20/1/10

¿DE QUÉ NOS QUEJAMOS?

¿DE QUÉ NOS QUEJAMOS?

Con harta frecuencia oímos la gran preocupación de los españoles por la falta de valores positivos de nuestros jóvenes. Se escucha en los corrillos de los bares, en las tertulias radiofónicas y televisivas. Lo leemos en la prensa. En fin hay una especie de clamor de la sociedad española por la recuperación de las cualidades inmutables y necesarias que hay que tener y defender para una pacífica convivencia.
No hace mucho tiempo, España entera se conmovió y sobresaltó por los sucesos ocurridos en Pozuelo de Alarcón. Todos conocemos los hechos. No hay que repetirlos.
¿Qué podemos hacer para que nuestros chavales pretendan recorrer el camino para alcanzar la moralidad cívica que necesita una sociedad para poder convivir en paz y en la que no triunfe la ley del más fuerte, el más osado o el mayor insolente?
Muy sencillo: inculcándoles las costumbres irrenunciables de respeto a las reglas por las que nos regimos los seres humanos para poder convivir en harmonía. Aristóteles dijo que el hombre era un animal político. Para la conveniencia de algunos ha sido interpretada esta frase como que el ser humano debería dedicarse a la política, es decir, al arte de gobernar. El sentido de la frase aristotélica es que el hombre tiene que vivir en una ciudad, polis en griego, o sea, en compañía de otros seres humanos. Pero para ello ha de cumplir y observar las reglas y normas que ese conjunto de ciudadanos se han dado para su buen gobierno.
¿Cómo se consigue este propósito? De forma muy sencilla. Hay un dicho muy español que reza: “El hombre como el arbolito, desde pequeñito”. A los nuevos planteles de árboles, (estamos hartos de verlo en nuestras calles), les colocan rodrigones a los que los atan para que éste crezca derecho y no se tuerza.
¿A qué podemos sujetar nuestros jóvenes para que crezcan derechos? ¿A las leyes? Hay muchas pero casi ninguna se cumple. ¿A la autoridad de los padres o a la de los maestros? Tanto unos como otros han perdido ese privilegio. A más de un padre o una madre los ha condenado un juez por dar un cachete o un coscorrón a su hijo. Más de un maestro ha sido agredido por un alumno, sin posibilidad de defenderse y con la intimidación de una denuncia, simplemente por haber llamado la atención a un jovenzuelo díscolo. Muchos no los denuncian por miedo a las represalias de la Administración.
Es incontrovertible que la responsabilidad de la educación es de los padres, pero también de los profesores, así como de nuestras autoridades, pero no olvidemos que el ser humano es un animal (con su parte, volitiva, intelectiva y espiritual, pero animal. La Evolución lo dice) y la mejor forma de enseñar a los animales, hasta ahora está demostrada es el premio y la reprobación.
No somos partidarios del castigo físico, pero reconocemos que un cachete, castigo o un coscorrón a tiempo vienen de maravilla para corregir un capricho innecesario o enderezar una conducta que empieza a torcerse.
Pero también hay otra cuestión: ¿Qué ejemplo están recibiendo nuestros jóvenes de sus mayores, sobre todo de los políticos que son los que están en el candelero, aparte de los deportistas y “famosillos”?. Si somos sinceros el peor que se pueda dar.
No debe olvidársenos que cierto político dijo que pondrían a España que no la reconocería ni la madre que la parió. También dijo que ellos podrían meter la pata, pero no la mano. Esto fue hasta que tuvieron oportunidad de hacerlo, ya que durante el gobierno de su partido se dio la oportunidad de que metiesen la mano hasta el hombro.
Otro político de su misma facción dijo que las promesas electorales eran para no ser cumplidas y alentó la movida madrileña que ha sido el embrión del botellón y el desmadre de los jóvenes.
Tampoco hemos de perder de vista la corrupción de los políticos. Es tanta y tan abrumadora que es mejor no citar ningún caso. Brota por doquier como las setas en otoño.
Las mentiras de nuestros dirigentes no debemos olvidarlas. No hace falta recordar cómo se nos ha mentido desde hace mucho tiempo. Hubo un político que mentía tanto que los periodistas humorísticos lo pintaban alargándole la nariz, como a Pinocho. ¿Qué podemos decir de los actuales dirigentes? Las encuestas lo recogen. La cuarta preocupación de los españoles, delante del terrorismo es la falacia y corrupción de los políticos. Pero el mentir de los políticos viene de lejos. Estamos en el 63 A.C. Cicerón inicia su campaña para ser elegido cónsul. Su hermano Quinto la prepara una especie de programa político en el que le dice: “Miente en tus promesas, la gente prefiere que se les mienta a que se les niegue ayuda”. Ayuda que después no llega. Ya lo hemos visto. El político referido de “no cumplir las promesas electorales” lo conocería
El responsable del hecho es el que lo realiza. Nuestra juventud es reo de sus actos, pero con estos ejemplos ¿Qué le podemos pedir? Tenemos lo que nos merecemos.
¿De qué nos quejamos?

Manuel Villegas Ruiz