20/1/10

¿NOS ENTERAREMOS ALGUNA VEZ?

¿NOS ENTERAREMOS ALGUNA VEZ?

Menudo revuelo se ha armado en España con las palabras de Monseñor Martínez Camino sobre el aborto. Francotiradores de la prensa, la política, las asociaciones y un largo etc. Se han ensañado con él.
Desde el año 1978 en el que los españoles nos concedimos la Democracia estamos en un Estado de Derecho. Posiblemente una de las premisas más importantes de esa situación es la de que cualquier ciudadano, mientras no insulte, veje, infame o denigre a otro, tiene derecho a decir lo que quiera, donde quiera y cuando quiera. (Respecto a vejar e insultar a los demás podríamos preguntárselo a nuestros políticos).
Sentada esta premisa, también estamos de acuerdo en que otro ciudadano puede responder lo que quiera, pero con tal que se limite a las buenas normas de convivencia y no ataque de mala fe, resucitando inquisiciones, férulas, dictaduras eclesiales, etc, etc, como lo han hecho.
Pero hay una cosa que no se suele tener en cuenta. La Iglesia Católica, sólo habla para sus fieles. A nadie le pondrá un puñal ni una pistola en el pecho para que se afilie a la misma. La Iglesia Católica, como cualquier Sociedad y ella lo es, lo que ocurre es que sus dividendos y beneficios no los reparte en este mundo, tiene perfecto derecho a tener sus normas que han de ser cumplidas por los que quieran pertenecer a ella. ¿Nos imaginamos aunque sea por un solo momento un partido político que no tenga sus reglas y que no pida disciplina de voto? ¿Pensamos que hay alguna asociación, deportista, de tocadores de flauta, artística o recreativa que no tenga unos reglamentos que han de cumplir todos y cada uno de los que quieran pertenecer a ellas? Con toda seguridad la norma más importante de cualquier asociación o sociedad es el cumplimiento de su disciplina. Desde muy antiguo viene el obligado secreto de guardar las deliberaciones de las asociaciones gubernamentales, locales políticas, recreativas o de cualquier otra clase, o sea, cumplir sus normas.
A quien no cumple con lo reglamentado en la corporación a la que pertenece es expulsado de la comunidad. Ya ocurría en las Collegia romanas y en las Hildas germánicas. Eso simplemente es la excomunión, palabra que tanto nos exaspera y crispa. Excomunión es separar al miembro que no quiere vivir en unión común con aquellos que sí se atienen a lo prescrito por el grupo que forman.
Pero si eso lo hace la Iglesia Católica, todos nos rasgamos las vestiduras, hablamos de tiranía, de dictadura eclesial y todas las cosas denigrantes que se nos ocurran, o sea, que vemos bien que un partido político, una asociación deportiva o musical expulse de sus filas a quien no se ajusta a sus estatutos y diatribamos contra la Iglesia si hace lo mismo. ¡Basta ya de hipocresías!
Uno de los deportes de algunos españoles, cuando han tenido oportunidad para ello, ha sido la quema de conventos, asesinato se curas y monjas y destrucción de los bienes artísticos, tesoros irrepetibles, por el mero hecho de que pertenecían a la Iglesia. Recordemos tantos sucesos a lo largo de nuestra Historia como la Semana Trágica de Barcelona. Hoy aún no hemos llegado a ello.
Otro fallo de los que diatriban contra el cristianismo es que no se atreven a hacerlo con otras religiones. ¿Por qué no se meten con las que permiten la pedofilia ya que consienten que niñas de seis años contraigan matrimonio y, además de tener cuatro esposas legítimas, tantas concubinas cuantas se quieran? ¿Por qué no atacan a aquella cuyo fundador tuvo todas las esposas que deseó y contrajo matrimonio con una niña de seis años hija de su mejor amigo ¿Por qué no acusan a las que practican la ablación del clítoris? ¿Dónde están las feministas? ¿Miedo, cobardía o es porque la Iglesia Católica no toma represalias?
El espíritu anticristiano se está extendiendo por Europa de tal manera que se quieren negar nuestras raíces cristianas. ¿Qué hubiese sido de esta pobre y vieja tierra sin las peregrinaciones a Roma o a Santiago, vías de transmisión del saber de los pueblos? ¿Qué conoceríamos hoy de los clásicos, piedra fundamental de nuestra civilización occidental, si no hubiera habido unos anónimos monjes que se dejaron lo mejor de su vida copiando en perdidos monasterios el saber que nos legaron los que fueron los padres del conocimiento?
¿Dónde estaría esa Capilla Sixtina, ese David, ese Moisés, esa Pietá, tantas obras de escultura, arquitectura, imaginería y pintura cuyo motivo principal de su creación fue el de la religión cristiana? ¿Qué nos habría dejado Bach si no lo hubiese inspirado el cristianismo? ¿Quién gozaría hoy con el Cristo muerto de Mantegna, o con las obras de Fra Angélico, Murillo, Zurbarán, Velásquez y un extensísimo etc.? La lista sería interminable.
¿Qué sería de tantos leprosos, enfermos incurables, pobres de solemnidad a los que cuida La Iglesia? ¿Qué se lo pregunten a Cáritas y a tantas otras asociaciones benéficas cristianas que, según las palabras de sus dirigentes están totalmente desbordadas?
¡Claro que la iglesia tiene sus manzanas podridas, como cualquier agrupación de seres humanos! Retamos a que se nos diga que sociedad no las tiene. ¿Hablamos de algunos casos de políticos y de asociaciones musicales? ¿De la policía? ¿De los Ayuntamientos? ¿Del deporte en general? No, preferiblemente no. Todos los conocemos. Citaremos un refrán (aunque cierta ministra esté en contra de ellos) que dice: “En todas partes cuecen habas y en algunas a calderadas”. Pero es seguro que las calderadas más grandes no son las de la Iglesia Católica.
La Iglesia Católica habla exclusivamente para los que quieran seguir su doctrina.
¿NOS ENTERAREMOS ALGUNA VEZ?


Manuel Villegas Ruiz