8/8/08

EL CONVENTO FRANCISCANO DESCALZO DE MÁLAGA, SEGÚN UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII (2)

Este trabajo que hoy presento a los Cursos sobre el Franciscanismo en Andalucía, es la continuación del que ofrecí en el que tuvo lugar en el año 2006 y que por la extensión de la crónica en la cual el autor nos narraba los avatares de dicho cenobio, por mor de la brevedad, tuve que dividir en dos partes, la segunda es, como he dicho, la que hoy os ofrezco.
Preparación de la iglesia y el convento pequeño
Una vez que se instalaron los hermanos en la casa que les había donado Dª Beatriz de Mendoza, y fue nombrado, el 6 de septiembre de 1683, guardián del convento fray Juan de Balaguer, se dispuso a acondicionar, como convento, lo mejor posible, la casa recibida y además construir una pequeña iglesia en la que pudiesen celebrar los cultos religiosos los hermanos. Dª María Ovando, para ayudar a su construcción, donó graciosamente quinientos ducados y el Dr. D. José Barcia Zambrana, canónigo, por aquél entonces en Santo Monte de Estepota y después obispo de Guadix, cedió a los alcantarinos dos casas para que fuesen vendidas, con la condición de que estos frailes predicasen durante quince días y a perpetuidad, en la referida ciudad, unas misiones. A pesar de lo sustancioso de tal donación, la provincia devolvió las casas, sin haber llegado a venderlas. el 16 de septiembre de 1688. Sin embargo el ayuntamiento malagueño, en la reunión celebrada el 7 de diciembre del referido año, les cedió, para la construcción del convento, una parcela de tierra, conocida con el nombre de Uncibay.
Portento de S. Pedro de Alcántara en el primer cambio de lugar del convento
El 18 de julio de 1687, fray Antonio de la Peña asumió el cargo de prefecto de este cenobio. Sabiendo que el lugar que habitaban era incómodo, por muchas causas, para los frailes, inmediatamente decidió, tras las correspondientes consultas con el provincial, trasladar la comunidad a una casa más amplia que tenían puesta en venta los herederos de D. Alfonso García Garcés, prebendario de la catedral y que recientemente había fallecido. Una vez obtenido el correspondiente permiso para el traslado, se trató sobre el precio de venta de la mencionada casa. Los vendedores, conociendo la necesidad que tenían los frailes la tasaron en veinte mil ducados. El síndico del convento, solamente poseía de éstos, quinde mil reales, conseguidos de distintas limosnas de los agradecidos fieles. Confiando en Dios y para rogarle que los dueños de la casa pusiesen un precio más razonable, el superior ordenó que en el convento se celebrase una novena en honor de S. Pedro de Alcántara. ¡Cosa prodigiosa! el noveno día, una vez finalizada ésta, el gobernador militar, D. Alfonso Rentero de la Fuente que al mismo tiempo era concejal del ayuntamiento, parece ser que, movido por el Cielo, entró en el convento y apremió al guardián del mismo para que intentase de nuevo la compra de la casa en el precio que le pidiesen. El guardián realizó nuevamente la oferta y el 7 de noviembre del año 1687 se llegó a un acuerdo de venta por once mil ducados por lo que inmediatamente se confeccionaron los correspondientes contratos de venta y la casa pasó a poder de los alcantarinos, quienes, en su reparación y acondicionamiento de la misma como convento, aunque parezca irrisorio, sólo tuvieron que emplear treinta mil ducados, cosa que también parece que fue por intervención del Bendito S. Pedro de Alcántara.
Fogoso levantamiento de los observantes oponiéndose a que los descalzos llevasen a cabo el mencionado traslado y solucionado por éstos amigablemente
Como en todos los conventos cuya crónica he llevado a cabo, hasta ahora, no ha faltado en ninguno que, por alguna razón, los franciscanos observantes, se opusiesen, de una forma u otra, a los propósitos de los descalzos. Tan poco faltó en esta ocasión, ya que, al día siguiente antes de que la compra de la casa fuese refrendada por un documento público, los observantes se opusieron con todas sus fuerzas al traslado del convento, arguyendo las causas siguientes: primera, que entre su convento y el lugar en el que pretendían establecerse los descalzos no había ni siquiera una distancia de mil ochocientos metros, la segunda era que las limosnas disminuirían considerablemente, con el consiguiente perjuicio que ello ocasionaría a su iglesia, y otras razones que, consideradas en cuanto a su valor intrínseco, parecerían ridículas ante cualquiera que observara su actitud objetivamente. A pesar de la intervención del ilustrísimo señor obispo, del provincial de los descalzos y nuestros superiores, rogándoles a los observantes y especialmente al provincial de los mismos, fray Bernardo de Arjona y al guardián de su convento de que no llevasen el asunto tan lejos como para presentar un nuevo litigio, los observantes hicieron caso omiso a los ruegos de tan importantes personas y presentaron un pleito por un asunto tan baladí, ante la Chancillería real de Granada y ante el eminentísimo nuncio de los reinos hispanos, D. Marcelino Durazio. Ambas partes litigantes emplearon en el proceso todos los argumentos legales. La vista de la causa duró catorce meses y los observantes ocultaron las actas del pleito durante un trimestre. Además obraron arteramente pues de forma simulada entregaron al pueblo cierto manuscrito repleto de sátiras y burlas contra los descalzos. También obraron con malicia ya que hicieron correr el rumor de que el vendedor de la casa la había tasado nuevamente en un precio superior y, por ello, los descalzos no podrían adquirirla.
Nuestro síndico, en un arrebato de amor propio, llegó a decir: aunque se consumiese toda la fortuna de mi casa y propiedad, no habrá otro comprador para esa casa. Efectivamente la adquisición del inmueble se llevó a cabo por el precio anteriormente convenido, o sea, en los once mil ducados mencionados y los documentos de compraventa se ratificaron ante la autoridad pública el 20 de diciembre de 1688.
Reciente posesión del nuevo convento
El 14 de mayo de 1689, terminadas las diligencias jurídicas, les comunicaron a los descalzos el resultado favorable para ellos del litigio. El guardián del mismo, con gran sigilo, se volvió al convento, convocó a los hermanos y les comunicó que preparasen todas las cosas necesarias para el traslado y, que entre ellos, llevasen oculto el venerable Sacramento de la Eucaristía. La toma de posesión se llevó a cabo cuando era casi medio día. A pesar del sigilo con el que había sido preparada y dispuesta, se corrió la voz entre el pueblo que acudió en masa a presenciar la entrada de los descalzos en el convento y daban gracias a Dios por tan feliz evento, al mismo tiempo que, sin saber cómo, alguien dispuso que se pusiesen a repicar de júbilo, las campanas de la localidad. Los observantes, viendo su propósito defraudado, quisieron que los descalzos fuesen expulsados de su nuevo convento y que volviesen al antiguo domicilio. Para ello presentaron muchas diligencias jurídicas ante el viceobispo malagueño, la Chancillería real de Granada y, hasta el mismo nuncio de España. La fuerza de estas diligencias fue totalmente deshecha por nuestros argumentos jurídicos, pero mientras tanto, los observantes celebraron su capítulo provincial en el que eligieron a fray Francisco de Hita, como guardián de su convento malagueño. Éste, con toda honradez y limpieza, aceptó de hecho la posesión del convento por los descalzos y, depuestos los litigios, llegó a una concordia fraternal con el superior de ellos, con lo que se llegó a una estabilidad, al gusto de todo el pueblo y que, hasta ahora, permanece.
Diversos prodigios durante la edificación del templo
En todas las crónicas de los conventos, traducidas por mí hasta ahora, no faltan los hechos prodigiosos, cuando no milagrosos, durante la construcción de los conventos, iglesias u otros edificios, por parte de los descalzos. En éste no podía ser menos y el autor nos narra una serie de hechos portentosos que tuvieron lugar mientras se edificaba el templo del nuevo convento.
El 7 de junio del año 1690 fue nombrado guardián de este convento, fray Pedro Polanco. Conocedor de que la edificación de la iglesia de la mencionada casa, comprada por su predecesor, estaba parada por la insuficiencia de medios económicos para continuar con su edificación, dados, los enormes caudales que, para ello, deberían ser empleados, una vez consultado el superior de la Provincia, decidió edificar cerca de ésta una mayor. Para ello se vio favorecido con la entrega de varias e importantes limosnas, sobre todo una de Dª Francisca de Silva que le donó, para ello, nueve mil reales. D. Juan Bautista, cuatrocientos ducados, Dª Josefa Moreno, seiscientos ducados, además de una lámpara de plata y finalmente D. Pedro de la Torre Mendigorri donó trescientos ducados. Con ellos mandó al síndico que adquiriese unas casas, que fueron demolidas y ordenó que se excavaran los cimientos.
Ciertos prodigios achacables a la voluntad divina y que ocurrieron durante las obras
La tierra en la cual se estaban excavando los cimientos era de una calidad mínimamente removible y bastante deficiente para la solidez de los cimientos, por ello se hizo preciso emplear veinte pilares y que los obreros trabajasen buscando un suelo más profundo. No llegaron a hallarlo y no había forma de encontrar el medio para rellenar el lugar dejado por la ingente cantidad de tierra excavada, sin embargo, aquella noche, le plugo a la Divina Providencia producir unas ruinas que actuaron como una enorme roca que sirvió pata rellenar aquella fosa. Este milagro se produjo más expresamente en una profunda excavación realizada con el sudor de los hermanos y de los trabajadores, pues cuando habían excavado una vara junto al muro para que sirviese de robusto apoyo, se produjo aquella noche una horrífica y fragosa ruina que los edificios contiguos se estremecieron. Dio la impresión de que la pared derruida estaba esperando a que los obreros se marchasen para venirse abajo. Apareció un hecho infausto amenazando cierta parte del convento, ya que originó hendiduras en el deficiente muro y causó un daño evidente. Por ello, el maestro de obras, para que éstas se redujesen, aconsejó que éstas se cubriesen con cascotes, removiéndolos cerca de las obras vacantes. Sin embargo, como por milagro, se derrumbó totalmente uno de los ángulos que fue seguido, no mucho después por la destrucción del principio de lo ya construido. Esta doble ruina causó el mínimo perjuicio ya que ninguna persona se vio dañada y ni nadie de los operarios ni de los circunstantes, parece que por la intervención de la Divina Providencia, cayeron dentro de los cimientos ni sufrieron fractura alguna.
Otro prodigio digno de ser narrado ocurrió cuando una persona que transportaba materiales para la obra en un vehículo, se espantó el caballo que tiraba del mismo, pues se había roto la rueda. ¡Oh prodigio!, aunque en vano se apartó de la trayectoria del enfurecido bruto, no sufrió daño alguno. También una suerte dichosa similar favoreció a un pequeño entregado al servicio del convento. Éste yacía de mala manera en la barca de pescar que estaba anclada en la orilla y con la vela desplegada. De pronto se levantó un furioso e impetuoso viento que volcó la barca con el incauto muchacho. Los presentes, temiéndose lo peor, acudieron rápidamente para prestar ayuda y se quedaron estupefactos al encontrar ileso y sin daño alguno al que creían que había fallecido aplastado por el enorme beso de la barca. Otro hecho también prodigioso, cuando no milagroso, ocurrió cuando otro pequeño fue encontrado dentro de un profundo pozo que se hallaba en medio del lugar en el que se levantaba el templo. Inmediatamente invocaron como auxiliador a S. Pedro Alcántara y después de transcurrida una hora o más, mientras se buscaba la mejor forma de sacarlo, por fin lo extrajeron y fue hallado sin que hubiese sufrido la más mímica lesión, a pesar que había sobre él casi un metro de altura de agua y estuvo bajo de ella todo el tiempo que tardaron en sacarlo.
Concesión del patronato de la capilla de S. Francisco Solano
D. Pedro e la Torre Barrigorri, además de los trescientos ducados con los que había favorecido al convento, le donó a éste otros cien, para que sirvieren como ayuda en la construcción de la iglesia. Además se había obligado a edificar una capilla en honor de S. Francisco Solano, adornándola de todas las cosas necesarias y también a construir a sus propias expensas una escultura del Santo. Por tales motivos y como premio a tan magnánima actitud, se le otorgó el 7 de mayo de 1694, tras consultar antes la opinión del Definitorio, el patronato de dicha capilla, para que lo gozasen tanto él, cuanto sus descendientes.
El autor de la crónica, como en un totum revolutum, sin transición de continuidad, pasa a narrar una serie de hechos que yo, respetando el orden en el que están descritos, voy a referir.
Limosna peculiar
D. Diego de Argote, caballero de la Orden de Santiago, marqués de Cabriñana, además de otras ingentes limosnas con las que había favorecido al convento, le volvió a entregar graciosamente quinientos ducados para la fabricación de la iglesia. La Provincia decretó, el día 4 de junio de1967, que a perpetuidad, en la fiesta de la Purísima Concepción de María, cada año, se pronunciase, en este convento un discurso por su alma.
Insigne escritor
Fray Francisco Antonio Durán, profesor de sagrada teología y actual ministro provincial, cuyos padres fueron Matías Durán y Dª Isabel de la Sierra, nacido en Granada, en cuyo convento ingresó. Fue adscrito al nuestro el día 16 de noviembre de 1694. Divulgó sus profundos conocimientos en muchas y muy agudas asambleas, ilustrando al público, desde el púlpito y recibiendo de éste, en más de una ocasión calurosos aplausos, como premio a sus bien trabados discursos y exposiciones. Sus sermones más famosos fueron:
-Oración fúnebre en la muerte de fray Alfonso Méndez y etc., que fue publicado en la imprenta de Francisco de Ochoa.
-Discurso panegírico en la colocación de dos imágenes y etc. También fue publicado en Granada en la misma imprenta.
Su óbito tuvo lugar en este convento el 17 de mayo e 1698.
Beneficencia real
El 12 de noviembre del año 1698, fray José de Vargas, predicador y guardián de Santa María de los Abandonados y destinado como procurador en le curia de la provincia de Madrid, vencida la tenaz oposición, entre otros, de los intendentes generales, consiguió la siguiente cédula real, por ella se constituyen entre otros muchos censos reales, sobre todo la gracia del quinto aselo de este ciudad. La referida cédula se conserva en este convento y que traducida del castellano al latín, con toda fidelidad, dice así:
EL REY
Superintendentes generales y administradores de mis productos de todos mis reinos y jueces de mis dominios y potestades y otros ministros y personas cualesquiera que sean y etcétera…(se encuentra traducida en los archivo de este convento, elaborada en cuarto).
Bendición del templo, ya terminado, y colocación de la Eucaristía así como cierta breve controversia
La construcción del nuevo templo, junto con la oficina sagrada, duró nueve años. Fue terminada con total perfección. Fray Pedro Polanco bendijo el templo con solemne aparato el 13 de octubre del año 1701 y en él entronó la Sagrada Eucaristía. Al día siguiente la iglesia catedral malagueña, con la presencia de su ilustrísimo obispo, D. Bartolomé de Espejo, inició, costeado a sus propias expensas, un celebérrimo octiduo. El cual, también a sus expensas, continuaron las personas de título y concluyó el Ayuntamiento. Durante siete días la comunidad conventual ocupó el púlpito y el altar. Este hecho plausible, quiso el demonio enturbiarlo empleando la siguiente argucia: El patrono, D. Alfonso Rentero, durante todos los días que duró la solemnidad, intentó poner por la fuerza un asiento y una alfombra, para él y para su esposa. Esta pretensión iba en contra del derecho y el honor de todas las personas, algunas de las cuales eran más insignes y con más valía social, fue rechazada amigablemente por nuestro provincial. El patrono obedeció en el momento, una vez transcurridos los ocho días de la solemnidad, intentó conseguir su propósito, jurídicamente, con todas sus fuerzas, cosa que logró, ya que se le permitió, por razón de su patronato, que pudiese colocar siempre en el presbiterio y junto al altar mayor el pretendido asiento y la deseada alfombra.
La vida de un siervo de Dios
Fray Matías de Chávez, Definidor, fue considerado de grandes y encomiables dotes. Nació en el año 1639 en Santa María de Trufes, del Arzobispado de Santiago, en el reino de Galicia. Sus padres fueron D. Alfonso de Chávez y María Tenoira, ínclitos no menos por su sangre que por sus virtudes. Con el sano propósito de que su hijo recibiese la mejor educación posible tanto espiritual como material, lo entregaron a la familia seráfica. Se sintió llamado por la vida monacal y el 7 de septiembre del año1660, tomó el sagrado hábito franciscano en el cenobio de Granada. Llegó a ser maestro de novicios, después guardián del convento de Priego de Córdoba y, finalmente, en Granada, donde alcanzó el puesto de moderador de novicios, también fue superior del convento de Antequera y, por último llegó a ser elegido como miembro del Definitorio y llegó a nuestro convento malagueño, con el propósito de quedarse en él. Sus virtudes fulguraban un resplandor sin igual, pero sobre todo sobresalía en su profundísima humildad, ya que siempre se ponía a los pies de todos buscando continuamente un motivo para servirlos. De tal manera se comportaba con los seglares que nunca podían rechazar algún regalo honorífico suyo, y, hasta poseyendo los más nobles títulos que por su índole le habían sido otorgados, nunca consintió que le llamasen de otra manera que hermano Matías. Amaba tanto la pobreza que nunca empleó otros utensilios que los prescritos en las reglas seráficas. Ciertamente siempre buscó las cosas que fuesen las más despreciables. Su hábito y sus ropas no resistían el intento de ser remendadas. Siempre se sentía ofendido cuando se le ofrecía una vestidura nueva. Usaba el manteo que sus hermanos desechaban. Perdonaba a cualquiera de los seglares que, por afecto hacia él, o para beneficio de la Comunidad, o para consuelo de sus hermanos necesitados, por medio de las manos del prelado, libremente, le entregaba algunos regalos. Atento a sus subordinados, siendo superior, los socorría benignamente, mostrando siempre austeridad para consigo mismo. Se deshacía en amor por la salud de las almas, asistiendo al confesionario o ayudando a los moribundos. Nunca se le vio cansado en su continuo trabajar contra la ociosidad. Muchos de los que lo visitaban o tenían trato con él quedaban asombrados de su debilidad, que parecía cercana a la agonía; padecía, lejos de toda duda, un gran desgaste que afectaba a toda su salud que, a ojos vistas, se veía que se le iba deteriorando rápidamente. No soportaba que los demás padeciesen necesidad, por lo que se constituía en el procurador de los pobres, tampoco se sentía molesto con los ricos ni imprudentemente se dedicaba a la magnanimidad. Conociendo, por revelación divina, su agonía final, le dijo así a cierto compañero: En el momento de mi marcha, comunicad la noticia, en el momento justo de mi muerte, para que conocida ésta, rueguen a Dios por mí. Le había invadido ya una fortísima fiebre, de manera que parecía que se estaba cociendo en un horno. Mientras se cantaban los laúdes divinos, como si fuese el canto de un cisne, falleció el 15 de septiembre del año 1704. Por su ausencia, tanto los hermanos, cuanto los seglares, que tanto le amaban, derramaron profusas lágrimas. Descansa en el túmulo común de los religiosos y su piadoso recuerdo perdura hasta el día de hoy.
Liberalidad y ejemplo de cierto obispo malagueño
El día 5 de junio del año 1708, la Provincia decretó que, en todos sus conventos, se hiciesen numerosos sufragios por el alma del ilustrísimo Francisco de S. José, puesto que el piadoso príncipe, entre los muchos regalos que había hecho por igual a nuestros conventos, siempre con ánimo desprendido, donó a éste de Málaga trescientos ducados para ayudar a la fabricación de la iglesia, además de una pequeña cruz, bendecida en el convento de nuestra Señora de Montserrat, por la cual, cualquiera que la llevase, o recibiese la sagrada Eucaristía, obtenía indulgencia plenaria, aplicable a las almas del purgatorio. Cuando nos la donó, puso esta condición: que ninguno de los prelados, aunque fuese el general, se atreviese a sacarla de esta convento, caso contrario pasaría a pertenecer a la Compañía de Jesús. En más de una ocasión se comportó como un fraile más, ya que más de una vez, los acompañaba en el coro y comía en el refectorio las mismas pobres viandas que los hermanos ingerían. Muchas veces dormía en los duros lechos de los frailes, para hacer penitencia, de forma que, cuando se encontraba en el convento, cosa que ocurría con cierta frecuencia, era un fraile más entre los frailes.
Fábrica y terminación del nuevo convento
Fray Martín Cerezuela, profesor de teología y guardián del convento, había comenzado la construcción de uno nuevo, contiguo al viejo, allá por el año 1709 que felizmente fue terminado el mismo por fray Francisco Flores, también profesor de teología y guardián, el día 14 de noviembre de 1714, la Comunidad comenzó a habitarlo. Este convento es uno de los primores de la provincia y alberga cincuenta hermanos. En la construcción de su iglesia se empleó gran cantidad de dinero, tanto del que fue aportado por los frailes, cuanto del que éstos recibieron de sus múltiples benefactores.
Portentos prodigiosos
Durante la construcción de este convento, el autor narra algunos hechos prodigiosos que son dignos de mención. Cuenta que, mientras una nave surcaba el mar, cargada de maderas de Bélgica que se iban a emplear en la edificación del mismo, acompañada por cuatro barcos mercantes, se levantó una feroz tormenta y dos de ellos fueron tragados por el mar. Las dos restantes poco después de este desastre, llegaron al puerto de Algeciras, quedando sola la contratada por los frailes, que llegó felizmente al puerto malagueño. Otro prodigio que nos cuenta el cronista es el de un obrero que, estando en la cima de unos grandes peñascos, se cayó desde la cúspide. El desgraciado, mientras duró su caída, llegó a pensar que este era el último día de su vida, pero he aquí, que milagrosamente, cuando finalmente, llegó al suelo, se encontró sin daño alguno, como si la divina Providencia hubiese cuidado de él para que no sufriese ningún mal. Finalmente nos refiere que el lugar en el que se levantó el convento y la iglesia, había sido en tiempos anteriores, el sitio en el que había una casa pública poblada por meretrices en la que, frecuentemente en el desgraciado comercio de Venus, se perdía la honestidad. Sin embargo, este lugar indigno por su impudicia, sirvió de solar para que en su lugar se levantasen un convento y una iglesia, en los que se rendía culto a Dios y se reparasen las ofensas que en el mismo se le habían inferido, de forma que pasó, de ser un lugar de perdición y pecado, a un sitio consagrado a Dios, en el que los frailes y los fieles que acudían a la iglesia, con sus sacrificios y oraciones, hicieron olvidar con creces el nefasto uso al que antes había sido dedicado.
Reunión intermedia en este cenobio
El 19 de marzo de 1719, fray José López, ministro provincial, por facultad otorgada por el ministro general, fray José García, celebró un capítulo intermedio, que fue presidido por él mismo.
Erección de la venerable Orden Tercera
Por consejo del encomiable padre fray José García y por precepto del ministro provincial, fray Tomás Montalbo, el 16 de septiembre de 1721, en este convento, se erigió la venerable Orden Tercera, en cuyo día D. Manuel de Aguiar, canónigo de Monte Ilipuliano[1] de Granada, fue uno de los primeros que tomaron el hábito y después, en el año 1737, fue promovido para el episcopado de Ceuta. La referida y venerable Orden fue adquiriendo, cada día más auge y, para mayor culto al Padre Seráfico, en el año 1727, construyó, con consentimiento del Definitorio, una capilla, que fue costeada totalmente por sus integrantes.
Un siervo de Dios
Fray Pedro Martínez, confesor, nacido en Madrid, se acogió bajo el techo sagrado de los descalzos el 29 de noviembre del año 1680. Cambió su nombre por el de Fulgencio y fue enviado, con gran placer por su parte, al convento de S. Diego. Fue un hombre totalmente sujeto a la voluntad divina, por lo que aborrecía grandemente las costumbres e imperfecciones de las criaturas humanas, entregándose por completo a las prácticas religiosas, resplandeciendo especialmente por su ardiente caridad. Su conversación versaba siempre sobre asuntos celestiales. Ardía vehementemente por su celo por la salvación de las almas, de tal manera que, para prestarles ayuda y consejo a los pecadores, permanecía en el confesionario cada día, entre seis y siete horas. Paciente y humilde, no se sentía nunca afectado por los ultrajes, ni por las generosidades. Oprimido por gravísimos dolores, nunca se reflejó la alteración que le producían los mismos en su ánimo, ni tampoco se contemplaban en su semblante. Siempre rogó a Dios para que su enfermedad mortal fuese breve, para no resultar una carga para sus hermanos. La excelsa Majestad estuvo de acuerdo, pues además de los males que le aquejaban habitualmente, lo invadió una mortal pleuritis que antes de veinticuatro horas lo quitó de en medio. El que recibió a Pedro, al impartirle los últimos sacramentos, testificó con toda seriedad que, en los cuarenta años, que vivió como religioso, no cometió pecado mortal alguno. Desde que lo invadió la pleuritis, hasta su muerte, muchos devotos suyos, desde distinto puntos de la ciudad, vieron una resplandeciente luz sobre el monasterio, la cual, cuando el siervo de Dios emitió el último suspiro, o sea, el 7 de noviembre de 1722, desapareció de la vista de quienes la contemplaban. Unos atribuyen esta manifestación como un milagro, pero el autor nos narra otro, en el que remanifiesta más directamente la intervención divina. Ya hacía tiempo que cierta mujer estaba muy mal de los pies. Suplicante rogó insistentemente que se le diese cualquier cosilla que hubiese pertenecido al difunto. Entonces, compadecido el superior de la comunidad, le entregó un trozo de tela. Ésta aplicó este pequeño trapo a sus contraídos miembros, llena de una gran fe y, al momento, pudo hincarse se rodillas, recuperando la fuerza perdida.
Privilegio para el altar de S. Pascual
El día 11 de diciembre del año 1722. Inocencio XIII, concedió la gracia de un privilegio, durante siete años, al altar de la iglesia de nuestro convento dedicado a S. Pascual Bailón.
Fundación de los piadosos terciarios de las enfermeras del hospital
El 6 de enero de 1724, tomaron públicamente el hábito de las terciarias y el 19 del mismo mes, profesaron las hermanas Dª Mariana y Dª Eleonora de Torres, las cuales en el mes de septiembre de 1730, erigieron un hospital para ayudar a las mujeres enfermas, solamente a las que padeciesen de los pies y a las cojas, y lo pusieron bajo el patrocinio de Jesús Nazareno. Para ello, previamente obtuvieron las licencias necesarias del ilustrísimo sr. obispo de Málaga, D. Diego Torres Villalobos, así como las del ayuntamiento de esta ciudad, para lo cual fueron avaladas por escrito por el provincial del convento fray Tomás Montalvo, cosa que llevó a cabo, con todo agrado, el 3 de junio de1730.
Vidas de varios siervos de Dios
El cronista nos narra a continuación la vida de algunos frailes que merecieron ser considerados especialmente por su amor y entrega a Dios. Yo voy a referir abreviadamente, alguna de ellos.
Fray Antonio Díaz. Converso. Nació en la villa de Alfarnate, del reino de Elvira, siendo sus padres, Antonio Díaz y Jerónima Rodríguez Godoy, quienes lo educaron en las cosas honradas y, para que encontrase mayor carisma espiritual, lo entregaron a la familia seráfica, tomando las insignias de la Orden el 16 de octubre del año 1684 en el convento murciano de S. Diego. Fue digno de alabanza durante su noviciado y se encomendó con un esfuerzo tenaz a lo prescrito por las reglas franciscanas, de las cuales siempre procuró observar, hasta el más mínimo detalle. Resplandeció como un claro ejemplo de virtudes para todos los hermanos. Fue enviado al convento malagueño de S. Pedro de Alcántara, en el que transcurrió toda su vida religiosa, realizando la mendicidad por el campo. El resplandor de sus virtudes no tenía parangón. Ni se cubría la cabeza ni los pies, durante lo más crudo del invierno o lo más tórrido del verano. Castigaba su cuerpo, a veces, con excesiva crueldad, flagelándose hasta derramar sangre. Comía parcamente y dormía sobre duras tablas en el establo con las bestias. Dedicando al sueño, como mucho tres horas diarias. Su dulcísimo afecto hacia nuestro Redentor lo elevaba, en más de una ocasión, en un éxtasis amoroso. La pasión de Jesús le hacía frecuentemente derramar profundos torrentes de lágrimas, salidas de lo más profundo de su corazón
Se cuenta que la Divinidad lo había agraciado con el poder de efectuar prodigios. Refiere el cronista que, en cierta zona, llamada el Marqués del vado, había crecido un manzano limonero dulce, que estaba seco y producía grandes males a sus dueños. Él estaba especialmente atento a la familia del marqués, por ello, tomando un pequeño trozo de su hábito, se lo aplicó al mismo quien rápidamente comenzó a mejorarse y ¡cosa prodigiosa!, recuperó con su prístina amenidad su vivaz ánimo. Otro prodigio semejante a ésta fue el que experimentó el marqués de Alcántara. Cierto mulero venia para la ciudad de Málaga, conduciendo una recua de mulas, entre las cuales se destacaba una por su especial ferocidad, de tal manera que rechazaba a su dueño propinándole fortísimas coces. No obstante el siervo de Dios llegó al mulero, pidiéndole una mula para uso de la comunidad, rogando que se la diese por amor a Dios. El mulero le ofreció un pacto, que él solo condujese hasta el convento a aquella indómita y feroz mula. Asintió nuestro hermano y he aquí que este hombre de Dios, se acercó al feroz animal y sacó a la mula de la recua y con suma tranquilidad, como si fuese una pacífica oveja, la llevó hasta el cenobio. Todos los presentes quedaron estupefactos, pues temían que, al acercarse a aquel feroz animal, lo maltratase coceándolo y lo llenase de mordiscos. Pero, ¿qué es más admirable, que dominase a los brutos irracionales o que pusiese bajo su voluntad a las bestias de los infiernos?. Cierta posesa inculta de Casas Bermejas, estaba bajo el poder de un espíritu desvergonzado que lanzaba horribles bramidos que confinaban a la miserable a los rincones más recónditos siempre que el siervo de Dios se dirigía hacia donde ella estaba. Además estaba protegido de los elementos naturales, según pudo comprobar en cierta ocasión D. Pedro Villazo, de Málaga, quien habiendo estado junto al siervo de Dios durante todo un día en el que no dejó de llover, de pronto se dio cuenta de que éste tenía los hábitos totalmente secos, mientras que él se encontraba empapado por el agua que había caído.
Se vio favorecido por la Divinidad de prever los hechos que iban a ocurrir y, en más de una ocasión, sucedieron tal y como él los había predicho. Tal ocurrió con la premonición de su fallecimiento, ya que estando próximo éste, le dijo a un compañero: cuídate, pues dentro de poco yo no me encontraré entre los vivos. Por aquél entonces gozaba de una salud perfecta, pero la noche de aquel mismo día se vio invadido por una fiebre mortal. No llegó a recuperarse, a pesar de todos los remedios que le procuraron, así pues, pasó a la patria celestial el 4 de agosto de 1728. Su muerte fue muy sentida y llorada por multitud de personas que acudieron de todos los lugares, hasta de fuera de la ciudad, para manifestar su pesar por tan irreparable pérdida. Todos deseaban llevarse alguna reliquia del que consideraban un santo, por lo que la inmoderada rapiña de los devotos llegó a dejar su cuerpo desnudo de toda vestimenta. Fue sepultado en la fosa común de todos los hermanos.
Otro siervo de Dios
Sebastián Padilla, director de coro, nació en la villa de Comares en la diócesis malagueña, el 25 de mayo de 1630. Sus padres fueron Francisco Padilla y María de Bustos. Estaba dotado de unas magníficas cualidades y sus padres se esmeraron en proporcionarle una educación dentro de la más estricta ortodoxia cristiana. Ingresó en la Orden Tercera de Penitencia en este convento malagueño el 6 de octubre de 1727. Después de haber completado el noviciado, con plena satisfacción de sus superiores, pronunció sus votos. Su vida fue un cúmulo sin igual de virtudes. Los espíritus infernales, llenos de envidia, por tanta perfección, no dejaban de acosarle con tentaciones de todo tipo y hasta, en más de una ocasión se hicieron presentes ante él, para ejercer más presión sobre su seráfico espíritu. Sobresalía especialmente en la pobreza y en la obediencia, tanto que sus mismos compañeros lo consideraban digno de emulación. No había cosa que más desease que entregar a la pobreza todas sus pobres pertenencias. Era tal la fama de hombre bueno y santo que le precedía que, como siempre, gentes malas y envidiosas, pagaron a un sicario para que le apuñalase, pero la Divina providencia hizo que se curase de las heridas recibidas y los asesinos se enfurecieron aún más por este motivo, pero no volvieron a intentarlo de nuevo. Finalmente el 20 de marzo de 1729 entregó su alma a Dios. Su cuerpo descansa, separado de los otros, y totalmente incorrupto, en el monasterio real de los padres dominicos de esta ciudad.
Fray José López, profesor de teología, nació el 10 de diciembre del año 1678, en la Puebla de D. Fadrique, siendo sus padres José López y Eufrasia Martínez. Ingresó en nuestra Orden en el convento de Granada, poseía un profundo y sutil ingenio para las controversias escolásticas. No era despreciable como filósofo y como gran conocedor de los asuntos eclesiásticos. Escribió:
-Oración fúnebre panegírica, en la muerte del venerable Francisco Sanz, hijo de nuestra provincia. Fue imprimida en Granada en el año 1723. Falleció el 31 de marzo de 1731.
Fundación de la Congregación de S. Joaquín
El 15 de junio de 1731, los señores: José de Oliveras, presbítero, Francisco Fernández Rentero y otros diez, todos pertenecientes a los terciarios franciscanos del convento malagueño, después de obtener el correspondiente permiso, del ministro provincial, fray Tomás Montalvo, consiguieron del obispo de Málaga la autorización para fundar en la ermita y hospital de Santa Ana, una congregación, bajo el patrocinio de S. Joaquín, cuyos fines principales, entre otros, son: aplicar cada año algunas misas por aquellos que se encuentra en pecado mortal y, para conseguir su conversión y arrepentimiento, solicitar, a expensas de dicha congregación una misión pública anual que dure entre ocho y quince días. También entra dentro de sus fines entregar limosnas a los conventos de monjas más pobres de esta ciudad, así como proporcionar la dote correspondiente para el matrimonio a las huérfanas malagueñas.
Angustiosa epidemia
Corría el año 1741, y de tal manera la segur de la epidemia castigó a esta ciudad que murieron cerca de quince mil personas. Los descalzos, como siempre fueron los primeros que acudieron a paliar los sufrimientos de los apestados y atenderlos durante su mal y a la hora de su fallecimiento. Pero pagó la Orden un alto precio por esta inconmensurable obra de caridad ya que fallecieron los siguientes hermanos: fray José Cuervo, profesor de teología y guardián del convento, fray Juan López, lector de teología moral, fray Antonio Yaneti, predicador primario, fray Juan de la Chica, predicador y fray Juan Vilches Preses.
Todas estas pérdidas fueron muy sentidas, tanto en el convento, cuanto en la ciudad malagueña, pero quizá de forma especial una de la más dolidas fue la de fray Juan de la Chica. Había nacido en Málaga el 9 de junio de 1696. Sus padres fueron Jerónimo de la Chica y María del Olmo. Fue adscrito al convento de Granada, de donde pasó al malagueño. Era celebérrimo por su erudición y vastísimos conocimientos. Dominaba perfectamente la pluma tanto escribiendo el latín, cuanto en castellano. Escribió numerosísimas obras en ambas lenguas, de las cuales el autor nos refiera unas cuantas, pero que no, por mor de la brevedad, no voy a exponer.
El autor sigue narrando el comportamiento de los descalzos malagueños en la epidemia de peste que asoló la ciudad de Ceuta en el año 1743, y a la que, como siempre, acudieron, esta vez por petición de D. Gaspar de Molina, obispo de Málaga y del presidente del Consejo real de Castilla. Fueron enviados fray Dionisio Martínez y fray Gabriel de Mora, ambos predicadores, y el lego fray Manuel Melguizo. Llegaron a Ceuta el 13 de septiembre del referido año, y rápidamente se entregaron con encomiable celo al cuidado de los enfermos. El único que sobrevivió al contagio y a la consiguiente muerte, fue fray Gabriel Mora que permaneció en la ciudad durante los catorce meses que duró el mal. Los otros dos, en aras de la caridad, sucumbieron por el nefasto mal, dando con ello, como otros hermanos en parecidas circunstancias, muestras de su inefable caridad y amor por los hombres.
Reliquias que el convento posee
Como en todas las cónicas, por mí traducidas hasta ahora, el narrador nos hace un recuento de las reliquias de santos que cada cenobio atesora. Las de éste son las siguientes: Casi la mitad de la rodilla de S. Pedro de Alcántara. Un poco de piel, con algo de carne de S. Pascual Bailón. Un trozo de tibia de un palmo de larga y también otras dos mitades de las de los santos mártires de Arjona. Dos pequeñas partes de la tibia de S. Alejandro, mártir. Tres trozos de hueso, cada uno como de medio dedo, de S. Plácido, mártir. Tres tibias: una de Sta. Victoria, otra de S. Clemente y finalmente, la tercera de S. Benito, mártir. Dos fragmentos de tibias, una de S. Pancracio y otro de Sta. Olimpia, mártires. Parte del cráneo de S. Félix, mártir. Cierto hueso de S. Luís, rey de los franceses. Finalmente, también existen algunas partículas de santos desconocidos.


Munificencia regia
Los frailes de esta convento malagueño, a pesar de que ya gozaban de ciertos privilegios reales sobre el no satisfacer determinados impuestos, por razón de que se vieron constreñidos por los recaudadores reales que, desconocedores o sabedores de ello, intentaron que abonasen ciertas gabelas, se vieron favorecidos por el rey que los exoneró de ello emitiendo para los mismos el 12 de octubre de 1698 la cédula siguiente:
EL REY
Puesto que, por parte de fray Gabriel Muñoz de Zúñiga, procurador de la provincia de S. Pedro de Alcántara, de los hermanos de S. Francisco, en mi Curia, por parte de tres órdenes residentes en Granada: los observantes, los descalzos y los capuchinos, se presentaron ante mis regias manos un memorial en el cual se exponía la tranquila existencia de la posesión en los mismos conventos de una total exención y libertad de toda clase de tributos y especie de contribuciones sobre los géneros necesarios para ellos, ésta ciertamente había sido alterada por razón de cierto mandato real mandato mío del 7 de julio del pasado año 1744, por el cual se imponía la pena de confiscación a todas las especies encontradas fuera de los caminos, o en los mercados, o en las mismas casas; lo cual, de esta manera hacía soportar a los religiosos, casi como a los seglares un gravamen y un lamentable dispendio de contribuciones, como se ponía de manifiesto, aunque ellos estuviesen libres, por el rigor y la escrupulosidad de los empleados reales de mi administración, quienes, queriendo aumentar mis recaudaciones, limitaban mis reales cédulas, haciéndolas cada vez más extensas, ciertas e impracticables, constriñendo las reglas con pretexto de evitar fraudes, de manera que, para conservar sus privilegios, los obligaban a enredarse en pleitos, para redimir la vejación a que eran sometidos y asumir lo que, en justicia, les correspondía por las prerrogativas y excepciones, obligando a los conventos, a pesar de su extrema penuria. Lo cual me exponía y no por una leve inconveniencia superior nacida del anterior mandato real mío, por ello, para que fuese anulada la excepción concedida a ellos para que el consumo anual necesario de merluza salada, la tomasen libremente de contribuciones, ya que yo previniese que se les hiciese la devolución, en una estimación de la pescada salada, la cual deberían presentar, bajo juramento, al prelado, en relaciones comprobadas, antes del 12 de noviembre de1743, por la cual, hecha esta condición, con otras cualidades y condiciones expuestas en un memorial sellado, suplicando que me dignase confirmar y ampliar mis cédulas reales, declarando libre y exenta de todo gravamen y de contribución de toda clase de tributos que les fuesen necesarios para su consumo y mantenimiento, así como para sus vestiduras, medicinas y enseres necesarios para la iglesia, y lo que se mencionaba en el referido escrito regio referido más arriba del 7 de julio de 1744, se entienda y se cumpla, salvo en los requisitos y condiciones contenidos en él, ciertamente en la praxis, en los mencionados conventos, salvo en las que sean perjudiciales a la provincia bética, lo cual también los ministros no impedirán a los productos regios, ni a los prelados, o sólo por su arbitrio a los recaudadores, que en sus respectivos puertos, pedir alimentos y mendigar lo necesario, así como en las playas, para que no omitan examinar por ello las limosnas y, en caso de necesidad, a las personas, para evitar fraudes, cuando supongan que existe dolo manifiesto, y que no promuevan contra ellos litigios por causa de las contribuciones reales, ni vejaciones, molestias, ni obligarlos a unos gastos que no pueden soportar, dada su pobreza, ciertamente para evitarles una distracción sobrevenida, apartándolos de sus piadosos ejercicios. Sin embargo, como yo remitiese al Consejo de Facultades, para que la discutiesen esa instancia, y, por varias exploraciones de sus premisas, las cuales confeccionaron los cuestores generales de los precios y por los de las distribuciones y de los proveedores generales, analizadas por todos los de mi Consejo, con asistencia de los comisarios y diputados de millones, oídos mis fiscales, se me hizo presente lo que se ofrecía y parecía en lo estatuido el día 17 de noviembre de 1745. Y por la resolución de ello quise resolver que fuese mi voluntad que estas comunidades, totalmente, del mismo modo, gocen de las mismas excepciones que puedan gozar en Castilla los mismos religiosos. Además quise liberar a las comunidades béticas de la pena de las excepciones de privación que les fue impuesta por el ya mencionado mandato real mío del 7 de julio de 1744. Por esto, para la ejecución de esta manera (en cuanto a las cosechas regias y en cuanto el tributo de millones, la cual orden que se exhibe debe llegar a ser ejecutada) a los superintendentes de mis facultades reales, a los subdelegados del Reino, a mis oficiales, asistentes, gobernadores, jueces mayores y ordinarios, administradores, ediles, custodios y a los demás ministros y personas a las que ataña, o pueda atañer, de cualquier modo o manera, ésta mi cédula (o los ejemplares e la misma, debidamente autentificados), les impongo su ejecución, que la custodien y hagan cumplir, ya que ha sido resuelto por mí, segundo, como se ha dicho, pues de tal manera lo juzgo conforme y que se tome razón de esta mi cédula en los registros de mi recaudador mayor de precios generales y de la distribución de mis facultades reales y de las provisiones generales. Dada en El Pardo a 12 de febrero de 1746. Yo el Rey. Por mandato regio D. N…D. Andrés de Otamendi.
El autor, sin más comentarios, concluye la crónica del convento malagueño, poniéndola como insigne colofón de la munificencia real para con los alcantarinos de Málaga.
Yo, respetando su decisión he seguido su ejemplo y, de esta manera, finalizo mi exposición.
Manuel Villegas Ruiz
Priego de Córdoba, 2007
[1] Hubo varias Ilípula en Andalucía. Una de ellas se encontraba entre Estepota y Marchena. Desconocemos a cuál de ellas se refiere el autor