11/8/08

BREVES Y PRIVILEGIOS OTORGADOS POR DISTINTOS PONTÍFICES AL CONVENTO DE S. PEDRO APÓSTOL DE LA CIUDAD DE PRIEGO DE CÓRDOBA DESDE 1662 A 1743

En la Comunicación que presentamos el año pasado al Primer Curso de Verano sobre el Franciscanismo en Andalucía, celebrado en esta ciudad de Priego de Córdoba, hicimos un breve recorrido sobre la historia del Convento de San Pedro Apóstol que tuvieron los Franciscanos Descalzos en esta ciudad, tal como se relata en la Crónica, a modo de anales, escrita en latín y cuya labor de traducción al castellano llevé a cabo en su día
Por ser tan rica e interesante la historia del mismo, la benéfica influencia que sobre la población ejerció a lo largo de los 173 años que perduró, desde su fundación en el año 1.662 hasta el desalojo del último Superior de la Comunidad, fray Manuel Caballero, llevado a cabo por el decreto de Desamortización de Mendizabal, queremos, en esta comunicación, hacer mención de los Breves y Privilegios concedidos por los Romanos Pontífices, tanto a la Comunidad, como los altares de su iglesia, sin olvidarnos de los conspicuos y santos varones que en él habitaron, según la Crónica antedicha.
El más importante por su antigüedad, extensión a las personas y riqueza espiritual del mismo, consideramos que es el Breve concedido por el Papa Alejandro VII, y que se expidió en Roma para el Convento, el 10 de abril del año 1665.
En, él a modo de introducción, se habla de que en la iglesia de S. Pedro Apóstol de la Orden de los Menores Descalzos de la villa de Priego de Córdoba, existe una piadosa comunidad de fieles de Cristo, de uno y otro sexo, de S. Pedro de Alcántara, erigida canónicamente por hombres de una especial perfección, cuyos cofrades y hermanos acostumbran a ejercitar la más alta piedad y caridad.
De esta breve intoducción queremos reflexionar sobre algunos puntos que nos parecen muy interesantes.
El primero de todos es la fecha de su concesión, aunque ésta se exprese al final del mismo. El Breve lo concede Su Santidad el diez de abril de 1665, antes de que transcurriesen cuatro años de la toma de posesión en la ermita de S. Luis de la casa que albergaría la primera comunidad de frailes, pues el primer guardián del Convento, Fray Francisco de Morales, inicia su mandato como tal el 8 de octubre de l663.
De aquí podemos deducir que la labor espiritual que estos frailes desempeñaron en la localidad fue rápida y fructífera, ya que en menos de cuatros años, como hemos dicho, han sido capaces de crear y consolidar una piadosa comunidad de fieles que, en tan breve tiempo, han llevado a cabo tales actos de piedad que la han hecho acreedora de que Su Santidad tenga a bien concederles el Breve de Indulgencias que comentamos.
Los beneficios concedidos en él no sólo se aplican a los hermanos y hermanas pertenecientes a la comunidad en el momento del otorgamiento del mismo, sino que se hacen extensivos a todos los que ingresaren posteriormente en la dicha comunidad.
El Breve está dividido en tres partes que por la calidad de su concesión y amplitud de su extensión queremos analizar.
- La primera de ellas trata de la gracia de Indulgencia Plenaria y misericordiosa remisión de todos sus pecados a los componentes de la Hermandad que se harán acreedores de la misma siempre que cumplan las siguientes condiciones:
- Cuando arrepentidos y confesados recibiesen el Santo Sacramento de la Eucaristía.
Esta condición se hace extensiva a aquellos que cumpliéndola estén in articulo mortis y reciban el Santo Sacramento de la Comunión, aunque no hayan podido confesarse, pero que invoquen el Santo nombre de Jesús o, que caso de que no puedan hacerlo, lo invoquen en su corazón.
- Además se hacen acreedores de tal Indulgencia todos los hermanos y hermanas que ahora lo sean o ingresaren con posterioridad en tal Hermandad, con tal de que arrepentidos, confesados y confortados por la Santa Comunión, visitasen en día principal elegido por los hermanos y aprobado por el ordinario, la Iglesia, la Capilla o el Oratorio del convento.
El tiempo en el que se han de visitar alguno de los lugares señalados ha de ser desde las vísperas hasta el ocaso del sol en el antedicho día festivo.
Para conseguir la gracia de tal indulgencia han de ofrecer piadosas oraciones por :
-La concordia de los príncipes cristianos
-La extirpación de las herejías y
-La exaltación de la Santa Madre Iglesia.
Queremos llamar la atención sobre la amplitud con que se concede la antedicha Indulgencia Plenaria, ya que no sólo se otorga a los cofrades que actualmente constituyen dicha Hermandad sino a los que en un futuro la integren. De aquí deducimos que se da por descontado que los futuros componentes de la misma han de igualar, al menos a los que en la actualidad la forman. También colegimos que es la Hermandad, respaldada por el bien hacer de sus hermanos en lo tocante a obras de piedad y ejercicios de caridad, la que se hace acreedora de tal privilegio.
Otro punto sobre el que queremos hacer hincapié es el concerniente al estado espiritual de los que opten a tal gracia ya que ésta no sólo se concede a los que reciban la Eucaristía, habiéndose arrepentido y confesado antes, sino que se amplía a los que, caso de no poder hacerlo, invoquen con la boca o el corazón el Santo nombre de Jesús. Esto presupone que, con un simple acto de contrición, aunque esta palabra no se exprese manifiestamente, se hacen acreedores de gozar la gracia de la Indulgencia Plenaria.
Aquí podemos ver plasmada la actitud de la Iglesia respecto a la validez de un acto de contrición al que da el mérito de una confesión perfecta. Ya sabemos que la Iglesia otorga a la contrición todo el vigor de una perfecta confesión, siempre que posteriormente pueda efectuarse ésta. Aquí, al contemplarse el in articulo mortis en el que posiblemente fuese el último acto a efectuar por el suplicante, se otorga definitivamente la Indulgencia sin necesidad de ulterior confesión.
- La segunda concede también siete años de indulgencias a todos los hermanos y hermanas que, arrepentidos, confesados y confortados por la Santa Comunión, visitasen y orasen en la Iglesia, la Capilla o el Oratorio de dicho convento. La extensión en el tiempo es durante cuatro años feriados o no feriados y en los días del Señor elegidos por los mismos hermanos por una sola vez.
Queremos hacer notar sobre esta gracia dos puntos que no se dan en ella y sí se dan en la concesión de la Indulgencia Plenaria.
El primero es que no se hace extensiva a los hermanos y hermanas que entransen en la Hermandad con posterioridad al otorgamiento de la misma.
El segundo es que los días del Señor elegidos no han de ser refrendados por el Ordinario.
Respecto al primero nos queda la duda de si, por omisión, se hacía extensiva a los futuros hermanos o precisamente ésta explícita falta indica que sólo han de gozar de ella los que en su momento perteneciesen a la Congregación o es para todos los devotos en general.
En la tercera parte la referida Bula confiere también la rebaja de sesenta días de las penas impuestas u otras penitencias debidas de cualquier modo en la forma acostumbrada por la Iglesia a los que cumpliesen las condiciones siguientes:
-A los visitantes que asistan a misas u oraciones recitadas en la Iglesia, la Capilla o el Oratorio del convento o en las congregaciones públicas o privadas de la misma comunidad allá donde se hiciese.
-A los que recibieren pobres en hospitalidad.
-A los que arreglasen la paz entre enemigos
-A los que la procurasen o hicieran que se arreglase y
-A los que acompañasen al Santísimo Sacramento de la Eucaristía en procesiones autorizadas por los Ordinarios, ya en solemne procesión, ya a enfermos, o a otros o, finalmente, donde quiera que Éste fuese.
Se les concede también la misma rebaja de dichas penas a los que, estando impedidos, una vez dada la señal de la procesión, dijesen una sola vez el Padre Nuestro y el Ave María, o cinco veces una de estas oraciones y las aplicasen por los hermanos o hermanas difuntas, o bien realizasen algún acto de piedad o carida, o también enseñasen a los ignorantes los preceptos de Dios y las cosas que atañen a la salvación
Y finalmente :
-A los que realizasen algún acto de piedad o caridad.
Esta tercera y última parte referida, nos parece de suma importancia ya que no sólo es aplicable sólo a los hermanos y hermanas de la congregación, sino que, como hemos visto, se hace extensiva a todos aquellos visitantes que cumplan las condiciones en ella referidas.
Queremos hacer hincapié en, como hemos dicho al principio, que la labor espiritual que los frailes habían realizado en el pueblo de Priego de Córdoba, debió de ser de tal magnitud y altura que motivó que su Santidad el Papa Alejandro VII concediese una Bula con tal gracia de privilegios como los que hemos referido.
Pero la concesión de prerrogativas por los romanos pontífices no sólo se otorgó a las personas, de algún modo vinculadas con los frailes o con la labor espiritual llevada a cabo por éstos, sino que además se extendió a los altares de la iglesia del convento.
Una de las tareas principales de dichos frailes y a la que consta que dedicaron gran atención y celo fue a la defensa, propagación y exaltación de la Limpia y Pura concepción de María, esto es, lo que denominamos hoy como Inmaculada Concepción. Verdad que fue proclamada como Dogma por Pío IX en 1854.
Esta devoción estaba muy arraigada en Priego de Córdoba. De tal manera que en los albores del siglo XVII, concretamente en 1616, el Cabildo municipal votó fiesta anual el día dedicado a tal conmemoración.
Los franciscanos, especiales defensores de esta certeza, encontraron en el pueblo terreno abonado para afianzarla y cultivarla. Tanto es así que, habiendo caído casi en el olvido la festividad antes mencionada, en 1709, el Cabildo municipal volvió a acordar celebrar una fiesta anual con sermón en el convento de S. Pedro, y nombró a la Purísima nuestra especial abogada en la lucha contra la plaga de gusanos en las encinas. Del hecho de que esta fiesta haya de celebrarse en el convento de S. Pedro, deducimos que los buenos frailes presionarían al cabildo para que renovase sus antiguas decisiones y la festividad, implicados los representantes legales del pueblo, fuese una celebración oficial del Ayuntamiento
Dada la gran devoción que los frailes del convento manifestaban a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, le dedicaron en la iglesia del mismo un altar bajo tal advocación. A ese altar es al que se le otorga el privilegio que vamos a comentar.
Su Santidad el Papa Inocencio XII, posiblemente a instancias de los beneméritos frailes, el día 27 de noviembre de 1693, concedió a dicho altar la prerrogativa de indulgencia plenaria para las almas que estuviesen en el Purgatorio.
En dicho documento se dice que, queriendo honrar la iglesia de S.Pedro Apóstol de la orden de los Hermanos Menores de la más estricta observancia, dado que en ella no se encuentra ningún altar privilegiado y sí hay uno dedicado a la Inmaculada Concepción, a éste le conferimos la gracia de indulgencia plenaria con tal que se celebren en él seis misas diarias. También que en cualquier momento que cualquier sacerdote secular o regular, celebre en el antedicho altar una misa en el día de la conmemoración de los Fieles Difuntos, o en cada uno de los días dentro de su Octava y esta misa sea aplicada por el alma que hubiese fallecido unida a Dios en caridad, ella conseguirá, del tesoro de la Iglesia, indulgencia a modo de sufragio, de forma que se vea libre de las penas del Purgatorio.
Este Privilegio tiene una validez de siete años.
El mencionado Pontífice, con fecha 16 de Junio del año 1700, o sea seis meses antes de que se cumpla el anterior, la prorroga, dándole vigencia de otros siete años.
En esta prórroga se dice básicamente lo mismo, con la salvedad de que en vez de las seis misas diarias que antes se prescribían, se reducen a cuatro. Además que ya no ha de ser en el día de los Difuntos o en su Octava, sino en cualquier momento que la misa se aplique por el alma que hubiese fallecido unida a Dios en caridad.
Veinte años después de la caducidad de esta renovación, o sea el 5 de junio de 1723, su Santidad el Papa Inocencio XIII, vuelve a conceder otro nuevo Privilegio que, siendo fundamentalmente igual a los dos comentados anteriormente, sin embargo tiene las modificaciones que a continuación explico.
-Ya no se menciona el altar de la Inmaculada Concepción como beneficiario de esta gracia, sino que expresamente se manifiesta que sea: en el altar designado por el Ordinario.
De aquí deducimos que el beneficio se otorga más bien a la iglesia en sí que a un altar determinado y colegimos que este don puede que se conceda a la labor del bien hacer espiritual realizada por los frailes.
-Además en los anteriores, las misas, seis en el primero y cuatro en el segundo, pasan a ser ahora catorce pero que no han de decirse en un determinado altar, sino en la iglesia del convento.
Los días en que se celebre la misa que ha de ser aplicada para el que alma del difunto obtenga la gracia de la Indulgencia Plenaria vuelven a ser el de los Fieles Difuntos y cualquiera de los de su Octava, añadiéndose además los días feriados de cualquier semana y que han de ser determinados por el Ordinario.
El Breve y los tres Privilegios que hemos comentado nos hacen llegar a la conclusión de que el trabajo y actividad espiritual efectuados por estos sencillos y humildes frailes franciscanos fueron de tal envergadura y eficacia para el bien de Priego de Córdoba que motivaron que diversos Pontífices los distinguieran con las gracias específicas comentadas.
Pero este quehacer por el bien del pueblo, no es una cosa etérea e insustancial que no pueda comprobarse.
Dentro de la moderna Historiografía, cada vez está tomando más auge una faceta de la Historia, conocida como Prosopografía. En el sentido más lato de la palabra, la Historia se dedica al estudio de los hechos realizados por los seres humanos y la repercusión que dichos hechos han tenido en la Humanidad. Pero las acciones, los casos puntuales que podamos conocer e investigar tienen siempre como motor de los mismos una persona, un ser humano que los ha ejecutado y de cuya realización se ha derivado ya un perjuicio, ya un beneficio para el colectivo dentro del cual dicho acto se ha llevado a cabo. Al conocimiento de este ser humano es al que se aplica la Prosopografía.
Ya hemos visto que los Romanos Pontífices concedieron Breves y Privilegios al convento y a sus altares .
Pero el convento, los altares, el edificio en sí, por muchas bellezas que posea, por muchas riquezas arquitectónicas con las que esté adornado, no es nada sin el espíritu de los seres humanos que lo habitan.
Los Breves y Privilegios fueron consecuencia del bien hacer espiritual de estos humildes frailes y de su entrega al cuidado de las almas y de los cuerpos de los habitantes de esta ciudad de Priego de Córdoba.
Ya hablamos en el curso pasado del meritorio, desinteresado e importante trabajo que los frailes llevaron a cabo durante la epidemia de peste que asoló al pueblo durante el año 1680 y que costó la vida a cuatro de los siete frailes que en estos días nefastos se dedicaron a cuidar a los apestados. Y cómo los restantes frailes del convento que no estaban al cuidado directo de los enfermos se entregaron a socorrer con alimentos, ropas y consuelo espiritual a los más necesitados de la localidad.
Según nos narra la Crónica del convento, corría el año antes mencionado, cuando las ciudades limítrofes a Priego de Córdoba, se vieron afectadas por una epidemia de peste. La primera provisión que se puso en práctica para que el mal no se propagase a esta ciudad fue la única que en aquellos tiempos podía efectuarse, o sea, retraer el comercio con aquellas que ya lo padecían, puesto que no se conocía ningún otro tipo de profilaxis médica.
Esto lo único que hizo fue retardar un poco la extensión de la enfermedad y así tenemos que el primer brote de la plaga hizo su aparición en Priego de Córdoba el día tres de julio del año referido atacando al licenciado D. Juan Ramírez cura párroco de la villa, quien junto con otras cinco personas no pudo resistir el embate del mal y pereció como consecuencia del mismo.
Decíamos más arriba que la labor espiritual y humanitaria ejercida por los frailes en Priego, fue obra del Convento, pero éste tiene su razón de ser en las personas que integran el mismo.
Por eso, ahora queremos hablar de estas personas con sus nombres y apellidos y que fueron de los que más se distinguieron por su abnegación y méritos en esa labor que comentamos.
El alcalde de la ciudad junto con el cabildo municipal habilitaron un hospital en el barrio de la Cañada y el día veinte de julio, diecisiete días después de la aparición de la peste, lograron reunir en él a todos los afectados por la enfermedad y rogaron al Prior del convento Fray Bernardo Navarro, que enviase religiosos para cuidar a los apestados y consolarlos espiritualmente.
Según nos narra el cronista, todos los hermanos, con fervientes ruegos, se ofrecieron para realizar esta gran labor de caridad, sin miedo alguno al casi seguro contagio.
El prior tras madura y sopesada deliberación eligió solamente a siete religiosos de todos los del convento.
Estos fueron fray Francisco Rojas, lector de Teología moral, Pedro Martínez, predicador, los legos Juan Martínez, Jacinto Serrano y Diego de la Fuente y, finalmente, los postulantes Garpar Martínez y Diego Martínez. Como vemos estaban representados todos los estamentos del convento.
El mal atacó a seis de ellos, dejando indemne al lector de Teología Moral . Sólo sobrevivieron tres de los siete y los fallecidos fueron los siguientes:
Fray Juan Martínez. Lego, era hijo de Bartolomé Martínez y de Ana Vega y había nacido en Alcalá la Real. Fue destinado al convento de la provincia de Granada el diecinueve de febrero de 1672. Sobresalía entre los demás frailes por su total entrega a todo tipo de penitencias. Y su insaciable sed de caridad cristiana le hizo decidirse a suplicarle al Prior que le dejase marchar con los apestados para ayudarlos y consolarlos espiritualmente. Como era un arquitecto insigne y muy útil para las obras de la Provincia, el Superior le negó muchas veces el permiso que le solicitaba, previendo quizá el funesto desenlace que habría de tener tal dedicación. Finalmente el Prior accedió y fray Juan, se entregó a cuidar a los enfermos el día doce de agosto de 1680. Poco tiempo pudo dedicarles, pues a los seis días de su incorporación al hospital fue atacado por la peste. No nos dice el cronista en qué fecha murió, pero suponemos que no transcurrirían muchos días después de su infección. Fue sepultado en la iglesia del convento.
También era lego fray Diego de la Fuente, natural de Granada y profeso desde el mes de Agosto de 1676. Sus principales cualidades eran el candor y la inocencia. A fuerza de lágrimas arrancó al Superior el permiso para cuidar a los enfermos entre quienes prodigó su caridad llevándales todo tipo de cuidados y atenciones. No demostró ningún miedo ni adversión a la enfermedad. Se complacía especialmente estrechando contra su pecho a los enfermos, acostándolos, limpiándolos y hasta cargaba sobre sus hombros a los ya fallecidos para llevarlos a su lugar de entierro. Nada tiene que extrañar pues que, ante tal falta de reparos con la enfermedad, ésta hiciese presa en él y le produjese la muerte el doce de Agosto de 1680. Su cadáver fue sepultado en la iglesia del convento con solemnes funerales y gran concurrencia de fieles. El predicador fray Pedro Martínez era natural de Granada en cuyo convento de franciscanos inició su noviciado el doce de enero de 1656. Resplandeció adornado con toda clase de virtudes, aunque era en la caridad en la que más sobresalía. Sin lugar a dudas, ésta acució su espíritu para que con constantes lágrimas y súplicas impetrase al Prior que lo dejase marchar con los apestados. El día diecinueve de julio consiguió el permiso tan deseado y lleno de júbilo por entregarse a ellos, ponía especial cuidado y atención a los que ya estaban a punto de morir y, prácticamente, se encontraban desahuciados. Antes de ser atacado por el mal, que se cebó en él el cuatro de agosto, predijo su muerte, pues en el sepelio de fray Diego de la Fuente, le dijo el Prior a fray Pedro que no se acercase tanto el difunto, a lo que éste respondió: “ poco importa, hermano Guardián, pues detrás de éste, yo seré el primero en marchar y hasta el día del juicio final seré su fiel compañero en el sepulcro”.
“Así ocurrieron las cosas”, nos dice el cronista sin darnos más pormenores en cuanto a la fecha del fallecimiento ni el lugar que fue enterrado. Aunque suponemos que sería en el camposanto del convento.
El cuarto fallecido a consecuencia de la peste, por llevar consuelo y caridad cristiana a los afectados fue el donado fray Diego Martínez, procedente de la provincia napolitana de S. Pedro de Alcántara, donde tomó el hábito y desde allí fue trasladado a nuestra Patria. Nos dice el cronista que fue un hombre al que nadie nunca vio cambiar de modo de ser. Sus virtudes principales fueron su total entrega a la oración, al silencio y a la penitencia. Pero donde sobresalió de manera eximia fue en su absoluta entrega a la obediencia, de tal forma que, entre el mandato del Superior y la puesta en práctica de la orden recibida, nunca hubo alguna demora ni realizó algún comentario crítico. La meta de su vida era la perfección en busca de la cual empleaba todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu.
La ocasión más señalada para lograr tan anhelada meta, se le presentó al aparecer la nefasta peste en la ciudad. Pidió ser enviado a cuidar de los enfermos, a cuyos ruegos el Superior accedió y en tal menester sucumbió atacado por el mal, el dieciséis de agosto del año que comentamos.
El mismo Jesucristo nos dice que no hay mayor prueba de amor y caridad que el dar la vida por quien se ama.
Creemos sin lugar a dudas, que estos cuatro santos varones colmaron plenamente el vaso del sacrificio en su entrega a los más necesitados.
Pero no sólo fueron estos frailes mencionados los que hicieron que la luz espiritual del convento resplandeciera con inusitada claridad.
El cronista nos habla de otros muchos de los que sólo vamos a espigar algunos que avalen lo que estamos diciendo.
Fray Matías Quijano, predicador, nacido en la villa de Cieza del obispado de Santander, hijo de D. José Quijano y de Dª María Andrea. Fue adscrito al convento de Granada el tres de junio de 1676. Resplandeció por su ardentísimo celo por la salvación de las almas a cuyo cuidado se dedicó plenamente. Su virtud principal fue el perpetuo silencio que él mismo se impuso y que solamente interrumpía cuando se presentaba la necesidad de hablar del Reino de Dios o lo requería la utilidad espiritual de los demás. A pesar de los ingentes ultrajes y vejaciones con que fue perseguido nunca respondió a ellos y sí, en cambio, se dedicaba a orar por sus perseguidores. Falleció el dieciséis de abril de 1689, dejando un rastro de santidad entre todos los que lo conocieron.
Otro insigne varón fue el también predicador fray Salvador Aguayo. Era hijo de D. Salvador Aguayo y de doña Magdalena Suazo. Ingreso en la Orden el 19 de septiembre de 1649 en la Provincia aún no dividida, en cuyo monasterio de Granada tomó el seráfico habito. Su gran deseo de santidad le hizo que se entregase con ardor al perfeccionamiento de las virtudes de la humildad, la paciencia y la caridad y vivió plenamente la separación del siglo. Ostentó diversas prefecturas, entre ellas la de Moderador de la Provincia. En sus cargos de responsabilidad y gobierno de los demás frailes se portó con tal benignidad con sus súbditos, no sólo de palabra, sino también de obra, que fue amado y respetado por todos los que se encontraban bajo su dirección. Su principal preocupación, ya como superior, ya como súbdito, fue su ardentísimo celo y esfuerzo por que se cumpliese la integridad de las Reglas y la reforma de las costumbres. A los cuarenta y un años de su ingreso en la Orden, o sea el cinco de diciembre de 1690, elevó su espíritu a Dios dejando un rastro de santidad entre todos los que le conocieron. Prueba de esta predilección de Dios por el cuerpo de este hombre santo fue que, cuando veinte años después de su fallecimiento, exhumaron su cuerpo lo encontraron totalmente incorrupto y exhalando un suave olor. Veintitrés años después de esta exhumación encontraron nuevamente el cadáver en el mismo grado de incorruptibilidad que la primera vez.
Un ejemplo de la tan justificada humildad franciscana lo tenemos en el donado Fray Cristóbal de S. José. De él se desconoce todo: su lugar de nacimiento, el nombre de sus padres y hasta cuándo ingresó en la Orden seráfica. Sólo se sabe que fue un hombre entregado plenamente a los rigores de la penitencia. Pero lo llevó tan en absoluto silencio y con tan gran humildad que sus compañeros lo descubrieron tras su muerte al contemplar los cilicios y cadenas con que ceñía su cuerpo. Agotado por los severos rigores a que exponía su naturaleza humana falleció santamente el 25 de agosto de 1693. Como una prueba más de su exquisita humildad, ni se sabe dónde fue sepultado. El cronista nos dice que descansa en cierto lugar destinado a sepultura común para los hermanos.
El hermano lego Fray Juan Romero fue otro de los que resplandeció por sus eminentes virtudes entre los frailes que dieron tanto prestigio al convento. Era hijo de Andrés Romero y de Eleonora Gutierrez. Había nacido en la villa de Palma del Río, de la diócesis de Sevilla. Ingresó en la familia seráfica en el convento de Granada el nueve de febrero de 1656 en el humilde estado de los conversos. Su ardiente celo de santidad le llevó a buscar la perfección en la práctica de todo género de virtudes. Sobresalió de forma preclara en el ejercicio de una ardiente caridad, una inusitada paciencia y una no vulgar humildad. Se esforzó por alcanzar la pobreza total y la obediencia sin ningún tipo de reparos.
Para nunca dar lugar a que las flaquezas de la carne hiciesen mella en él, no dejó jamás a su cuerpo ocasión de estar ocioso. El diez de julio de 1684, lleno de méritos y querido por todos entregó su alma a Dios. Su bendito cuerpo fue enterrado en la iglesia del convento.
También fue lego el hermano Fray Jerónimo Gutiérrez. Había nacido en Granada y era hijo de Francisco Pérez Gutiérrez y de Ana Zamora. Tomó el hábito de los franciscanos en el convento de Granada, el quince de mayo de 1650. Aunque resplandeció con un gran cúmulo de virtudes fulguró sobremanera en el ejercicio de una desinteresada caridad y amor espiritual hacia todos sus hermanos. Su profunda humildad le llevaba a un respeto hacia los sacerdotes que más bien pudiera considerársele como veneración. De tal manera los admiraba, que, aún contando ya más de ochenta años, no se permitía sentarse ante quien tuviese el orden sacerdotal, por más que éste mismo se lo rogase. Como Fray Juan Romero, apartó de su vida todo momento de ocio pues lo consideraba como la puerta de todos los vicios y enemigo acérrimo de cualquier virtud. Ya en su vejez se procuraba algún quehacer con que combatir la ociosidad.
Finalmente dejando tras de sí inequívocas pruebas de santidad, entregó su alma a Dios el quince de agosto de 1702. Fue enterrado en la iglesia del convento y una gran muchedumbre del pueblo, consciente de que despedía a un santo, acudió a decirle el último adiós.
También floreció el convento por los frailes que se dedicaron a la composición de obras literarias que fueron muy celebradas en su momento.
Quizá el más importante de todos fuera el Predicador Fray Francisco Quesada. Era hijo de Lucas de Quesada y de Elvira de la Fuente. Había nacido en Castillo de Locubín e ingresó en la orden franciscana en Granada el catorce de septiembre de 1659. El mismo cronista nos dice que se dedicó a la escritura y que compuso muchos volúmenes de los que por negligencia quedan aún unos pocos. De ellos, uno se conserva en el convento de S. Gabriel en Segovia. Es una obra de alta espiritualidad y que se titula Arte General de Meditación y contemplación, sobre el Arte General del Doctor iluminado y mártir glorioso Raimundo Lulio. La Provincia de Granada conserva otro, denominado Examen de la Revelaciones contra P. Cipriano de la Orden de S. Francisco de Paula. Ambos volúmenes están inéditos. Falleció en 1718.
Fray José de Rivera, hijo de Pedro de Ribera y de Dª María de Olmedo. Fue adscrito a la provincia de Granada el primero de noviembre de 1690. Como ser humano estaba adornado por todo tipo de virtudes, de entre las que sobresalía la paciencia, la humildad, la mansedumbre, la caridad y aquellas que resplandecen en el trato caritativo hacia los demás. Por tres veces fue elegido Guardián y otras tantas Definidor. Eminentísimo en Teología Moral, escribió un libro, que no llegó a publicarse, llanado Tratado del Mal Supremo, o pecado mortal. Lleno de méritos y reverenciado por quienes lo conocían, falleció el seis de octubre de 1743.
Otro de los frailes que, por su saber y prestancia, dio lustre al convento fue Fray Juan Zambrana. Era hijo de Ildefonso Zambrana y de Manuela Valencia. Había nacido en Fuente del Maestre, de la provincia de Badajoz. Fue incorporado al convento de Priego de Córdoba el diecisiete de julio de 1698. Sus cualidades personales y su preparación intelectual lo llevaron a que fuese nombrado dos veces Guardián, una Maestro de Novicios y otra Definidor. De mente preclara y aguda se distinguió como profesor de Teología. Las obras que compuso fueron: Florilegio de Devociones y Alegación contra los Padres Carmelitas Calzados. Estos habían intentado conseguir para ellos una fundación en la villa de Priego. Dicha obra se conservaba en el archivo del convento. En el año que se escribió la crónica que comentamos aún no había fallecido.
Como colofón de esta antología de beneméritos frailes que santificaron el convento, quiero hablar finalmente de tres de ellos a los que por los méritos de sus virtudes y buenas obras, Dios los distinguió especialmente llegándolos a dotar del poder de hacer milagros, según en dicha Crónica se nos narra.
Uno de ellos es el corista Fray Juan Gutiérrez de Villena. Había nacido en Priego de Córdoba y era hijo de Francisco Gutiérrez y de Teodora Eugenia. Ingresó en el convento de Granada, casi recién dejada la niñez, pues sólo contaba quince años. Una vez terminado el noviciado fue asignado a la escuela de Artes, donde demostró admirablemente sus cualidades para las letras. Su deseo de perfección espiritual y santidad hizo que se entregase sin desmayo, a la práctica de todas las virtudes. Tanto que el cronista nos dice que parecía más un ángel que un hombre.
De forma preclara refulgían en él nítidamente una gran humildad, un profundo silencio, y una admirable castidad. Se puede decir que un halo de buenas costumbres lo adornaba, elevándolo sobre las cosas creadas. Mortificaba su cuerpo con rígidas penitencias, de manera que lo sometía totalmente a los vehementes deseos de su espíritu. Se veía favorecido en su comunicación con Dios por su paz y tranquilidad interior. Su esfuerzo en la consecución de la perfección, tanto en la práctica de las virtudes, como en la de las artes, a que se hallaba entregado le llevó a padecer una lenta fiebre de la que no se veía libre. La tisis comenzó a avanzar de forma lenta y asidua de tal manera que, aunque le supuso un gran esfuerzo, tuvo que volver a este convento. Una vez puesto en camino, la caballería que conducía a este siervo de Dios murió repentinamente. El hermano que lo acompañaba se dirigió inmediatamente en busca de otro animal. Cuando volvió al lugar donde había dejado a fray Juan, no sólo no encontró al caballo muerto, sino que lo halló vivo y totalmente sano. Sobremanera admirado le preguntó a fray Juan el porqué de que el animal que había muerto se encontrase perfectamente sano y vivo, a lo que éste, dada su gran humildad, no respondió. Todos los que conocieron la noticia dieron por seguro que Dios, en su infinita Bondad, había resucitado al caballo, movido por las oraciones de su querido siervo. Tampoco le supuso mejoría alguna para su salud su estancia en este convento, pues de nada le aprovecharon los cambios de aires. Cinco horas antes de su muerte recibió el magnífico regalo de que se le apareciese el Padre Seráfico, quien lo invitó a subir con él al cielo. El compañero que lo cuidaba, al ver que en el estado en que se encontraba, se había arrojado del lecho y con grandes muestras de amor y reverencia besaba unos pies que él no veía, le pregunto la causa de tan inusitada actitud. Por él sabemos que San Francisco había favorecido a su bien amado hijo con el inapreciable don de su aparición. Finalmente el día dieciséis de julio de 1705, con la misma paz y tranquilidad con que había transcurrido su vida, y en la flor de la juventud, pues sólo contaba diecinueve años, entregó su pura e inocente alma al Creador. Su cadáver fue sepultado en el túmulo común dedicado a los hermanos.
El segundo de estos humildes frailes al que Dios otorgó el poder de hacer milagros, fue el predicador Fray Carlos Gavi. Nació en Granada y sus padres fueron D. Julio Gavi y Dª Juana Daza, matrimonio de sanísimas costumbres cristianas que se esforzaron por inculcarlas en su hijo desde la más tierna infancia. Como consecuencia de su elevada formación espiritual nació en él el deseo de ingresar en la Orden Franciscana Descalza. Deseo que se cumplió al ser admitido en ella el veintisiete de febrero de 1686. Ávido de todo género de virtudes, resplandeció de forma singular en la castidad, la pobreza, la humildad, la obediencia, la piedad y la religiosidad. Entre tanto cúmulo de virtudes, siempre pedía especialmente a Dios una y ésta la buscaba desde lo más profundo de sus entrañas. Ésta era la caridad, que ciertamente es considerada la Reina de todas las demás. Corriendo tras el perfume de esta virtud, recibía de sus superiores con inefable gozo, cualquier tarea que ellos le encomendasen. Inflamado por el celo de la salvación de las almas, acogía infatigablemente a aquellas que venían a purificarse en la saludable penitencia. Ponía el esfuerzo de sus manos y su trabajo, siempre que se lo permitían sus superiores, lleno de misericordioso ánimo y con inusitada rapidez, al servicio de los restantes religiosos o de cualquier necesitado. Movido por esta desinteresada caridad y dotado de su peculiar limpieza de mente nunca juzgó a nadie torcidamente. Velaba con celo extremado por la salud de los enfermos más próximos. Cuando llegaba a sus oídos que alguien estaba aquejado de alguna enfermedad inmediatamente se postraba ante la bendita imagen de María Santísima, recordaba bajo el misterio de su Purísima Concepción, y con ardiente súplicas permanecía ante ella durante tres o cuatro horas, ya de rodillas y con los brazos en cruz, ya postrado con la frente en el suelo, emitiendo sus fervientes oraciones con las que más de una vez, podríamos decir, arrancó de su dulce Madre, la tan deseada salud para el enfermo.
Como prueba de curaciones milagrosas conseguidas por su intervención vamos a exponer dos casos que nos refiere el cronista del convento.
El primero de ellos fue el obrado en la persona de Dª Lucía Agraz. Esta señora era natural de Priego de Córdoba. Venía padeciendo desde hacía mucho tiempo un tumor de estómago que se preveía que iba a acabar con su vida. No encontrando otro alivio de su mal recurrió al siervo de Dios para que, por su mediación, la Santísima Virgen el restableciese la salud. Este le respondió a la enferma que si encomendase su caso a la Madre de Dios con verdadera fe, con total seguridad quedaría sana. Él por su parte, aquella noche se refugió en el camarín de la Virgen donde tantas satisfacciones había experimentado su alma, y con ardientes ruegos suplicó a María Santísima que concediese la salud a la enferma que se había confiado a él. La Madre de Dios no desoyó sus súplicas y Dª Julia, a la mañana siguiente, se levantó de la cama completamente sana.
El segundo de ellos, por la forma en que se llevó a cabo, fue mucho más espectacular y llamativo, ya que ocurrió en público durante la celebración de las fiestas de la Purísima Concepción a las que tan devotos sabemos que eran los habitantes de esta villa.
El hecho milagroso se realizó en la persona de Dª Jerónima Morales, también natural de Priego de Córdoba. Esta joven había quedado inválida desde muy pequeña y no se podía desplazar si no era haciendo uso de unas muletas. En cierta fiesta de la Purísima Concepción, como hemos dicho antes, delante del mucho público que había presente, se postró a los pies de Fray Carlos y con ardientes ruegos le pedía que impetrase de la Virgen su curación. Éste con sosegada tranquilidad le dijo: “ Hija arroja esas muletas y camina en nombre de la Santísima Reina”. Así lo hizo y el vigor volvió inmediatamente a sus piernas y no volvió jamás a usar muletas. Todo el público que se encontraba presente reconoció el hecho como un milagro llevado a cabo por la Santísima Virgen, como un favor a las oraciones de su amado hijo.
Así fue la trayectoria de este siervo de Dios por la vida. Un continuo esfuerzo por la consecución y perfeccionamiento de todas las virtudes y una caridad sin límite siempre dispuesta a ayudar a cualquier necesitado.
Finalmente lleno de méritos y de días se durmió en el Señor en el año 1740. Su cuerpo fue inhumado en la iglesia del convento en la fosa común entre los huesos de sus restantes hermanos.
Como broche final vamos a recordar a un sencillo fraile, cuya vida fue una constante entrega a conseguir la perfección, un seráfico amor a Jesucristo y a su Santísima Madre y una dedicación absoluta a todos los que pudiesen necesitar algo de él.
Se trata del donado Fray Francisco Chacón y, aunque no queremos pecar de pesados, consideramos que tal dechado de virtudes bien merece que hablemos con un poco más de amplitud que la que hemos dedicado a exponer brevemente los méritos de los que ya hemos referido.
Este buen fraile, “hombre poderoso claramente en prodigios,” como lo llama el cronista, había nacido en un lugarejo de la Alpujarra llamado Lucainena, el 10 de mayo de 1669. Sus padres fueron Francisco Chacón y Eugenia del Castillo. El haber perdido a su madre, siendo aún muy niño, y el segundo matrimonio de su padre, quizá motivasen que a la tierna edad de siete años ingresase como criado en los Dominicos de Granada.
Afianzada su vocación religiosa intentó buscar su perfección en conventos de los Menores, de los Observantes y finalmente de los Capuchinos. En ninguno de ellos encontró el deseado clima para alcanzar la santidad que perseguía con todas sus fuerzas.
Finalmente, por una revelación divina, conoció que su lugar se encontraba con los Descalzos de S. Francisco, en cuyo convento de Granada ingresó el trece de agosto de 1693, a la edad de veinticuatro año.
La fecha de su incorporación al convento de Priego de Córdoba no figura en la Crónica que comentamos, pero fue aquí donde más ampliamente se manifestó la fuerza de sus virtudes y la santidad de su vida y donde llevó a cabo sus obras milagrosas.
Ya, desde los primeros momentos de sus ingreso en la Orden Seráfica, su espíritu se vio favorecido tanto de los dones celestiales, como perturbado por los embates del Maligno, que, viendo el formidable ejemplo de santidad que llegaría a ser, procuraba con sus insidias apartarlo de la vida religiosa.
Su amor a Dios y su entrega a la perfección y santidad fueron tan absolutos que, como recompensa, se vio favorecido por la gracia divina con el don de obrar milagros, la fuerza para expulsar a los demonios de los cuerpos de los posesos y hasta del don de la profecía.
El mismo cronista dice que sería extenderse hasta el infinito si se quisiesen narrar todas las curaciones y hechos milagrosos obrados por este alma de Dios.
Llevado de su profunda humildad, para que el hecho milagroso no se atribuyese a su persona, acostumbraba a emplear algunos medicamentos inocentes y no perjudiciales y a veces hasta contrarios, con el fin de que las personas considerasen la sanación más como un efecto de estas inocuas medicinas que como debidas al poder de su persona.
Como prueba de ello vamos a referir el milagro llevado a cabo en el cuerpo de un presbítero de Granada, llamado D. Juan de Valenzuela.
Éste se hallaba aquejado de una grave hidropesía, que desde hacía seis meses le hacía padecer de unos angustiosísimos dolores. Encontrándose en este estado y sabedor del poder curativo de Francisco lo requirió para que le remediase de su enfermedad ya que había sido desahuciado por los más insignes médicos que le dijeron que no había fuerza humana que lo sanase y que su fin estaba cercano. Éste presbítero tenía además una sobrina que padecía de unos bultos en el cuello que, a veces, parecía que la iban a asfixiar. Cuando Francisco se encontró con ambos, inmediatamente, llevado de su tierna compasión, tomó como suyos los padecimientos de los dos. Mandó que prestamente le trajesen una jarra de agua y le dijo al hidrópico que la bebiera y se vería libre de su enfermedad. Los allí presentes quedaron estupefactos, al ver que intentaba aplicar un remedio tan dispar. Sobre todo porque los médicos le habían prohibido beber.”No hay miedo” dijo Francisco “beba y mantenga firme su vacilante fe y quedará sano y, cuando llegue a su casa, coma todo el alimento que le apetezca y beba agua que se llevará consigo, tomada de la misma fuente”. ¡Caso prodigioso!, inmediatamente se cumplieron los mandatos de este médico celestial y desapareció rápidamente todo signo de la enfermedad que aquejaba a D. Juan de Valenzuela. El siervo de Dios dirigió su mirada a la sobrina y observando cuidadosamente el cuello inflamado, que a causa de la enfermedad había tomado forma de esfera, lo ungió, tranzado sobre él la señal de la cruz, mojando previamente los dedos en su saliva. Inmediatamente desaparecieron los tumores, no dejando rastro alguno.
Igualmente poderosa fue su virtud de expulsar a los demonios de los cuerpos de los posesos. Aunque las furias infernales cuando eran arrojados de los cuerpos de los infelices a los que poseían se ensañaban con él y los perseguían con innumerables vejaciones, llegando incluso a atacarle corporalmente. Cuando realizaba cualquier expulsión demoniaca, tenía que estar prevenido contra ellos, ya que en más de una ocasión lo arrojaron contra el suelo, haciéndole derramar sangre por la nariz y oídos a consecuencia del terrible golpe. En cierta ocasión fue lanzado de cabeza desde un lugar bastante alto, lo que el ocasionó la perdida del sentido y fracturas en ambos brazos y heridas en la cabeza.
Uno de estos casos de dominio sobre los seres infernales se dio con Dª Juana Sánchez. Ésta se veía atormentada por unas bestias inmundas que le provocaban horribles padecimientos. El siervo de Dios fue llamado para que la librase de tales monstruos. Acudió con rapidez y al mismo tiempo se congregó una multitud de curiosos, ávidos de contemplar la actuación de Francisco. En cuanto la posesa lo vio, comenzó a gesticular con tremendos y horrendos visajes de su cara y cuerpo. Entonces el siervo de Dios, echando un cordón al cuello del energúmeno, lo condujo a la fuerza a un lugar donde había un emparrado, y allí mandó a todos los que estaban presentes que hincados de rodillas rezasen la Salve Regina. Mientras los devotos piadosos rezaban lo que les había pedido, el fervoroso Francisco no cesó de exhalar su carismático aliento en los oídos y en los ojos de la posesa. Gruñían las fieras de Infierno arrojando grandes llamas no queriendo ceder al gran poder del siervo de Dios. Abandonaron finalmente el desgraciado habitáculo de la pobre mujer, quemando a su paso la mitad del emparrado que ya hemos mencionado. Entre la muchedumbre se encontraba un tal Diego Romero que profesaba cierta incredulidad sobre los prodigios de Francisco. De pronto sintió en su rostro un intolerable calor.”¡ Oh Jesús !- dijo, - ¿ qué es esto? e inmediatamente se marchó a su casa, donde su mujer estupefacta contempló que tenía quemadas las cejas y los párpados. Mientras ocurría esto, Francisco dijo : “ Bastante confuso y avergonzado se ha marchado a su casa Diego Romero, puesto que, por causa del demonio, se ha visto afectado de una saludable quemadura, que no le causará lesión por ello y, ya que es incrédulo al poder de Dios, vendrá sin embargo aquí, a suplicar perdón ante todos los presentes“. Así ocurrió ciertamente. Volvamos finalmente junto a las parras, en las que, entre la frondosidad y hermosura de sus frutos, se contemplaban los negros horrores del fuego. Entonces el siervo de Dios, con la mezcla de los polvos de su calabaza, ( siempre la llevaba consigo y contenía ésta unos polvos, cuya composición solamente Francisco conocía y los solía emplear en sus curaciones milagrosas) mandó quemarlos con polvo de azufre y sahumar los sarmientos calcinados y todos los rincones de la casa. ¡Cosa admirable!. Enseguida con la emisión de los vapores, volvió el primitivo verdor y los anteriores frutos, y se desvaneció de la casa todo el hedor infernal.
Muchos más son los milagros y hechos prodigiosos que se cuentan de esta bendita alma de Dios en la Crónica que comentamos. Igual que el cronista, tampoco quiero yo poner a prueba la paciencia de mis oyentes.
Falleció finalmente, a la edad de 73 años, el sábado Santo, ocho de abril de 1742 cuyo comienzo trajo la última enfermedad del siervo de Dios. En ella resplandecieron, sin embargo, la paciencia y la mortificación fuera de lo humano, pues no consintió, como era su costumbre probar carne ni otros alimentos que él consideraba exquisitos. Yacía en cruz entre los dolorosísimos tormentos y suplicios de la enfermedad y, como verdadero émulo de S. Francisco, pidió insistentemente que lo dejasen morir soportando el dolor y que, cuando expirase, lo enterrasen desnudo en la desnuda tierra, para devolverle a ésta sus miembros en la más absoluta pobreza.
El pueblo acudió en masa a su entierro y todos querían llevarse alguna reliquia de él pues lo consideraban, ya en vida, un santo. Tan grande era el deseo de estos devotos fieles que hubo que poner guardas alrededor del féretro para que, en su vehemencia, no lo destrozasen en su afán por obtener alguna reliquia.
Con este breve recorrido que hemos hecho por los Privilegios papales concedidos al convento y por la valía intelectual y espiritual de algunos de los benditos frailes que lo habitaron, concluimos con que este fue un convento más de los muchos con que los Franciscanos problaron nuestro país y de los cuales irradiaba una luz espiritual, una pureza de costumbres y un nivel intelectual que unidos todos mantuvieron en nuestra patria los propósitos con los que nació la Orden del Seráfico Francisco de Asís. .
Priego de Córdoba, Agosto, 1.996
Manuel Villegas Ruiz