo, se vio libre de las pequeñas bestias.
El autor finaliza la crónica en el año 1.741 con la narración de la vida del fraile precedente. Caso de que llegue a publicarse el texto traducido por mí, se podrán comprobar todos estos extremos que, extractados, han sido la base de mi comunicación.





Priego de Córdoba, 24-7-2.002

Manuel Villegas Ruiz