1/8/08

CUESTIONES SOBRE LA FE


Posiblemente soy muy simple. Quizá no busque mucho detrás de la apariencia de las cosas. A lo mejor me conformo con la imagen que me impresiona, y no me preocupo lo más mínimo por ver qué es lo que hay detrás de ella. Por ello confieso que la fe no me hace falta. La fe, por definición, es creer en lo que se ve. Sí yo tengo un pájaro en mi mano, no creo que tengo un pájaro en mi mano, sé que tengo un pájaro en mi mano. Si estoy hablando con mi esposa, alguno de mis hijos, o cualquier amigo, no creó que estoy hablando con ellos, sé, tengo certeza, estoy convencido, nadie me puede hacer dudar de que esté hablando con ellos. La fe es precisa, es necesaria y tenemos que echar mano de ella, cuando no tenemos certeza tangible de lo que vemos, o hacemos. La fe, como dice KIERKEGAD, es un salto al vacío. Es tener la certeza de que lo que tocas, aprecias o sientes no te puede llevar más allá de la que tus sentidos transmiten a tu intelecto, y por ello, desde ese plano sensorial y material, si quieres elevarte al espiritual, al intangible, al no sensible, has de salvar ese vacío que entre los dos existe y dar el salto que te comunique, desde lo material y grosero hasta lo inmaterial y espiritual. Pero, sí ese plano sensible y grosero demuestra para ti, para tu intelecto, para lo más profundo de tu mente, que no es necesario ese salto, entonces no precisas de la fe, no tienes que echar mano de ella, para salvar la distancia que hay entre los dos planos .Uno te ha llevado a otro sin tener que salvar abismo alguno, ni tener que exponerte a un salto en el que puede que fracases y no alcances tu objetivo y termines con el cuello intelectual roto.
La familia científica admite hoy, casi sin lugar a dudas, que esto que nos sostiene, que ese número incontable todavía de galaxias que pueblan lo que vemos y lo que no vemos, esa que la llamamos la gran explosión, tiene alrededor de cinco mil millones de años, y la plataforma, aunque sea redonda, donde los seres que respiramos y casi nos conocemos, lleva existiendo poco más o menos cuatro mil quinientos millones, también de años. A lo largo de ese tiempo, que me confieso incapaz siquiera de imaginar, admiten los científicos, con pocas discrepancias entre ellos, que ha estado funcionando una evolución, para que, desde los más pequeños vagidos de la vida, que también, es casi unánime que se produjo en el agua, se llegase al estado poco más o menos perpetuo aunque esta evolución continué aún su curso imperfecto en el que ahora nos encontramos. A propósito de dónde se originó la vida. Mahoma, un hombre que no parece fuese muy letrado y versado en asuntos científicos de tal envergadura, allá por los principios del siglo VII de nuestra Era, afirmó, no se quien se lo diría, en la Aleya 31 de la Azora XXI de su Corán, la siguiente frase “¿Pero ven los que niegan que los cielos y la tierra eran macizos y los rajamos a los dos y pusimos del agua toda la vida, es que no creerán?” y en la aleya 44 de la Azora XXIV, también dice: “..en esto hay motivo de reflexión... y Alá creó todo el mundo animal del agua ..”. O sea, que no precisó de muchos conocimientos científicos para llegar al aserto en el que casi todos estamos de acuerdo, aunque hallamos tardando tanto en saberlo, en que toda la vida nació del agua. Cuatro mil quinientos millones de años, cantidad inimaginable, de evolución, con, tanta imperfección y con lo que quede todavía por hacer. La vida del ser humano, en los mejores casos y en buenas, condiciones dura alrededor de los ochenta años. Y queremos, quieren algunos en esos años, misérrimos años, comprender, entender, juzgar, evaluar y dogmatizar sobre los que lleva andando y aún es imperfecto más de cuatro mil millones de años. El desplazamiento de los continentes, no somos capaces de apreciarlo en una vida humana y aceptamos su existencia. Bien es verdad que podemos medirlo con instrumentos muy precisos, pero lo cierto es que en una vida no somos capaces de apreciarlo. Con la evolución ocurre igual ¿Quién vio el paso del pterodáctilus ave? ¿Quién presencio el cambió del mamífero de tierra a la ballena? ¿Quién estuvo presente en la mutación del pitecantropus al homo en cualquiera de sus clases? El que lo viera que lo demuestre. Y sin embargo ¿quién duda de esos pasó? ¿Quién se atreve a poner en tela de juicio que sucedió? Pero ¿por qué se dieron? Después de la Gran Explosión esta tierra se vio cubierta de polvo cósmico y sin más leyes ni más dictámenes, como por arte de magia, se iniciaron esos procesos de evolución ¿hasta donde ahora estamos? ¿No era Newton el que decía que los cuerpos que están en movimientos tienden a permanecer en él y los que están en reposo igualmente tienden a quedarse en el mismo estado? Para modificar esta situación una fuerza, algo, alguien, ha de actuar sobre la situación del cuerpo y modificarlo de manera que cambie de fase. Por ello algo, alguien tuvo que actuar sobre lo que no era para hacer que fuese. Porque, si hubo una gran explosión y parece ser que la hubo, algo debió explotar y ¿qué era ese algo? ¿Desde cuándo estaba? ¿Quién lo hizo? ¿Qué era ese algo? ¿Se hizo él mismo? Creo que esta última pregunta es la que no podemos contestar, porque para ser alguien, y si ya es alguien, no necesita hacerse. Se perfeccionará o degradará, sufrirá modificaciones, pero, como ya es, no necesita, no pende hacerse. Pero es que si ya era, no tuvo principio, por lo tanto él es el ente y de ese ente se originó todo. Vemos que lo que salió de la famosa gran explosión está cambiando continuamente, se está degradando, modificando, mudando, evolucionando, en fin. Por lo tanto está sujeto a unas leyes, a unos principios, que vemos y comprobamos que inexorablemente se cumplen. Pero para que haya leyes ha de haber legislador, para que haya orden ha de haber ordenador, y nadie puede negar ese orden, ese cosmos, que continua y diariamente estamos presenciando. Cuando vemos que un animal mata a otro y lo devora, según nuestro criterio, no condenamos al que quita la vida, por haber eliminando otra, sino que lo aceptamos y entendemos como una manifestación a la “ley de supervivencia”. Cuando una araña extiende su primorosa tela para que en ella caigan los animalejos que le servirán de sustento, justificamos esa artera actuación como una manifestación más de la ley de la supervivencia. ¿Quién les ha dictado esas leyes ¿Quién le ha dicho al albatros que pasados unos días de la puesta del primer huevo, ponga otro como una especie de repuesto por sí el primero falla? Y es más ¿quién le ha dicho al polluelo de albatros nacido primero que cuando pasen unos días y eclosione el segundo huevo, él mismo, ante la impasividad de la madre, expulse del nido del recién nacido para que no le haga competencia en el reparto de alimento y así criarse él fuerte y sano, para de esta forma perpetuar la especie a y la supervivencia del más fuerte. Observemos el macrocosmos, el cosmos y el microcosmos y veremos que hay unas leyes que nadie transgrede, que hay unas actuaciones de vida y comportamiento, desde el más simple mimetismo, hasta la más cruel y sanguinaria según nosotros eliminación del más débil, que están regidos, controlados, regulados por unas pautas de comportamiento que, a veces son tan complicadas, y tan difíciles de entender, que no nos queda más remedio que reconocer que no pueden ser consecuencia de un albur de una aparición espontánea que se ha generado per se, sin control de nadie. Observamos una autopista de gran circulación. Mientras todos los conductores se ajusten a las normas de tráfico, a las leyes impuestas por los encargados de cuidar del orden, del cosmos en su primer significado, no ocurre nada reprochable sin ningún contratiempo ni percance. Que alguno se despiste, que alguien se salga de la norma de la ley reguladora, la catástrofe es terrible, los muertos y mutilados alcanzan, a veces, cifras aterradoras. Pero ¿qué es una autopista nuestra, por mucha circulación que tenga, comparada con las incontables autopistas del universo, o las del microcosmos? Estamos en la era de los ordenadores y la informática. Nos parece increíble el avance ocurrido en tan pocos años y todavía no sabemos hasta donde podrá llegar este fascinante mundo de la información, y aunque desconozcamos todo lo referente a esta ciencia sí sabemos que todo se nueve alrededor de unas instrucciones que alguien ha dejado impresas en unos circuitos a menos que alguien las altere. Opino que el gran ordenador del universo se puso en marcha en el momento en que el que lo construyó lo decidió así. Las normas, reglas, leyes, pautas de conducta, las imprimió de forma indeleble en él y así vemos que todo se ajusta y rige por esas leyes y esas instrucciones dadas al ordenador. Cosa parecida pensaba el gran abogado, filósofo y orador Cicerón, que no creía en el panteón de dioses que lo rodeaba, tanto etruscos y latinos cuanto traídos de todos los pueblos conquistados. Él creía en una Causa eficiente que había ordenado todas las causas secundarias y así lo confesó cuando los esbirros de Marco Antonio fueron a asesinarlo y pronunció la famosa frase: “Causa causarum miserere mei”, o sea Causa de las causas ten misericordia de mí. Con ello manifestó su convencimiento de que había habido alguien que había fabricado todo lo que nos rodea Otra cosa es que podamos comprender a quien lo confeccionó. Los ordenadores con los que trabajamos actúan según las instrucciones que en ellos imprimieron y no se les ocurre cuestionarla, ni siquiera plantearse su funcionamiento. ¿Qué pasa con este inmenso ordenador que es el universo visible e inimaginable Actúa, funciona, sigue su marcha, según las directrices que alguien le marcó. Ya sé que no es científico afirmar la existencia de algo sí no es sujeto de experimentación, sí no se puede someter en laboratorio a la prueba de error, acierto. Pero es que opino que probar la existencia del que dio las pautas de actuación a este inmenso ordenador en el que estamos, no es necesario cuando vemos como actúa y como cumple perfectamente el fin para el que fue puesto en marcha. Además en el momento en que queremos entender al que puso en movimiento todo lo que nos rodea estamos pretendiendo abarca una cosa que es inabarcable para nosotros. Recuerdo lo mal que lo pasaba en mi época de estudiante cuando me enfrentaba a un problema de matemáticas, física, traducciones de griego o latín. Eran inmensos, no los entendía, eran, superiores a mí y yo me sentía pequeño e inútil por no saber resolverlos, pero cuando a base de tesón, paciencia, uso de fórmulas o empleo de diccionario lograba solucionarlos, la felicidad me inundaba. Pigmeo ante un problema insoluble, había logrado superar lo que no entendía. Lo comprendía, lo abarcaba, en fin, lo empequeñecía de tal manera que era capaz de meterlo en mi mente, descomponerlo, deshacerlo y anularlo de forma que ya no constituía un problema para mí. Yo lo había superado. Yo lo había vencido. Ya era más pequeño que yo. En fin no había problema. Creo que a todos los seres humanos nos habrá ocurrido algo parecido en cualquier momento. Emprendemos una situación que no comprendemos y, cuando tras arduo esfuerzo, hemos logrado entenderla, casi siempre hemos dicho lo mismo ¿a esto se reducía el problema? ¿Esto era la tan gran dificultad? Creo que no podemos vislumbrar a quien organizó todo esto, precisamente porque nuestra mente no puede abarcarlo. Si cualquier rama del conocimiento lleva siglos de ser estudiada, si cualquier faceta del saber ha estado examinada por mentes brillantísimas y todavía no hemos llegado a un conocimiento total de ella. ¿Como podríamos abarcar con una sola mente, o con todos las inteligencia de la tierra, todo lo que se desarrolla en el universo que conocemos Pero ¿que hay del que aún desconocemos? ¿Mas si llegásemos a comprenderlo, jamás sucederá, todavía estaríamos muy lejos de adivinar quien señaló los caminos por donde habrían de discurrir todas las cosas que se le ocurrió poner en movimiento. Por una razón muy sencilla, si esas cosas salieron de sus manos, si esos raíles los trazó él, por fuerza han de ser más pequeños que él. Decirle al artista, al artesano al obrero: ¿Quién es mayor, tú, o tu obra? Estaría siempre presto a contestar: Yo. Mi obra ha salido de mis manos, esta hecha por mí, es más pequeña que yo, soy superior a ella y por tanto mayor que ella. Ningún artista se siente inferior a su obra, nadie se cree más pequeño que lo que él ha hecho. ¿Qué decir de este artista? ¿Acaso es inferior a su obra? ¿Por casualidad alguna de sus creaciones va a poder superarle? ¿Pretendemos acaso resolver el problema? ¿Queremos reducirlo a una traducción de griego o latín? ¿No habrá un punto (como se dice hoy) de soberbia en tal actitud? ¿No estaremos pretendiendo resolver lo que para nosotros es incomprensible?
Yo se que mentes mas preclaras que la mía han dedicado gran parte de su vida a desentrañar el problema. Hombres mucho más valiosos que yo han empleado mucho tiempo en tal empeño. Pero es que yo no tengo problemas. Para mí no hay empeño. Yo contemplo, observo y miro lo que me rodea y ya no necesito más. Posiblemente mi postura también tenga un punto de soberbia, pero es que yo, no necesito la fe, a mí no me hace falta, yo no tengo fe. Yo tengo certeza.