4/8/08

EL CONVENTO FRANCISCANO DESCALZO DE GRANADA, SEGÚN UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII. (1)

CURSOS DE VERANO SOBRE EL FRANCISCANISMO EN ANDALUCÍA. 2008
La comunicación de este año la voy a dedicar al convento de los descalzos de la ciudad de Granada, pero es tan extensa la crónica del mismo que hablaré sobre ella en los próximos cursos, por lo que ésta será la primera de las varias que pronunciaré.
Los asiduos a estos cursos ya me conocéis sobradamente, no he faltado a alguno y sabéis que estoy llevando a cabo la traducción del latín de la crónica de los conventos de los franciscanos descalzos de la Provincia de S. Pedro Alcántara, escrito por un anónimo fraile, poco más o menos, sobre la mitad del siglo XVIII. Quienquiera profundizar en la peculiaridades de esta obra ingente puede consultar mis conferencias anteriores que han sido publicadas en los libros de Actas de los mencionados cursos y en las que explico con cierto detenimiento los profundos conocimientos del latín de este eruditísimo autor, así como las particularidades de cada convento. Por ello y por mor a la brevedad no voy a extenderme más en esta presentación.
Elogios del autor a la ciudad de Granada
No ahorra, no, el cronista desmesuradas alabanzas para esta población, ya que hace una mezcolanza de mitología, personajes del Antiguo Testamento e individuos reales que, de una manera u otra, desde su fundación han contribuido a dar lustre y prestigio a esta localidad. En su deseo de ensalzar a esta urbe, manifiesta que es hija (entiendo que quiere decir fue fundada) de la reina Iberia Hispani, de ahí deduce que posiblemente sea la que le da el nombre de Hispania a toda la Península. Según él (desconozco su fuente de información), esta reina Iberia Hispani fue nieta de Minerva, biznieta de Hércules, tataranieta del patriarca Noé y esposa legítima del rey Hesperi que llegó a nuestro solar más de dos mil años antes de Cristo.
Hagamos un inciso para analizar este aserto pseudohistorico mitológico. No menciona de quien es hija Iberia Hispani pero, si es nieta de Minerva, bisnieta de Hércules y tataranieta de Noe, resulta que Hércules es hijo de Noé. Según la mitología clásica Heracles o Hércules, es un semidiós o héroe, hijo de Zeus - Júpiter y Alcmena. Zeus Júpiter hace brotar prodigiosamente de su cabeza a la diosa Minerva o Athenea, ya totalmente armada. De un plumazo el cronista destruye y mezcla la mitología con el Antiguo Testamento. Por éste sabemos que Noé fue un patriarca cuyo padre era Lamec, pero según lo que manifiesta esta autor, si la reina Iberia Hispani es tataranieta de Noé, biznieta de Hércules y nieta de Minerva, Hércules es padre de Minerva por lo que ésta no es hija de Zeus, y al ser Noé su tatarabuelo, sería el padre de Hércules. Intentamos aclarar un poco las relaciones de unos y otros según este autor. Noé seria, como hemos dicho, llevado a la mitología clásica, el padre de Hércules, por lo éste no sería hijo de Zeus. Hércules, seria el padre de Minerva, por lo tanto ésta no es hija de Zeus. Me parece que el cronista en una especie de delirio por engrandecer a Granada comete una serie de tropelías histórico - mitológicas que no se en que fuente las habrá bebido. Llevado de este megalónamo impulso le da una antigüedad de mil doscientos años antes que la fundación, de Roma y dice que esta reina Iberia Hispani es esposa legítima del rey Hesperi que vino a nuestro solar ibérico aproximadamente dos mil años antes de Cristo. Esta legendaria reina fundó Granada mil doscientos años antes que se creara Roma, o sea, aproximadamente 1953 años a. C. Dice que Granada, también es conocida con el nombre de Iberia, Iliberia, Iberini e Iliberine y que, al día de la fecha, es decir cuando el relator narra su historia, acumula 3946 años de antigüedad. Mal realizó los cálculos este historiador, ya que si, como afirma, fue Granada fundada 1953 años a. C. y cuando él escribe sus relatos manifiesta que acumula 3946 años de historia él debería estar llevando a cabo sus escritos allá por el 1543 d. C., es decir, unos 200 años antes de cuando lo hace, ya que por lo que él mismo describe, los hechos que cuentan sucedieron aproximadamente a mediado del siglo XVIII.
Ruego a los lectores me perdonen esta digresión crítica, pero es que no he podido vencer la tentación de pasar por el tamiz de la mitología e historia las hiperbólicas afirmaciones que lleva a cabo.
Impulsado por su inspiración laudatoria continúa relatando que Mario Sículo, entre otras cosas, la llama la mejor ciudad de España, Covarrubias la más insigne y mejor ciudad de todo la cristiandad, Ptolomeo señora y reina del mundo hispano y antesala del Paraiso, que Homero la equiparó con los Campos Elíseos. En fin, enumera una gran cantidad de exageraciones elogiosas, no teniendo tan poco empacho en decir que estaba protegida por 1.300 castillos.
Prolonga sus desmesuradas alabanzas y manifiesta que, desde Sierra Nevada manan 27.036 fuentes cristalinas 27 fecundos ríos y que está rodeada por 1.300 castillos, como antes he dicho, que posee varias minas que proporcionan abundante oro, tanto que los moros sacaban diariamente doscientos ducados de este metal y que el rey D. Rodrigo atesoró ingentes cantidades del mismo explótándolas. Hace una afirmación que, al no especificarla, no entendemos bien que quiere manifestar, ya que expresa que cuando Carlos V estuvo en ella, la suma autoridad de Granada, le dio como regalo la cesárea corona. Quiero hacer dos puntualizaciones sobre este aserto. Primera, si se refiere a la corona física de emperador, ésta se la ciñó el papa Clemente VII a Carlos el 24 de febrero de 1530, en Bolonia; pero si alude al título del emperador, éste le fue otorgado en la asamblea de electores en Francfort el 28 de junio de 1519. Como no sea que Granada le donase la corona material, cosa que opinamos que no, ya que ésta era la del Sacro Imperio Romano Germánico, no entendemos que participación pudo tener la suma autoridad de esta ciudad en que Carlos fuese emperador.
Segunda puntualización: desde mucho antes de que existiese el Emperador las ciudades castellanas se regían por un grupo de nobles de las mismas, de ahí su denominación de regidores, o caballeros veinticuatro en las ciudades andaluzas. Los Reyes Católicos, fijaron definitivamente la figura del Corregidor, que era el representante del poder real en las asambleas o cabildos de los regidores cuando trataban asuntos del gobierno de la localidad. Esta autoridad suprema a la que se refiere no era en esta época ninguna persona en concreto, sino que estaba constituida por el conjunto de regidores reunidos en sesión. O bien el autor desconoce totalmente cómo funcionaba el gobierno de las ciudades castellanas desde mucho antes del siglo XVI, o bien en su deseo de enaltecer a Granada pretende decir que fue ésta quien le confirió a Carlos el título de Emperador, cosa que es un error histórico inadmisible. Continúa narrando que los cartagineses que sometieron a casi toda España no llegaron a dominarla, que los romanos, la tuvieron como aliada ya que la temían por su belicosidad. Prosigue con un anacronismo desmesurado, pues cuenta que Alejandro Magno, junto con los reyes godos entre los que se encontraban los granadinos, no quiso enfrentarse a ella, puesto que ésta tenía en pie de guerra doscientos mil soldados. Prosigue el relato refiriendo que estaba protegida por cincuenta mil torres, fortificadas (antes ha mencionado 1.300 castillos) Termina la exposición de la potencia bélica de esta urbe, contando que en veinticuatro horas dispuso para defender Alhama de ochenta mil soldados. Que su rey moro Yuzaf, junto con Alhohazin, rey de Marruecos, atacaron al rey castellano Alfonso (no indica cuál de éstos) con un ejercito de setenta mil jinetes fuertemente armados y más de cuatrocientos mil infantes. Como vemos el autor no escatima esfuerzo alguno para engrandecer la historia profana de Granada.
Tampoco restringe esfuerzos al narrar la historia religiosa de la misma. En su afán de enaltecerla al máximo relata que, en el año treinta y siete de nuestra era llegó a ella Santiago el Mayor junto con sus parientes. S. Aristóbulo y Sta. María Salomé. Además recalaron en ella Santa Susana, S. Cecilio y su hermano S. Tesifón, S. Torcuato, S. Indalecio y otro muchos más. No satisfecho con esta nómina hagiográfica, añade que también arribaron a ella los apóstoles Pedro y Pablo, S. Juan, S. Clemente. S. Timoteo, S. Marcelo y hay quien dice que también S. Lázaro (el resucitado por Jesús). Pero no contento con todos los que ha mencionado, refiere también que la misma Virgen María, estando aún en vida, visitó en ella a Santiago el Mayor cuando estaba próximo su martirio. O sea que María, además de en Zaragoza, como cuenta la tradicción, se le apareció a Santiago cuando éste se encontraba en Granada. Por ello comenta que, en esta ciudad en recuerdo de tan memorable hecho, se erigió una columna, sobre la cual se colocó la estatua de la Purísima Concepción. También manifiesta que fue en ella donde celebró Santiago el Mayor el primer sínodo y que se llevó a cabo que tuvo lugar en una cueva junto al monte santo de Ilípula. (De las varias ciudades que, con este nombre existieron en la Bética, ninguna se reconoce como la actual Granada o que estuviese cercana a ella)
Finalmente llega a la época histórica conocida por todos y nos expone que el dos de enero de 1492 fue tomada por los Reyes Católicos y que su rey moro Boabdil tuvo que abandonarla, suspirando por ella en su involuntaria marcha.
A la hora de encarecer la sabiduría de esta localidad no duda en señalar que su nombre de Granada le viene porque es Granada en conocimientos, o casa de la cultura.
Desciende un poco a la realidad y expone que también se llama así por su abundancia de granos o por la riqueza de cochinilla para el tinte que existe en sus campos. Inmediatamente remonta el vuelo de su desmesurada imaginación y expone que en ella florecieron las artes liberales ochocientos años antes que en Grecia. Vuelve otra vez a su quimera pseudo mitológica y no tiene reparos en escribir que fue ella donde la sibila Eritrea, madre de Rubal, por nombre Noegle, hija de Noé (Otra vez lo saca a colación) fue la que vaticinó el nacimiento de Cristo y la virginidad de María. También en ella Nata de Iberia, hija de Hesperi, como diosa de la sabiduría (¡oh portento! Ya no es Athenea la madre de la sapiencia) y maestra del Orbe, cultivó al mundo una vez creado y en ella le erigieron altares. Continúa expresando que en ella el profeta Samuel o Malaquías, el mayor, Hijo de Urías, después de llevar 620 años fallecido, fue resucitado por Santiago el Mayor y, cambiando su primitivo nombre por el de Pedro, llevó a ser obispo de Praga, siendo el primero de ésta ciudad, en la que se le venera con el nombre de San Pedro Rates.
Continúa con la relación de una serie de nombres de personajes ilustres que ya nos son conocidos, entre los que enumera a Juan Latino Negro, Antonio de Nebrija, Juan de Fonseca, el Jesuita francisco Suáres ect., que, según él dieron lustre y prestigio a esta ínclita ciudad. También menciona la especial devoción que esta localidad tiene a la venerable Eucaristía en honor de la cual celebra unas fiestas espléndidas. Esto es cierto, ya que ese fervor continúa en nuestras fechas y todos sabemos que la fiesta grande de Granada tiene lugar con el Corpus Christis.
Por lo demás, según hemos podido conocer el autor en desmesurado deseo de encumbrar a esta urbe, no ha dudado en confeccionar para ella una pseudo historía hiperbólica en la que mezcla la mitología, lo pagano, lo profano y algunas veces algo de historia, real; sin preocuparse de los burdos errores en los que, a sabiendas, o por ignorancia moja sus erudita pluma cosas que menoscaba algo el resto de su meritorísima labor que indudablemente tiene un valor inestimable, sobre todo, para los franciscanos descalzos.
Primeros antecedentes de los descalzos en la provincia de Granada.
Según el cronita, el 7 de octubre de 1496, el Papa Alejandro VI otorgó al venerable fray Juan de Guadalupe, promotor de los primeros descalzos, permiso para que, en algún lugar del reino de Granada, pudiese edificar una pequeña ermita, o casa, para que con otro religiosos de la Observancia (es decir los Descalzos) hijos de cualquier provincia la usasen y pudiesen vivir perpetuamente de forma monacal, lejos de cualquier perturbación y sin perjuicio de otros. El mencionado fraile, junto con otros compañeros, marchó a la provincia de Granada para llevar a cabo tal cometido. No obstante los franciscanos Observantes de la provincia Bética, avalados por un decreto de los Reyes Católicos, los expulsaron a la fuerza de todo el reino granadino. Los Descalzos insistieron en su propósito y obtuvieron de Alejandro VIII el primero de agosto de 1499 y el tres de junio de 1502, así como de Julio II el 7 de diciembre de 1503 y el 16 de abril de 1508, las autorizaciones correspondientes para erigir una ermita o casa donde establecerse dentro del referido territorio. A Pesar de la oposición de los Observantes los Mínimos lograron establecerse en Hosca en 1602, en Loja en 1608 y en Puebla en 1614
Revelaciones sobre el futuro convento.
El autor, como en casi todas las crónicas de los conventos que he traducido hace intervenir, de una forma u otra la voluntad Divina en la erección de este convento. Expone que seis años antes de que se edificase el de Loja, por medio de una revelación le hizo conocer al venerable fraile Martín Belzunze que existiría un cenobio de los descalzos en la casa que un alfarero moraba en Granada. El mismo ceramista manifestó que Dios quería llevarlo a las alfarerías de Granada donde erigía unos muebles para el cielo El fraile Juan Pimentel manifestó que le había oído muchas veces esta revelación al mencionado siervo de Dios y que fray Manuel de Rivera la encontró escrita entre los papeles del referido Martín Belzunze. También cuenta que tres años antes de que se efectuase la posesión de este monasterio, hubo otra manifestación divina sobre la existencia del mismo.
El hecho tuvo lugar de la forma siguiente. Vivía en Loja cierto poderoso señor que pertenecía a la Tercera Orden franciscana y cuya dirección espiritual la llevaba el citado Martín Belzunze. Este terciario efectuó un viaje a Granada. Cierta noche, mientras se entregaba a una ferviente oración, sin saber cómo, de pronto se vio trasladado, al parecer por una fuerza sobrenatural, a la cima del Albaicín, cerca del muro principal que rodea aquella zona. Dios le mostró que allí se construiría el convento de los descalzos, pormenorizándole ademáss su forma y distribución. Éste, pleno de alegría por el favor recibido y llevado por un ardiente impulso, clavó en la referida muralla la cruz de madera que consigo llevaba y pronunció estos proféticas palabras:“Desde ahora, en nombre de Dios, llevo a cabo la posesión de este lugar, en señal de que ha de pertenecer a la Provincia de S. Juan Baustita y que en este mismo sitio ubicará un convento en cuyo testimonio dejo clavada aquí esta cruz.” El cronista nos menciona que el referido lienzo de muralla, cuando él escribe la crónica, forma parte del cenobio de los Descalzos. El afortunado terciario, al volver a Loja, le contó lo sucedido a su confesor que, como hemos indicado era el padre Belzunze, quien conservó en su pecho esta manifestación divina para que no fuesen revelados estos proyectos antes de tiempo. Cuando el presidente de la Provincia de S. Juan Bautista, fray Francisco Emper, llego Loja para poner en marcha la erección del convento, tuvo conocimiento de estas predicciones divinas puso todo su empeño en acelerar las diligencias para que se apresurasen las actividades para la consecución de este convento.
Preliminares inicios de futuro convento.
Nos refiere el cronista que residía en Granada un riquísimo hombre piadoso, señor de la villa Gavia Magna, llamado Antonio Rolando Levanto. Este magnate escondía en la parte más alta del Albaicín, en una casa abandonada, la cantidad de cien mil ducados. Los vecinos de aquél lugar hacía tiempo que deseaban que se instalasen por allí los franciscanos descalzos que esporádicamente les prestaban sus servicios espirituales, para tener éstos asegurados de forma permanente y así aliviar a su párroco del gran trabajo que le suponía su dedicación a ellos, sobre todo por las confesiones.
El piadosísimo Rolando consideraba, la situación de cuasi abandono espiritual que padecían los vecinos de la casa donde tenía escondido el antedicho dinero, y cuyos alrededores había convertido en un vergel ya que había plantado allí un huerto, y lo había transformado en zona de recreo, cierto día, quizá inspirado por la Divinidad, tuvo la feliz idea de que lo perfecto para llevar la ayuda espiritual que tanto necesitaban los habitantes de aquella zona, sería que se construyese allí un convento de los hermanos descalzos. Con tal motivo se dirigió a éstos y le presentó esta proposición, al mismo tiempo que les solicitaba, para él y su familia, el patronato perpetuo del mismo. A fin de darle consistencia a su determinación hizo la misma propuesta a los descalzos de la Provincia de S. Juan Baustita, con los que trataba frecuentemente. De la misma manera comunicó su propósito a algunos amigos suyos. Se corrió la voz de lo que Rolando deseaba y no tardó en llegar a oídos del provincial de la Orden, fray Francisco Emper, que entonces residía en Loja. Allá por el año 1632 el ministro provincial aceptó la solicitud aún a sabiendas de que tal resolución le proporcionaría grandes y arduos trabajos. Acto seguido se encaminó a Granada donde fue recibido por el doctor Montenegro, auditor de la chancillería real y hospedador de los descalzos. Éste pidió que también se reuniese con ellos el benemérito Rolando. Tuvieron una larga conversación sobre el propósito de este último que invito al día siguiente al Ministro provincial a almorzar y lo llevó al lugar en el que proponía que se levantase el nuevo cenobio. A éste le pareció el terreno muy bien enclavado para que se levantase allí un monasterio que estuviese conforme a la reforma de la Orden, por lo que, casi inmediatamente se dedicaron a poner en marcha todos los preparativos necesarios para conseguir las obligatorias licencias a fin de culminar su proyecto.
El ínclito Rolando lleno de piadoso ímpetu, dedicó todas sus fuerzas e influencias con el objetivo de conseguir las venias requeridas. No olvidemos que era opulentísimo y señor de una villa, por lo que contaría con la influencia de personas poderosas que le ayudarían a conseguir lo que tanto anhelaba. De ahí que el cuatro de agosto de 1633, el alcalde de Granada, D. Juan Ramírez Freile Arellano, y los concejales el 14 de mismo mes, así como el cabildo eclesiástico en Sede Vacante, todos en reunión capitular, determinaron otorgar al mencionado Rolando el consentimiento que de ellos dependía para que pusiese su obra en ejecución. Continuó solicitando autorizaciones a las más altas jerarquías correspondientes pero halló obstáculos tan rocosos que eran casi insalvables, por ello, por su cuenta y riesgo, sin consultar siquiera a la Provincia franciscana, inició la construcción, en el lugar dedicado a la iglesia, de varias capillas (sin iniciar la mayor) y sobre ellas otras tantas orquetas resguardadas con varandas de hierro. (No se qué quiere denominar el narrador con la palabra orquesta refiriéndose a una edificación, ya me la he encontrado en otras crónicas. Ésta, tanto en griego como en latín, sirve para denominar el emplazamiento físico en el que se colocaban los músicos en las representaciones teatrales. En castellano se le da más bien al conjunto de interpretes de un grupo musical) Creemos que con esto pretendía que las autoridades superiores concediesen su aprobación a la constitución del convento, al hallarse ante un hecho consumado. Algo de esto apunta el autor, además de añadir que con ello los hermanos se encontrasen con la obra casi terminada y que los vecinos del lugar se viesen asistidos suficientemente en sus necesidades espirituales.
El provincial Emper, siguiendo más los caminos de la legalidad, envió como procurador a fray Gonzalo de Segovia, a fin de que obtuviesen del Consejo real de Madrid las autorizaciones legítimas correspondientes. Luchó contra poderosas oposiciones hasta que el conde de Albatera, persona de mucha influencia en el Consejo real, tomó el asunto como suyo. Bien es verdad que estaba en deuda con los Descalzos pues éstos le habían regalado ciertas reliquias de S. Pascual Bailón para que las expusiesen a veneración en la iglesia de Albatera construida a sus expensas. Por la dedicación del mencionado conde en la votación del referido Consejo, celebrado el 21 de agosto de 1634 se otorgaron a los frailes las aprobaciones que tanto necesitaban.
Obtención de los restantes permisos.
Duros escollos tuvieron que sortear los Descalzos para obtener los restantes permisos que precisaban. Uno de ellos fue la pertinaz negativa del auditor de la chancillería real, D. Juan Queipo de Llano, nieto por parte de esposa del alcalde de Granada D. Fernando Valdés de Llano. Este D. Juan se encontraba por aquel entonces en la ciudad, ejerciendo como gobernador, después fue nombrado obispo de Gaudíx y falleció cuando lo designaron para tal cargo en Coria. Pues bien cuando conoció las peticiones que le expuso más de una vez el piadoso Rolando, para que le concediese la venia necesaria a fin de llevara a cabo la erección del convento, prestó oídos a las insidias en contra de los Descalzos y le respondió con toda acritud negativa a su solicitud. Es más, al Provincial de los frailes le manifestó de forma mordaz y airada: Nada ocurre Padre para que lleguen a suceder cosas graves, ya que serán vuestras reverendísimas y no otras las que entren en esta ciudad, ya que a no dudar tenemos en ella un número elevado de ordenes religiosas, así que, cuando mi abuelo conceda la licencia ya no me opondré a ella.
Al ver que no tenían salida por esa dirección, recurrieron los hermanos al arzobispo, ante el cual presentaron su petición. Éste les concedió inmediatamente el permiso para la fundación. Posiblemente no hubiesen obtenido la tan anhelada licencia, si ni hubiesen influido para ello el cardenal Borja y su hermano el duque de Gandía, así como la hermana de ambos, Dª Catalina de Borja, monja descalza de Santa Clara y sobre todo la inapreciable ayuda de D. Francisco Zapata, hijo del conde de Borja y auditor de la Chancillería real granadina. De esta manera, obtuvieron de todos los implicados en ello las correspondientes licencias. El arzobispo gobernador, antes mencionado, otorgó la suya el 4 de mayo de 1636 y el consejo real de Castilla el 7 de junio del mismo año. Sin embargo, mientras los frailes pugnaban con denuedo para obtener estas licencias, el resto de los religiosos de los distintas órdenes que tenían convento en la ciudad se oponían tenazmente a que los Descalzos se instalasen en ella, arguyendo como razón principal, que ya había en la misma cuatro monasterios de la Orden Seráfica, a saber: dos de los Observantes, uno de los Recoletos y otro de los Capuchinos. A pesar de ello como hemos dicho los descalzos obtuvieron, contra viento y marea lo que con tanto ahínco perseguían.
Resolución jurídica para llevar a cabo la fundación.
Superados, no sin dificultad, todos los impedimentos que habían obstaculizado la consecución de los permisos legales necesarios, el guardián del convento de Loja, fray Miguel Teruel , designado, por escritos patentes, comisario para llevar a cabo la fundación, se dirigió el 5 de noviembre de 1635 a Granada para llevar a cabo la fundación acompañado de seis frailes del mencionado convento lojano, a saber: fray Luís Benavente, profesor de Teología, el venerable fray Luís Belzunze, confesor, los sacerdotes Juan García y Pablo Castel, fray Diego de Oca, clérigo y el converso fray Juan Pimentel. Caundo se encontraran en la ciudad, el patrono Rolando los albergó en su propia casa. El referido fray Miguel y el mencionado Rolando, visitaron al gobernador del episcopado, D. Juan Queipo de Lleno, quien ya vimos que se opuso y luego otorgó su aquiescencia. Cuando éste comprobó la legitimidad de los permisos que le mostraban, no sólo adoptó una actitud favorable hacia los descalzos, sino que, desde aquel momento, los apoyó con toda diligencia y ordenó que, con toda celeridad se presentase ante el doctor D. Lucas Vela de Sayoane, jefe del coro de la catedral granadina y provisor del arzobispo para que, detenidamente examinara con toda minuciosidad los permisos que se le habían entregado y le aconsejase la forma cómo debería de actuar. Al mismo tiempo le recomendaba cuidadosamente que, si los encontraba todos conforme a Derecho, por su facultad permitiese, lo más rápidamente posible y en secreto, la posesión al comisario descalzo. De esta manera, dado que todos los permisos presentados por el antedicho fraile Teruel estaban conformes, según manifestó el mencionado D. Lucas Vela, éste mismo decretó jurídicamente que se realizase la fundación el cinco de junio de 1636. El autor señala como una especie de provisión divina que todos los permisos concedidos designaban como sitio para la erección del convento el mismo que Rolando había escogido desde que se propuso edificar el monasterio. Mi opinión es que, todas y cada una de las solicitudes que tuvieron que presentar los frailes ante las distintas instancias, designarían explícitamente el lugar en el que deseaban construir, pues caso contrario, entiendo que en los permisos no se podría indicar un terreno para una nueva edificación, si antes no se había mencionado éste.
Anhelada posesión del convento.
Al día siguiente, es decir el seis de junio, de que el mencionado D. Lucas Vela decretase jurídicamente que podía llevarse a cabo la fundación, observando todas las prescripciones legales obligatorias, autorizó al referido fraile Teruel para que hiciese efectiva la posesión de la nueva fundación. Ya hemos dicho que el impaciente Rolando había iniciado por su cuenta y riesgo y sin contar con las licencias necesarias, la construcción de la iglesia y varias capillas. Por ello el comisario aludido, fray Miguel Teruel escogió y una de las ya edificadas para erigirla como Tabernáculo para la sagrada Eurcaristía, al mismo tiempo que entronizaba en ella una imagen de S. Antonio de Padua que sería el titular del nuevo convento. La ceremonia de la toma de posesión prosiguió con la celebración de la santa misa por el ya reseñado fray Teruel quien consagró dos hostias una de las cuales fray Luís de Benavente al día siguiente, en la misa que llevó a cabo, la entronizó en el sagrario. Fray Miguel de Teruel, designó como presidente absoluto del nuevo cenobio a este último mencionado, es decir a fray Luís de Benavente y como síndico de la nueva comunidad, según prescribían las leyes vigentes a Juan Agustino de Reyes. Aunque, según manifiesta el autor, cosa que dudamos, los hermanos pusieron gran cuidado en llevar en secreto esta toma de posesión, acudieron a ella muchos ilustres caballeros granadinos, así como casi toda la vencidad del Albaícin quienes hicieron patentes sus muestras de alegría y satisfacción porque los frailes descalzos se encontrasen ya con todo derecho entre ellos, cosa que habían deseado fervientemente durante mucho tiempo.
El mismo día del ritual referido el espléndido Antonio Rolando, aportando los correspondientes permisos legales, donó a la nueva comunidad terreno suficiente para levantar en él el nuevo monasterio y para edificar la iglesia, aunque aún no contaban los religiosos con las autorizaciones para ello, además también les regaló un amplió huerto con abundantisíma agua para su regadío. Los hermanos no tenían todavía un domicilio fijo en el que albergarse mientras se construía la nueva residencia monacal, por ello el magnánimo Rolando acogió a todos ellos en su casa, hasta que dispuso una para que éstos la ocupasen. También pretendió que su alimentación corriera de su cuenta cosa que no consintieron los descalzos ya que su proverbial humildad los obligaba a mendigar su sustento puerta en puerta.
Expedita actuación para construir el cenobio.
A los pocos días de la toma de posesión el superior general fray Luís Benavente, instado por el patrono que financiaba los gastos preparó los cimientos de la edificación del convento, cuya obra continuó de forma ininterrumpida hasta el año 1639, bajo la tutela del tan mencionado fray Miguel Teruel y de su sucesor fray Juan Corona. Más arriba hemos dicho que el impaciente Rolando ya había construido por su cuenta y riesgo la iglesia que estaba dotada de ocho capillas con sus correspondientes orquetas. La Provincia, con el objeto de que la referidas iglesias se acomodase a los estatutos de los Descalzos, mandó clausurar seís capillas con sus correspondientes orquetas, cosa que causó gran pesadumbre al referido Rolando, ya había puesto gran empeño en dicha construcción, sin embargo a pesar de su dolor, consintió en ello, por el mucho amor que profesaba a los hermanos. De esta forma la iglesia quedó solamente con dos orquetas, una para los hermanos del convento y la otra para el patrono Rolando y su familia para que dispusiesen de ella en sus devociones siempre que quisiesen.
Litigio por cuestiones de precedencia contra los descalzos por los angustinos y perdido por éstos.
En el mes de octubre de 1636 había de celebrarse en Granada una procesión general a la que tenían que asistir los frailes descalzos, quienes consultaron a fray Francisco Angosto, comisario general de los conventos y que casualmente se encontraba en dicha ciudad, sobre el lugar en el que debería ubicarse la comunidad franciscana.
Éste examinó el asunto con sumo cuidado, conocedor de que su corporación debería preceder a los agustinos aun previendo que tendrían oposición por parte de éstos, presentó el asunto, dando razones satisfactorias, al obispo manifestándole el derecho de los franciscanos a anteceder a los agustinos. El obispo así lo comprendió y dio su consentimiento además de un testimonio jurídico favorable a éstos. Los agustinos no quedaron conformes con esta resolución y alegaron, entre otras cosas, una bula de Gregorio XIII del 15 de julio de 1583 en la que se decretaba la presedencia de la fundación sobre la antigüedad de los conventos. También obtuvieron, el 13 de enero de 1636, de la Sagrada Congregación de Ritos un decreto sobre la estricta observancia de la mencionada bula. Por último, el 14 de enero de 1637 se adhirieron a la bula confirmativa del decreto precedente que había sido emitida sobre un litigio similar. Con todos estos documentos a su favor que el nuncio de España D. Lorenzo Campeggi consideró suficientes éste emitió el 5 de octubre de 1638, una sentencia favorable a los agustinos. Los descalzos no quedaron conformes y, en nombre de ellos, fray José Chatino, además de otros, presentaron en Madrid sus correspondientes alegaciones jurídicas sobre la costumbre de que los franciscanos descalzos se antepusiesen a los agustinos. Estos fundamentos los trasladaron a Jerez, Murcia, Cartagena, así como a otras localidades junto con otros documentos más validos, recabados de varios tribunales con lo que los descalzos aportaron resoluciones y exposiciones para que el fallo a favor de los agustinos no se llevase a efecto de forma que aquellos mantuviesen el derecho de precedencia sobre éstos.
Condiciones del patronato
Aunque la decisión tomada por la Provincia para que el patronato de este convento recayese en manos de Antonio Rolando Levanto que tanto bien y ayuda había concedido a los frailes hacía falta que tal determinación fuese ratificada por el Definitorio. Por ello, el 7 de junio de 1637 se encomendó al ministro provincial, fray Antonio Ferrer, que determinase las condiciones por las cuales el mencionado Rolando sería agraciado legalmente con el patronato del mencionado cenobio. Tanto éste cuanto el referido provincial corroboraron esta decición que quedó recogida en documentos públicos con los siguientes pactos: El patrono ratificó primeramente la donación de la antedicha iglesia, del agua y del huerto. Además debería dotar a la iglesia y al convento de todos sus aditamentos sagrados con toda minuciosidad y proveerlos de los elementos domésticos necesarios y adornar el templo con todas las pinturas y esculturas que hiciesen falta, proveer al coro y a la sacristía respectivamente de todas las cosas obligatorias, además suministrar los muebles y utensilios inexcusables a los talleres y dotar por una sola vez a las celdas de todo lo preciso. Por último debería de comprometerse a construir una cisterna y un estanque juntamente con sus acueductos correspondientes.
Como vemos la carga económica que recaía sobre el peculio de Antonio Rolando Levanto era considerable, pues, por lo anteriormente especificado tendría que dotar a la iglesia y al convento de todos los adornos y utensilios necesarios además de surtir los talleres con todos los avíos precisos, así como asegurar el suministro de agua con la construcción de una cisterna y un estanque con sus acueductos, como hemos mencionado.
Veamos ahora cómo habría de corresponder la comunidad de los descalzos a tan magnánima liberalidad.
El Ministro provincial, en nombre de la Orden, otorgaría en primer lugar, todos los honores, prerrogativas, gracias y preeminencias que las Reglas y Constituciones de la misma establecen que se han de conceder a cualquier patrón de un convento de la Provincia. Como segunda obligación se comprometería a que a nadie, sin el consentimiento expreso, del mismo o, en su caso, el de sus sucesores, se le podría otorgar el patronato de ninguna capilla. En tercer lugar tendría derecho a poseer un monumento en la capilla mayor, para él y para su esposa Dª María de Vivaldo, mientras viviesen y en él, llegado su momento, serían sepultados. Este derecho se haría extensible hasta sus nietos. El cuarto privilegio al que tendría derecho sería que la orqueta sagrada que como tal, habrá sido abandonada en la iglesia, como ya referimos, sería erigida de forma similar en la capilla mayor. En quinto lugar podría colocar en las paredes de la misma capilla una esfinge suya, así como de su esposa, y esculpir su genealogía en cualquier parte del convento y de la iglesia. En último lugar su cadáver y el de su esposa serían llevados a hombros de los hermanos, además se aplicaría por sus almas un oficio íntegro de difuntos, sagrado y solemne con responsorio y con la asistencia de todos la comunidad. Asimismo cualquier sacerdote debería de celebrar doce misas leídas y otros tantos oficios de difuntos. También la comunidad ofrecería iguales sufragios por los patronos y por sus sucesores.
El mencionado provincial fray Antonio de Ferrer se comprometió a que estos beneficios serían respetados escrupulosamente por todos y cada uno de los hermanos.
Como consideración particular pienso que Antonio Rolando Levanto vio correspondida su liberalidad con toda equidad y esplendidez por parte de los descalzos, ya que en otras crónicas de los conventos que he traducido no muestra tanta magnanimidad la Orden al otorgar los privilegios de mis patronos.

Litigio de los descalzos sevillanos de la provincia de S. Diego para hacerse con este convento.
Los frailes de la provincia referida no veían con agrado la expansión por Andalucía de la provincia de S. Juan. Es más apetecían grandemente para ellos tanto el convento de Loja como este de Granada, por ello iniciaron un largo y oneroso litigio para hacerse con ambos conventos. Éste se narra con toda minuciosidad en el capítulo III de la crónica del convento de Loja, Así como en la de Málaga desde el año 1621 al 1661, que fue en el que se consumó la segregación de la provincia de S. Pedro Alcántara de la de S. Juan Bautista, también provista de litigios entre los segregacionistas y los que estaba en contra de la división de S. Juan Bautista. Quien esté interesado en conocer los pormenores de estos pleitos (como dice el autor) puede consultar los capítulos reseñados de las mencionadas crónicas
Porfiado enfrentamiento por el patronato del convento, una vez muerto el patrono.
D. Antonio Rolando Levanto, a pesar de los cuantiosos bienes que poseía, se vio acuciado por los acreedores que le reclamaban el pago de unas deudas que había contraído por haber calculado mal sus gastos. Se encontraba en Granada procurando hacer frente a los demandantes y de allí tuvo que marchar a Motril, donde poseía abundantes riquezas para poder solventar sus deudas. En esta localidad se vio afectado por una grave enfermedad que le ocasionó la muerte en el mes de abril del año 1640. Inmediatamente fueron retenidas todas sus posesiones con objeto de poner en claro todos su bienes y casi todo fue intervenido por los encargados de llevar a cabo tal tarea. Por ello, tanto su esposa la mencionada Dª María Vivaldo, cuanto sus hijos y sus sirvíentes se vieron inesperadamente sumidos en una situación tan grave de pobreza que, por mandato de la Provincia y del guardián del convento granadino, los proveyeron de ocho panes y de las cosas más necesarias para su sustento diario durante un septenio . Esta situación de penuria ocasionó que ni la mencionada señora, como patrona del convento, ni sus hijos pudiesen hacer frente a los gastos que representaban las condiciones por las que se les había concedido el patronato. La Provincia actuó en esta situación con una loable magnanimidad. Teniendo en cuenta las muchísimas atenciones y cuantiosas donaciones que había llevado a cabo el fallecido Rolando, no desposeyó del patronato a los familiares del mismo, es más lo confirmó para ellos y sus descendientes. Además en la erección de la capilla mayor confeccionó con las limosnas de benefactores comunes una suntuosa orquesta que costó más de ocho mil ducados . Ésta solamente sería utilizada por los patronos y sus familiares, pero con una condición: dado que la casa de ellos estaba unida a la mencionada orquesta, si por alguna razón: venta alquiler o por cualquier otro motivo, el referido domicilio pasase a manos de otros inmediatamente la comunidad se encontraría con el pleno derecho de clausuar la mencionada orquesta.
En el año 1647 con la pompa que el acto merecía se traslado la venerable Eurcarístia a la capilla Mayor. D. Vicente Levanto, primogénito del difunto D. Antonio, quiso tener en la referida capilla un lugar preferente para él, aludiendo para ello su derecho de patronato. Los frailes se opusieron a ello arguyendo las siguientes razones: En primer lugar su padre no había llevado a cabo todas las cosas estipuladas en el documento de concesión del patronato. Segundo: ni a su padre, patrono fundador, se le había otorgado expresamente la posesión de una sede en la mencionada capilla. Por último el patronato que se había concedido a la referida familia fue una gracia restringida por ciertas condiciones.
Al año siguiente el mismo Vicente Levanto solicitó al convento que se construyese un túmulo en memoria de su padre como patrón del convento. Los frailes tampoco estuvieron de acuerdo con ello y le ofrecieron que eligiese uno de los dos ya erigidos en la capilla mayor de manera que el otro quedase a libre disposición de los hermanos para ser inhumados en él o enterrar en el mismo a cualquier otro secular que la comunidad considerase con el suficiente mérito para ello. Vicente decidió escoger el del lado derecho sin más condición de reclamación. Por ello el 13 de enero de 1648 se depositaron en él los huesos de sus familiares, ya fallecidos, así como se trasladaron desde Motril, al mismo los restos del fundador del patronato, el tan mencionado Antonio Rolando Levanto.
Reivindicación del patronato por parte de un acreedor de Antonio Rolando.
En el años 1655, Antonio de Ojeda acreedor del referido Rolando requirió jurídicamente, como compensación de deudas, por medio de su representante D. Juan Bautista Lomelín, el patronato concedido a Rolando, así como todas las cosas que le pertenecieran para saldar la deuda que Antonio le tenía impagada. Los frailes se opusieron a ello y presentaron razones y argumentos necesarios ante la real Chancillería de Granada. El oidor de la misma. D. Rodrigo Serrano Trillo que, al mismo tiempo era el juez del secuestro de los bienes de Rolando, sopesó con la debida consideración las razones argüidas por ambas partes y falló a favor del convento.
Para evitar nuevos requerimientos semejantes al anterior el 13 de diciembre de 1669 la Provincia franciscana de S. Pedro Alcántara ya segregada de la de S. Juan Baustita, le otorgó la titularidad del mencionado patronato a Dª María Vivaldo, o sea la viuda de Antonio Rolando.
Nuevos patronatos dentro de la misma línea de descendencia.
En el año 1681, siendo ya nonagenaria, falleció Dª María de Vivaldo. Los hijos de la misma D. Vicente Levanto, caballero de la Orden de Calatrava y D. Pedro Francisco Levanto, dignidad metropolitana de la ciudad de Sevilla, obtuvieron la concesión de poder poner la genealogía de la misma y la Provincia les otorgó la permanencia de los mismos con la condición de que la gozasen solamente durante un trienio, pero que, si durante este tiempo alguien desease el patronato, el acuerdo quedaría sin efecto por parte de los descalzos y una vez retirados ellos, colocar los monumentos de nobleza del nuevo patrón.
Actuación de las condiciones del patronato
El 14 de julio de 1684 el mencionado D. Lorenzo Levanto solicitó para sí al Capítulo provincial el patronato del convento bajo los siguientes condiciones: Que se le volviesen a otorgar nuevamente todas las concordias y acuerdos que se contenían en las estipulaciones convenidas cuando se le concedió a su progenitor el patronato, además que éste no fuese vendido en ningún tiempo así como tampoco alienarse y que gozasen del mismo solamente los descendientes por línea recta de los primitivos patronos, excluyendo cualquier otra línea transversal de forma que ellos únicamente pudiesen ostentar el título de patronos del convento. También que solamente él y sus descendientes pudiesen poseer el asiento y la llave del tabernáculo en la feria quinta del cada año; caso de que ellos por cualquier razón se encontrasen ausentes este derecho lo disfrutaría aquél a quien ellos nombrasen como su representante. Además que si por venta u otro conducto cualquiera pasase a otros la casa junto al convento, la orqueta construida allí se pudiese añadir libremente a las pertenencias del mismo. Por último para que los hermanos cuidasen cualquier cadáver en el sepulcro concedido como cámara mortuoria a los patronos, nadie les podría prohibir a los frailes que erigiesen lo que éstos considerasen oportuno. La Provincia no puso objeción alguna a estas condiciones ni tampoco añadió alguna por su parte, así que le otorgó el patronato bajo estas nuevas disposiciones. De esta forma el nuevo patronato confeccionó un escrito con ellas que fue ratificado en Sevilla el 31 de julio de 1684. Estas fueron presentadas en Granada por poderes del referido D. Lorenzo, D. Juan Pedro Vivaldo Capiatra y D. Fernando Agustino de Rojas, quienes en nombre nuevo patrono tomaron posesión el 15 de octubre del mismo año.
El autor no nos relata qué sucedió con el nombrado D. Lorenzo, sí nos refiere que por causa de esta confirmación del patronato, el año siguiente, el decir en 1685, D. Vicente Levanto, patrono del convento, para que se celebrase con toda suntuosidad la festividad de la semana mayor (suponemos Semana Santa), hizo una donación de quinientos reales al convento para que éste los emplease en la adquisición de cirios que deberían lucir durante toda la semana. Esta costumbre se prolongó durante cuarenta y dos años. La munificencia de esta familia para con el convento no tiene parangón, pues otro componente de la misma D. Pedro Francisco Levanto, canónigo de la catedral de Sevilla, obispo de Lacedemonia, después de Augusta y finalmente de Lima, les transfirió totalmente la medianía de una amplia casa que le había correspondido por herencia. De la misma manera D. Francisco Lelio Levanto también les regaló la otra medianía de la mencionada casa, así, cuando un amplio terreno de cultivo cosas ambas que le habían correspondido por herencia. El autor de la crónica refiere que otros miembros de la referida familia, igualmente hicieron espléndidas donaciones al convento. Esto demuestra que, bien Antonio Rolando Levanto, bien sus herederos, supieron superar con creces el apuro económico en el que se vieron envueltos y pudieron seguir distinguiendo al convento con su generosa liberalidad.
Litigio sobre la donación de agua al convento.
Más arriba hemos mencionado que el patronato fundador del convento le regaló a la comunidad una abundante cantidad de agua y se había comprometido a construir canales de conducción de la misma. Esto no llegó a documentarse legalmente antes de que le sorprendiera la muerte. Por esta razón el guardián del convento fray Juan Corona, en el año 1640 preparó todos los instrumentos que demostraban plenamente el derecho al agua que asistía a los frailes y los presentó ante el juez, reclamando de esta manera la facultad de utilizarlas, en virtud de las razones que se exponían en los mencionados documentos. Éste, una vez comprobó los razonamientos que manifestaban los hermanos y oídas ambas partes dictaminó a favor del convento. Los frailes actuaron con toda la celeridad que les fue posible y confeccionaron el acueducto preciso y así el 13 de septiembre de 1640 el agua llegó al convento. No obstante había una dificultad de gran calado, pues el mencionado canal pasaba por las propiedades de algunos habitantes de aquel lugar, por ello estos últimos sustraían gran cantidad de agua del mismo, lo que originó disputas entrambas partes, pero como había buena voluntad de unos y otros, por solucionar el conflicto pacíficamente, se llegó a un acuerdo para que estos vecinos también disfrutasen del agua gratuitamente en un sexto de la misma.
También en el año 1654, Juan Lucas, natural de Granada concedió graciosamente al convento gran cantidad de agua. El superior, fray Bernardo Morales la incorporó a la nombrada conducción. Esto hizo que nuevamente ciertas personas promoviesen un litigio semejante al anterior, pero el juez de aguas, D. Leonardo Salazar resolvió el pleito a favor de del convento. Más de una vez los querellantes volvieron a reponer la demanda, sobre todo en 1741, pero en todas las ocasiones los frailes pudieron demostrar sus derechos de propiedad sobre la misma.
Indulgencia plenaria concedida por el Papa a los que visitasen el convento en la festividad de S. Juan Baustita.
El autor narra que el 17 de noviembre el Papa Urbano VIII concedió indulgencia plenaria durante un setenio a los que visitasen la iglesia de estos frailes en la fiesta del natalicio de S. Juan Bautista. Sin embargo no inserta la Bula de tal concesión como sí lo lleva a cabo en las indulgencias concedidas por los Papas a otros conventos, por lo que nos quedamos sin poder conocer los requisitos que tendrían que cumplir los fieles que quisiesen beneficiarse de tal gracia.
Origen de la pública devoción a la imagen de María Niña.
Los habitantes de Granada D. Juan Montañés y su esposa Catalina Jiménez distinguieron a este convento con muchas donaciones demostrando así el amor que sentían por los hermanos descalzos, pero parece ser que del que se sentían más orgullosos estos benditos frailes era el de una escultura que representaba el misterio de la presentación de María en el templo y era conocida dicha imagen con el nombre María Niña. La tradición mantiene que esta estatua fue hecha por indicación de María Santísima. Posee unas campanitas de plata colgadas de unos de sus brazos y que cuando la sacaban en procesión, los hermanos hacían sonar su argentino sonido, al acercarse a la casa de alguno de sus benefactores, avisándole así de su paso con su alegre campanilleo. El cronista dice que María, a través de esta imagen, se comunica en múltiples ocasiones con los religiosos y los anima a perseverar en su fervor, pero la forma más intima de ponerse en contacto con ellos es a través del sonido jubiloso de sus campanitas. Éste penetra en el alma de sus hijos y con poderosa dulzura la seduce, la inflama de amor, en fin la absorve en celo hacia ella, Más de uno de los frailes puede testificar sobre tan maravillosa experiencia ya que ha sido arrobado por ella.
Está colocada a la izquierda lateral de la capilla mayor, donde los corazones de los granadinos la honran con ardorosa devoción recibiendo en contraprestación por parte de ella numerosos bienes espirituales. Quien introdujo el culto a esta sagrada imagen en la ciudad de Granada fue D. Diego de Montalbo que se volcó en donaciones para el convento, entre otros muchos enseres para el mismo además de dos mil ducados.
Prohibición del superior general de la Orden de investir con el hábito de la Orden Tercera a determinadas personas.
El guardián del convento cuya crónica exponemos, allá por el año 1642, actuando de forma oculta ya abiertamente, había conferido el hábito de la Tercera Orden a ciertos hombres y mujeres piadosos. Cuando el Ministro general de la Orden, fray Juan Merinero, tuvo conocimiento de ello, mandó por sus escritos desde, Madrid el 8 de septiembre de 1643, que solamente diese profesión de hábito a los terciarios recibidos hasta ahora y que se abstuviese de conceder a nadie más dicho hábito ni admitiese nuevas profesión puesto que los descalzos carecían allí de la referida facultad que estaba reservada únicamente a los hermanos observantes.
Distintos privilegios concedidos por el papa Urbano VIII a la iglesia del referido convento.
El 19 de mayo 1644 el referido Papa concedió durante un setenio remisión plenaria de todos sus pecados a quienes visitasen la iglesia de estos descalzos durante la festividad de la natividad de S. Juan Bautista. De la misma manera, el 15 de mayo del referido año, el mismo pontífice se dignó conceder, también durante un setenio, un privilegio (el autor no indica cual) al altar mayor de la mencionada iglesia.
Lo mismo que en el caso anteriormente mencionado, el cronista se limita a copiar las palabras del inicio de ambas bulas, sin continuar con el restante texto, por lo que nos quedamos sin enterarnos de las condiciones que tendrían que cumplir quienes quisiesen hacerse acreedores de tales beneficios.
Construcción de la capilla mayor y extraordinaria visión sobre el convento que tuvo uno de los hermanos.
En el año 1645, fray Juan Coronas, guardián de este convento por segunda vez, consiguió, tras vencer muchas resistencias y con incesantes ruegos, que el juez D. Marcos Tamarit, custodio de los bienes secuestrados a Antonio Levanto Rolando, le vendiese por tres mil reales un terreno para construir en el la capilla mayor. Excavados los cimientos, el mencionado guardián, el 30 de abril de 1646, bendijo la piedra fundacional y la colocó en su lugar, ante una gran concurrencia de enfervorizado público que asistió al acto. Las obras continuaron ininterrumpidamente de forma que, en menos de un año, o sea, el 2 de marzo de 1647, el doctor D. Lucas Vela de Sayoane, decano de la catedral de Granada, llevó a cabo la bendición de la misma, dado que estaba ya totalmente construida. Para solemnizar tan feliz acontecimiento se ordenaron celebraciones que durante tres días, cuyos actos eclesiásticos fueron oficiados tanto por el arzobispo de la ciudad, D. Martín Carrillo de Alderete, cuanto por las más insignes personalidades consagradas de la misma. Todos los gastos cuantiosos que ocasionaron tales festejos fueron costeados por el piadoso caballero D. Juan Pérez de Oreña quien como colofón ofreció a todos los concurrentes a la mencionada capilla un opíparo banquete.
Pero lo más admirable, según el autor, de la construcción de la referida capilla fue la complacencia que, desde el principio, la Divinidad mostró con la misma, pues al inicio de las obras premió con una extraordinaria visión sobre el futuro del convento al lego fray Juan de Aranda, que se la comunicó a su confesor. Este humilde fraile, en la medianoche de la festividad de S. Juan Baustita, estaba llamado al resto de los hermanos para la oración de maitines. De pronto le pareció ver que la pared de enfrente al lugar en el que se encontraba se partía en dos. La sorpresa lo dejo estupefacto pues lo primero que pensó es que se habría producido una grieta que arruinaría parte de lo ya construido. Cuando se calmó vio unas nítidas y brillantes luces, como si de repente se hubiese hecho mediodía y le hacían ver que en el lugar de la capilla se extendía un hermosísimo campo lleno de frondosos jardines y totalmente repleto de compactos y tupidos árboles y plantado más que de otras especies de una gran cantidad de olivos y palmeras.
Dicha visión penetró en su mente revelándole que aquella hermosa exuberancia de distintas variedades de plantas significaba la multitud de fervorosos hermanos que poblarían aquél lugar como fragantes flores con sus heróicas obras y sus incontables hechos virtuosos y que se ofrecerían allí en inmenso número, como en un enorme incensario y liberarían con sus piadosos ejercicios inmensas cantidades de almas, por lo que aquel lugar llegaría a ser como un feliz recinto, celestial. La visión se desvaneció y el piadoso Juan quedó totalmente lleno de alegría por haber contemplado la imagen anticipada de lo que llegaría a ser aquel convento.
Ocupación del convento por los hermanos.
La inesperada muerte del patrón fundador dio motivo a que se llegase a pensar que la tan deseada terminación de la iglesia y construcción del convento no se llevarían a cabo hasta transcurrido mucho tiempo. Sin embargo no fue así. El cronista nos dice que Dios que había demostrado sobradamente su complacencia en que ambos se concluyesen lo más pronto posible, movió los corazones de los granadinos para que con sus dadivosas aportaciones hiciesen posible que culminase la construcción de ambos. Así, unidas las munificencias de muchos benefactores al continuo y esforzado trabajo de los hermanos, el guardián del convento ya mencionado, fray Juan Coronas pudo contemplar con gran gozo cómo los demás religiosos, una vez concluida la iglesia, ocupaban el convento, también terminado, en el año 1647. El cenobio se vio habitado por aquella época, por ciento treinta hermanos, además de los que cada día llegaban para hospedase transitoriamente en él, a todos los cuales había que proporcionar sustento y las cosas necesarias para su supervivencia.
El cronista pormenoriza a continuación una larga retahíla de personas que favorecieron al convento con donaciones superiores a los cien ducados, que yo no voy a reproducir por no cansar a los lectores. Quien tenga interés en conocerles podrá contemplarlos, si algún día se llega a publicar la traducción de dichas crónicas.
Con esta larga enumeración concluye el autor el capítulo I de la mencionada crónica y yo también finalizo mi exposición, para no abusar de la paciencia de los asistentes al curso.
En años subsiguientes continuaré con el largo relato que hace el autor de la historia del referido monasterio. Indudablemente que tendré que fragmentarla en varias intervenciones pues caso contrario pecaría por aburrir a los concurrentes.


Manuel Villegas Ruiz