1/12/08

ACERCA DE LA VIRTUD

Conferencia pronunciada en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UCO dentro del ciclo sobre Valores Humanos organizado por la ASOCIACIÓN DE ALUMNOS DEL SEMINACIO CONCILIAR DE S. PELAGIO DE CÓRDOBA



ÍNDICE
EPÍGRAFE PÁGINA
INTRODUCCIÓN 3
EXPOSICIÓN 4
¿CUÁL ES LA SOLUCIÓN? 6
¿CÓMO BUSCAR EL EQUILIBRIO ENTRE LA LIBERTAD DEMOCRÁTICA Y LOS VALORES FUNDAMENTALES PROPIOS DEL SER HUMANO?

7
¿CUÁNTAS VIRTUDES HAY, UNA O VARIAS? 8
DISTINTAS ENUNCIACIONES DE VIRTUD 9
DIFERENTES CLASES DE VIRTUDES 9
DEFINICIONES DE VIRTUD SEGÚN ALGUNOS DICCIONARIOS 10
EL PENSAMIENTO CRISTIANO 12
OTRAS VIRTUDES NO CARDINALES 14
LA POBREZA 14
LA CASTIDAD 15
LA OBEDIENCIA 17
LA HUMILDAD 19
LA PACIENCIA 21
LA MODERACIÓN 24
LA SOBRIEDAD 25
LO QUE HAN OPINADO OTROS PENSADORES SOBRE LA VIRTUD 28
Confucio 28
Sócrates 29
Platón 29
Aristóteles 30
Epicuro 31
Los Estoicos 32
Séneca 33
S. Agustín 33
Stº. Tomás de Aquino 34
Stª. Teresa de Jesús 35
Antonio Machado 35
Maquiavelo 35
Hume 35
Rousseau 35
Kant 36
Charles Caleb Colton 36
George Bernard Shaw 36
Juan Fernando Sellés 36
BREVE EXPOSICIÓN SOBRE LAS CUATRO VIRTUDES CARDINALES
37
LAS CUATRO VIRTUDES EJES DE TODAS LAS DEMÁS 37
LA PRUDENCIA 37
LA JUSTICIA 39
TEORIZACIÓN SOBRE LA JUSTICIA 43
Concepto revolucionario sobre la justicia 43
Proposiciones de algunos filósofos acerca de la justicia 43
LOS DERECHOS HUMANOS 44
LA JUSTICIA EN LA MITOLOGÍA MAS CERCANA A NOSOTROS
44
DISTINTAS FORMAS DE INTERPRETACIÓN DE LA JUSTICIA 44
Justicia distributiva 44
La Justicia según la necesidad 44
La Justicia según el mérito 45
LA FORTALEZA 45
DIFERENCIA ENTRE LA FORTALEZA Y LA PACIENCIA 48
LA PACIENCIA PARTE INTEGRAL DE LA FORTALEZA 48
LA TEMPLANZA 49
ENTONCES, ¿ES POSIBLE O IMPOSIBLE LA PRÁCTICA DE LAS VIRTUDES?
51
A MODO DE CONCLUSIÓN 53
ADDENDA 55
BREVE BIBLIOGRAFÍA BÁSICA 79







































ACERCA DE LA VIRTUD

INTRODUCCIÓN

Posiblemente alguno de ustedes, al conocer el título de la conferencia, se habrá preguntado: ¿De qué va a hablar este hombre? ¿Qué es la virtud hoy día? ¿Qué representa en este mundo tan materializado y utilitario en el que vivimos?

Seguramente la respuesta a estas preguntas ustedes mismos ya se la hayan dado reconociendo que en el presente no hay sitio en nuestra sociedad para esta palabra que encierra un concepto tan arcaico, denostado, vilipendiado y obsoleto. En nuestro momento histórico somos pragmáticos y sólo nos interesa lo tangible, lo que podemos ver y tocar, no los conceptos etéreos e inmateriales como puedan ser la virtud, el orden, la disciplina o el respeto a la autoridad. En estos días sólo buscamos la consecución inmediata de lo que nos apetece y que se restringe de forma mayoritaria a la satisfacción de nuestro placer. Lo que deseamos queremos conseguirlo ya, de inmediato. Así que se habrán dicho ¿Con qué argumentos se va a atrever este conferenciante a defender un tema tan fuera de lugar, hoy día, como lo es la virtud?

A los que piensen así, supongo que habrá más de uno, sólo puedo darles la razón. ¿Cómo se puede ser tan atrevido para querer hablar de un asunto que, a casi nadie, por no decir a nadie, le interesa? Les vuelvo a repetir: ciertamente tienen ustedes razón, pero es que a mí los retos, las metas imposibles me atraen y hacen que me crezca, al mismo tiempo que saco fuerzas para poder superarlos. Por ello les quiero hablar de este concepto tan denigrado como es la virtud.

Pero no voy a versar mi tema desde el punto de vista religioso. Lo centraré desde la óptica de la ética y de la moral, pues esta última palabra, al contrario de lo que alguien pueda pensar, nada tiene que ver con la religión, procede de la palabra latina mos que significa costumbre, lo mismo que la primera, procedente del griego quetiene el mismo significado, es decir costumbre. Pretendo, si puedo, hacerles ver que el ser humano sin virtud no es un hombre en sentido pleno de la palabra. Más adelante hablaré, sin ser exhaustivo, sobre lo que opinaban acerca de la virtud desde la Antigüedad hasta nuestros días los grandes filósofos y pensadores.

Lo mismo que la virtud, la moral y la ética están hoy día minusvaloradas y despreciadas, pero si le quitamos al hombre algo superior, algo inmaterial a lo que agarrarse y en lo que apoyarse ¿Qué es lo que queda? Tendremos un ser vacío, un algo incompleto, un muñeco sin nada dentro, salvo virutas de plástico o serrín o, lo que es peor todavía, un animal (no olvidemos que antes que nada somos animales) que sólo se rige por sus instintos más primarios, por la ley del más fuerte y a quien el bien y el mal, la preocupación por los demás lo trae sin cuidado, lo mismo que no lo desvela su elevación a un plano superior en el que se contemple la abnegación, el sacrificio, la obediencia a la autoridad o la humildad. La virtud, en una palabra, no significa nada para él.

Compadecerse significa, pues, debilitarse con el débil, virtud que los estoicos no estimaron porque sólo sabían apreciar lo que endurecía, y que Federico Nietzsche no supo valorar por cuanto sólo vio allí un modo de enmascarar la debilidad humana.
Errar es humano, perseverar en los errores es diabólico.

Una virtud simulada es una impiedad duplicada: a la malicia se le une la falsedad

La virtud es la que hace bueno a quien la posee.

La virtud en su etimología griega (y latina virtus (de vir, o visimplica fuerza, por tanto la virtud sería lo que tiene poder y eficacia. La virtud, en la relación que hace Aristóteles, significa equilibrio, mesura, justo medio, negativa de todo exceso. Merced a ello el hombre logra la harmonía. Según Aristóteles “el medio es el fin que ella busca sin cesar”.

EXPOSICIÓN

Son desalentadoras y negativas mis palabras ¿Verdad? Pues sí, ciertamente lo son. Estamos viviendo un momento histórico en el cual no se le da importancia alguna a lo espiritual, a los valores que han constituido los cimientos de nuestra civilización occidental y que han sido su piedra angular durante muchos siglos. Hoy sólo se habla de derechos. Todo el mundo tiene derecho a todo. Los hijos tienen derechos contra sus padres, sus profesores o contra cualquiera que pretenda ejercer su autoridad sobre ellos. Los mayores tenemos derecho contra nuestros jefes, nuestros superiores, los profesores de nuestros hijos, los médicos…, es decir, contra todo lo que no se ajuste a lo que deseamos de inmediato y ya.

Nos está tocando vivir en una época en la que nadie habla de deberes u obligaciones, sólo de derechos. Preguntemos a cualquiera y será raro que no conozca a alguien, si no es él mismo, que ha denunciado a un profesor, a un médico, a un policía, en fin a cualquiera jerárquicamente superior a él por el motivo más nimio o por la razón más fútil y baladí. Los medios de comunicación nos tienen al corriente de las acusaciones, cuando no las agresiones que, con harta frecuencia, sufre cualquiera de los componentes de los colectivos que antes he mencionado.

Llevamos ya años en los que estamos padeciendo un igualitarismo inusitado y desmesurado. No se me olvidarán las palabras de cierto político que hace mucho tiempo dijo: “Vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió”. Eso es lo que se está pretendiendo con este mal llamado igualitarismo, permisividad, tolerancia, garantismo…en fin, denominémosle como queramos. Lo pernicioso y malvado en el pleno sentido semántico de la palabra, es que se ha querido igualar por abajo. O sea, a ras de suelo, es decir, conforme a los instintos más primarios del ser humano. Yo me atrevería a decir a los instintos que tienen su sede en el tallo encefálico de nuestro cerebro y que hace que nos igualemos con los reptiles, antes de que el cerebro pensante o “neocortex” haga valer su capacidad de raciocinio y controle esas reacciones primitivas.

¿Por qué no se ha pretendido igualar por arriba? Muy sencillo. Eso cuesta trabajo, esfuerzo, abnegación, sacrificio, renuncia. Es decir, valores superiores que son difíciles de conseguir y mantener. Por eso la igualdad por abajo siempre será la más simple, la más cómoda y la que más agrade a todos, puesto que no exige ninguna clase de sacrificio. Lo más gratificante hoy es decir que todo está bien, que no hay alteraciones, que, al ser todos iguales, nadie es más que nadie y que todos tenemos sólo derechos, los mismos derechos. Desde el punto de vista clásico, esta protección a los derechos de cada uno sería un llamamiento a la bondad. Pero también, desde el punto de vista clásico, todo derecho se corresponde con una obligación o deber, cosa que hoy no ocurre. Hoy los deberes no cuentan. Están pasados de moda. Hoy todo está bien. No hay diferencia entre el bien y el mal. Todo es tan perfecto que nunca pasa nada y si pasa no tiene importancia, o como diría el castizo: “Si pasa se le dice adiós y a otra cosa”. Pero esto no es así, hay unos derechos irrenunciables y unos deberes ineludibles. Ya lo he dicho antes. Si hay derechos éstos son correlativos con los deberes.

Nuestra libertad termina donde comienza la del otro. Si yo puedo, con la asistencia plena de la razón, exigir el cumplimiento total de mis derechos, en justa correspondencia estoy también obligado a la observancia de mis deberes, de forma que la consecución de mis derechos no conculque los de otros. Ciertamente nadie me puede privar de aquello que me corresponde, pero tampoco me puede eximir de mis obligaciones. Eso es así de contundente. Lo que ocurre es que en esta época no tiene cartel, no vende, no mola (como dicen los jóvenes) cumplir aquello a lo que estoy obligado. Hoy queremos lo nuestro mientras más pronto mejor. El trabajo, el esfuerzo, la constancia, el sacrificio, son valores que están anticuados para la mayoría y cuando se mencionan, si producen algo es una sonrisa de desdén, cuando no un abierto desprecio en aquellos que los oyen. Hoy queremos el éxito abundante y de forma inmediata. Todos saben, porque lo han visto, que no digo estas cosas en vano. Cuántos programas de televisión hemos contemplado en los que se ensalza la mediocridad y en los que se eleva a la cumbre de la fama y, por ende, a conseguir dinero abundante y de forma rápida a personas que, si se han esforzado ha sido durante un corto periodo de tiempo al final del cual se han dado de bruces con la notoriedad, la gloria y la riqueza. Que le pregunten al atleta, al músico, al verdadero cantante, al escritor, al médico, al profesor o a cualquiera que, aunque no haya conseguido el éxito, vive medianamente bien, las horas de sacrificio, de esfuerzo, de privaciones, de negación a lo cómodo y fácil que ha tenido que emplear para llegar al puesto en el que se encuentra.

Por ello, volviendo a lo anteriormente expuesto, si queremos derechos, hemos de cumplir ineludiblemente con nuestras obligaciones. Si deseamos que nos respeten, hemos de respetar a los demás. De aquí que tengamos que ser muy fuertes. Hemos de curtirnos, día a día, en el sacrificio, en la constancia, en la perseverancia, realizando aquello que nos desagrada, pero sabiendo que es el único medio de conseguir el fin que pretendemos. Ya lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir: si queremos que nos respeten hemos de respetar a los demás, porque, aunque parezca una paradoja, el que es bueno, cumplidor, fiel, constante, obediente, en una palabra, el de rectitud moral, es el realmente poderoso. Hay por ahí una frase que dice: “Quien no ha sabido obedecer nunca sabrá mandar”. O lo que es igual, para mandar, primero hay que saber obedecer. Porque el poder lo da la bondad. La maldad nos hace débiles, ruines y, lo que es peor aún, despreciables a los ojos de los demás, pues, aunque en nuestra presencia nos alaben y nos adulen, en lo más profundo de su corazón nos estarán menospreciando y vilipendiando.

¿Estoy haciendo una exposición bastante negra y negativa de nuestra actual sociedad? Ciertamente, pero no tenemos otra. Ya se que se me argüirá que hay muchas personas nobles, honradas, esforzadas y sacrificadas y que buscan el bien de los demás. Concedo que ciertamente es así, pero también estaremos de acuerdo en que constituyen una pequeña minoría. Hoy, está en boca de todos, sólo triunfa el desalmado, sea en el terreno que sea. La Justicia parece que está hecha para ellos. No voy a referir ningún caso porque todos tenemos en nuestra mente más de uno. El probo, el honrado no tienen cabida en nuestro mundo. Si no se le mira con desprecio, que es lo que ocurre la mayoría de las veces, se le contempla con desdén y con una sonrisa irónica, pensando cuando no diciendo: “El pobre es un infeliz”.

¿CUÁL ES LA SOLUCIÓN?

No quiero ser alarmista ni presentar el momento histórico que nos ha tocado vivir como algo sin solución, ni tampoco decir que nuestra sociedad está en un negro pozo sin fondo del que no se puede salir ni hay recuperación posible. ¡Ni mucho menos! Soluciones las hay. Ya lo creo que sí. Situaciones como ésta ya las ha vivido la Humanidad en más de una ocasión a lo largo de su dilatada existencia. Es lo que los historiadores denominan “La ley del péndulo”.

Intentaré aclarar un poco esto. En Historiografía hay tres corrientes sobre los acontecimientos históricos. Son las siguientes:

-La ondulatoria, es decir, que los hechos que se producen en la Humanidad son como una línea de ondas que suben y bajan y que en las cúspide, al igual que en las depresiones de la misma suceden cosas iguales o parecidas.

-La segunda mantiene que toda la historia no es más que una sucesión de movimientos cíclicos, en los que periódicamente las cosas que ocurren son similares.

-Otra es la llamada “Ley del péndulo”, que para mí personalmente es la preferida.

Ciertamente en este momento, no sólo en nuestra Patria, sino, me atrevo a decir, en el mundo entero nos encontramos con una circunstancia especialmente particular, cuando no delicada, la denominaría yo. Somos los receptores de todos los conocimientos e influencias de nuestros antepasados. A lo largo de la Historia los grandes cambios se han caracterizado por el denominado efecto del péndulo, como ya he mencionado. Esto es, el paso de un extremo a otro. Quiero decir que después de un periodo de gran represión, se pasa al extremo opuesto, o sea, al de una gran libertad, cuando no libertinaje. Lo mismo ocurre en el sentido inverso. De ahí que los grandes beneficios que nuestra sociedad copió de la organización democrática griega y que tanto bien supusieron para millones de seres humanos, al eximirlos del yugo opresivo de la monarquía absolutista, como contrapartida, por este movimiento oscilatorio del péndulo, conllevó inevitablemente la pérdida de otros valores positivos anteriores a las democracias.

Por desgracia esto ha ocasionado que muchos valores trascendentales y pilares de nuestra sociedad hayan quedado obsoletos, cuando no relegados al olvido. Esta es la consecuencia que lleva pareja la Democracia que por su pluralidad, que es la cualidad fundamental de su razón de ser, los valores en los que antiguamente se apoyaba la Humanidad, se hayan vuelto relativos, susceptibles de revisión y, en algunos casos, denostados, menospreciados, cuando no vilipendiados.

En esta situación nos podemos preguntar: ¿Se pueden establecer normas morales y éticas públicas en una sociedad pluralista? Yo entiendo que sí, porque aunque la ética, desde Kant, se alejó de la realidad humana, sin embargo cada uno de los hombres, de forma general y en particular, practica la ética o moral, igual da, cada día, pues, aunque ni siquiera nos demos cuenta de nuestras acciones en particular y no digamos cuando se relacionan con nuestros semejantes, están impregnadas de ética. Basta con que pensemos en nuestro comportamiento en el trabajo o quehacer diario que llevamos a cabo. Por poco que lo analicemos hallaremos que la ética o moral, da lo mismo, está presente en él de una forma u otra. Bien sea cumpliendo minuciosamente nuestro deber conforme a los principios que impregnan nuestra conciencia, bien sea eludiéndolo o llevándolo a cabo como una tarea que no nos queda más remedio que realizar pero en la que no empleamos nuestra total capacidad ni la intención de efectuarlo con absoluta perfección, sino haciéndolo porque no nos queda más remedio y porque hay que terminar una jornada laboral. En el primer caso, nuestra ética, nuestra moral, serían positivas, en el segundo la negación de las mismas.

En nuestras relaciones con los demás ocurre cosa semejante. ¿Cuántas veces tratamos al vecino, al compañero de trabajo o a un desconocido con amabilidad, con preocupación por sus problemas, comprensión de sus necesidades o carencias? o ¿En cuántas ocasiones lo soportamos como algo fastidioso, pesado e, incluso, molesto? Creo que no hace falta explicar el parangón con el ejemplo anterior.

Por ello, entiendo que la ética y la moral están presentes en todos los actos de nuestra vida y no sólo relegadas a los conceptos de los grandes pensadores y filósofos

¿CÓMO BUSCAR EL EQUILIBRIO ENTRE LA LIBERTAD DEMOCRÁTICA Y LOS VALORES FUNDAMENTALES PROPIOS DEL SER HUMANO?

Posiblemente hasta aquí haya descrito un panorama oscuro y sombrío. No es mi propósito. Hasta ahora sólo he intentado manifestar la situación falta de valores que impregna a nuestra sociedad. Pero, ante todo, yo soy optimista y creo en la capacidad de regeneración del ser humano, pues bastantes muestras de ello nos ha dado a lo largo de su dilatada historia, empero, aunque no lo fuera, por encima de mis convicciones o creencias, está la mencionada histórica ley del péndulo. Por ello, no puedo estar de acuerdo con Espronceda, cuando en su poema “Arrepentimiento” dice:

La virtud y el honor sólo de nombre
existen en este mundo engañador;
un juego la virtud es para el hombre;
un fantasma, no más es el honor.

Sinceramente no se si Espronceda creía en su fuero interno estas palabras cuando las escribía. Decididamente yo no las creo.

Retomo la ley del péndulo que para mí, como historiador, la considero inexorable. Además la razono como una ley física, ya que está demostrada, pues todo cuerpo suspendido en vertical, la Humanidad lo está en la Eternidad, si lo hacemos oscilar hacia una extremidad, cuando ha alcanzado el final de ésta, por su propia inercia de movimiento, volverá al extremo opuesto. Por lo que, al correr del tiempo, no sabemos cuánto, ya que el fin de la Humanidad aún no ha llegado, esperamos que tarde, regresaremos o regresarán quienes nos sucedan al punto inverso al que ahora nos encontramos.

Posiblemente alguno de ustedes me pregunte que quién mueve ese péndulo histórico. Con sumo agrado contesto: Nosotros, los seres humanos, cada ser pensante en particular, ya que somos los agentes de la Historia de la Humanidad. Un antiguo dicho reza así: “Un grano de trigo no hace granero, pero ayuda a conseguirlo”.

No hay un Ser suprahistórico que haga oscilar el péndulo hasta el punto en el que antes se encontraba. Es el ser humano, no como colectividad, sino de forma individual, con sus grandezas y miserias, el que ha de modificar la tendencia. Seguramente alguien pregunte que cómo. Respondo que de forma muy simple: Procurando poner en práctica cada minuto de cada día aquellos valores que han quedado obsoletos y que, sin embargo, son consustanciales a la dignidad humana, aunque haya instantes fugaces dentro de la Historia de la Humanidad, como el presente, en los que parezca que han desaparecido o están desprestigiados. La única manera de recuperar esos valores es volver a actualizar y practicar las virtudes.

¿CUÁNTAS VIRTUDES HAY, UNA O VARIAS?

Antes de responder a esta pregunta quiero dejar bien sentado que la virtud o virtudes no están ligadas a la práctica de ninguna religión. Que quede claro que no estoy hablando desde la óptica del cristianismo, islamismo, budismo o cualquier otra creencia religiosa. La virtud es una actitud ante la vida que ha preocupado, desde la más remota antigüedad, a los grandes pensadores y filósofos más importantes y de las más diversas creencias, desde el politeísmo hasta el más profundo monoteísmo como puedan ser los judíos, cristianos o islamistas. Para demostrarlo, más adelante, haré un recorrido, no exhaustivo, tampoco profundo, pero necesario, para demostrar el aserto que antes he hecho. Pero creo que antes hemos de conocer su significado etimológico, para, a partir de él, explicar en qué consiste la virtud.

Cuando hablamos de las virtudes debemos tener siempre ante los ojos al hombre real, al hombre concreto. La virtud no es algo abstracto, separado de la vida, sino al contrario, tiene profundas raíces en la vida misma, brota de ella y la forma. La virtud incide sobre la vida del hombre, sobre sus acciones y sobre su conducta. Se deduce de ello que, en todas estas reflexiones nuestras no hablamos tanto de virtud cuanto del hombre que vive y actúa virtuosamente; hablamos del hombre prudente, justo, valiente.
Así nos figuramos hombres, recios y varoniles: sin temor al dolor; hombres que saben sufrir callando, y no lo comunican para que no los compadezcan; sin cobardía ante el sacrificio ni la lucha; que no se arredran ante las dificultades; sin miedo al miedo; sin timideces ni complejos imaginados; incompatibles con la frivolidad; que no se escandalizan de nada de lo que ven ni oyen. Entereza es reciedumbre. Energía y decisión no son orgullo, sino virilidad. Esos hombres recios no pueden ser transigentes en todo, y defenderán, con una energía que asustará a los débiles, el espíritu y las normas de las virtudes en las que creen.

La virtud es, por tanto: la cualidad personal que se considera buena y correcta. Actuar con amabilidad y consideración por los sentimientos y pensamientos de otros. Hacer del mundo un lugar más agradable. Ayudar sin entorpecer el trabajo o proyectos de otros. En definitiva, virtud es una propensión y facilidad para conocer y obrar el bien. Se llaman cardinales las que son el principio y fundamento de las demás virtudes.

Las virtudes cardinales, denominadas también morales, reciben ese nombre porque en latín cardinalis, adjetivo derivado de la palabra cardo (que significa gozne sobre el cual gira una puerta, cosa principal o punto céntrico), tiene el sentido de la palabra de la que proviene o sea: principal. Se mencionan así porque el resto de virtudes giran en torno a ellas como si éstas fuesen el gozne que las sostiene y permite que las demás se desarrollen y desenvuelvan. Las virtudes cardinales, son hábitos que se adquieren con el ejercicio y la repetición y que la habilitan para la realización de una vida correcta y buena. Mediante las virtudes nuestras facultades apetitivas se inclinan hacia lo conveniente y conforme al juicio de la razón. La repetición de sus actos provoca la aparición de hábitos. Cuando estos hábitos predisponen al hombre adecuadamente para el cumplimiento del bien reciben el nombre de virtudes y, en caso contrario, de vicios.

DISTINTAS ENUNCIACIONES DE LA VIRTUD

Virtud es aquella fuerza interior que permite el hombre tomar y llevar a término las decisiones correctas en las situaciones más adversas para ponerlas a su favor. El virtuoso es el que está en camino de ser sabio, porque sabe cómo llegar a sus metas sin pisar las de los otros, porque pone a los demás de su lado y los lleva a alcanzar un objetivo común que al final es el propio. El virtuoso es el que “sabe remar contra corriente”. Es el alma y el espíritu, el ser o el no ser de cada persona usando su corazón como supremo mediador.

Una virtud es una cualidad positiva de un ser, persona o cosa, exponiendo mediante calificativos las ventajas de dicho ente. Es también, una de las herramientas más importantes para el éxito y para morir con una sonrisa en la boca.

La virtud es una propensión, facilidad y prontitud para conocer y obrar el bien.

La virtud es un hábito que capacita a la persona para actuar de acuerdo a la razón recta. Hace del poseedor una buena persona y consigue que sus actos también sean buenos.

Las virtudes adquiridas no dependen de la fe. Una persona con el uso de la razón y con su esfuerzo natural puede llegar a ser virtuosa.

DIFERENTES CLASES DE VIRTUDES

Además de estas virtudes a las que podemos considerar como piedras fundamentales del bien hacer y correctamente obrar del ser humano, hay otras que, aunque no sean imprescindibles, sin embargo su práctica y continuo ejercicio permiten que la persona se eleve cada día más en el perfeccionamiento de su espíritu, se haga más grata a los demás y, poco apoco, se encuentre en paz consigo misma y pueda alcanzar la serenidad de espíritu que tanto los griegos preconizaban con la consecución de la sofrosine, es decir la imperturbabilidad y la paz tanto espiritual cuanto corporal, lo mismo que los orientales mediante su filosofía que tiende a conseguir el equilibrio entre las fuerzas espirituales y mentales con las corporales o terrenas.

Las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Hay que ejercitarse en hacer el bien. Hay que esforzarse habitualmente en los actos correspondientes, hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia.

Las virtudes, según su naturaleza, se ordenan al bien, ya que la virtud es lo que hace bueno al que la posee y los actos que realiza. Por tanto, es lógico que una virtud sea tanto más principal y excelente cuanto más y más directamente ordena el bien. Pero más directamente determinan al hombre al bien las virtudes que lo establecen en él que las que remueven los obstáculos que lo apartan de él.

Antes de seguir profundizando creo que sería conveniente hacer una digresión sobre el significado de la palabra virtud. Para ello tendremos que bucear en sus:

DEFINICIONES SEGÚN ALGUNOS DICCIONARIOS

El Diccionario de Autoridades de 1737 dedica dos páginas para definir la virtud. Según ésta dicha palabra significa fuerza, vigor, valor, poder y potestad para obrar bien. Virilidad que es lo mismo que la potencia y lo que es propio del varón.

No aparece el Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias de 1611.

El Diccionario de Joan Corominas dice que la palabra virtud es la relación con la virilidad. Ambas constituyen la fortaleza del carácter y son las cualidades de la virilidad que es sinónimo de fortaleza. La fortaleza del carácter y la virilidad son las cualidades propias del héroe por antonomasia español, es decir Rodrigo Díaz de Vivar El Cid Campeador.

Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra virtud procede de la latina “virtus”. Pero esta etimología nos dice poco. Deberemos buscar, por tanto, la procedencia o verdadero significado (eso es lo que significa la palabra etimología) de la palabra latina “virtus”. Según el Diccionario latino de D. Raimundo de Miguel, la palabra “virtus-tis” procede de “vir”, que significa varón, hombre. Esta palabra vir procede también de la latina vis, que a su vez proviene de la palabra griega  que significa fuerza, vigor, es decir, que tanto en latín cuanto en griego, ambos vocablos tienen el mismo sentido de fuerza, vigor, valor; por lo que, si consideramos que virtus procede de vir, deberemos otorgarle la connotación de valor, fuerza, vigor.

También el Diccionario de la Real Academia Española trae como primera acepción de la palabra virtud: actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos.

En la acepción 3: nos presenta el sentido de “fuerza, vigor y valor”. A partir de la acepción 5 hasta la 9, hace referencia a la moralidad de las acciones humanas y, resumiendo, le atribuye el sentido de obrar bien.

Así que, si nos atenemos a los distintos significados que el Diccionario le da a la palabra virtud, nos encontramos que, con los que más se relaciona ésta, son con acción, fuerza y bondad que es el que común y corrientemente se le da a esta voz. Ciertamente cuando nos referimos a un hombre o a una mujer virtuosos, estamos queriendo decir que realizan acciones o tienen comportamientos que se consideran buenos, y estas acciones o actuaciones poseen un carácter vigoroso, sólido, seguro, porque no ha sido la casualidad la que los ha llevado a esa forma de actuar, sino algo previsible cimentado en comportamientos anteriores.

En ningún momento debemos confundir la moral con algo referido a la religión. Tanto la palabra latina mos, cuanto la griega significan hábito, costumbre adquirida, uso acostumbrado. En fin, y resumiendo, algo que la sociedad viene haciendo desde tiempos ascentrales y que por ello, como reza el dicho: “la costumbre se hace ley”. De la voz latina proviene la palabra moral y de la griega ética, así que no asociemos, cuando hablemos de moral que estamos refiriéndonos a algo relacionado con la religión, sino de una cosa que la sociedad, por costumbre, ha consagrado como hábito general que le conviene a la mayoría de la misma.

Lo que ocurre es que el sentido semántico de ambas palabras ha llegado a un punto en el que ha divergido y hoy parece que reservamos la palabra ética, permítaseme la expresión, con un comportamiento de “tejas abajo” y la palabra moral con una actuación de “tejas arriba”. Es decir, la primera la empleamos cuando queremos referirnos a la actuación personal y humana sin relación alguna con la parte espiritual y la segunda, cuando ese mismo comportamiento tiene algún nexo de unión con lo que entendemos relaciones con la Divinidad a través de la actuación religiosa. Por ello cuando en mi exposición hable de virtudes morales será lo mismo que si dijese virtudes éticas. Ello no quiere decir que posiblemente, llegado el momento, me tenga que referir a las virtudes que la religión considera que son indispensables para la recta actuación del ser humano.

Pero es que estas virtudes consideradas desde el plano religioso, ya habían sido contempladas por los antiguos, tanto griegos, cuanto romanos y de otras culturas, como normas de buen comportamiento para poder vivir en una sociedad digna, en la que no reinase la ley del más fuerte, sino en la que se viviese en un equilibrio entre el bien y el mal que no perjudicase a nadie y que sirviese para que la comunidad actuase según unas normas de convivencia avaladas por el comportamiento de los componentes de la misma desde tiempos inmemoriales y que eran las que hacían que los choques, las aristas y los encontronazos que pudiesen ocurrir en el comportamiento diario de los ciudadanos se suavizasen e hiciesen soportable la convivencia entre aquellos a los que no les quedaba más remedio que tener que coexistir juntos.

Se que se me puede argüir que la palabra virtud puede proceder de la latina vis que significa fuerza. A esto respondo que hay dos teorías sobre el origen etimológico de la palabra virtud. Una la hace derivar de la antedicha vis, pero en el sentido de fuerza moral, no física, o como enriquecimiento intrínseco, no como poder o capacidad de movimientos extrínsecos. Pero también otra dice que proviene de la palabra latina vir que significa varón, en el concepto de varón igual a hombre fuerte, hombre poderoso pero en el dominio de sus pasiones y tendencias negativas que, como ser imperfecto, todo hombre conlleva.

La mayoría de los etimologistas la hacen derivar de la palabra latina “vir”, siempre que esta palabra no haya perdido su verdadero sentido semántico a través de los manejos equívocos que, no sólo el pueblo, sino también grandes pensadores y autores le han dado, de forma tal que le han hecho perder su prístino significado de hombre cabal, justo, honesto, cumplidor de su palabra y recto e inmutable ante las adversidades.

Los griegos también tienen otra palabra para designar la virtud y es que significa coraje, valor, virtud, honor, buen oficio. Por lo que, desde muy pronto la virtud fue entendida en sentido del hábito o manera de ser de hacer una cosa. Hábito que se hace posible por haber previamente en ella una potencialidad y capacidad de ser de un modo determinado.

Definida de una forma más general, la virtud es, respecto a una cosa lo que completa la buena disposición de la misma, lo que la perfecciona. En otros términos, la virtud de una cosa es, propiamente hablando, su bien, pero no un bien general y supremo, sino el bien propio intransferible de ella misma. También podríamos expresarlo diciendo que virtud es aquello que hace que cada cosa sea lo que es. Por lo tanto, trasladada al hombre, virtud es entonces el poder propiamente humano en cuanto se confunde con el valor, el coraje, el ánimo.

Platón, supongo que tomándolo de Sócrates, habló de las virtudes. Fue el primero que designó en su diálogo sobre la República las cuatro virtudes que después serían llamadas “cardinales” o principales. A éstas las denominó: prudencia (fortaleza (, moderación o templanza ( y justicia (

La virtud es lo que caracteriza al hombre. Este carácter, según Aristóteles se manifiesta en el justo medio. Se es virtuoso cuando se permanece entre el más y el menos en la debida proporción o en la moderación prudente. Para Aristóteles la virtud es un hábito, una cualidad que depende de nuestra voluntad, consistiendo en este medio que hace relación a nosotros y que está regulado por la razón en la forma en que lo regularía el verdadero sabio. La virtud es un medio entre dos vicios. Es lo que reza nuestro dicho que, no es menos cierto, por muy repetido que esté: “En el término medio está la virtud”.

EL PENSAMIENTO CRISTIANO

Aunque al principio mencioné que no hablaría de la virtud desde el punto de vista religioso, no me resisto a repasar lo que el Cristianismo piensa sobre ésta pues, mal que nos pese, vivimos en una sociedad mayoritariamente cristiana, aunque muchos se declaren creyentes, pero no practicantes y otros sólo tengan del Cristianismo el Bautismo y la Comunión porque sus padres se los impusieron de pequeños.

El advenimiento del Cristianismo marcó una revolución en la ética al introducir una concepción religiosa a lo que simplemente se consideraba bueno en el pensamiento occidental. Según la idea cristiana, una persona es dependiente por entero de Dios y no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o la inteligencia, sino tan sólo con la ayuda de la gracia de Dios. La primera idea ética cristiana descansa en la regla de oro: “Lo que quieras que los hombres te hagan a ti házselo a ellos”.

En el mandato de amar al prójimo como a uno mismo e incluso a los enemigos: Jesús creía que el primer significado de la ley judía descansa en este mandamiento: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente”.

El cristianismo primigenio realzó como virtudes el ascetismo, el martirio, la fe, la misericordia, el perdón, el amor no erótico, que los filósofos clásicos de Grecia y Roma apenas habían considerado importantes.

En la época medieval se desarrolló un modelo de ética que aportaba el castigo para el pecado y la recompensa de la inmortalidad para premiar la virtud. Las más importantes de éstas eran la humildad, la continencia, la benevolencia y la obediencia.
La reforma protestante provoca un retorno a los principios básicos de la tradición cristiana. Al cristianismo se le exige una condición moral, pero la justificación, la salvación, viene sólo por la fe.

El catecismo de la Iglesia Católica nos dice que virtudes humanas:
Son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fé. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.

Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con al amor divino.

Las virtudes llamadas cardinales reciben este nombre porque todas las demás se agrupan en torno a ellas. Son: la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza.

La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende a hacer el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

S. Gregorio de Niza nos dice: “El objetivo de una vida virtuosa consiste en ser semejante a Dios”.



OTRAS VIRTUDES NO CARDINALES

Antes de hablar de las virtudes consideradas cardinales voy a hacer una pequeña digresión: Nombraré, de pasada, las que la Iglesia Católica considera como virtudes teologales, sobre las que no voy a explicar nada, ya que esta charla no es sobre teología, además de que soy un profano en esta materia y, por ello prefiero no entrar en este terreno. Estas virtudes teologales son: Fe, Esperanza y Caridad.

Otras virtudes, también importantes, aunque no consideradas cardinales, son las que pueden hacer que el ser humano tienda al perfeccionamiento y a la consecución del mantenimiento de unas buenas relaciones con el resto de personas que lo rodean y comparten su ámbito de vida.

De ellas, que las referiré a continuación, hablaré de forma somera, para después hacer una exposición más a fondo sobre las virtudes que, desde remotos tiempos, concretamente los filósofos griegos ya las denominaban principales.

Estas virtudes, sólo enumeraré unas pocas, para no ser demasiado oneroso, son:

La Pobreza
La Castidad
La Obediencia
La Humildad
La Paciencia
La Moderación y por último, no la última,
La Sobriedad

Los religiosos y religiosas que deseen pertenecer a una Congregación consagrada al servicio de Dios, una vez superado el Noviciado y cumplidos los requisitos señalados en las Reglas de la Orden, han de pronunciar los votos de guardar Pobreza, Castidad y Obediencia para integrarse en la misma con todas las obligaciones y derechos que las normas de la Comunidad les requiera y conceda y que van en contra de los tres grandes deseos que más esclavizan al ser humano. Estos son: El Tener, el Placer y el Poder. Por eso empezaré hablando primero de estas virtudes que, aunque estén tan denostadas y menospreciadas por la sociedad, al menos hay una parte de la misma que, no obstante sea mínima, se compromete formalmente a guardar, por lo menos mientras pertenezcan a la Orden en la que han profesado.

La Pobreza consiste en el desapego voluntario de las cosas materiales. No tiene que ver nada con la carencia de bienes terrenales que, por necesidad, las personas puedan padecer. Ésta hay que combatirla y estamos todos obligados a remediarla dentro de nuestras posibilidades. Tampoco la podemos hacer corresponder con la miseria, ya que ella es la falta absoluta de todo bien material que padecen sin culpa millones de personas en nuestro planeta. El pobre virtuoso es aquel que no tiene su corazón apegado a la posesión de riquezas, aunque no las tenga. Se puede ser muy pobre pero, en cambio, tener un afán tan desmesurado de bienes y riquezas que, aunque no los obtenga, su espíritu esté siempre inquieto y desazonado por esa apetencia inmoderada de cosas tangibles. Al hilo de esta aseveración, vienen a mi memoria las frases de dos grandes hombres de nuestra cultura con sendas manifestaciones sobre la pobreza. Uno de ellos, Platón, dijo: “La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos”. El otro, además paisano nuestro, fue Séneca que tiene dos frases magistrales a propósito de la pobreza. Una de ellas dice: “No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea”. La otra, de la misma envergadura moral, reza de la siguiente manera: “El pobre carece de muchas cosas, pero el avaro carece de todo.”

Al contrario, el verdadero pobre en su ánimo es aquél que, aunque tenga y posea cuantiosas riquezas, su espíritu, su mente y su alma, no se sienten influenciados por ellas, porque les concede un valor relativo y reconoce que el poseer bienes físicos no lo eleva espiritualmente sobre los demás, sin embargo puede llegar a ser es una posible fuente de tentaciones, de defectos tan graves para con los demás como son la soberbia, la preponderancia, la avaricia o la falta de compasión hacia el prójimo.

Posiblemente, hoy día, sea una de las virtudes menos valorada. Los medios de comunicación nos están bombardeando continuamente desde la más tierna infancia con el deseo de poseer, de tener, de alcanzar una situación social por encima de los demás, pese a quien pese, aunque haya que pisotear los derechos de nuestros semejantes y transgredir todas las normas y leyes que existen en nuestra sociedad para que podamos vivir armoniosamente sin que nadie se apodere impunemente de lo que no le corresponde. Esto no quiere decir que haya que anular el deseo de superación y mejora de nuestra vida dentro de los límites de la decencia y la honradez. Al contrario, todos estamos obligados a ello. Todos debemos de esforzarnos por conseguir un mejor bienestar, pero siempre que se deba a nuestro esfuerzo sano, sin doblez y sin que, en ningún momento, ocupemos lo que no nos pertenece.

Saciados estamos de oír noticias de robos corrupciones, posesiones ilícitas, malversaciones y usurpación de concesiones y beneficios a los que no se tiene ningún derecho.

A propósito de este afán desmesurado de tener, poseer y hacerse rico lo más pronto posible y con el menor esfuerzo, todavía resuenan en mis oídos las palabras de aquél político que ha muchos años dijo que España era el país del mundo en el que más fácilmente y con el menor esfuerzo podía una persona hacerse rica. Con estas manifestaciones sólo estaba dando pábulo a que los desaprensivos, los desalmados, la gente de mala conciencia, buscasen afanosamente y por cualquier medio la posesión de riquezas sin importarles la forma de conseguirlas. En nuestra sociedad, hoy día, poco prestigio se le da a las virtudes, pero considero que una de las que menor lo tiene es la de la pobreza, ya que, desde todos lados y a través de los medios más insospechados se nos está acicateando continuamente para una rápida y fácil consecución de riquezas, como he dicho antes, pese a quien pese y por los medios que sea, bien lícitos, bien ilícitos.

En fin, pobre Pobreza ¿Quién te considera hoy como una virtud?

La Castidad. Procede de una palabra latina, castus, que significa moralmente puro, sin mancha.

Es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la razón. Su práctica hace que la persona adquiera el dominio de la sexualidad y sea capaz de integrarla en una sana personalidad, por lo que no es una negación de la sexualidad.

Supone un esfuerzo que fortalece el carácter y la voluntad, dando posesión y dominio de sí. Es un entrenamiento para formar la personalidad en la generosidad y el deber.

La castidad purifica el amor y lo eleva; es la mejor forma de comprender y, sobre todo de valorar el amor.

Aumenta la energía física y moral; da mayor rendimiento en el deporte y en el estudio y prepara para el amor conyugal.

La castidad supone superación del propio egoísmo, capacidad de sacrificio por el bien de los demás, nobleza y lealtad en el servicio y en el amor.

Para conseguir y mantener la castidad no basta con desearlo. Hay que entrenarse. Hay que esforzarse en seguir los principios de una recta conciencia y saber decir no y renunciar a un momento de fácil placer con unas miras superiores o aunque sólo sea para demostrarse que uno tiene fuerza de voluntad y sabe dominar su cuerpo cuando la concupiscencia le hace que se incline por la vía más fácil y cómoda que no exige esfuerzo.

Comparo al casto con el atleta. Sabe que lo que está haciendo conlleva un arduo y difícil sacrificio, pero que al final podrá triunfar en la carrera contra los apetitos más bajos del ser humano y conseguir la corona de la que se ha hecho acreedor por su esfuerzo y abnegación.

El apetito sexual es sobre todo psíquico. Radica en nuestra mente y en nuestra imaginación. No ocurre con él, como por ejemplo, con el apetito alimenticio, que se produce por una falta de nutrientes que nuestro cuerpo, cuando los necesita, los reclama. Tiene su origen en la imaginación y en las lucubraciones sexuales o carnales que nuestra mente forma, a partir bien de imágenes creadas en nuestros propios sentidos, bien por la influencia de símbolos sexuales externos que activan nuestra concupiscencia y hacen que deseemos ardientemente, si no le ponemos freno, aquello que en nuestra ilusión se ha fraguado. Por ello es fácilmente dominable, siempre que se haya producido el entrenamiento necesario y se tenga la voluntad y el deseo de vencer.

Caso contrario, nos veremos arrastrados por nuestros más bajos instintos y, faltos de voluntad y fuerza mental, nos sentiremos empujados por una pendiente que, a veces puede acabar con nuestra personalidad y convertirnos en un muñeco inerte a merced de los deseos carnales y sin otras miras que las que se refieren al apetito sexual.

Los detractores de la castidad achacan a ésta neurosis, trastornos de conducta y comportamientos irregulares. El mismo Freud afirmaba que toda neurosis era de origen sexual. Gran parte de los psicólogos actuales se apartan de este pronunciamiento. Es más uno de sus discípulos, Adler, ya se desgajó de esta tesis restringida y miope y manifestó que toda neurosis es una tentativa de compensación del enfermo, frente a una inferioridad orgánica.

Lo que ocurre es que para mantener la castidad frente a un mundo hedonista, como el que hoy nos rodea, hay que tener mucha fuerza de voluntad y total dominio de sí mismo para encarar y salir victorioso de las múltiples ocasiones que en cada momento se nos presentan a fin de que despreciemos esta virtud. En el momento en el que vivimos sólo reina el placer y su consecución inmediata.

Los muchachos y muchachas de esta época se avergüenzan de ser vírgenes y desconocen que mantenerse castos no es una cosa imposible. Basta desearla con todas sus fuerzas y apartarse de las ocasiones que, con tanta frecuencia se nos presentan. En un mundo en el que reina mayormente sólo el deseo de placer podemos preguntarnos: ¿Castidad, dónde te ubicamos hoy?

La Obediencia

Este es, como he dicho antes, el tercer voto que pronuncian los religiosos cuando definitivamente son admitidos en la Orden a la que desean pertenecer.

Una de las cosas que más trabajo nos cuesta y más difícil de cumplir es someternos a las órdenes de otras personas. En esa época rechazamos toda forma de autoridad lo mismo que las reglas o normas, que los que nos gobiernan, en todo sentido, intentan que cumplamos. El motivo de esta rebeldía y falta de sometimiento radica en nuestra soberbia y egoísmo que hacen que nos creamos superiores a los demás lo que nos da pie para que no queramos rendir nuestro juicio y voluntad ante otros so pretexto de que si así lo hacemos estaremos actuando en contra de nuestra voluntad.

El problema de no sometimiento a la autoridad no radica en ella misma ni en las órdenes o mandatos que tenemos que cumplir. Está en que pensamos que si obedecemos nos convertimos en seres inferiores y sumisos a los que se les ha privado de su libertad. Sin embargo es todo lo contrario, la obediencia hace que llevemos a cabo una libertad más plena, porque nos liberamos del pesado lastre de la soberbia y la comodidad que son una ligadura muy fuerte para obedecer debidamente.

Hay otras razones (son las razones de la sinrazón) por las cuales nos negamos a someternos a los mandatos de los superiores. Para justificar nuestra inobediencia ante nosotros mismos nos decimos que la persona que manda, la autoridad que está por encima de nosotros, es una inepta, que nosotros somos superiores a ella, que ostenta un cargo que no lo merece. En fin buscamos todas las excusas que podemos para justificar nuestra falta de sometimiento o, si lo hacemos, lo realizamos sin motivación alguna y carentes de complacencia en llevar a cabo aquello que tenemos que poner en práctica. Cosa que resta valor a nuestro cumplimiento del deber y desmerece lo que llevamos a cabo. Por lo que aquello que realizamos lo convertimos en una acción mecánica que cumplimos “porque no nos queda más remedio”.

La obediencia, para que constituya un valor moral, debe ir acompañada de nuestra voluntad y de la plena aceptación por nuestra parte de que aquello que hemos de poner en práctica. Si queremos que sea efectiva, esto es lo mejor que podemos hacer.

A veces somos tan miopes y tan cortos de miras que no podemos comprender que aquél que nos manda, al tener una visión más amplia y completa de la situación o del momento, sabe lo que corresponde hacer y no está obligado a darnos explicaciones para que cumplamos aquello que nos ordena.

Pero, aunque lo llevemos a cabo, la mayoría de las veces lo hacemos a regañadientes, como se dice vulgarmente, o con una voluntad contraria, por lo que, aunque cumplamos lo que se nos ordena, lo privamos de todo el valor y merecimiento que su puesta en práctica pudiera sobrellevar. Es más estamos despojando a nuestro espíritu de un motivo de elevación y perfección que sería el que nos proporcionaría haber cumplido y realizado lo que se nos ha prescrito si a tal acatamiento le hubiésemos añadido la plena aceptación de nuestra mente y haber puesto en su consecución lo mejor de nuestra voluntad.

Esta actitud positiva, cuando obedecemos, de buena gana, proporciona a nuestro ánimo, aparte de la satisfacción de haber llevado a cabo nuestro deber, una paz de espíritu y una serenidad anímica que hace que nos sintamos en paz con nosotros mismos. Lo contrario de lo que ocurre cuando obedecemos porque no nos queda más remedio. En ocasiones de esta índole, como lo que llevamos a cabo, lo hacemos en contra de nuestra voluntad, lo que nos queda después es un poso de amargura y resentimiento que envenena nuestro espíritu y hace que nos sintamos mal con nosotros mismos por haber obedecido en contra de nuestra apetencia y con la persona que nos mandó por haber tenido que hacer una cosa que hemos realizado sin nuestro consentimiento.

La obediencia requiere docilidad que se manifiesta en seguir fielmente todas las indicaciones que se nos proporcionen para efectuar la tarea que se nos encomiende. Eso no quiere decir que haya momentos en los que consideremos que tengamos que obedecer en contra de nuestras convicciones o de otras normas establecidas. Si este caso se da, con toda mesura y comedimiento, debemos hacer saber al superior nuestro punto de vista con las razones que estimemos oportunas y, caso de que estén justificados, si la persona que nos manda es sensata y capaz de reconocer los motivos que le exponemos seguramente modificará o cambiará su orden, liberándonos de cumplir una cosa que, por su índole y, posiblemente sin que el superior haya caído en ello, va en contra de nuestra conciencia o de normas superiores ya instauradas. Lo que en ningún momento debemos de hacer es realizar algo en contra o de forma distinta a lo que se nos ha encargado.

No debe bastarnos con cumplir aquello que se nos ha encomendado, sino que debemos poner de nuestra parte todo lo posible para realizarlo lo mejor que nuestra voluntad y esfuerzo puedan conseguir, poniéndolo en práctica todo el empeño que podamos para que, aquello que hemos de realizar esté lo más cercano posible a la perfección. Cosa que no lograremos ya que el ser humano no es perfecto y sus acciones tampoco, pero si ponemos todo nuestro tesón en el intento, nos sentiremos satisfechos, no sólo de haber efectuado nuestro deber, sino también de haberlo ejecutado con todo nuestro esfuerzo y plena voluntad.

Por último y aunque no sea muy gratificante, ya que nuestras acciones no deben estar guiadas por ello, no debemos de olvidarnos de que el que obedece nunca se equivoca y que, a la hora de rendir cuentas siempre tendrá que responder el superior que mandó, nunca al subordinado que obedeció.

Tras esta exposición sobre las virtudes que han de cumplir aquellos que profesan en alguna Orden religiosa, a continuación hablaré sobre otras, no todas, que sin encuadrarse dentro de las anteriores ni de las cardinales hacen que la convivencia entre los seres humanos sea más llevadera y aminoren las aristas que tengamos que limar para sentirnos cómodos dentro del entorno en el que nos haya tocado vivir.

La Humildad Esta palabra deriva de la latina humus que significa tierra, pero no cualquier clase de ella, sino aquella que es buena para el crecimiento y desarrollo de las plantas. En castellano también se conserva la palabra humus con este sentido, es equivalente a lo que conocemos por mantillo o capa superior del suelo rica en residuos orgánicos que sirven como nutrientes a los vegetales. Por eso el humilde, no el bajo de instintos o condición, es aquél que reconoce que los seres humanos y él en particular no tienen nada de qué vanagloriarse, sino que todo lo que poseen lo han recibido de Dios y que deberán dar cuentas a Él, cuando le llegue su momento. La humildad no sólo se opone el orgullo, sino también a la autoabyección. No es lo mismo ser humilde que tener tendencia a la autohumillación y a la destrucción de uno mismo.

De igual manera que, en este momento histórico en el que nos ha tocado vivir es muy difícil practicar la pobreza, la castidad y la obediencia, también es sumamente arduo ejercitarse en la humildad. Hoy sólo prevalece la prepotencia, el orgullo, la soberbia. La sociedad en la que vivimos lo demanda. No pasemos por alto que la mayoría de Empresas que requieren trabajadores, una de las condiciones que exigen a sus comerciales es que sean agresivos. Y para ser agresivo hay que considerarse y sentirse prepotente. Estar imbuido de una especie de orgullo y soberbia que le hagan sentirse mayor y mejor que los demás que es a lo que tendemos cuanto estamos impregnados de ese sentimiento de superioridad.

La soberbia, polo opuesto a la humildad, es un desordenado amor de la propia excelencia. Es la afirmación aberrante del propio yo. La soberbia lo inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba de mala manera: la familia, los amigos, el propio puesto y lugar de su trabajo, pues al considerarse superior y mejor que los demás, exigirá un trato deferente y especial para con él. Los que lo rodean han de tener mucho cuidado de no herir su susceptibilidad.

El soberbio es dogmático. Pone tanto énfasis en sus aseveraciones, aunque sean falsas, que no admite que nadie lo contradiga. No le importa, con tal de demostrar que él es el mejor, dejar en ridículo y humillar a los demás, dado que todos son inferiores a él. Quiere cerrar todas las conversaciones con la exposición de sus conocimientos, verdaderos o falsos, y jamás permitirá que alguien le lleve la contraria. No puede reconocer sus propios defectos, por lo tanto no tiene la capacidad para corregirlos. El humilde, al contrario, se da cuenta de sus limitaciones e imperfecciones y tiende a modificar su comportamiento procurando superarse, ya que reconoce que no es perfecto. Esto le da una grandeza de ánimo de la que carece el soberbio. Estas manifestaciones de la soberbia son fruto del egoísmo que hace que siempre nos sintamos satisfechos con nosotros mismos y continuamente estemos mirando nuestro ombligo con delectación, al mismo tiempo que despreciamos a los demás.

El egoísmo nos ciega de tal manera que nos cierra las puertas para que podamos comprender a nuestros semejantes, puesto que todos son inferiores a nosotros. Bloquea nuestra capacidad de practicar la caridad con los demás. Cosa que no ocurre con el que se siente humilde y reconoce sus defectos y restricciones, pues, al contemplar sus verdaderos méritos y no sobrevalorarlos, sabe que lo que tiene no lo disfruta por merecimientos propios; que las cualidades que lo conforman las ha recibido del Ser que lo ha creado, sin embargo, los defectos que posee son como consecuencia de su propia debilidad, por lo que tiene que potenciar las primeras y corregir los segundos. De ahí que esté siempre dispuesto a realizar actos de caridad con los demás a los que jamás considerará inferiores a sí mismo.

Siendo esta virtud tan importante para la buena convivencia con los que nos rodean y no hacernos odiosos a los mismos nos preguntaremos, si no la tenemos, ¿cómo podemos conseguirla o acrecentarla, dado que ya poseamos aunque sea una mínima parte de humildad?

Por donde primero ha de empezar el que desee ser humilde es por conocerse a sí mismo. Todos sabemos que ese era el lema que estaba esculpido en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos “” (conócete a ti mismo). Si nos desconocemos, si ignoramos nuestras restricciones y, ¿por qué no?, nuestras propias cualidades, jamás seremos capaces de perfeccionarnos corrigiendo nuestros defectos y potenciando nuestros valores. Si llevamos a la práctica este aforismo griego, estaremos en condiciones de mejorar nuestro comportamiento con los demás y cada día podremos subir un escalón en la difícil escala de eliminar nuestros defectos. Pero para conocerse a sí mismo hay que tener un alto grado de humildad, ya que donde se encuentra ésta se halla la sabiduría.

Sin humildad no es posible el conocimiento de uno mismo. No estamos hablando de religión, puesto que el dicho griego, aunque estaba en el templo de Apolo, no era en sentido estrictamente religioso, sino más bien como un consejo para todo aquél que quisiera penetrar en el mundo de la Sabiduría. Atenea era la diosa de ésta y Apolo el dios de la luz, necesaria para poder contemplar la sabiduría. Por lo tanto, conocernos a notros mismos es el primer paso que hemos de dar si queremos penetrar en el mundo del Saber, pero es que sin humildad es imposible que lleguemos a conocernos, dado que el orgullo se niega a reconocer nuestras propias limitaciones, desde el momento en el que nos creemos perfectos y superiores a los demás. Cuando hayamos sido capaces de conocer lo que somos, tendremos que dar otro paso más y es el de aceptarnos tal como somos.

No es que éste sea el más difícil, pero es uno de los grados que más cuesta que alcancemos. La soberbia se rebela cuando contemplamos una realidad fea o defectuosa. Pero no hay más remedio que ascender a este escalón, ya que si se acepta con humildad un defecto, error, limitación e incluso hasta pecado, ya estamos en disposición de luchar contra ello, y, si batallamos, consiguientemente estamos en el camino de alcanzar la victoria. Desde el momento en el que reconocemos nuestros fallos o deficiencias ya reconocemos contra quién tenemos que luchar que es lo mismo que decir que llevamos buena parte del camino andado y por lo tanto estamos cerca de salir airosos en nuestro propósito de superación.

El tercer paso es olvidarse de sí mismo. El orgullo y la soberbia nos conducen a que sólo pensemos en nosotros. A que, como he dicho antes, nos complazcamos en contemplar nuestro ombligo, nuestro yo, advirtiendo sólo las buenas cualidades que tenemos y desconociendo las limitaciones o deficiencias que acompañan a nuestra personalidad. Es muy difícil llegar a este nivel, ya que a la mayoría de las personas nos autocomplace observando lo bellas, inteligentes y buenas que somos, sin prestar atención o menospreciando, si nos damos cuenta de ellos, los defectos, carencias o vicios que nos acompañan. Olvidarse de sí no significa que adoptemos una postura indiferente ante los problemas. Consiste en superar ese razonamiento sobre nosotros que nos atenaza y hace que sólo consideremos que somos los importantes. Cuando consigamos olvidarnos del mismo habremos alcanzado la paz y la alegría ya que estaremos en un estadío importante para conseguir la humildad, pues habremos logrado dar un giro de 180º a la soberbia y nos encontraremos en la cara opuesta que es la humildad y estaremos dispuestos a aceptarnos tal y como somos, poniendo en práctica las medidas necesarias para corregir nuestros fallos y errores, al mismo tiempo que también nos hallaremos en condición de aceptar a los demás comprendiendo sus limitaciones y deficiencias.

Si hemos llegado a subir los escalones anteriores, todavía nos queda uno que es el más importante y yo me atrevería a decir definitivo para la consecución de la humildad.

Éste es el de darse a los demás. En él se concentra el grado más alto de humildad, pues ya no se trata de superar los defectos y fallos que podamos tener y si nos hemos elevado por encima de ellos, ya podremos decir que casi hemos conseguido la humildad. Ahora es el momento de entregarse a los demás simplemente por amor. Cuando conseguimos darnos por este motivo, nuestro espíritu experimenta una clase de alegría que nos proporciona el desprendimiento de nosotros mismos que no nos la puede ofrecer la satisfacción de nuestro propio orgullo o de nuestra soberbia.

Posiblemente penséis que estoy proponiendo una especie de camino para la santidad. Nada más lejos de mi propósito. Lo que pretendo es , como decían los griegos, que nos conozcamos a nosotros mismos, enmendemos nuestras deficiencias y errores de forma que nos hagamos gratos a los demás y seamos aceptados por los que nos rodean, pues nada hay más odioso que un ser soberbio, engreído y orgulloso que se cree que todo lo sabe y que está en posesión de la verdad absoluta mientras que los demás sólo son unos pobres ignorantes, cuando no discapacitados mentalmente, a los que lo único que se les puede hacer es tratarlos con displicencia, si no con menosprecio. Posiblemente estos seres cuando se encuentren con un individuo de tal calaña, por educación, vergüenza o caridad no se enfrenten con él y lo coloquen en el lugar que le corresponde, pero dentro de su corazón lo estarán despreciando y, lo que es peor aún, sintiendo lástima de él, ya que está tan ciego que no es capaz de reconocer sus defectos y, por añadidura, se considera superior a los demás.

La Paciencia es otra de las virtudes que más falta nos hacen hoy día en el que todo el mundo corre, tiene prisa, quiere acabar pronto, todo lo desea al momento y detesta esperar su turno para conseguir aquello que pretende.

Los norteamericanos han puesto de moda una frase que estamos hartos de oír en sus películas y es que si un subordinado le pregunta a un jefe: “¿Para cuándo quieres que termine el trabajo que me acabas de dar?” Éste le contesta: “Para ayer”. Indicando con ello la enorme prisa que tiene por que terminen la labor que encomienda. Es un modo de vida en el que la paciencia ha perdido todo su significado y valor.

La palabra paciencia proviene del verbo latino patior y éste a su vez del griego Ambos significan sufrir, soportar, padecer, resistir, sobrellevar. En una palabra, todo lo que tenga sentido en cuanto a ser capaz de aguantar dolores y sufrimientos. Demostrar resistencia contra éstos y tener el equilibrio de afrontar los problemas con tranquilidad y serenidad. Desde luego no significa pasividad ante el sufrimiento. Ni, ante éste, no ser capaz de reaccionar y aguantarse sin más. La paciencia es la virtud que nos dota de la fortaleza necesaria para aceptar lo desagradable, dañino o perjudicial que nos sobrevenga, con serenidad y ánimo equilibrado de forma que podamos soportar con la suficiente ponderación y el temple necesario todas las contrariedades que nos aflijan.
Esta virtud nos ayuda a la adquisición de cualquier otra, a la consecución de los planes trazados y al cumplimiento de las tareas integrales.

La Paciencia, según Stº Tomás, que lo toma de Aristóteles, es una virtud potencial derivada de la fortaleza, cuya misión es facilitar el vencimiento de la tristeza para no decaer ante los sufrimientos ya físicos, ya espirituales, anejos a la práctica de cualquier virtud y mucho más al seguimiento de las virtudes restantes.

Existe una diferencia entre la fortaleza y la paciencia que consiste en que por la fortaleza se soportan los males y los trabajos de mayor envergadura, incluso hasta la muerte. Por la paciencia se toleran los sufrimientos de menor entidad, anejos a cualquier vida. Esta virtud consigue que no se sienta excesivamente la tristeza inherente a la pérdida de cualquier virtud o sus fracasos.

La paciencia, podríamos decir, es el polo opuesto a las prisas que tanto perjuicio causan a la sociedad en la que vivimos. Por ellas no sabemos disfrutar del momento presente y hemos de tener en cuenta que lo único que poseemos verdaderamente es ese instante fugaz de nuestra existencia. El pasado es una hoja del libro de nuestra vida que ya se ha quedado atrás y el futuro es tan incierto que no sabemos si vamos a disfrutar de él o no. Somos impacientes y tenemos prisa porque no nos paramos a considerar que el momento en el que vivimos puede ser el último de nuestra supervivencia.

No, no es que me ponga trágico, es que es la pura y cruda realidad. ¿Quién le asegura a alguien que va a seguir viviendo aunque sean los próximos cinco minutos? Nadie puede hacerlo. Si tuviésemos siempre en cuenta esta simple, pero real consideración, nuestras prisas se acabarían y estaríamos dotados de la paciencia suficiente para esperar con ánimo sereno y tranquilidad el momento venidero.

Sólo esta virtud es la que puede hacer posible que disfrutemos plenamente el momento efímero que estamos viviendo. Es una virtud, cualidad la llamaría también yo, que nos dota de la claridad suficiente para ver y reconocer el origen de los problemas que nos acaecen y, al mismo tiempo, nos ilumina para que podamos solucionarlos. Como he dicho antes, es la que nos dota del equilibrio suficiente para que podamos soportar con ánimo fuerte las contrariedades que tengamos que afrontar. Caso contrario, si perdemos la serenidad anímica podremos estar en trance de abandonar bienes que nos lleven a conseguir otros mayores.

Esta virtud podemos considerarla como parte de la Fortaleza, pues nos conduce a soportar con serenidad el dolor y las pruebas a las que la vida nos someta, sean del calibre que sean. Virgilio en la Eneida dice que nuestra existencia son pequeñas chispas procedentes del fuego inmenso de la Divinidad. Pues bien, si practicamos la paciencia estaremos acordes con esa chispa divina que es nuestro ser, lo que nos permitirá mantenernos firmes y fuertes ante las adversidades, persecuciones y pruebas a las que todo ser humano se ve sometido en transcurso de su existencia. Con su puesta en práctica demostraremos la grandeza de ánimo que toda persona, aunque no la haya descubierto, lleva en su interior. Además nos proporcionará la alegría y satisfacción de saber que estamos llevando a cabo aquello que nuestra conciencia nos dicta.

Posiblemente ésta sea una virtud que, si no la practicamos en nuestra juventud, tendremos que llevar a cabo en nuestra madurez. La persona madura y se puede ser maduro en plena juventud, sabe ser paciente, pues comprende que tiene que esperar con calma y serenidad a que las cosas sucedan. La mayoría de las veces nos impacientamos y perdemos la serenidad por sucesos que no dependen de nosotros. A propósito de esto, los chinos poseen un dicho que reza: “Si el problema no tiene solución ¿por qué preocuparte y perder la paciencia? Si la tiene, ponla en práctica y elimina el problema.”

Esa es la actitud que deberíamos adoptar ante cualquier contrariedad a la que tengamos que hacer frente. Impacientarnos, perder la tranquilidad, lo único que puede aportarnos es que también nos quedemos sin la serenidad suficiente para atacar la contrariedad y solucionarla, o bien, caso de que no podamos, aceptarla con la suficiente entereza de ánimo para no perder nuestro equilibrio.

La persona paciente sabe identificar los problemas mediante una sensibilidad especial que ha sido capaz de crear. Es capaz de superar las contrariedades, disfrutar de las alegrías y triunfos y hacer frente a los fracasos cuotidianos. Esa habilidad de paciencia que ha adquirido lo dota de una capacidad suficiente para encararse con la vida de una forma optimista, tranquila y siempre buscando la harmonía, no sólo en sí misma, sino también en aquellos que lo rodean.

Para tener paciencia con los demás lo primero que tiene que hacer el ser humano es adquirirla para sí mismo.

Una vez conseguida esta cualidad-virtud consigo mismo estará en disposición de ejercitarla con los demás. Los momentos más difíciles de ponerla en práctica son cuando tenemos que relacionarnos con enfermos, personas a los que tenemos que educar, ya sean hijos o alumnos, o cualquiera que presente alguna dificultad en el trato o comportamiento. Muchas veces nos cuesta trabajo llevar a cabo este propósito de ser pacientes con nuestros semejantes que presentan alguna dificultad en su comportamiento, pero hemos de tener en consideración las circunstancias particulares de cada uno y que posiblemente también él esté tratando de superar dificultades que, posiblemente, a nosotros nos perecerían insalvables. Tenemos que ejercitar nuestro discernimiento y reflexión para adquirir esa paciencia que a todos nos es tan necesaria en el contacto con los demás.

Un ejercicio que es muy práctico y hace que nos superemos a nosotros mismos es que en el momento en el que se nos presente alguna situación en la que podamos perder la paciencia, que nos serenemos, intentemos sonreír y procuremos ver el lado más agradable de la circunstancia, y caso de que no lo tenga, nos dotemos de la suficiente fuerza como para afrontarla con la necesaria tranquilidad y serenidad para poder solventarla. Es el famoso “contar hasta diez” que tanto repetimos y tan pocas veces ponemos en práctica antes de reaccionar desfavorablemente en presencia de cualquier evento desagradable.
Si nos esforzamos en ser pacientes con nosotros y los demás, sin lugar a dudas que adquiriremos la suficiente tranquilidad y paz de espíritu que nos darán la fuerza suficiente para encarar cualquier situación por muy desagradable y onerosa que sea.

La Moderación

El jurista y filósofo latino Cicerón nos dice que la palabra moderatio, de la que deriva la española moderación, significa equilibrio de espíritu, prudencia. También significa vergüenza, timidez y abstinencia de decir o hacer cosas impropias e indecentes. Los sufíes dicen que un hombre es moderado cuando se abstiene de hacer cosas que no complacen a Alá. Esta virtud si se cultiva dentro de los sentimientos mencionados hace que el hombre sea más cuidadoso, más sereno y aprenda a tener más dominio de sí mismo, a ser cortés y respetuoso con los demás y también con su Creador. Es la virtud contraria a la agresividad y la furia que muchas veces nos dominan y que hay momentos en los que, al no poder reprimirlas, nos hacemos odiosos a los demás y producimos una sensación de malestar en el ambiente que nos rodea y a las personas que están en nuestro entorno haciéndonos insoportables y aborrecibles.

Respecto a esta virtud podemos considerar dos planos de comportamiento o actuación:

El primero es un sentimiento innato o instintivo de vergüenza, que nos previene de hacer o decir muchas cosas consideradas como deshonrosas o indecentes.

El segundo es la moderación que se origina en la creencia que comporta una importante y profunda sumisión de nuestra soberbia a las normas establecidas y, sobre todo, a lo dictado por el Altísimo.

El obstáculo más grande y poderoso que podemos colocar ante los actos indecentes y vergonzosos es ese sentimiento instintivo de vergüenza, que hemos mencionado, unido a la moderación que nace se la sumisión a la voluntad del Ser que nos ha creado.

La moderación va unida siempre a la sabiduría, pues una persona sabia ha de ser moderada. Moderación que hemos de practicar al ir aprendiendo constantemente de nuestros errores. Si lo consideramos con detenimiento la persona más sabia es aquella que aprende de sus equivocaciones y al corregirlas está poniendo los cimientos de su nueva personalidad que se alejará cada día más de los fallos que, como humano, pueda cometer.

Esta virtud de la moderación hemos de tenerla presente de manera constante, pues con ella tenemos que hacer frente tanto a los éxitos, para que no se nos suban a la cabeza -no olvidemos que “el humo del incienso marea y hace perder la cabeza al hombre más sensato”- cuanto en nuestros fracasos que no han de abatirnos ni derrotarnos de manera que nos sintamos atenazados, constreñidos y minimizados de forma que no nos encontremos con fuerzas suficientes para emprender otras acciones y sobreponernos, valientemente a aquello que ha representado un fracaso para nosotros.

La moderación es posible solamente con el dominio de uno mismo. Si no somos moderados y también pacientes, no podremos controlar las reacciones primitivas que se originan en nuestra amígdala límbica y que se correspondes con los instintos más primarios del ser humano. Para ser moderado hay que aprender a postergar aquellas cosas que nos apremian, como si fuesen las únicas que hemos de hacer en nuestra vida. Esta virtud, junto con la paciencia, nos irá dotando de forma paulatina pero continua de una tranquilidad de ánimo y una serenidad que nos posibilitarán permanecer ecuánimes ante cualquier contrariedad.

La moderación es el punto de equilibrio entre esta continua aceleración que corroe a nuestra sociedad y la pasividad o, como se dice hoy el “pasotismo” o la despreocupación inoperante ante las circunstancias o pruebas que nuestra vida cuotidiana nos pueda proporcionar.

Esta virtud es una de las mejores para el ser humano, ya que le hace no apurarse, que no se apegue a las cosas, pues éstas, en la mayoría de los casos, no le proporcionan sino intranquilidad y perturbación de ánimo. De forma que, en algunas ocasiones, esa excesiva preocupación desmedida le ocasionará posiblemente hasta trastornos psíquicos que pueden llegar a degenerar en depresiones.

Moderación es equivalente a equilibrio, cordura, sensatez, saber estar y no alterarse por las cosas nimias o de cierta envergadura que nos puedan conturbar. Quien llegue a alcanzar la virtud de la moderación se mantendrá en un constante estado de paz espiritual cercano a la serenidad que todo ser humano necesita para afrontar no sólo las contrariedades, sino también los momentos de éxito que algunas veces, han llegado a destrozar las vidas de personajes importantes, bien de la música, del deporte, del arte o de cualquier otra actividad. Los casos que podría citar serían múltiples, por ello no menciono ninguno y de esta manera no dañaré la memoria de alguien.

La Sobriedad

La sociedad en la que nos ha tocado vivir no da importancia alguna a la sobriedad, siendo una virtud tan considerable, no sólo para nuestro cuerpo, sino también para nuestro espíritu. Estamos inmersos en una agobiante atmósfera de consumo que, continuamente nos acicatea para que consigamos cosas, útiles o inútiles, necesarias o innecesarias. Por ello es tan difícil hablar hoy de esta virtud, porque todo el ambiente que nos circunda está en contra de ella. Se ha impuesto, no sólo en nuestro País, sino me atrevería a decir en el mundo entero, un afán desmedido por acumular, tener, poseer bienes de todo género. Queremos figurar ante los demás como los que más tenemos. Una muestra de ello la podemos contemplar a ha hora de que alguien se compre un coche. ¿Se compra el que verdaderamente necesita? o ¿adquiere aquel con el que pueda demostrar que es más que los demás y deslumbrarlos con la manifestación de su poderío? Creo que la respuesta todos la conocemos. A la hora de adquirir nuestra vestimenta, ésta ha de ser de marca, mientras más conocida y famosa mejor. Desde pequeñitos estamos acostumbrando a nuestros hijos a que no se conformen con una indumentaria cualquiera. Les compramos las marcas que más se anuncian en los medios de comunicación, las que todos sus amigos quieren llevar y consiguen a toda costa.
Saciados estamos de ver a tiernos infantes de pocos meses llevados por sus madres en cochecitos infantiles, vestidos con las ropas más famosas. ¿Creemos que esas criaturas cuando lleguen a mayores, se conformarán con vestir ropa decente y pulcra que no sea de marca, o exigirán a sus padres que los iniciaron en ello, a que les proporcionen lo más famoso, lo más caro, aunque no siempre sea lo mejor? Creo que la respuesta la tenemos todos en nuestra mente.

Estamos influenciados totalmente por un ambiente falto de sobriedad y mesura. La publicidad lo invade todo. No es que yo culpe solamente a ésta de la situación desmesurada de consumo en la que nos vemos envueltos. Su culpa ciertamente la tiene, no lo podemos negar, pero también hay otros responsables, son los amigos, los artistas, los personajes famosos, en fin un totum revolutum que nos condiciona y nos impele a que busquemos la felicidad sólo en las cosas externas. Todo ese ambiente nos hace creer que seremos más dichosos, mas felices cuanto más consumamos y más caro nos cueste lo que adquiramos, ya sea ropa, comida, bebida, coches o cualquier otro artilugio del mobiliario casero. Los restaurantes hacen propaganda de sus comidas, cuanto más exóticas y extravagantes mejor y la mayoría corre en tropel, cueste lo que cueste, a degustarlas, porque están de moda, porque es lo que se lleva, aunque no tenga nada que ver con nuestra forma ascentral de alimentarnos.
No digamos nada de lo que ocurre con el aseo y el embellecimiento de nuestra persona. Cremas de todo y para todo. Tratamientos, masajes, operaciones para reducir, ampliar, modificar, en fin cambiar nuestra figura, porque deseamos parecernos a tal o cual artista o famoso de moda y no estamos conformes y el medio que nos rodea hace que nos sintamos mal con el cuerpo que la madre Naturaleza tuvo a bien darnos. ¿Es eso moderación? Quien crea que lo es que venga a explicármelo ya que yo no lo entiendo.

El problema no estriba en la propaganda o difusión que hacen los grandes centros comerciales sobre los productos que ponen a disposición del público. Su obligación es vender y para ello ponen en práctica todos los medios, lícitos o ilícitos que creen convenientes El dilema está en lo más profundo de nosotros mismos. Por nuestra falta de personalidad, por nuestra carencia de reciedumbre de carácter, creemos que la felicidad, la satisfacción, el estar contentos con nosotros mismos, nos ha de venir de fuera, que ha de proporcionárnoslo la adquisición de cuantas más cosas y de mayor precio posible podamos alcanzar.
El mal está dentro de nosotros mismos ya que opinamos que la felicidad consiste en conseguir todo aquello que acreciente nuestra vanidad. Por ello nos doblegamos ante lo que nos llega de fuera. Rendimos nuestra voluntad a los agentes externos, sin darnos cuenta de que ellos lo que pretenden es hacerse con nuestro dinero, cueste lo que cueste y proporcionarnos cosas que, aunque no las necesitemos, por un instante satisfarán nuestra vanidad y nuestro endeble ego.
Es lo que este desmesurado afán de consumismo intenta. Y nosotros tenemos tan poca fuerza de voluntad que no somos capaces de resistirnos a él. Por ello “el tener más”, poseer “lo más novedoso” o lo “más caro” se convierte en la meta de nuestra existencia, de forma tal que no reparamos en gastos y, a veces llegamos hasta endeudarnos de forma irracional, con tal de conseguirlo.
No dudamos en despilfarrar, si es preciso, con tal de satisfacer nuestra vanidad, nuestra soberbia, nuestro deseo de aparentar más que los demás, de estar a la moda, se sobresalir por encima de nuestros vecinos y conocidos, sin darnos cuenta que dentro de nosotros existe una insatisfacción de índole espiritual, gusano de nuestra conciencia, lo llamaría yo, que hace que nunca encontremos satisfacción ni tranquilidad con la consecución de cosas materiales.
Lo que verdaderamente nos da la paz espiritual y calma las apetencias de ese gusano es el estar en paz y tranquilidad con nosotros mismos. El tener nuestra conciencia satisfecha por el bien que hacemos, no por las cosas materiales que conseguimos. No podemos olvidarnos que somos materia y espíritu y que la materia no estará nunca tranquila si el espíritu no goza de serenidad y tranquilidad suficientes y posee el equilibrio necesario como para alzarse sobre las cosas terrenales y elevarse a los planos inmateriales que son los únicos que pueden proporcionarnos ese reposo mental y anímico que tanto deseamos.

Una de las virtudes, no digo la única, que nos ayuda a conseguirlo es la sobriedad. Por ella aprenderemos a comprar lo que es verdaderamente necesario y en realidad precisamos y que ciertamente nos es indispensable y de utilidad. Muchas veces en los medios de comunicación hemos visto a personas que en las “rebajas” dicen: “no lo necesitaba, pero como está barato lo he comprado”.
Ese adquirir compulsivo, sólo denota la falta de quietud interior y paz espiritual suficiente para tener dominio de sí mismo y, en los momentos oportunos y precisos, solamente adquirir aquello de lo que verdaderamente carecemos y nos es en realidad imprescindible. Ese deseo apremiante de conseguir nos lleva a obtener cosas verdaderamente fútiles e innecesarias que, transcurrido el primer momento de la pequeña satisfacción egoísta de la compra, las arrumbamos y no volvemos a acordarnos ni a hacer uso de ellas porque de verdad no las precisábamos. Sólo las obtuvimos para satisfacer una apetencia pasajera y sin fundamento alguno.

La única receta que existe para subyugar ese deseo inmoderado de tener cosas nuevas, aunque no las necesitemos, está en la sobriedad. Ella nos contiene y nos enseña a comprar lo que verdaderamente requerimos, lo que nos es indispensable y de verdadera utilidad. Así mismo nos proporciona el discernimiento suficiente para que obtengamos el máximo provecho y uso de aquello que hemos conseguido, aprendamos a utilizarlo y cuidarlo convenientemente, de forma que nos dure el máximo tiempo posible y que obtengamos de él el mayor provecho que podamos.

Pero para ser sobrio hay que tener autodominio, saber refrenarse y decir no en el
momento oportuno, aunque nos veamos obligados y agobiados por los amigos, la familia, la publicidad o cualquier otro medio exterior que pueda subyugarnos. Para ello hay que tener mucha fuerza de voluntad, equilibrio anímico y serenidad suficiente para hacer que prevalezca nuestro propósito razonable, aunque los demás nos aconsejen todo lo contrario.
Cada vez que cedemos a nuestros caprichos innecesarios nos hacemos más esclavos de las cosas y paulatinamente vamos perdiendo nuestra fuerza de voluntad hasta convertirnos en una especie de veleta que se mueve en la dirección en la que sopla el aire del momento. Sin darnos cuenta nos vamos deslizando poco a poco por la pendiente de la abulia y falta de firmeza hasta quedar convertidos en una especie de pele le del que todos abusan y al que todos dominan.

Pero la sobriedad no sólo hemos de mostrarla en la adquisición de nuestra vestimenta, calzado, bienes muebles, cuidado de nuestra persona o cualquier otra faceta de nuestra vida. También hemos se ser sobrios en nuestra alimentación. Hoy día la obesidad de mucha gente está llegando a rozar casi la alarma social. Se come desmesuradamente por el sólo placer de hacerlo. Los romanos tenían un dicho que traducido al castellano significa: “Conviene que comas para vivir, no que vivas para comer”. Esa debería ser la pauta que rigiese nuestra actitud ante la comida.
Tenemos que tener en cuenta que el exceso de alimentación, aparte de los males corporales que pueda causarnos nos embrutece y nos pone a una altura más baja que la de los animales. Estamos hartos de comprobar que estos seres, a los que llamamos inferiores, no comen sin necesidad. Se alimentan conforme a lo que su cuerpo les solicita. Se puede comprobar con mucha facilidad. Aquél que tenga un perro en su casa que le ponga alimento a su alcance y podrá observar que este ser, al que llamamos irracional, (muchas veces demuestra más raciocinio que los humanos) cuando ha ingerido la suficiente comida no sigue comiendo sin necesidad.

Sin embargo las personas, inteligentes y racionales, la mayoría de las veces, aunque nos encontremos más que saciados continuamos comiendo no porque nuestro cuerpo lo necesite, sino por el solo placer de hacerlo y por pura glotonería.

En otro terreno en el que debemos poner en práctica la sobriedad es en el de nuestra relación con los demás a través de nuestras conversaciones. ¿Quién no conoce a algún pariente, amigo o compañero que tiene incontinencia verbal? Colmados estamos de ver personas que en un grupo no dejan hablar a nadie. Interrumpen continuamente a cualquiera que esté platicando para poner de relieve su opinión y su punto de vista sobre algún tema, sea conocedor de él o no.
Prestemos atención a las tertulias que se llevan a cabo en la radio y la televisión. Inmediatamente nos daremos cuenta de que participa en ellas una o más personas que no dejan hablar a los demás, originando con ello la confusión, falta de claridad y desviación del tema que se esté tratando. Esta logorrea, aparte de ser una tremenda falta de educación, pone de relieve la nula sobriedad de la persona que se deja dominar por ella.

La única forma de adquirir sobriedad es tener la fuerza de voluntad y autodominio suficientes para saber qué es lo que en todo momento nos conviene y es correcto.

La sobriedad no es negación ni privación. Es poner nuestra voluntad y nuestra persona por encima de las cosas, los placeres y los caprichos, de manera que nosotros seamos superiores a ellos y nunca éstos nos dobleguen. Ciertamente nuestros hábitos, nuestras inclinaciones naturales, a veces, nos conducen por derroteros que van en nuestro perjuicio, por ello hemos de mantenernos siempre alerta y, en todo momento, saber domeñarlos de forma que la parte racional que poseemos triunfe siempre sobre la irracional que es la que nos puede conducir a nuestra perdición o por lo menos a ser un juguete de nuestras pasiones, nuestros caprichos y nuestros anhelos sin fundamento.

Lo que han opinado otros pensadores sobre la virtud

Hasta aquí he mostrado algunas consideraciones de ciertas, no todas, las virtudes no cardinales. Si la exposición ha resultado un poco densa y ha podido producir algún tipo de tensión, permítaseme que, antes de hablar de las virtudes cardinales y con objeto de relajar, si es necesario, el ambiente, relate unas reflexiones que sobre la virtud en general y, en algunos casos las cardinales, en particular han manifestado algunos de los grandes pensadores de la Humanidad.

Confucio, hablando de la virtud en general nos dice:

La virtud no habita en soledad, debe tener vecinos.

El lenguaje artificioso y la conducta aduladora rara vez acompañan a la virtud.

Sócrates. Según Jenofonte, ya que Sócrates no dejó nada escrito, pretendía fundamentalmente la formación de los hombres de bien, con lo que su actividad filosófica quedaría reducida a la de un moralista práctico, por tanto no sentiría ningún interés por las cuestiones lógicas o metafísicas.

Su pensamiento era que si decimos que un acto es bueno será porque tenemos alguna noción de lo que es bueno; si careciéramos de ese conocimiento, ni siquiera podríamos expresar qué es lo que es bueno para nosotros, ya que no tendríamos forma de saberlo.

De igual manera ocurre con la virtud en todas sus manifestaciones o de otro cualquier concepto moral. Los relativistas defienden que estas concepciones no se pueden tomar como una definición universal, pues son el resultado de una convención social, ya que lo que es bueno o malo, justo o injusto en una civilización, estado o ciudad no tiene por qué serlo en otra. Ha habido sociedades en las que los sacrificios de seres humanos a la Divinidad, no sólo han sido justos, sino hasta meritorios y dignos del agrado divino. Un ejemplo de ello lo tenemos en los romanos quienes en los tiempos más primitivos y oscuros de su civilización, en momentos muy necesarios y específicos, sacrificaban personas a sus dioses. Mientras que en otras el mismo hecho ha constituido una acción execrable, digna de reprobación y diametralmente opuesta a sus convicciones.

Sócrates, sin embargo, está convencido de que lo justo ha de de ser lo mismo en todas las ciudades, estados y civilizaciones y que su definición ha de tener valor universal. Porque lo justo, lo bueno, la virtud, en una palabra, ha de ser igual en cualquier sitio, lugar, civilización o cultura en la que nos hallemos. Ha de ser consustancial al ser humano. Tiene que corresponderse con uno de los principios inmutables de la humanidad, lo mismo que son los valores humanos que han de ser respetados por todas las civilizaciones, culturas, etnias y formas de convivencia entre los seres pensantes que poblamos este mundo. Por ello la consecución de lo bueno, lo justo, la virtud, en fin, ha de ser un objetivo al que ha de tender todo ser humano.

La base de sus enseñanzas y lo que inculcó a sus discípulos fue la creencia en una comprensión objetiva, entender los conceptos de amor, virtud y el conocimiento de uno mismo. Para él, todo vicio era el resultado de la ignorancia y decía que ninguna persona, por su propia naturaleza, desea el mal. (Posiblemente Rousseau, en su Emilio, sólo quiso ampliar esta idea). Por ende, la virtud es el conocimiento y quienes conocen el bien actuarán de manera justa. Considera que la virtud nos permitirá decidirnos por las mejores acciones y con ellas podremos distinguir entre el vicio, el mal y el bien y entenderemos que la virtud se puede alcanzar por medio de la educación fundamentada en nuestra moral

Platón

Plantea que el hombre tiene tres grandes herramientas:
Intelecto
Voluntad
Emoción
Para cada una de éstas existe una virtud:

Sabiduría, para identificar las acciones correctas, saber cuándo y cómo realizarlas.

Valor, para llevar acabo estas acciones a pesar de las amenazas y defender los ideales propios.

Autocontrol, para interactuar con los demás seres y ante las situaciones más adversas cuando estamos realizando lo que debemos hacer para lograr nuestros propios fines.

Y a estas tres añade una más:

Justicia, para respetar las ideas de los demás, sin abandonar las nuestras, para compartir los frutos de nuestras acciones y ayudar a los otros a realizar las suyas.

El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.

De la misma manera opina que:

La justicia es una condición del alma cuando ésta se halla en perfecta armonía.
La virtud es una especie de salud, de belleza y de buenas costumbres del alma.

En su Menón pone en boca de Sócrates que éste busca la índole de la virtud, pero el tema final del diálogo queda abierto: “antes de investigar de qué manera llega a los hombre la virtud, intentemos investigar primero qué es la virtud en sí misma”.

La virtud rectora para Platón es, como es sabido, la prudencia, a la que siguen la justicia, la fortaleza y la templanza. La prudencia no es estrictamente para Platón distinta de la sabiduría, ya que entiende por aquella cierta sabiduría práctica.

Aristóteles Las virtudes que le interesan a Aristóteles son las virtudes del alma, y de éstas las que se refieren a la parte racional a la que divide en dos: intelecto y volunta.

Cuando el intelecto está dispuesto para el conocimiento o posesión de la verdad decimos que dicho intelecto es virtuoso y bueno.

Existen dos clases de virtudes: virtudes éticas (de  costumbre (moral) y virtudes dianoéticas. Las primeras podríamos considerarlas como las virtudes morales y las segundas como las intelectuales (Ética a Nicómaco, II, 1) Las éticas más importantes serían, para Aristóteles: la Fortaleza, la Templanza y la Justicia y son adquiridas a través del hábito y de la costumbre y consisten fundamentalmente, en el dominio de la parte irracional del alma (sensitiva) y regular las relaciones entre los hombres.

Las virtudes dianoéticas () se corresponden con la parte racional del hombre, siendo, por ello, propias del intelecto () o del pensamiento ().
Aristóteles considera que las principales virtudes dianoéticas son: la inteligencia (sabiduría) y la prudencia.

En su Ética, escrita para su hijo Nicómaco, dice en el libro II: “Existen dos clases de virtud, la intelectual y la ética. La intelectual debe, en su mayor parte, su origen y su progreso a la enseñanza y por eso requiere experiencia y tiempo”. La ética (virtud) procede de la costumbre, por lo cual, de esa palabra, ligeramente modificada se ha derivado su nombre mismo. Ninguna de las virtudes éticas se origina en nosotros por naturaleza, ya que ninguna cosa natural se transforma por la costumbre.

En la misma obra escribe: “la virtud es un modo de ser selectivo, siendo un término relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello que decidiría el hombre prudente”.

En este trabajo realiza Aristóteles un análisis de la relación del carácter y la inteligencia con la felicidad. Aristóteles distingue dos tipos de “virtud” o excelencia humana: MORAL E INTELECTUAL. La virtud moral es una expansión del carácter, producto de los hábitos que reflejan ocupaciones repetidas. Una virtud moral siempre es el punto medio entre dos extremos menos deseables (dicho popular: “en el medio está la virtud”). El valor, por ejemplo es el punto intermedio entre la cobardía y la impetuosidad irreflexiva; la generosidad, por su parte, constituiría el punto medio entre el derroche y la tacañería. Las virtudes intelectuales, sin embargo, no están sujetas a estas doctrinas de punto intermedio.

Nos dice que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.

Para él las virtudes intelectuales son cinco en número de las cuales el alma siempre dice la verdad; afirmando o negando, a saber: arte, ciencia, prudencia, sabiduría e intelecto. En la razón especulativa pone tres: el hábito de ciencia, el de los principios y el de la sabiduría. En la razón práctica anota dos: el hábito de la prudencia y el del arte.

Por lo tanto las virtudes no se originan ni por naturaleza ni contra la naturaleza, sino por el hecho de que teniendo natural disposición para recibirlas, las llevamos a pleno desarrollo mediante la costumbre. Adquirimos las virtudes ejercitándonos antes, pues lo que no se puede hacer sin haberlo aprendido lo aprendemos haciéndolo. La virtud del hombre será el hábito por el cual éste se hace bueno y por el que ejecuta su obra propia.

Digamos, pues, que la virtud es un hábito selectivo, que consiste en un término medio. Pero en el orden de lo excelente y lo bueno, un extremo.

Pero no toda acción ni toda pasión admiten término medio, pues hay alguna cuyo solo nombre implica maldad.

Epicuro

Éste defendía que el placer constituye el bien supremo y es la meta más importante de la vida. Prefiere los placeres intelectuales a los sensuales, que tienden a perturbar la paz del espíritu. La verdadera felicidad, según Epicuro, consiste en la serenidad que resulta del dominio del miedo, es decir de los dioses, de la muerte y de la vida futura. El fin último de toda la especulación epicúrea sobre la naturaleza es eliminar esos temores. Los epicúreos mantenían que es mejor posponer el placer inmediato con el objeto de alcanzar una satisfacción más segura y duradera. Insistieron en que la vida buena debe estar regulada por la autodisciplina.

Sobre La felicidad piensa que es imposible ser feliz sin ser también sabio, honorable y honesto, y es imposible ser sabio, honorable y honesto sin ser también feliz. La felicidad es tan dependiente de la práctica de la sabiduría, el honor y la honestidad que ser negligente con sólo uno de estos valores conducirá irremediablemente a problemas y lamentaciones en la vida.

El individuo honesto tiene más paz mental que nadie; es el hombre o mujer deshonesto quien siempre tiene alguna razón para preocuparse y sentirse ansioso.
Voy a espigar algunas frases de lo que opina Cicerón respecto a la virtud y que he tomado de la obra del mismo nombre, escrita por Anthony Everitt.

“Se pretendía que con el estudio de la retórica, tanto como con el de la literatura, se diese a los estudiantes una base ética, una educación moral que inculcaba las virtudes de la entereza, la justicia y la prudencia, pág. 67.

“Por esta razón, la política se dirigía en gran parte desde una base personal y era vista en términos morales, más que colectivos. El sistema de clientelas no era comparable a las alianzas basadas en programas políticos o manifiestos para la acción común”, pág.70-71.

“La tarea del hombre es vivir una vida activa en harmonía con la naturaleza; ésa era la manera de ser virtuoso, pues la virtud es el principio activo que infunde la naturaleza”. Pág. 93.

“La gente naturalmente prefiere que se les mienta a que se les niegue ayuda”. (Frase de Quinto Cicerón, hermano de Marco Tulio, cuando le preparó a éste una breve guía para su campaña electoral para obtener el consulado en el año 63 A.C.), pág. 151.

“La Ley es la razón más elevada, implantada en la naturaleza, que dirige lo que se ha de hacer y prohíbe su opuesto. Esta razón, cuando se fija firmemente en la mente humana y llega a su pleno desarrollo es la Ley. Y de este modo…la Ley es una inteligencia cuya función natural es dirigir la conducta y prohibir la maldad. La virtud es la razón en su pleno desarrollo (De Lege)”. pág. 292.

Los estoicos

La filosofía del estoicismo se desarrolló en torno al 300 a.C. Según los estoicos la naturaleza es ordenada y racional y sólo puede ser buena una vida llevada en harmonía con la naturaleza. La práctica de algunas virtudes cardinales, como la prudencia, el valor, la templanza y la justicia, permite alcanzar la independencia conforme al lema de los estoicos: “Aguanta y renuncia”. De ahí que la palabra estoico haya llegado a significar la fortaleza frente a la dificultad.

Séneca pensaba sobre la virtud: “La consecución de la felicidad, por tanto, sólo es realmente posible con el ejercicio de la virtud. Nadie puede vivir alegremente sin vivir también con honestidad”. Cree que: “No hay virtud sin trabajo”. Distingue entre las virtudes duras o difíciles o blandas o más fáciles de poner en práctica.

Entre las duras está la paciencia, la fortaleza y la perseverancia. Entre las blandas, la liberalidad, la templanza y la mansedumbre.

Para él, el bien y la virtud consisten en vivir de acuerdo con la razón, evitando las pasiones que son desviaciones de nuestra propia naturaleza. La pasión es lo contrario a la razón.

También manifiesta que: “el sabio ideal es aquél que vive conforme a la razón, está libre de pasiones y se considera ciudadano del mundo”.

La virtud aborrece a los espíritus bajos.
La virtud pierde sus fuerzas si le falta oposición.

También dice:

“La virtud es algo elevado excelso y regio, invencible e infatigable; el placer es algo servil, flaco y mezquino, cuyo asiento y domicilio son los lupanares y tabernas. Se encontrará la virtud en el templo, en el foro, atezada, con las manos encallecidas; al placer sin embargo, casi siempre escondido en busca de tinieblas, en los lugares en los que se teme a la policía, blando, sin frío, húmedo de vino y perfumes, pálido y cubierto de afeites y lleno de ungüentos como un cadáver. El sumo bien es inmortal, no puede desaparecer y no conoce el hastío ni el arrepentimiento; pues un alma recta no cambia nunca, ni se aborrece, ni muda nada, porque siempre ha seguido lo mejor; pero el placer, en cambio, cuando más deleita, se extingue. Y no tiene mucho espacio, por lo cual pronto lo llena y produce hastío y se marchita después de los primeros transportes. Y nunca es seguro aquello cuya naturaleza consiste en el movimiento; así no puede tener consistencia alguna lo que llega y pasa del modo más fugaz, para perecer en su mismo uso, pues viene el tiempo en el que cesa, y cuando comienza ya ve su fin.

La virtud es algo valioso en sí mismo”.

S. Agustín, describió a la virtud como “orden del amor”, porque el amor es la virtud más alta y como el alma de todas las demás. Distingue entre virtudes adquiridas e infusas que después recogerá Stº Tomás de Aquino.

La virtud es una buena cualidad de la mente mediante la cual vivimos derechamente, cualidad de la que nadie debe abusar y que se produce, a veces, en nosotros sin nuestra intervención. (No estoy totalmente de acuerdo con este postulado porque se opone a que las virtudes pueden ser adquiridas a fuerza de propósitos rectos y bondadosos en los que la fuerza de la voluntad y la perseverancia en el ejercicio diario de las mismas lo son todo y hacen que el ser humano llegue a alcanzar un grado de autodominio que si no lo consigue sí puede acercarse a la perfección en la convivencia).



Sto. Tomás de Aquino

Para él la sabiduría, la ciencia y el intelecto implican la rectitud del conocer acerca de las cosas necesarias, el arte y la prudencia, involucran la rectitud de la razón respecto a lo contingente.

También nos dice: “Verum et bonum sunt aeque nobilia. Si igitur in voluntate, cuius obiectum est bonum, potest esse virtus; ergo in intelelectu speculativo, cuius obiectum est verum poterit esse virtus.Virtutes autem possunt esse non solun in affectu, sed etiam in intellectu. Habitus perfieciens intellectum ad verum congnoscendum, vel in speculativis vel in practicis, dicitur virtus. Non solum oportet esse habitum virtutis in voluntade imperante, sed etiam in intellectu assentiente”.
Puesto en castellano significa: “Lo verdadero y lo bueno son igualmente nobles. Pues si en la voluntad, cuyo objetivo es lo verdadero, puede encontrarse la virtud; por ello en el entendimiento especulativo cuyo objeto es lo verdadero, puede hallarse la virtud. Sin embargo las virtudes pueden encontrarse no sólo en la disposición anímica, sino también en el entendimiento. El hábito dispone al entendimiento para conocer el bien, pues se encuentra éste ya en las cosas especulativas, ya en las prácticas. No sólo conviene tener el hábito de la virtud en la voluntan cuando manda, sino también en el entendimiento cuando asiente”.

Las virtudes se han de distinguir donde aparecen distintas razones de virtud. Pues bien, se ha dicho que un hábito tiene razón de virtud porque solamente causa la facultad de producir una obra buena, mientras que otro la tiene, no sólo por causar esa facultad, sino también el uso. Ahora bien, el arte causa sólo la facultad de producir obras buenas, porque no dice orden al apetito; la prudencia, en cambio, no sólo causa esa facultad, sino también el uso, pues dice orden al apetito, en cuanto que presupone la rectitud del mismo.

La razón de esta diferencia es que el arte es la recta razón de lo factible, mientras que la prudencia es la recta razón de lo agible. Ahora bien, difieren el hacer y el obrar, porque, según se dice en el libro IX Metaphys., la hechura es un acto que pasa a la materia exterior, como edificar, cortar, y cosas parecidas, mientras que el obrar es un acto que permanece en el mismo agente, como ver, querer, y cosas similares. Así, pues, la prudencia está respecto a estos actos humanos, que son el uso de las potencias y de los hábitos, en la relación en que está el arte respecto a las obras exteriores, porque una y otra son la razón perfecta respecto a aquello a que se aplican. Pero, así como la perfección y la rectitud de la razón en el orden especulativo dependen de los principios, a partir de los cuales la razón silogiza que la ciencia depende del entendimiento, que es el hábito de los principios, y lo presupone; en los actos humanos los fines ejercen la función que los principios en el orden especulativo.
Por consiguiente, para la prudencia, que es la recta razón de lo agible, se requiere que el hombre esté bien dispuesto respecto a los fines, lo cual se logra por el apetito recto. De ahí que para la prudencia se requiera la virtud moral que hace que el apetito sea recto. En cambio, el bien de las obras de arte no es el bien del apetito humano, sino el bien de las obras mismas; por eso el arte no presupone el apetito recto. Esa es la razón de que se alabe más al artista que realiza mal la obra queriendo, que al que le ocurre lo mismo sin querer; en cambio, es más imprudente el que peca queriendo que el que peca sin querer, puesto que la rectitud de la voluntad es esencial a la prudencia, y no lo es al arte. Por todo lo cual resulta claro que la prudencia es una virtud distinta del arte.

STA. TERESA DE JESÚS dice que:

No son buenos los extremos, aunque sean en la virtud.

ANTONIO MACHADO opina que:

Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas.

Aunque ya he citado algunas frases de lo que Cicerón pensaba respecto a la virtud y, cuando hable más detenidamente de las virtudes cardinales mencione alguna cita del mismo sobre ellas, ahora quiero exponer lo que él piensa de forma general sobre la virtud y que dejó reflejado en su libro “De finibus bonorum et malorun”.

En el capítulo XIII, de forma resumida dice:

“El factor más perturbador en la vida del hombre es la ignorancia sobre lo bueno y lo malo. Los deseos son incapaces de producir satisfacción; ellos arruinan no sólo a individuos sino a familias enteras, más aún, a menudo sacuden las bases mismas del Estado. Es que ellos son la fuente del odio, de la disputa y de la refriega, de la sedición y de la guerra, por ello el hombre sabio y virtuoso es el que arranca de sí todo crecimiento de vanidad y error. Posiblemente pueda vivir liberado del sufrimiento y del temor, contento dentro de los límites de la Naturaleza”.

Para MAQUIAVELO la virtud es una cosa secundaria ya que piensa que en política se puede aceptar el medio inmoral para alcanzar un fin bueno. De ese modo la virtud interna no importa, o, en todo caso, pasa a ser secundaria, primando la eficacia práctica en la consecución de un objetivo. Aunque éste nunca dijo que “el fin justifica los medios”, de esta afirmación o concepción de la virtud podemos colegir tal frase, ya que prefiere el fin al medio que se utilice para conseguirlo.

Considera que la virtud fundamental es la prudencia.

HUME

Para éste virtud es toda acción o cualidad mental que da al espectador el sentimiento placentero de aprobación y al vicio como lo contrario.

ROUSSEAU

Mantiene que el amor de sí y su consecuente sentimiento son el fundamento de la virtud. El amor propio y las pasiones derivados del egoísmo, la competencia y el interés personal, lo son del vicio. La opción que puede tomar el hombre entre vivir a partir del amor de sí y, por tanto, ser libre y feliz, o vivir esclavo del amor propio, atraviesa por la noción rousseniana de conciencia.
Entiende por virtud lo que tiene que ver con el poder y la fuerza que tenga el hombre para someter las pasiones a los dictados del amor y al orden de la conciencia a fin de restablecer el amor natural de sí.

KANT

La ética kantiana no es una ética de virtudes ni de bienes, sino de normas, y ello porque, en rigor, desconoce la índole de la virtud, la relación de ésta con el bien, al que Kant no da entrada en la ética, y el papel central, hegemónico de la virtud en la ética.

Sin embargo cree que el bien supremo es la virtud. Pero no identifica la felicidad con la virtud, ya que la felicidad no es el bien supremo, al menos no en el sentido de que el bien supremo sea una condición última, como es la virtud. No, la felicidad además debe ser algo así como una combinación de condiciones últimas y lo perfecto.

CHARLES CALEB COLTON opina que:

El vicio atormenta en medio de los placeres, la virtud, en cambio, nos conforta en medio de nuestras aflicciones

GERORGE BERNARD SHAW cree que:

La virtud, en ocasiones, no consiste en abstenerse del vicio, sino en no desearlo.

JUAN FERNANDO SELLÉS profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra piensa:

Que, a la mejoría interna, los clásicos la llaman simplemente hábito; a la de la voluntad virtud.

A continuación hace un breve recorrido sobre la virtud, desde la época clásica hasta la contemporánea, expresando lo siguiente:

GÉNESIS CLÁSICA Y DESARROLLO MEDIEVAL

Se encuentra en los escritos de Aristóteles un estudio riguroso de la virtud, como un hábito o modo de ser. Se le debe la multiplicidad de virtudes que adjunta a la voluntad.

El tema de la virtud fue central en los estoicos, por la neta influencia de Platón.

EL ECLIPSE MODERNO YCONTEMPORÁNEO

En el Renacimiento se comienza a comprender la virtud como una fuerza. El caso de Maquiavelo es representativo, pues ya no se concibe la virtud como una perfección intrínseca sino como cierta fuerza, bastante astuta, por cierto para vencer prácticamente. El concepto de fuerza en Descartes se puede encontrar, aunque con notables variantes, en autores tan dispares como Kant o Nietzche. Ese concepto dará lugar a la espontaneidad en autores como Schiller. Ahora bien, la virtud nada tiene que ver ni con ese concepto de fuerza ni con la espontaneidad, y tanto es así, que éstas son precisamente la imposibilidad de la virtud.

Las virtudes de la voluntad se forman, merced al apoyo de la persona, a base de repetición de actos: ¿Por qué? porque así como el entendimiento topa con la evidencia, la voluntad jamás, en la presente situación, topa con la felicidad completa que la satura, de modo que no se puede volver atrás, decaer en su querer. En efecto las virtudes son vasos comunicantes, porque como las virtudes están conexas, todas comienzan a existir en el alma “simul” (conjuntamente). Si se mejora en una, se mejora en todas las demás. Si se adquiere, en cambio, un vicio, mengua toda la capacidad de querer.

Una regla de la moral cartesiana propone que se debe tener una resolución firme y constante de llevar adelante todos los dictados de la razón sin dejarse influir por la pasión o el apetito. “Y es la firmeza-añade- en esa resolución lo que yo pienso que debe tenerse por virtud”

BREVE EXPOSICIÓN SOBRE LAS CUATRO VIRTUDES CARDINALES

Realizado este pequeño y no exhaustivo recorrido, seguidamente expondré algunas reflexiones sobre las cuatro virtudes, que desde la Antigüedad, se han considerado las más importantes para el ser humano ya que son las que le pueden proporcionar a éste el equilibrio, la ecuanimidad y la reciedumbre suficiente para que se enfrente a cualquier circunstancia de la vida, con total dominio de sus apetencias, sus pasiones e inclinaciones y salir indemne y sin menoscabo de su integridad moral.

Aristóteles en la Ética, de un modo sucinto y abreviado por mi parte, le expone a su hijo cómo ha de comportarse el hombre sabio justo y virtuoso.

Cicerón profundo conocedor de los filósofos griegos, a mi entender, siguiendo a Aristóteles, le escribe a su hijo Marco la obra “De officiis” en la que, haciendo un escueto resumen, le habla de igual manera sobre cómo ha de actuar en la vida y cuáles son las virtudes que ha de practicar para ser un hombre de bien. Le dice que la honestidad, virtud a la que ha de tender todo ser humano, tiene que cimentarse sobre las cuatro virtudes principales, es decir: la prudencia la justicia, la fortaleza y la templanza.
LAS CUATRO VIRTUDES EJES DE TODAS LAS DEMÁS
La que siempre se ha considerado la primera es la
LA PRUDENCIA Es la actitud humana que encuentra el punto medio en cada situación. Cuando uno hace algo virtuoso, la acción es buena de por sí. La prudencia no es ni ciencia ni praxis, es una virtud en sí misma.
Cicerón en su “De officiis” le dice a su hijo:
“Por ejemplo de la primera, en que colocamos la prudencia y la sabiduría, nace la indagación y el descubrimiento de la verdad; y éste es el oficio propio de esta virtud. Porque el hombre que con más claridad percibe la pura e ingenua verdad de cada objeto, el que penetra con más agudeza y prontitud las razones, es el que se reputa por el más sabio y prudente. Por lo cual el objeto de esta virtud y la materia, digámoslo así, que ha de tratar y en el que ha de ejercitarse, es la verdad. La prudencia consiste en el conocimiento de las cosas; la justicia, fortaleza y templanza, en la acción. Porque la prudencia mira al conocimiento de la verdad, la justicia a la conservación de la sociedad, la fortaleza a la grandeza de ánimo en el obrar y la templanza al orden, moderación y constancia a todo cuanto se trata en la vida.
Las otras tres tienen por objeto las necesidades de buscar y conservar aquellas cosas en las que consiste el arreglo de nuestras operaciones, como son: mantener la unión y sociedad entre los hombres; el que resplandezcan la grandeza y la excelencia de ánimo, así como en aumentar las facultades y adquirir provechos para sí y para los suyos, como principalmente en despreciarlos; y al orden y a la moderación y constancia y otras cosas semejantes pertenecen aquellos actos exteriores que no son sólo de pura especulación, sino que juntamente requieren alguna práctica. De forma que, guardando este orden y regla en la conducta de nuestra vida, conservaremos la honestidad y el decoro”.
El bien de la razón está esencialmente en la prudencia, que elige según el bien absoluto; también está en la justicia, que practica el bien dictado por la prudencia.
Es la virtud de actuar de forma justa, adecuada y con cautela, definida por los Escolásticos como la recta ratio agibilium (recta razón de las cosas factibles), para diferenciarla del arte recta ratio factibiliun (recta razón de, lo realizable). De comunicarse con los demás por medio de un lenguaje claro, literal, cauteloso y adecuado. De crear respetando los sentimientos, la vida y las libertades de aquellos a quienes pueda afectar mi creación.
Consiste en actuar con reflexión y precaución para evitar posibles daños. Dispone la razón práctica para discernir el bien y elegir los medios justos para realizarlo.
La ética católica considera que la prudencia dispone a la razón para discernir, en cada circunstancia, el verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida.
Consiste en actuar con reflexión y precaución para evitar posibles daños, dispone la razón práctica para discernir el bien y elegir los medios justos para realizarlo. Es el valor que nos ayuda con mejor conciencia frente a las situaciones ordinarias de la vida, nos impulsa a reflexionar y a considerar los efectos que pueden producir nuestras palabras y acciones, teniendo como resultado un actuar correcto en cualquier circunstancia. Este valor se forja por la manera en que se conduce el hombre ordinariamente. Ante una situación problemática se debe, antes que nada, reflexionar y conservar la calma, en todo momento, pues si nos damos cuenta y pensamos, la mayoría de los malos aciertos en la vida, ocurren por una mala decisión.
El Catecismo de la Iglesia católica también nos dice:
La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien al elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos”. “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración”. “La prudencia es la regla recta de la acción”, escribe Stº Tomás, siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum, conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.
En definitiva, la prudencia es un juicio ordenado. Ésta juzgará si, en un determinado caso, nos podemos comportar de un modo que no sea el adecuado. Moralmente será siempre más prudente aquél que sabrá tomar la mejor decisión sin atropellar la moral ni lo ético. Si se actúa con prudencia no existen los riesgos, pues se procede razonando y usando la lógica. De esta manera se medita y prevén los actos. Es muy seguro que, si se usa la prudencia, el error sobre las decisiones y hechos será mínimo. De esa forma la prudencia se convertirá en guía segura de nuestras acciones y nos proporcionará una personalidad recia, segura, perseverante capaz de comprometerse en todo y con todos, generando confianza y estabilidad en quienes nos rodeen.
No hay lugar a duda de que la prudencia es una virtud. Es más la primera de las virtudes cardinales. Virtud, en términos generales, es la elevación del ser en la persona humana, o bien, como decía Kant, es la fortaleza moral de obrar de acuerdo con los principios del deber. O, según Sto. Tomás, es lo máximo a lo que puede aspirar el hombre, o sea, a la total realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural. A partir de Aristóteles se destaca el poder de la voluntad que pasó a ser, junto con la inteligencia, los elementos de la virtud. La virtud no es la simple “honradez” o forma “correcta” de un hacer u omitir, completamente aislado; significa más bien la verdadera esencia del hombre en los dos planos, el material-humano y el místico-divino, o mejor, el natural y el sobrenatural.
La prudencia no es tan sólo el simple afán de la propia conservación, o el cuidado de sí mismo, que no deja de ser un poco egoísta, sino que es medida, guía y razón de las virtudes morales, influyendo en todas ellas, sin excepción, suministrando a cada una, el complemento que le permite el logro de su propia esencia. De ahí que la prudencia es, en efecto, la medida del saber, querer, osar y callar.
Los distintos modos de ese saber, querer, osar y callar, constituyen, por otra parte, las distintas formas de imprudencia. Por ejemplo, quien se lanza resueltamente a una acción, sin pararse a deliberar como es debido y sin formular un juicio fundado, es imprudente según el modo de la impremeditación. Un segundo modo de la imprudencia es la inconstancia, porque ella puede malograr y cortar el paso al proceso de transformación del conocimiento, haciendo que la deliberación y el juicio caigan en el plano de lo infructuoso, en lugar de seguir su curso hasta alcanzar el momento definitivo, el momento de la verdad. Y finalmente otro modo de imprudencia, como por ejemplo la astucia, que es una especie de sentido simulador e interesado, al que no atrae más valor que el práctico de las cosas y que es distintivo del hombre intrigante incapaz de actuar rectamente. La simulación, los escondrijos, el ardid y la deslealtad representan el recurso de los espíritus mezquinos.

La prudencia es la virtud que permite cambiar el conocimiento de la realidad en práctica del bien. Implica la humildad de percibir nuestro entorno en silencio y con sencillez. También significa una relación entre el rigor, la deliberación y el arrojo. La prudencia enseña el camino hacia la perfección propia y evolución espiritual.

El prudente puede ser justo, fuerte y templado.

LA JUSTICIA

Posiblemente sea una de las virtudes más difíciles de practicar.
Cicerón en su obra citada “De officiis” le dice a su hijo Marco que el fundamento de la justicia es la fidelidad, o lo que es lo mismo, la firmeza y veracidad en las palabras y contratos. Dice, buscando su origen, a imitación de los estoicos, que procede de la palabra fiat porque la fidelidad consiste en hacer lo que se ha prometido. El vicio contrario a la justicia es la injusticia que, a su vez es de dos géneros: uno, de los que hacen la injuria, y otro, de los que pudiendo no la estorban del que la recibe. Porque el que acomete a otro injustamente incitado por su ira y su enojo, éste parece que se arma contra la vida de su prójimo.
También manifiesta que la avaricia y la ambición son dos causas comunes de injusticia. De igual manera le expone que hay dos formas de caer en la injusticia: o con violencia, o con engaño. Dice que la primera es propia de leones y la segunda de astutas raposas, empero la más aborrecible es esta última. Sin embargo que, entre todas las injusticias la más perniciosa es la de aquellos que, cuando más engañan, es cuando más pretenden acreditarse como hombres de bien.

Dejemos por ahora a Cicerón, ya lo retomaremos más adelante y expongamos otros conceptos de justicia, pues ésta también consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Para ello precisamente se necesita la guía de la prudencia. La justicia no existe sin la misericordia, la caridad o el amor.

La Justicia es el conjunto de reglas y normas que establecen un marco adecuado para las relaciones entre personas e instituciones, autorizando, prohibiendo y permitiendo acciones específicas en la interacción de individuos e instituciones.

Este conjunto de reglas tiene un fundamento cultural y en la mayoría de las sociedades modernas un fundamento formal:

El Fundamento cultural se basa en un consenso amplio entre los individuos de una sociedad sobre lo bueno y lo malo, y otros aspectos prácticos de cómo deben organizarse las relaciones entre personas. Se supone que en toda sociedad humana, la mayoría de sus miembros tienen una concepción de lo justo, y se considera una virtud social el actuar de acuerdo con esa concepción.

El Fundamento formal es el codificado formalmente en varias disposiciones escritas, que son aplicadas por jueces y personas especialmente designadas, que tratan de ser imparciales con respecto a los miembros e instituciones de la sociedad y los conflictos que aparezcan en sus relaciones.

Esta virtud se asienta en dar a cada uno lo que se le es debido. Para Aristóteles hay dos clases de justicia:

La Justicia DISTRIBUTIVA, que consiste en asignar las ventajas y desventajas que corresponden a cada miembro de una sociedad, según su mérito.

La justicia CONMUTATIVA, (de conmutar, cambiar una cosa por otra) restaura la igualdad perdida, dañada o violada, a través de una retribución o reparación regulada por un contrato.

La palabra Justicia se ha usado y se emplea para designar el criterio ideal, o por lo menos, el principal criterio ideal del Derecho, es decir, la idea básica sobre la cual debe inspirarse el Derecho; pero también justicia ha sido empleada para denotar la virtud universal de las demás virtudes, como decía Theognis: “en la justicia se comprenden todas las virtudes”.
De modo que, primero diré todo lo que algunos sabios dicen de la justicia y luego expondré una conclusión. Empecemos con Platón, para éste, la justicia es la virtud fundamental de la cual derivan todas las demás virtudes, pues constituye el principio armónico ordenador de éstas, el principio que determina el campo propicio de acción de cada una de las demás virtudes: de la prudencia o sabiduría para el intelecto, de la fortaleza o valor para la voluntad y de la templanza para los apetitos y tendencias.

Para Aristóteles: “la justicia es expresión de la virtud total o perfecta”, pues consiste en una medida de proporcionalidad de los actos, la cual representa el medio equidistante entre el exceso y el defecto”.

En la Biblia: “Justicia” significa la suma de todo bien, se llama justa a la persona buena, piadosa, humanitaria, caritativa, agradecida y temerosa de Dios.

Cicerón en el capítulo XVI de “Finibus bonorum et malorum” manifiesta: “La justicia nunca ha ocasionado daño a alguien, sino por el contrario, siempre provee algún beneficio, en parte debido a su influencia esencialmente tranquilizante sobre la mente, y en parte por la esperanza que ella garantiza de proveer permanentemente las cosas que efectivamente requiere la naturaleza no corrompida. Tampoco se puede decir que la justicia sea deseable por sí misma; es así por ser tremendamente generadora de gratificación. El respeto de los demás y su afecto son gratificantes, ya que nos da la sensación de haber obrado equitativamente al darle a cada uno aquello que por derecho le corresponde. Lo que nos proporciona tranquilidad con nosotros mismos, al saber que hemos obrado correctamente”.

El Catecismo de la Iglesia Católica, nos dice sobre la justicia:

La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es la llamada virtud de la religión. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y establecer en las relaciones humanas la harmonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y por su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con la justicia juzgarás a tu prójimo”. “Amos dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo.”

Veamos qué piensan otros autores sobre ella:

S. Ambrosio llama a la Justicias “fecunda generadora de otras virtudes”.

S. Agustín la hace consistir en el amor del sumo bien y de Dios y la presenta también como la suma de toda virtud, que establece para cada cosa su propio grado de dignidad y que, consiguientemente, subordina el alma a Dios y el cuerpo al alma y que además señala un orden en los asuntos humanos.

Para Sto. Tomás, la Justicia es el modo de conducta (habitus), según el cual un hombre, movido por una voluntad constante e inalterable, da a cada cual su derecho.

Alfonso X el Sabio define la Justicia como “arraigada virtud que da y comparte a cada uno igualmente su derecho”.

Brunetto Lattini, pensador italiano del siglo XIII, dice que la Justicia es una virtud enteramente racional, encaminada a establecer un orden de equilibrio y de igualdad.

Hume dice que la Justicia consiste en que cada acto singular es realizado con la expectativa de que los otros humanos realizarán lo mismo.

Resumiendo, por no seguir citando autores, ya que haría esta conferencia interminable: El Acto de la Justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde por su naturaleza y según sus méritos. No se trata de dar a todos por igual, pues aunque, al nacer, todos vengamos al mundo con derecho a tener las mismas oportunidades y gozar de todos los beneficios por igual, con el transcurrir del tiempo, unos hacen más méritos que otros, para tener más derecho a disfrutar de unas cosas que los demás, por apatía, falta de sacrificio o tesón o por la simple circunstancia de no estar interesados en ello, no tienen razón alguna para reclamar y, mucho menos que se le concedan los mismos beneficios que se les otorgan a los que se han sacrificado, esforzado, renunciado a placeres y comodidades de los que los demás no han querido privarse, pues caso contrario, es decir si a todos, a los que se han esforzado por conseguir algo y a los que no se han molestado en ello, les hiciésemos un reparto igualitario de ciertos beneficios, estaríamos haciendo todo lo contrario a la Justicia, o sea, una injusticia, ya que si el que no se esfuerza, consigue lo mismo que recibe el que se esfuerza y sacrifica, estaría obteniendo un bien que no le corresponde por estricta justicia, por consiguiente estaríamos perjudicando al que ha sacrificado parte de su vida para obtener un bien que, en el caso citado, también recibiría el que no se ha molestado para ello, por lo se llegaría a realizar un agravio comparativo.

Hoy día, en una mal entendida igualdad de derechos, se tiende a nivelar los de todo el mundo por lo bajo, o sea, en la enseñanza, se aprueba lo mismo al que estudia que al que no (lo se por experiencia), en el trabajo todos se consideran con los mismos derechos, igualándose el vago con el trabajador y esforzado, lo que está produciendo la falta de aliciente y motivación para los probos y honrados, ya que ven que otros, sin el mínimo esfuerzo, están recibiendo los mismos bienes que ellos que han, como se dice vulgarmente, “sudado la camiseta”. Esto, como he dicho antes, no es justicia equitativa sino injusticia vejatoria.

El dar a cada uno lo suyo supone un precedente por medio del cual, algo se constituye en propiedad de alguien, es decir, se ratifica un derecho de reclamar de otro como algo que se le adeuda y que no corresponde a nadie más que a él. La razón de que un hombre le deba a otro se encuentra unas veces en la celebración de pactos, contratos, promesas, disposiciones legales y otras veces hay que buscarla en la naturaleza misma de la cosa, sin embargo el acto mismo de Justicia no sólo se fundamenta en una acción mediante la cual algo pasa a ser debido, sino que supone además el acto de la prudencia, que consiste en plasmar en conducta la verdad de lo real.




TEORIZACIÓN SOBRE LA JUSTICIA

La Justicia no es dar o repartir cosas a la humanidad, sino el saber decidir a quién le pertenece esa cosa por derecho. La justicia es ética, equidad y honradez. Es la voluntad constante de dar a cada uno lo que es suyo. Es aquél sentimiento de rectitud que gobierna la conducta y hace acatar debidamente todos los derechos de los demás. Hans Kelsen la define así: “La Justicia es para mí aquello en cuya protección puede florecer la ciencia, y junto con la ciencia, la verdad y la sinceridad. Es la justicia de la libertad, la justicia de la paz, la justicia de la democracia, la justicia de la tolerancia”.

Otro nivel de análisis es entender la justicia como valor y fin del Derecho (más que como virtud subjetiva) al que podemos conceptuar juntamente con Norberto Bobbio como “Aquél conjunto de valores, bienes o intereses para cuya protección o incremento los hombres recurren a esa técnica de convivencia a la que llamamos “Derecho”. Ahora bien, en cuanto al “ideal de justicia”, o sea, a ese conjunto de condiciones protegidas por el derecho se puede considerar desde una perspectiva absoluta iusnaturalista dentro de la cual todo derecho es justo y si no es justo no es derecho. Pero desde una perspectiva iuspositivista el derecho es condición de la justicia y a la vez ésta es una medida de valoración del derecho, por lo que podemos decir que un derecho positivo determinado es justo o es injusto de acuerdo a un ideal de justicia subjetivo.

Todas las virtudes están comprendidas en la justicia. En definitiva, la verdadera justicia es el arte de dar lo justo o hacer dar lo justo a un individuo, basándose en los principios del arte del Derecho, sin tener ningún tipo de discriminación o preferencia hacia ninguna persona. Ya que todas las personas deben ser tratadas sin ninguna discriminación o preferencia, pues si fuese así, se estaría dando una justicia falsa, y no sería dar a cada uno lo suyo, sino “dar a él lo que le toque”, dependiendo de su clase social, condición o raza.

Concepto revolucionario de la justicia Se basa en concebir la justicia como sentimiento y actitud humana que, fundamentado en los principios y normas de la ética, la moral y la ley, tiene como fin supremo lograr el respeto de los derechos colectivos e individuales de todos y cada uno de los miembros que integran una denominada sociedad, induciéndonos a decidir acciones como instrumentos específicos de premiar o sancionar la conducta humana, en proporción al bien o al daño causado por dicha conducta.

Proposiciones de algunos filósofos acerca de la Justicia.

-Platón nos habla de la Justicia Aristocrática como harmonía social. Propone que los puestos de mando los lleven los mejores de la sociedad, es decir, los más sabios.

-Aristóteles propone la Justicia como igualdad proporcional: Dar a cada uno lo que es suyo, o lo que le corresponde. Dice que lo que le pertenece a cada ciudadano tiene que estar en proporción con su rango social y sus méritos personales.

-Sto. Tomás de Aquino la considera como la Ley Natural. Dice que los ciudadanos han de tener los derechos naturales, que son los que Dios les da. Éstos serán más tarde llamados:

LOS DERECHOS HUMANOS.
Para los utilitaristas, las instituciones públicas se componen de una forma justa cuando consiguen maximizar la utilidad (en el sentido de la felicidad) agregada. Según esta teoría, lo justo es lo que beneficia al mayor número de personas a la vez. En contra de ella se puede argüir que, aunque beneficie a un mayor número de personas no tiene porqué ser justo. Pensemos en una expropiación forzosa sin contraprestación económica de unos terrenos de unas pocas personas que servirían para construir una zona de esparcimiento para beneficio de una comunidad. Esto sería beneficioso y útil para los que se aprovechasen de ello, pero no sería justo para los que se viesen desposeídos de sus bienes para que la mayoría gozase de un lugar de solaz.

LA JUSTICIA EN LA MITOLOGÍA MÁS CERCANA A NOSOTROS.

Salvo los nórdicos, tanto los griegos, cuanto los romanos representaron a la Justicia como una deidad femenina.

Temis, era para los griegos la deidad femenina que representaba la justicia divina. Ésta tenía dos hijas:
Astrea, era la encargada de la justicia moral
Dice, simplemente deidad de la justicia

Forseti era el dios de la justicia para los nórdicos.

Los romanos, finalmente, daban ese nombre a la diosa que la representaba, o sea, Iustitia.

DISTINTAS FORMAS DE INTERPRETACIÓN DE LA JUSTICIA

Aunque parezca extraño, la justicia no es unívoca, pues debiendo ser en esencia la misma para todos, sin embargo hay distintas maneras de ser interpretada, según veremos a continuación:

Justicia distributiva

Un aspecto interesante de la organización de las sociedades es cómo se reparten los recursos disponibles, los bienes producidos y la riqueza utilizable. En una palabra, se ha pensado profundamente en cómo distribuir los bienes y recursos de los que dispone la comunidad En principio, en la mayoría de sociedades se han manejado dos conceptos parcialmente incompatibles sobre qué es una distribución de los bienes y de la riqueza.

La justicia según la necesidad, sostiene que aquellos que tienen mayores insuficiencias de un bien, deben poseer asignaciones mayores. En general este criterio es preponderante al considerar la situación de personas enfermas o con discapacidad y también a segmentos de la sociedad con menos posibilidad de procurarse bienes, como los niños, los ancianos y los marginados. Se trata de la justa aplicación, en función de las carencias de cada uno, de los recursos a repartir entre los componentes de la ciudadanía.

La justicia según el mérito, sostiene que aquellos que más contribuyen a la producción de bienes y riqueza deben tener también una mayor proporción de los mismos. Algunos partidarios del liberalismo sostienen que poner en riesgo este criterio eliminaría un importante incentivo a la generación de la riqueza y el trabajo contributivo.

Aunque no neguemos la parte de verdad que apoya esta concepción de la justicia, también hemos de entender que los que más aportan, por su producción y su esfuerzo, normalmente son los que más poseen, por lo que consideramos que es de estricta equidad que lo compartan con los más desfavorecidos que, por sus circunstancias especiales, no se encuentran en condición de conseguir ni lo más mínimo para su necesario sustento. Caso contrario se procedería de una forma egoísta e insolidaria redundante en perjuicio de los más necesitados.

Ya Marx en su Crítica de Gotha señaló el error de confundir ambos tipos de justicia. En la práctica, en las sociedades modernas, los dos criterios de justicia distributiva coexisten en la asignación de recursos, aplicándose con mayor o menor prioridad uno u otro, según el caso concreto.

La tercera de estas virtudes, pilares y ejes de las demás, es:

LA FORTALEZA:

Resulta un poco difícil definir qué significa fortaleza porque existen muchas acepciones e igual número de conceptos, así que hablaremos de sus características principales, de sus manifestaciones y de su esencia.

La fortaleza supone vulnerabilidad. Sin vulnerabilidad no se daría la posibilidad misma de la fortaleza. Si el hombre puede ser fuerte, es porque es esencialmente vulnerable. La esencia de la Fortaleza consiste en aceptar el riesgo de ser “herido” en el combate por la realización del bien; entendiendo por “herida” aquí, toda agresión contraria a la voluntad que pueda sufrir la integridad natural, toda lesión del ser que descansa en sí mismo, todo aquello que, aconteciendo en y con nosotros, sucede en contra de nuestra voluntad.
En resumen, todo cuanto nos resulte negativo, cuanto nos cause daño o dolor, cuanto nos inquiete y oprima. La fortaleza, por tanto, no es independiente ni descansa sobre sí misma. Su sentido propio le viene sólo de su referencia a algo que no es de ella. Es por eso que la fortaleza es nombrada en tercer lugar en la serie de virtudes cardinales, y esta numeración no es casual, la prudencia y la justicia preceden a la fortaleza. Significa que sin prudencia y sin justicia no se da la fortaleza: sólo aquél que es prudente y justo puede además ser valiente. Por lo tanto examinemos un poco las relaciones de la prudencia y la justicia con la Fortaleza.

Meditemos, en primer lugar, sobre este aserto: sólo el prudente puede ser valiente. La prudencia tiene dos caras o fases: una cognoscitiva y mesurada, que mira a la realidad y otra que es resolutiva, perceptiva y prudente, que mira al querer y al obrar. En la primera se refleja la verdad de las cosas reales y en la segunda se hace visible la norma del obrar. Lo primero que exige la prudencia del hombre que actúa es que se encuentre en posesión de un saber directivo dirigido a la acción. Este saber directivo constituye la esencia de la prudencia. La prudencia es condición necesaria de toda virtud moral. Sin prudencia no hay justicia, fortaleza ni templanza.

La fortaleza es así fortaleza, en la medida que es informada por la prudencia. De ahí que la esencia de la fortaleza no es el exponerse de cualquier forma a cualquier riesgo, sino que supone una entrega de sí mismo, conforme a la razón y con ello a la verdad y al auténtico valor de lo real. La Fortaleza supone valoración justa de las cosas: tanto de las que se arriesga cuanto de las que se espera proteger o ganar.

La prudencia da forma a las demás virtudes cardinales, pero ellas no dependen de la prudencia en la misma medida. Primero: la fortaleza es informada por la prudencia de modo menos inmediato que la justicia; la justicia por su parte, es la primera palabra de la prudencia y la fortaleza, la segunda; la prudencia informa a la fortaleza mediante la justicia: La justicia descansa en la mirada de la prudencia, orientada a lo real; la fortaleza, en cambio, reposa al mismo tiempo sobre la prudencia y la justicia.

De todo lo dicho podemos llegar a esta conclusión: No es sólo el prudente el único que puede ser valiente; sino que una fortaleza que no se ponga al servicio de la justicia es tan irreal y tan falsa como una fortaleza que no esté informada por la prudencia.

Ser fuerte o valiente no es lo mismo que no tener miedo. La fortaleza no significa ausencia de temor. El temor y el amor se condicionan mutuamente; cuando nada se ama, nada se teme, el hombre que ha perdido la voluntad de vivir, cesa de sentir miedo ante la muerte, pero este hastío ante las ganas de vivir se encuentra a gran distancia de la fortaleza. La virtud de la fortaleza reconoce y guarda el orden natural de las cosas.

El hombre valiente mantiene los ojos abiertos y es consciente de los riesgos que afronta para la consecución del fin propuesto, por eso ni ama la muerte ni desprecia la vida.

Los ingredientes más importantes de la fortaleza son la resistencia y la paciencia. Resistir, por una parte a todas las llamadas tentaciones y paciencia para no dejarse arrastrar por la presencia del mal a un desordenado estado de tristeza.

Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien. La paciencia, por lo tanto preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza, por lo tanto el que es valeroso es también paciente. Recordemos lo que dice la sagrada Biblia sobre ello en el Libro Eclesiastés, acerca de lo importante de ser paciente:

Hay un momento para todo y un tiempo para cada acción bajo el cielo.
Un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
Un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado.
Un tiempo para matar y un tiempo para curar.
Un tiempo para destruir y un tiempo para edificar.
Un tiempo para llorar y un tiempo para reír.
Un tiempo para lamentarse y un tiempo para danzar.
Un tiempo para tirar o piedras y un tiempo para recogerlas.
Un tiempo para abrazar y un tiempo para abstenerse de abrazos.
Un tiempo para buscar y un tiempo para perder.
Un tiempo para guardar y un tiempo para descubrir.
Un tiempo para rasgar y un tiempo para coser.
Un tiempo para callar y un tiempo para hablar.
Un tiempo para amar y un tiempo para odiar.
Un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.

Por lo tanto, el ser humano no debe ser impaciente por las cosas que quiera o desee hacer. Siempre tiene que acordarse de que “Hay un momento para todo y un tiempo para cada acción bajo el cielo”. La paciencia todo lo puede, todo lo alcanza.
La animosidad, la confianza en sí mismo y la esperanza en la victoria, suponen la verdadera actitud del valiente, estos son los rasgos esenciales de la fortaleza.

Fortaleza no implica que tengamos que actuar de forma peligrosa, de ahí nace la importancia que tiene la Prudencia.

Siguiendo a Cicerón en su “De officiis” vemos que le dice a su hijo respecto a la fortaleza “Que si esta grandeza de ánimo que se muestra en los trabajos y peligros no está acompañada de la justicia, y si se interesa en asuntos particulares en lugar de emplearse en servicio del bien común, no es virtud, sino vicio; pues no es sólo esto propio de la virtud, sino de la ferocidad y barbarie que se despoja de todos los sentimientos de humanidad. Y así definen exactamente los estoicos a la fortaleza cuando dicen que es una virtud que combate por la justicia. Por lo cual ninguno que ha adquirido reputación de hombre fuerte consigue semejante gloria por engaños y malicias, por cuanto nada puede haber honesto en faltando a la justicia.

En dos cosas se experimenta este ánimo grande y esforzado: la primera en el desprecio de los bienes externos, cuando llega el hombre a estar persuadido de que nada debe admirar, apetecer, ni buscar sino lo que sea honesto y honroso; y que es indigno rendirse ni a otro hombre, ni a perturbación alguna de ánimo, ni a la fortuna: la segunda es que, animado de estos sentimientos que he dicho, emprenda siempre cosas grandes, pero muy útiles y empeñadas, llenas de trabajos y dificultades, penando, pasando por todos los peligros de la vida, y de cuanto a ella pertenece. La causa de la fortaleza está en la primera, esto es en el despreciar los acontecimientos humanos. El efecto en la segunda, esto es, en el obrar”.

También es considerada como fuerza corporal, resistencia, así en lo físico como en lo moral.

Desde la antigüedad ha sido creída como una virtud cardinal que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad. La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa.

La fortaleza radica en tener el valor y la constancia para perseverar en una obra buena hasta el final, no importando los obstáculos o soportando una mala situación con paciencia e inteligencia hasta el final sin derrumbarse.

Para la Iglesia Católica, según expresa en su Catecismo es:
“La virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor”. “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo”.

DIFERENCIA ENTRE LA FORTALEZA Y LA PACIENCIA

Es propio de la fortaleza soportar no cualquier mal, sino los más difíciles, sobre todo y en último término, los peligros de muerte. En cambio, a la paciencia corresponde la tolerancia de cualquier clase de males. El acto de la fortaleza no sólo consiste en perseverar en el bien contra los temores de los peligros futuros, sino en no decaer ante la tristeza o el dolor de los presentes, y en este sentido la paciencia tiene afinidad con la fortaleza. No obstante la fortaleza se ocupa principalmente de los temores, de los que huimos por instinto, lo cual evita la fortaleza. La paciencia, principalmente, se ocupa de las tristezas; en efecto, paciente no es el que se evade, sino el que se comporta dignamente ante los daños presentes para que no le aplaste una tristeza desordenada. Por eso la fortaleza reside en el apetito irascible y la paciencia en el concupiscible. Lo que no impide que la paciencia sea parte de la fortaleza, porque la subordinación de las virtudes no se mide por el sujeto, sino por la materia o forma. El fin propio de la paciencia es que el hombre no deje de conseguir el bien de la virtud a causa de las tristezas, por grandes que éstas sean.

LA PACIENCIA PARTE INTREGRAL DE LA FORTALEZA

La paciencia puede considerarse parte integral de la fortaleza, en cuanto se soportan pacientemente los males de los peligros de muerte, aunque no va contra la noción de la paciencia el rebelarse, cuando sea necesario, contra quien infiere el mal.
Además de lo expuesto sobre lo que dice Cicerón sobre la fortaleza, a continuación citaré algunas frases de distintas obras suyas en las que hace alusión a la importancia de esta virtud. Para él la fortaleza es:

“Valor, bravura, valentía, intrepidez, energía, grandeza de espíritu”.

En el cap. XV de “Finibus bonorum et malorum”, refiriéndose e ella dice:
“La realización de trabajos y el padecimiento de dolores no son atractivos por sí mismos, ni lo son el aguante, la laboriosidad, la vigilia, ni aún la más alabada de las virtudes, la perseverancia, ni siquiera la valentía, pero apuntamos a estas virtudes a fin de vivir sin ansiedad y temor, y, hasta donde sea posible libres de dolor tanto en la mente como en el cuerpo. El temor a la muerte hace estragos con la calma y el curso apacible de la vida, y el doblar la cabeza ante el dolor y el sostenerla abyecta y es una cosa muy lastimera; tal debilidad ha ocasionado que muchos traicionen a sus padres, otros a sus amigos, algunos a su país, y muchos se arruinen completamente. Por otro lado un espíritu fuerte y excelso está enteramente libre de ansiedades y sufrimientos”.

La considerada última de las virtudes cardinales, no por ser la menor, sino porque en todo hay que dar un orden de prelación es:
LA TEMPLANZA que es el término medio entre el libertinaje y la insensibilidad. Consiste en la virtud de la moderación frente a los placeres y las penalidades. El término medio entre el miedo y la audacia.
La Templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón”. La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: “no vayas detrás de tus pasiones, ni de tus deseos, refrena”. En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”. Debemos vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente.

Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a Él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza).”
La virtud de la templanza es la que nos capacita para controlar y canalizar correctamente nuestras tendencias. A esta virtud se le llama también sobriedad. Templanza se refiere más a ética personal. Para unos, un comportamiento correcto es actuar de acuerdo y conforme a unas reglas, pero no sólo es esto. La ética es un dinamismo interno del sujeto. Es adecuarse a la recta ratio, no a las reglas externas. La templanza no es meramente dominarse y moderarse, sino que es una discreción ordenadora en orden a la harmonía y perfección del interior del hombre. Ordenar conforme a la templanza no sólo significa suprimir, sino armonizar. Cabe distinguir dos tipos de “templanza”; la natural y la que se califica como virtud cardinal. La primera se refiere al dominio, principalmente, del gusto y del tacto (son los dos sentidos más afines con esa virtud) que impone la razón, de forma que el hombre y la mujer se guíen por la moderación y no sean esclavos de los placeres sensibles. Cabría denominarla “templanza natural”, la cual debe estar presente en la vida de todas las personas, pues, de lo contrario, su conducta sería dirigida por el instinto, lo que les acercaría, más o menos a la existencia de los animales. El abogado y filósofo latino Cicerón definía esta templanza natural como “dominio firme y moderado impuesto por la razón sobre la concupiscencia y los demás ímpetus desordenados”. Esta “templanza natural” se puede invocar y practicar por motivos bien diversos y algunos son bastante fútiles. Es el caso, por ejemplo, de cuantos de privan del placer de comer o de beber para mantener un canon discutible de belleza, o la de quienes rehúsan a ciertos placeres sensibles para mantenerse “puros” en una sociedad que califican de desordenada. Otras veces se vive la templanza a causa de un criterio médico válido: es preciso abstenerse de ciertos placeres por motivos de salud, etc. Por el contrario, la templanza es la virtud cardinal que orienta y modera la tendencia a los placeres sensibles para que una persona se mantenga dentro de los límites que le señala la razón.
La reflexión que la Iglesia Católica hace sobre estas virtudes humanas está relacionada con la fe que profesa. También vemos en esta reflexión a ese gran libro que es la Biblia.
El sentido de la palabra templanza ha quedado reducido hoy en día a moderación en el comer y beber. Lejos estamos de que eso sea únicamente templanza; más bien podemos decir que la templanza es toda discreción ordenadora de la conducta del hombre. Tiene un sentido y una finalidad, que es hacer orden en el interior del hombre, es decir, templanza es realizar el orden en el propio yo. Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes, es que tiene su verificación y opera exclusivamente sobre el sujeto actuante. La Prudencia mira el orden en su universalidad, La Justicia establece la relación específica con los demás, y el que posee la Fortaleza sabe olvidarse de sí mismo ofreciéndose en sacrificio a costa de su propia vida si es necesario. La Templanza requiere una ausencia absoluta de egoísmo, por cuanto ella es el hábito que pone por obra y defiende la realización interior del hombre. La templanza se opone a toda perversión del orden interior, gracias al cual subsiste y obra la persona moral. Así por ejemplo, el placer sensible que se obtiene en la manifestación de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Estas energías vitales que se pusieron en el ser para conservar en el individuo y en la especie aquella naturaleza, según la cual fueron constituidos, como dice el Libro de la Sabiduría I. 14, dan las tres formas originales del placer, pero precisamente por ser elementos constitutivos que aparecen en el núcleo mismo de la definición del hombre, sobrepasan también a todas las demás energías en capacidad destructora cuando se desordenan. Castidad, sobriedad, humildad, mansedumbre son formas mediante las cuales se manifiesta la Templanza.
A través de la Templanza se embellece el hombre. No se trata de un supuesto de la belleza facial o sensitiva de una agradable presencia, sino que se trata de una belleza irradiada por el ordenamiento de lo verdadero y lo bueno. La hermosura de la Templanza tiene una cara más espiritual y más viril, porque hace ver al hombre en su propia condición, como una semejanza de Dios.
Continuando con lo que Cicerón opina sobre las virtudes cardinales, veamos qué dice en el tan mencionado “De officiis” respecto a la templanza:
“Como cuarta y última parte de la honestidad, en ella se reconoce la vergüenza y todo el lustre y ornato, por decirlo así, de la vida: que es la templanza, la modestia, la sujeción de las pasiones, y la moderación en todas las cosas. Aquí se contiene lo que los griegos llaman que en latín podemos decir decorum Este decoro es de tal naturaleza que no puede separarse de la honestidad; porque todo lo que es decente es también honesto, y todo lo que es honesto es también igualmente decoroso. Más ¿cuál es la diferencia que hay entre lo honesto y lo decente?, se puede comprender con más facilidad que explicarlo; porque para conocer que una cosa es decente es necesario que primero sea precedida por la honestidad. Por lo cual no solamente se reconoce lo que es decoroso en esta parte de la honestidad de la que ahora tratamos, sino también en las otras tres primeras: así el usar con prudencia de la razón y del habla, como también poner consideración en nuestras acciones, conocer y sostener en las cosas la verdad; todo esto es decente: al contrario una credulidad indiscreta, el error y el engaño es tan indecoroso como el delirio y la demencia. Del mismo modo todo lo que es justo es decoroso, a la inversa lo injusto, como vicio, es indecoroso. Lo mismo puede decirse de la fortaleza: las acciones que demuestran, ánimo varonil y grande parecen y son dignas del decoro del hombre; las que no lo demuestran son malas y, por lo mismo, indecorosas”.
En todas las virtudes hay cierto decoro que se puede distinguir más bien con el pensamiento que separarlo real y verdaderamente. El decoro se confunde con la virtud y sólo se distingue con el entendimiento”.
En el cap. XIV del tan referido tratado “De finibus bonorum et malorum”, nos dice Cicerón sobre ésta: “Pero la Templanza tampoco es deseable por sí misma, sino porque nos regala la paz de la mente y apacigua el corazón con un tranquilizante sentido de la harmonía, porque ella es la que nos advierte que permitamos ser guiados por la razón sobre qué desear y qué evitar. Por ello la templanza no es deseable por su renuncia al placer, sino por procurar placeres mayores, como son los que nos proporciona el obrar según la ética y de acuerdo con la tranquilidad de nuestra conciencia”.
De la templanza también se dice que es la virtud que nos capacita para controlar y canalizar correctamente nuestras tendencias. La virtud de la templanza representa el término medio entre el desenfreno y la insensibilidad.
Aunque su verdadero origen etimológico lo tiene en la palabra latina temperantia que significa moderación, mesura, templanza, vulgarmente se considera que proviene de la también palabra latina templum porque se entiende que el cuerpo humano es un templo en el que habita el alma.
ENTONCES, ¿ES POSIBLE O IMPOSIBLE LA PRÁCTICA DE LAS VIRTUDES?
Antes de concluir y para responder a esa pregunta que yo considero capital para los seres humanos, voy a exponer que la práctica de las virtudes es totalmente posible y para ello relataré brevemente y de forma sucinta la actuación de dos personas, ambas del pasado siglo XX, una indú y otra cristiana católica que durante su vida dieron muestras de que ejercitar la virtud es una meta que está el alcance de cualquier ser humano con tal de que se lo proponga.
ALGUNOS EJEMPLOS DE PERSONAS VIRTUOSAS
Con idea de apoyar todo lo anteriormente expuesto y demostrar que el ser humano no sólo puede ser virtuoso, sino que, llegado el momento, es hasta capaz de exponer su vida por una causa superior, voy a exponer algunos ejemplos de ello que se han dado desde la Antigüedad hasta nuestros días:
Según la tradición romana, en el año 363 a.C. se produjo una grieta en el suelo del Foro. Los sacerdotes señalaron que únicamente se cerraría si se arrojaba a su interior el más precioso de los tesoros de Roma. El joven patricio Marco Curcio afirmó que Roma no poseía tesoro más digno y precioso que un generoso y valiente ciudadano. Por eso, montó sobre un caballo, totalmente armado y se lanzó al fondo del abismo, el cual se cerró inmediatamente sobre él.
Otra gesta virtuosa que nos demuestra la integridad de un ser humano en el ámbito de la honradez
Cuentan que Marco Atilio Régulo, General y Cónsul romano Luchó contra los cartagineses durante la primera Guerra Púnica. Los venció e intentó imponerles unas condiciones de paz tan duras que éstos no las aceptaron.
Reanudaron la lucha y, ayudados por sus aliados consiguieron vencer el ejército de Marco Atilio Régulo Apresado por los cartagineses en el 256 a.J.C. Éstos le propusieron, que marchase a Roma y expusiese al Senado romano las condiciones de paz e intercambio de prisioneros que ellos ofrecían, pero con la condición que volviese a Cartago con la respuesta del Senado. Aunque parezca increíble, él acepto y fue enviado a Roma para negociar la paz, prometiendo que él regresaría cumpliendo dicha proposición. Tras convencer al Senado de que no aceptase las imposiciones del enemigo, a pesar de los impedimentos de los mismos senadores, su familia y sus amigos él dijo que había empeñado su palabra y que tenía que cumplirla. Volvió a Cartago, donde murió durante su tormento.
Hay quienes dicen que esto son meramente fábulas. Yo opino como los italianos: Si non e vero e ben trovato.
Además tenemos dentro de la historia de nuestra Patria, por contar alguno, uno de los hechos en los que se denota la integridad en el cumplimiento de una obligación.
Se trata de la gesta de Guzmán el Bueno. Relataré brevemente su heroicidad: Alonso Pérez de Guzmán, duque de Niebla Noble castellano, origen de la casa ducal de Medina Sidonia (León, 1255 - Gaucín, Málaga, 1309). Era hijo bastardo del adelantado mayor de Andalucía, Pedro Núñez de Guzmán. Por desavenencias con sus hermanos abandonó el reino y se puso al servicio del sultán de Marruecos. Regresó a Castilla en 1291, llamado por Sancho IV, quien quería aprovechar su conocimiento y relaciones con los musulmanes en su lucha contra los benimerines por el control del estrecho de Gibraltar. Participó en la conquista castellana de Tarifa (1292), plaza de la que fue nombrado alcaide (1293).
Se distinguió en la defensa de la ciudad frente al asedio que le puso el sultán benimerín Ibn Ya’qub (o Abenjacob), al que se había unido el hermano del rey, el traidor infante Juan. Éstos quisieron acelerar la rendición de la plaza ante la inminente llegada de una flota aragonesa para romper el cerco, capturando al hijo de Guzmán y amenazando con matarle si el alcaide no rendía Tarifa; según la leyenda, no sólo no se rindió, sino que lanzó a los sitiadores su propio puñal para que cumplieran su amenaza, gesto heroico que le valió el sobrenombre de el Bueno (1294).
El hijo de Guzmán fue, efectivamente, asesinado, pero el asedio fracasó y hubo de ser levantado enseguida. Guzmán continuó combatiendo en Andalucía contra los musulmanes, hasta que halló la muerte en la Serranía de Ronda.
Otro hombre bueno y entregado a los demás fue David Livingstone. No voy a narrar su biografía complete. Sólo daré algunas pinceladas de la misma.
Éste procedía de una familia muy humilde, pero desde niño sentía la vocación de predicar el Evangelio a los infieles de África.
Para formarse debidamente entró a trabajar en una fábrica de tejidos con el fin de conseguir dinero y realizar los estudios de Medicina y Teología.
Culminados éstos, marchó a la ciudad del Cabo en 1840 para llevar a cabo su propósito. Predicó el Evangelio, convirtió infieles, fundó nuevas misiones y descubrió ignotos territorios.
Finalmente atacado por la malaria y la disentería falleció después e haber entregado su vida a los demás.
Otro caso, éste recientísimo, que todos conocemos. Se trata de la hazaña llevada a cabo por el profesor universitario y periodista Jesús Neira. La radio, la prensa y la televisión la han difundido sobradamente.
Este hombre, por defender a una mujer que no conoce pero que está siendo agredida, sale en su defensa y recibe tal paliza que entra en estado de coma y ha estado a punto de perder su vida.
Esperemos salga con bien de la situación en la que se encuentra.
Hoy día, sin ir más lejos, estamos rodeados de personas que entregan su vida, en silencio, por ayudar y hacer el bien a los demás. Son individuos anónimos. Cuyos nombres desconocemos, pero sí sabemos de sus obras.
¿Qué podemos pensar de todos estos seres que se entregan y sacrifican por el bien de los demás?
¿Qué son unos pobres necios y débiles que no sirven para otra cosa?
¿Acaso son ruines, mezquinos, egoístas o, por el contrario, abnegados esforzados, desprendidos, sacrificados por unas miras superiores?
Yo opino que son simplemente virtuosos. Han hecho de la virtud, cualquiera de ellas (y las virtudes no van solas) la meta de su vida.
Por eso tengo gran confianza en los hombres. Porque se que son capaces de superarse siempre que se lo propongan y que, con el correr del tiempo, se volverán a recuperar esos valores hoy día tan despreciados y esas virtudes que han constituido la meta de la Humanidad durante muchos siglos, aunque parezca que hoy están menospreciadas y relegadas al olvido.


A MODO DE CONCLUSIÓN

La persona humana es susceptible de perfeccionarse intrínsecamente, es decir, de crecer en humanidad o, como dirían los clásicos, de incrementar su esencia. Ello es posible merced a los hábitos y a las virtudes, puesto que éstos son el premio inagotable con que cada uno puede dotar a su naturaleza, ya que ésta no es un dato fijo y clausurado, sino abierta. En efecto, si bien ser hombre es algo de lo que se parte, no es, sin embargo, algo que no sea susceptible de crecimiento.

¿Qué relevancia concentran los hábitos y virtudes de cara a la educación? La importancia nuclear para el mejoramiento de la esencia humana, asunto que ni pueden lograr, ni siquiera rozan, tanto las disposiciones, cuanto las costumbres, como las manías. Educar esencialmente no consiste, por tanto, en dar contenidos racionales, ni adoctrinar en forma de comportamiento, sino en suscitar hábitos intelectuales y virtudes en la voluntad. Lo otro, si bien es legítimo e incluso meritorio, no pasa de ser accidental, y sí suplanta a lo otro inhumano.

¿Cabe, no obstante, una forma de educación superior a la que permiten los hábitos y las virtudes, es decir, superior a la esencial? Si la persona, cada quien, no se reduce a su esencia, es decir, si “fulano de tal” no se comprende sólo con decir que es “hombre”, sino que es más que eso, entonces cabe la educación personal, puesto que también la persona puede crecer como tal, pero no por sí misma. Ya no se trata de un autopremio, porque no está en las manos de nadie. En efecto, nadie se ha autoinventado como persona que es. Si embargo nada impide que pueda crecer como un quien, como persona, que se asemeje a Aquél que es capaz de enriquecerla, puesto que de Él depende.

Para terminar quiero referir las palabras de una gran pensadora: ELENA DE WHITTE que creo que resumen lo que nos hace falta.

Según ella, el mundo necesita:
Hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas
Hombres que no teman dar al pecado el nombre que les corresponde
Hombres que no se vendan ni se compren
Hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.

RESUMIENDO COMO PUNTO FINAL: HOMBRES QUE SEAN VIRTUOSOS

Córdoba, 20, noviembre 2008

Manuel Villegas Ruiz

ADDENDA

Como colofón y complemento a la exposición que he llevado a cabo, a continuación incluyo una serie de frases de distintos pensadores, paremias, dichos populares y refranes acerca de la virtud y de los hombres virtuosos, que pueden servir de base para todas las disquisiciones y asertos que anteriormente he llevado a cabo.
ALGUNAS FRASES DE CICERÓN SOBRE LA VIRTUD
Fortitudo est considerata periculorum susceptio et laborum perpessio (Cic.) La fortaleza moral desafía los peligros y soporta los trabajos cuya extensión ha medido.
Fortitudo est dolorum laborumque contemtio (Cic.) El valor consiste en el manospresio de los dolores y trabajos.
Domesticae fortitudines (Cic.) Rasgos de valor cívico.
Cic. (Tomado de “Disputationes Tusculanas”) VIRTUS (andreia, arete) appellata est enin ex viro virtus; viri autem propria maxime est fortitudo cuius munera duo sunt maxima mortis dolorisque contemptio. (Se llama virtud en el hombre; sin embargo la fortaleza es propia sobre todo del varón, cuyas grandes satisfacciones son dos: el desprecio de los dolores e incluso de la muerte).
In virtute sunt multi ascensos (Hay muchos escalones en la virtud)
Iustitia est habitus animi, communi utilitate conservata, suam quique tribuens dignitatem (La justicia es el hábito del espíritu mantenido por utilidad común, que atribuye a cada uno su dignidad.
Iustitia est regina virtutum (La justicia es la reina de las virtudes).
Mea mihi conscientia pluris est quam omnium sermo (Mi conciencia es para mí más importante que cualquier discurso. (Aquí podemos añadir las palabras de Stº Tomás de Aquino: “Dios y mi conciencia”). Posiblemente conociese esta frase de Cicerón.
Nihil est virtute pulchrius (Nada hay más hermoso que la virtud).
Nihil utile nisi quos honestum (Nada es útil si no es honesto).
Fortitudo est dolorum laborumque contemptio (La fortaleza es el desprecio de los dolores y fatigas).
DICHOS REFERENTES A LA VIRTUD
Los deseos del joven muestran las futuras virtudes del hombre.
La justicia no espera ningún premio, se le acepta por ella misma. De igual manera son todas las virtudes.
La Naturaleza quiere que la amistad seas compañera de virtudes, no compañera de vicios.
Virtud es un hábito del alma conforme a la condición de nuestra naturaleza y a la razón.
En las adversidades sale a la luz la virtud. (Aristófanes)
FRASES LATINAS RELACIONADAS CON LA VIRTUD
Diaboli vurtus in lumbas est (La virtud del diablo está en su astucia)
Ubi labor ibi virtus (Donde está el trabajo, allí está la virtud
Virtus et vitium contraria sunt (La virtud y el vicio son contrarios)
Virtus nescit labi (La virtud no se equivoca).
Virtus omnia vincit ( La virtud vence todas las dificultades)
Virtus sola nemini dono datar (La virtud sola no se da gratuitamente a nadie).

PAREMIAS ACERCA DE LA VIRTUD

ANTE MORTEM NE LAUDES HOMINEM QUEMQUAM. (Vulgata, Ecclesiasticus, 11, 30): “No alabes a nadie antes de su muerte”.
Nemo ante mortem (obitum) beatus. (Arthaber, 499): “Nadie es feliz antes de su muerte”. Esta parece que fue la respuesta del filósofo Solón al riquísimo rey de Lidia, Creso, al preguntarle si conocía a un hombre más dichoso que él. (Herodoto, 1, 32).
Dicique beatus / ante obitum nemo supremaque funera debet. (Ovidio, Metamorphosis, 3, 136-7): “Nadie debe ser considerado feliz antes de la muerte y de las supremas exequias”. Es una reproducción del pensamiento famoso de Herodoto, antes citado, y que se ve repetido en Sófocles (Las traquinias, 1-3, 945 ss.) y en Eurípides (Andrómaca, 100 ss.; Hércules, 865).
Post funera, virtus. (H. Ll.): "Después de los funerales, la virtud". (Por lo general, sólo se reconoce la virtud o el mérito de una persona después de su muerte).

"Hasta el día de la muerte, a nadie por dichoso se cuente" (R. M.).
"Hasta el fin nadie es dichoso" (R. M.).
"Dicha cumplida, sólo en la otra vida" (R. M.).
“Nadie se alabe hasta que acabe” (C.).
"La alabanza al fin se canta" (R. M.).
“Hasta que el hombre muere, nadie le alabe ni le vitupere” (R. M.).
“Ninguno sea loado hasta después de enterrado” (R. M.).
“No alabes vida antes que sea finida” (R. M.).

ARCET POENA MALOS, INVITANT PRAEMIA IUSTOS. (L.Murciego): “El castigo contiene a los malos, el premio estimula a los justos”.
Oderunt peccare boni virtutis amore. (Horacio, Epistulae, 1, 16, 52): “Los buenos odian pecar por amor a la virtud”.
Oderunt peccare boni virtutis amore; oderunt peccare mali formidine poenae. (Albertano, Liber Consolationis, 39): “Los buenos odian pecar por amor a la virtud; los malos, por el miedo al castigo”.
Custodit magis ipse metus quam vinitor uvas. (Principio jurídico): “El mismo miedo guarda mejor las viñas que el viñadero”

“Al malo por rigor, y al bueno por amor” (R. M.).
“Sin espuelas ni freno no hay caballo bueno” (R. M.).
“Castigo para el malo, y para el bueno, premio y regalo” (R. M.).
“Al bien, bien; y al mal, yesca y pedernal” (C.).
“Ni mal sin corrección, ni bien sin galardón” (R. M.).
“Miedo guarda viña, que no viñadero” (C.).

AUDENDO VIRTUS CRESCIT, TARDANDO TIMOR. (Sentencia atribuida a P.Siro): “La audacia acrecienta el valor; la indecisión, el miedo”.
“El mundo es para los osados; no para los tímidos y callados” (R. M.).

OÍR, VER Y CALLAR
AUDI MULTA, LOQUERE PAUCA ET NON ERRABIS. (R. M.): “Escucha mucho, habla poco y no errarás”.
Variantes:
Audi, vide, tace, / si vis vivere in pace. (Arthaber, 989): “Si quieres vivir en paz, oye, ve y calla”.
Audi, vide, tace: sic fruere pace. (Acad.): “Oye, ve y calla, y así gozarás de paz”.
Auscultare disce si nescis loqui. (Pomponio,12 R.3): “Aprende a escuchar si no sabes hablar”.
Cum tacent, clamant. (Cicerón, In L. Catilinam orationes, 1, 8, 21): “Callando, gritan”. (Son palabras de Cicerón contra Catilina, que constituyen un famosísimo oximoron para expresar lo elocuente que es a veces el silencio).
Auribus frequentius quam lingua utere. (Pseudo-Séneca., De moribus, 104): “Usa los oídos con más frecuencia que la lengua”.
Postremus dicas, primus taceas. (San Isidoro, Etimologías, 6, 8, 12): Habla tú el último, calla tú el primero".
Non multa loqui, plura autem audire moneret. (Arthaber, citando a M. Mureto): “Te aconsejaría no hablar mucho y, en cambio, escuchar más”.

“Poco hablar y mucho escuchar es el modo de no errar”
“Escucha mucho, calla más y no errarás”
“Quien calló, venció, y lo que quiso vio”
“El poco hablar es oro, y el mucho es lodo”
“Quien calla, otorga” (P. Vallés).
“Quien oye y calla, consiente, si no contradice estando presente”
“Quien su vida ha de salvar, ha de ver, oir y callar”
“Sufre callando lo que no puedes remediar hablando”
“Si yo os lo digo, tanto sabéis como yo, amigo”
“Bien habla quien bien calla”
“La miel, pregonarla; la caca, callarla”
“La mejor palabra es lo que se calla”).
“El callar es cosa muy virtuosa, entre las virtudes muy preciosa”).
“Oir y ver son padres del saber”
“Quien callando escucha y entiende, de los que hablan aprende”
“Oir, ver y callar, recias cosas son de obrar” (Acad.). (Actualmente se suele usar sólo en su primera parte, “oir, ver y callar”, aconsejándolo como norma de conducta).

Los refranes, enseñan el cuidado que se debe poner en estas cosas, pues cuesta mucha dificultad el observarlas. Elogian, pues, la discreción y la prudencia.

CALAMITAS VIRTUTIS OCCASIO EST. (Séneca, De Providentia, 4, 6): “La desgracia es ocasión para el valor”.
Variantes:
Ignis aurum probat; miseria fortes viros. (Séneca, De providentia, 5, 10): “El fuego sirve de prueba al oro; la miseria a los hombres fuertes”.
Quotiens enim felicitatis et causa et initium fuit, quod calamitas vocabatur? (Séneca, Epistulae ad Lucilium, 110, 3): “¿Cuántas veces fue causa y principio de felicidad lo que se llamaba desgracia?”.
Marcet sine adversario virtus. (Séneca, De providentia, 2, 3): “El valor se debilita sin rival”.
Sine hoste virtus marcet. (Séneca, Agamemno, 183): “El valor se debilita sin enemigo”.

“La adversidad es la piedra de toque de la virtud”.
“Quien de ninguna adversidad es llagado, de ninguna virtus es señalado” “Ánimo vence en guerra, que no arma buena”
“La mayor valentía es sufrir” (Horozco).
“El oro se prueba en el fuego” (Sintes).

Esto es, los hombres de verdadero valor se prueban en las dificultades y en los peligros.

* CASTA AD VIRUM MATRONA PARENDO IMPERAT. (P. Siro): "La mujer virtuosa manda a su marido obedeciéndole".
"Deseo de mujer todo lo llega a vencer"
"En la casa el hombre reina, y la mujer gobierna"

CEDERE MAIORI VIRTUTIS FAMA SECUNDA EST. (Marcial, De
spectaculis, 36, 1): “Ceder ante el superior es fama que ayuda a la virtud”.
Ver Tosi, 1264-65.
Variantes:
Cedo maiori. (Tosi, 1264): "Cede al superior".
Maiori concede. (Pseudo-Catón, Breves sententiae, 10): "Cede ante tus mayores".
Cedendo victor abibis. (Ovidio, Ars amatoria, 2, 197): “Cediendo saldrás victorioso”.
Cede locum laesus Fortunae, cede potenti: / laedere qui poterit prodesse aliquando. (Catón, Disticha, 4, 39): “Cede ante la Fortuna, cede ante el poderío: quien te vence, algún día puede serte propicio” (Trad. de J. Cornudella).
Semper in hac re (in iurgio) qui vincitur, vincit. (Petronio, Satyrica, 59): “Siempre en esto (en un altercado) vence el que es vencido”.
Cedere maiori non est pudor inferiori. (Tosi, 1264): “Ceder ante el mayor no es vergüenza para el inferior”.
Maiori cede sed non contemne minorem ! (Tosi, 1264): “Cede ante el mayor pero no desprecies al menor”.
Ubi maior minor cessat. (H. Ll.): “Donde hay superior, cesa en sus funciones el inferior”.
Ubi maior est, minor cedat. (Principio jurídico): “Donde hay superior, ceda el inferior”.

“Cuando porfía el mayor, debe ceder el menor” (R. M.).
“El más prudente es el que cede” (Sintes).
"Quien sabe ceder, sabe vencer" (R. M.).
"Ceder no siempre es perder" (G. G.).
"Ceder es de sabios" (G. G.).

CRESCIT SUB PONDERE VIRTUS. (H. Ll.): “El valor aumenta con los obstáculos”.
“No hay mejor cirujano que el bien acuchillado” (H. Ll.).

DESPERATIO IN VIRTUTEM VERTENDA EST. (R. M.): “Hay que hacer de la desesperanza, virtud”
“Hacer de la necesidad virtud es hacer de la enfermedad salud” (R. M.).

DILIGERE PARENTES PRIMA NATURAE LEX EST. (V. Máximo, 5, 4, 7): "Amar a los padres es la primera ley de la naturaleza".
Variante:
Pietas fundamentum est omnium virtutum. (Cicerón, Pro Cn. Plancio, 12, 29): "El amor filial es el fundamento de todas las virtudes".

"El cuarto mandamiento, de las virtudes es el fundamento" (G. G.).
"Quien honra a su padre, vivirá largo tiempo" (R. M.).
"Honra siempre a tus padres, y verás muchas navidades" (R. M.).

SOBRE LA OCIOSIDAD
DIUTURNA QUIES VITIIS ALIMENTA MINISTRAT. (Catón, 1, 2, 2): “Una larga inactividad suministra alimento a los vicios”. (El dístico completo de Catón dice: Plus vigila semper neu somno deditus esto; / nam diuturna quies vitiis alimenta ministrat. “Estáte más despierto, no seas dormilón: / demasiado reposo da pábulo a los vicios” (Traducción de J. Cornudella).
Cernis ut ignavum corrumpant otia corpus, / ut capiant vitium, ni moveantur aquae. (Ovidio, Epistulae ex Ponto, 1, 5, 5): “Ya ves cómo el ocio daña al cuerpo perezoso, lo mismo que se corrompen las aguas estancadas”.
Nihil agendo, homines male agere discunt. (Columela, De re rustica, 11, 1, 26): “No haciendo nada, los hombres aprender a obrar mal” .
Multam malitiam docuit otiositas. (Vulgata, Ecclesiasticus, 33, 29): “La ociosidad enseña muchas maldades”.
Non operando peris: res age, tutus eris. (Aforismo medieval): "El no hacer nada te pierde, haz cosas y estarás seguro".
Otia dant vitia. (R. M.): “El ocio produce vicio”.
Otium malorum omnium origo. (R. M.): “La ociosidad es el origen de todos los males”.
Omnium malorum origo, otium. (Arthaber, 955): “La ociosidad es el origen de todos los males”.
Otium est pulvinar diaboli. (Arthaber, 956): “El ocio es el lecho del diablo”.
Pigritia est pulvinar Satanae. (Arthaber, 956): “La pereza es la almohada de Satanás”.
Nescit otiari virtus. (H. Ll.): "La virtud no sabe estar ociosa".

“La ociosidad es madre de todos los vicios” (Acad.).
“La ociosidad es causa de mucho mal”(Horozco).
“Un hombre ocioso es la oreja del diablo” (Arthaber).
“Ocioso, vicioso” (R. M.).
“El ocio abre la puerta, y el vicio se entra” (R. M.).
“El ocio hace poltrones” (R. M.).
"Muchos males engendra la ociosidad" (P. Vallés).
“Del ocio nace el feo negocio” (R. M.).
“Hombre ocioso, hombre peligroso” (R. M.).
“Hombre ocioso, hombre vicioso” (R. M.).
“Hombre ocioso, mal pensamiento” (R. M.).
“Hombre ocioso, nunca virtuoso” (R. M.).
“Persona ociosa no puede ser virtuosa” (C.).
“Al ocioso no hay vicio que no le acompañe” (C.).
“La carne ociosa siempre es lujuriosa” (R. M.).

Enseñan cuán conveniente es vivir ocupado para no contraer vicios. Cervantes en “El coloquio de los perros” dice: “Es, pues, el caso que, como me estaba todo el día ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en repasar por la memoria algunos latines”. También Quevedo, en “El gran tacaño, lo usó en la forma que hemos dado.

Acerca de la riqueza
DIVES ILLE QUI DEO GRATUS. (Acad.): “Es rico aquel que es grato a Dios”
“Aquel es rico que está bien con Dios” (Acad.).
Enseña que la verdadera riqueza es la virtud.

DOS EST MAGNA PARENTIUM VIRTUS. (Horacio, Odae, 3, 24, 21-22): “La virtud de los padres es una gran dote”.
“Escoge la tela por la trama, y la hija por la madre” (R. M.).
“Cuando entrares por la villa, pregunta primero por la madre que por la hija” (R. M.).
“El ejemplo de los mayores hace buenos o malos a los menores” (R. M.).
“Virtudes hacen linaje, y vicios lo deshacen” (R. M.).
“De buena vid planta la viña y de buena madre, la hija” (R. M.).

Los refranes aconsejan elegir para esposa a una joven que haya recibido buenos ejemplos de su madre.

DUM RECTE VIVAS, NIL DE TE SUSPICABITUR. (Acad.): “Nada malo se hablará de ti, mientras vivas honradamente”.
“Virtudes vencen señales” (Acad.).
Enseña que con el buen modo de proceder se desmienten los malos indicios de la inclinación o propensión de alguna cosa que no es lícita.

EXIMIA VIRTUS EST PRAESTARE SILENTIA REBUS. (H. Ll.): "Es una virtud excelente saber callar a tiempo".
“Quien calló, venció, y lo que quiso hizo” (P. Vallés).( ... y lo que quiso vio, dice R. Marín).

Es tenida en buena estima la persona que sabe callar a su debido tiempo.

EXPLORANT ADVERSA VIROS. (S. Itálico, De bello punico, 4, 605): "La adversidad prueba a los hombres".
"La adversidad es la piedra de toque de la virtud" (R. M.).
"El oro se prueba en el crisol" (G. G.).
"En la ocasión dice cada uno quién es" (R. M.).

FALLACES SUNT RERUM SPECIES. (Séneca, De beneficiis, 4, 34, 1): “Las apariencias son engañosas”.
Variantes:
Quaedam falsa veri speciem ferunt. (Séneca, De ira, 2, 22, 2): "Algunas cosas falsas tienen apariencia de verdaderas".
Equo ne credite, Teucri. (Virgilio, Eneida, 2, 48): "No confiéis en el caballo, troyanos". (Consejo de Laocoonte a los troyanos para que no introdujesen en la ciudad el caballo de madera en el que estaban ocultos los griegos para la toma de la ciudad).
Decipimur specie recti. (Horacio, Ars poetica, 25): "Somos engañados por la apariencia del bien".
Impia sub dulci melle venena latent. (Ovidio, Amores, 1, 8, 104): “Bajo la dulce miel se esconden malvados venenos”.
Decipit frons prima multos. (Fedro, Fábulas, 4, 2, 5-6): "La primera impresión engaña a muchos".
Formosos saepe inveni pessimos et turpi facie multos cognovi optimos. (Fedro, Fábulas, 3, 4, 6-7): "Muchas veces me he encontrado con personas hermosas pésimas y he conocido a muchos buenos de rostro feo".
Fronti nulla fides. (Juvenal, Saturae, 2, 8): “No hay que fiarse de la expresión del rostro”.
Nolito fronti credere. (Marcial, 1, 24, 4): "No os fiéis del aspecto".
Brevis in volatilibus est apis et initium dulcoris habet fructus illius. (Vulgata, Ecclesiasticus, 11,3): “Pequeña es la abeja entre los volátiles, pero su fruto es el más dulce”.
Fallitur visus. (R. M.): “Las apariencias engañan”.
Non semper ea sunt quae videntur. (H. Ll.): "Las cosas no son siempre lo que parecen".
Frons, oculi, vultus persaepe mentiuntur. (H. K.): “La frente, los ojos y la cara engañan con mucha frecuencia”.
Homo non est ex fronte diiudicandus. (Arthaber, 591): “No se debe juzgar al hombre por la fisonomía”.

Ne te umquam apparientia decipiat. (Acad.): "No te engañen nunca las apariencias".
Non coquus semper cui longus culter adhaeret. (Arthaber): “No siempre es cocinero quien lleva un largo cuchillo”. (Esto es, ho hay que fiarse de las apariencias).
Non est aurum omne quod radiat. (Arthaber): “No es oro todo lo que brilla”.
Non omne quod nitet aurum est. (Iribarren): “No es oro todo lo que brilla”.
Non omne id quod fulget, aurum est. (Screvelio, 1183): “No todo lo que reluce es oro”.
Non est hoc aurum totum, quod lucet ut aurum. (L. Murciego): “No es todo oro lo que reluce como oro”.
Non aurum est quodcumque nitet, non gemma, quod ardet. (Arthaber): “No es oro todo lo que brilla, ni una gema todo lo que resplandece”
Omne quod est rubeum, semper non indicat aurum. (G. G.): El color amarillo no siempre indica oro".
Pelle sub agnina latitat mens saepe lupina. (Adagio medieval en rima leonina): "Bajo una piel de cordero se esconde frecuentemente el instinto del lobo".
Sub laceris crebro virtus latet aurea pannis. (H. Ll.): "Con frecuencia bajo vestidos andrajosos se oculta una hermosa virtud".
Aeque pars ligni curvi ac recti valet igni. (Arthaber, 681): “Igual vale para el fuego un madero curvo que recto”.

“Las apariencias engañan” (R. M.).
“La experiencia no se fía de la apariencia” (R. M.).
“Las apariencias son engañosas: con cara de una cosa, son otra cosa” (R. M.).
“No hay que fiar en la fisonomía; las apariencias engañan” (Arthaber).
"Mala y engañosa ciencia es juzgar por las apariencias" (R. M.).
“No es oro todo lo que reluce” (P. Vallés).
“Debajo del sayal (so el sayal), hay mal” (Arthaber).
“So vaina de oro, cuchillo de plomo” (Acad.).
“Chica es la abeja, y nos regala la miel y la cera” (R. M.).
“La leña torcida da fuego recto” (Sintes).
"So mala capa yace buen bebedor" (Sant.)
"Una buena capa todo lo tapa"
“Ratones, arriba, que todo lo blanco no es harina” (Acad.).
“No todos los que llevan largos cuchillos son verdugos” (Sintes).
“No es oro todo lo que reluce, ni harina todo lo que blanquea” (P. Vallés).
“Cosas hay que parecen oro y son orujo”
“No todo el monte es orégano”
“No es todo el sayal alforjas”

Los refranes aconsejan no dejarnos guiar por las apariencias externas de las personas o de las cosas, porque muchas veces suelen encubrir cosas muy despreciables, y por lo expuesto que está al error y al engaño el que apetece y solicita las cosas por sólo lo que aparecen y demuestran a los sentidos.

FIAT IUSTITIA, RUAT CAELUM.: “Hágase justicia y húndase el cielo”.
Fiat iustitia et pereat mundus: “Hágase justicia y perezca el mundo”, que fue la frase preferida del emperador de Hungría, Fernando I. El filósofo alemán Hegel la cambió por “Fiat iustitia ne pereat mundus”: “Hágase justicia para que el mundo no perezca”.
Iustitia omnium est domina et regina virtutum. (Cicerón, De officiis, 3, 6, 28): “La justicia es señora y reina de todas las virtudes”.

“La justicia es la reina de las virtudes” (G. Iturriaga).
"A cada cual lo suyo, y a Dios lo de todos"
“Haz lo que debas y suceda lo que quiera”
“Hágase lo que sea justo, aunque se hunda el mundo”
“Haga yo lo que debo, y húndase el cielo”
“Hágase justicia y húndase el cielo” (G. Iturriaga).
“Hágase justicia y caiga quien caiga” (G. Iturriaga).

FORMA BONUM FRAGILE EST. (Ovidio, Ars amatoria, 2, 113): "La belleza es un bien frágil".

Res est forma fugax. (Séneca, Phaedra, 773): “La belleza es una cosa fugaz”.

"Beldad y hermosura, poco dura; más vale la virtud y cordura" (C.).
"Hermosura, al fin, basura"
"La guapura poco dura"
“La flor de la belleza es poco duradera”
“Bien ajeno es la hermosura, y, sobre ajeno, poco dura”
“La flor de la hermosura, cual la de mayo dura”
“Rosa es la hermosura, y poco dura”
“La hermosura es flor de un día: hoy no luce; ayer lucía”

Recordemos los versos de Lope de Vega en "La moza de cántaro":

Aprended, flores, de mí
lo que va de ayer a hoy;
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía no soy.

Sobre lo pasajero de la belleza escribió Campoamor esta dolora:

Pasan veinte años: vuelve él,
y, al verse, exclaman él y ella:
- ¡Santo Dios! ¿Y éste es aquél? ...
- ¡Dios mío! ¿Y ésta es aquélla?

GUTTA CAVAT LAPIDEM, CONSUMITUR ANULUS USU. (Ovidio, Ex Ponto epistulae, 4, 10, 5): “La gota horada la piedra, el anillo se desgasta con el uso”.
La misma idea la repite Ovidio en su Ars amatoria, 1, 469-74:

Tempore difficiles veniunt ad aratra iuvenci, / Con el tiempo los terneros indómitos acceden a llevar el arado
Tempore dura pati frena docentur equi; /con el tiempo se enseña a los caballos a tascar el duro freno.
Ferreus adsiduo consumitur anulus usu, / anillo de hierro se gasta por un uso constante,
interit adsidua vomer aduncus humo. / la curvada reja del arado acaba por morir en su roce con la tierra.
Dura tamen molli saxa cavantur aqua. / Sin embargo las duras rocas se ven horadadas por la blanda agua.
Quid magis est saxo durum, quid mollius unda ?/¿Qué hay más duro que la roca, qué más blando que el agua?
(Traducción de José-Ignacio Ciruelo Borge, Ovidio, Erasmo, textos bilingües, Edit. Bosch, Barcelona 1979).

Y de igual forma puede verse en Lucrecio, De rerum natura, 1, 311-318:

Quin etiam multis solis redeuntibus annis / Más todavía, al cabo de muchas revoluciones anuales +,
anulus in digito subter tenuatur habendo, / la sortija con el uso adelgaza por dentro;
stilicidi casus lapidem cavat, / la gota que cae excava la roca; aunque de hierro, la
uncus aratri ferreus occulte decrescit vomer in arvis, / la corva reja del arado, aunque de hierro, mengua imperceptiblemente en los surcos
strataque iam volgi pedibus detrita viarum / , y en las calles vemos el enlosado de piedra gastado por los pies de la turba
saxea conspicimus; tum portas propter aena /
signa manus dextras ostendunt adtenuari saepe salutantum tactu praeterque meantum / asimismo, junto a las puertas, las estatuas de bronce dejan ver cómo adelgazan sus diestras por el tacto de tanta gente que las besa al pasar
(Traducción de José-Ignacio Ciruelo Borge, Lucrecio, De rerum natura, Erasmo, textos bilingües, Edit. Bosch, Barcelona 1976).

Gutta cavat lapidem, assidua stilla saxum excavat. (Acad.): “La gota horada la piedra, el punzón constante agujera la roca”
Gutta cavat lapidem, non vi, sed saepe cadendo. (Acad.): “La gota horada la piedra cayendo no con violencia, sino constantemente”.
Homo fit sapiens bis non, sed saepe legendo. (G. Bruno): “El hombre se hace sabio leyendo no dos veces, sino constantemente” (Es una parodia del humanista, filósofo y matemático italiano Giordano Bruno al famoso adagio latino “gutta cavat lapidem non vi, sed saepe cadendo”).
Arbor per primum quaevis non corruit ictum. (Arthaber, 26): “Al primer golpe no se derriba cualquier árbol”.
Non annosa uno quercus deciditur ictu. (Palingenio, Zodiacus vitae, 12, 459): “La vieja encina no se abate de un solo golpe”.
Multis ictibus deicitur quercus. (Erasmo, Adagia, 1, 8, 94): “La encina se abate de muchos golpes”.
Ad primos ictus non corruit ardua quercus. (Tosi, 641): “Una fuerte encina no cae a los primeros golpes”.
Arbor non primo, sed saepe cadit feriendo. (Tosi): “El árbol no cae al primer golpe, pero sí si se le golpea con insistencia”.
Non semel ascia dat, quercus ut alta cadat. (Tosi): “El hacha no golpea una sola vez para que caiga la alta encina”.
Basis virtutum constantia. (G. G.): "La base de las virtudes es la constancia".
Stipem importunus extorquet. (Acad.): “Pobre importuno (porfiado) saca mendrugo” (Acad.). (Prueba que para lograr lo que se desea, nada sirve tanto como la constancia).
Quid quisque possit, nisi tentando nesciat. Séneca, De providentia, 4, 3): "De lo que cada uno es capaz, sólo intentándolo lo sabrá".
Quid quisque possit, nisi tentato nescit. (Sentencia atribuida erróneamente a P. Siro): "Si no se intenta, no se sabe de lo que cada uno es capaz".
Constanti perseverantiae nil difficile. (Acad.): “Nada hay difícil para una constante perseverancia”.
Longa dies molli saxa peredit aqua. (Tibulo, Carmina, 4, 18): “Un largo tiempo horadó las rocas sólo con la leve agua”.

“Dando y dando, la gotera va horadando”
“El agua es blanda y la piedra es dura, pero gota a gota hace cavadura”
“Gota menuda, en piedra dura cayendo, hace cavadura”
“La piedra es dura, y la gota menuda; mas cayendo de continuo hace cavadura”
“Tantas veces da la gota en la piedra, que hace mella” (L. Murciego).
“La gotera cava a la piedra” (Acad.).
“La gotera horada la piedra”
“Continua gotera horada la piedra” (P. Vallés).
“Un solo golpe no derriba un roble” (Vallés).
“Un solo golpe no derriba un roble; pero si muchos le dan, lo derribarán” “Muchos golpes derriban un roble”
“Con una dada no se parte el leño” (Refrán judío español).
"Tentar, nada puede dañar"
“La perseverancia todo lo alcanza” (Horozco).
"Lo que puede el empeño sólo se sabe empeñándose"
“Porfía mata la caza”
“Porfía mata venado”
“La confianza mata la caza”
"Porfía mata venado; que no venablo"
“A la larga, el galgo a la liebre mata” (Acad.).
“Dijo el perro al hueso: Si tú estás duro, yo tengo tiempo”
“Romero ahito saca zatico” (Acad).
“El romero hito siempre saca zatico” (J. Ruiz, El Libro de Buen Amor)
“Poco a poco, en tiempo largo, el ignorante se hace sabio” (H. Ll.)

Refranes que enseñan que para lograr el buen éxito no basta una sola instancia o tentativa, sino que la constancia y perseverancia vence las mayores dificultades.

El dramaturgo español Tirso de Molina emplea la misma metáfora de la gota en la dura piedra cuando dice:
No cobra valor ni medra
la ociosidad relegada,
que una gota continuada
rompe la más dura piedra.

Y S. de Horozco (Teatro universal de Proverbia Salomonis, nº 1398) así lo rima:

Si aquello que mucho quieres
y procuras con instancia
de una vez no lo hicieres,
será justo que te esperes
y tengas perseverancia.
Porque aquel que persevera
poco a poco hace caudal
y consigue lo que espera:
que la continua gotera
en la piedra hace señal.

HOMO ANTIQUA VIRTUTE AC FIDE. (Terencio, Adelphoe, 443): "Hombre de virtud y lealtad antiguas".
Senex homo bonum signum in domo. (Adagio medieval en rima leonina): "Un varón anciano es buena señal en una casa".

"Debajo de la barba cana, honra se guarda" (C.).
"Beata la casa que hay viejo cabe su brasa" (C.).
"Casa en que no hay un viejo no vale un arvejo" (R. M.).
"Dichoso el hogar a cuyas brasas se calienta un viejo" (R. M.).
IN MEDIO (STAT) VIRTUS.): “La virtud está en el medio”.
Vitiosum est ubique quod nimium est. (Séneca, De tranquillitate animi, 9, 6): “En todas las cosas, lo excesivo es defectuoso”.
Quod nimium est, ubique vitiosum est.: “Todo lo que es excesivo, en cualquier lugar es malo”.
Vitium est ubique, quod nimium est. (Quintiliano, De institutione oratoria, 8, 3, 42): “En todo lugar lo que es excesivo es malo”.

“Ni tanto que enfade, ni tan poco que no baste”
“En el término medio reside la virtud” (Arthaber).
“Todo extremo es vicioso; sólo el medio es virtuoso”.
“No seas muy grave ni muy risueño; que lo mejor es un buen medio”.
“El buen seso huye de todo exceso”
“Id por medio, y no caeréis” (F. Mateos). (El refrán chino, que recomienda la norma del dorado término medio preferido por la prudencia confuciana, es el siguiente en opinión de F. Mateos: “Si hay tres carreteras, anda por la de en medio”.

INVIDIA, GLORIAE COMES. (C. Nepote, Chabrias, 3, 3): “La envidia es compañera de la gloria”.
Variantes:
Post gloriam invidiam sequi. (Salustio, B. Iugurthinum, 55, 3): “Tras la gloria suele venir la envidia”.
Invidia virtutum comes. (H. Ll.): "La envidia es compañera de las virtudes" (Esto es, la virtud provoca envidia).

"¿Quieres reventar al envidioso? Logra nuevos triunfos y méteselos por los ojos"
Pésale al maligno el bien de su vecino"
“La envidia sigue al mérito, como la sombra al cuerpo”

IPSA QUIDEM VIRTUS PRETIUM SIBI. (Claudiano, De consulatu Fl. Mallii Theodori, 1): “La virtud es el premio de sí misma”. (H. Ll. dice praemium en vez de “pretium”).
“El precio (premio) de la virtud es ella misma” (Arthaber).

IUSTITIA UNA ALIAS VIRTUTES CONTINET OMNES. (Principio jurídico): “Solamente la justicia contiene todas las demás virtudes”.
“La justicia contiene todas las virtudes” (G. Iturriaga).

LABORARE EST ORARE. (Lema benedictino): “El trabajo es oración”
Variante:
Operatio fere idem est atque oratio. (Arthaber, 671): “Trabajar es lo mismo que rezar”.

“El trabajar y el orar son a la par”.
“Trabajar y orar, allá se van”.
“El trabajo es la primera de las virtudes” (Arthaber).
“El trabajo es cosa santa, hágalo quien lo haga”.
“Es virtud el trabajar, como también el guardar”.
“El trabajo es una plegaria” (Sintes).

LABOR PRIMA VIRTUS. (H. Ll.): "El trabajo es la primera virtud".
"Es virtud el trabajar, como también el guardar".
LEGIS VIRTUS EST IMPERARE, VETARE, PERMITTERE, PUNIRE. (Proverbio jurídico citado por G. Iturriaga): “El valor de la ley es mandar, prohibir, permitir y castigar”.
“La virtud de las leyes: mandar, prohibir, permitir y castigar” (G. Iturriaga).
“La virtud de la ley es mandar, prohibir, permitir y castigar” (G. Iturriaga).

Sobre la oportunidad de callar y la de hablar
MAGNA RES EST VOCIS ET SILENTII TEMPORA NOSSE. (Pseudo-Séneca, De moribus, 74): “Gran cosa es saber cuándo es momento de hablar y cuándo de callar”.
Variantes:
Dicenda tacendaque calles. (Persio, 4, 4): "Sabes de sobra qué debe decirse y qué debe callarse".
Scire loqui decus est, decus est scire tacere. (Adagio medieval): "Saber hablar es una virtud, y una virtud saber callar".

“El buen hablar va junto con el buen callar”.
“Ni todo es para callado, ni todo es para hablado: distínguelo con cuidado” “Hablar y callar a tiempo no es para necios”.
“Templanza al hablar y templanza al callar”.
"Hay que saber hablar y callar según convenga".

MARCET IN ADVERSARIO VIRTUS. (Séneca, De providentia, 2, 4): “El valor languidece cuando no tiene rival”.
Variante:
Calamitas virtutis occasio est. (Séneca, De providentia, 4, 6): “La desgracia es ocasión para la virtud”

“La adversidad es la piedra de toque de la virtud”
“Más enseña la adversidad que la prosperidad”
“Sabios hace la adversidad, y necios la prosperidad”
“Quien de ninguna adversidad es llagado, de ninguna virtud es señalado”
NIL EST DICTU FACILIUS. (Terencio, Phormio, 300): “Nada es más fácil que hablar”.
Variantes:
Ex factis, non ex dictis, amici pensandi. (Tito Livio, 34, 49, 7): "A los amigos hay que pesarlos por sus hechos, no por sus dichos".
Sunt facta verbis difficiliora. (Cicerón, Epistulae ad Quintum fratrem, 1, 4, 5): “Hay hechos más difíciles que las palabras”.
Dicere perfacile est, opus exercere molestum. (Walther, 5590): “Hablar es muy fácil y obrar, molesto”.
Verba movent, exempla trahunt. (R.M): “Las palabras mueven, los ejemplos arrastran.”
Validiora sunt exempla quam verba. (H. Ll.): "Son más eficaces los ejemplos que las palabras".
Verbum laudatur si factum sequatur.: “Se alaba la palabra si le sigue determinada acción”.
Mare verborum, gutta rerum: “Un mar de palabras y una gota de cosas importantes”.
Claret amor factis, dulcia verba volant. (L. Murciego): "El amor se manifiesta con los hechos, porque las palabras dulces vuelan".
Probatio amoris (dilectionis) exhibitio est operis. (Acad.): "La prueba del amor es la muestra de la obra".
Acta, non verba. (Divisa de algunos escudos): "Hechos, y no palabras".
Res, non verba. (Divisa de algunos grandes personajes): "Realidades, no palabras".
Facta, non verba. (H. Ll.): "Hechos, no palabras".
Facta potentiora sunt verba. (Principio jurídico): "Los hechos son más fuertes que las palabras".
Inter verba et actus, magnus quidam mons est. (Arthaber): “Entre las palabras y los hechos existe un gran monte”
Inter dictum et factum multum differt. (H. K.): “Hay mucha diferencia entre lo dicho y lo hecho”.
Factis non verbis sapientia se profitetur. (Abelardo, Astralabium, 43): “La sabiduría se reconoce por los hechos, no por las palabras”.
Re opitulandum, non verbis. (H. Ll.): "Hay que ayudar con hechos, no con palabras".
Virtuis enim laus omnis in actione consistit. (Cicerón, De officiis, 1, 6): "Toda alabanza de virtud radica en las obras".
Aliud est dicere, aliud est facere. (R. M.): “Una cosa es decir, otra, hacer”.
Multum sunt verbis dissona facta bonis. (M. de Medina, 588): “Los hechos son muy discordantes de las buenas palabras”.
Aliud dicere, aliud esse. (G. G.): "Una cosa es decir, y otra, ser".
Dicere et facere, non semper eiusdem. (Arthaber, 410): “Decir y hacer no siempre es del mismo modo”.
Operibus credite et non verbis. (La primera parte pertenece a la Vulgata, San Juan, 10, 38, y la cita completa la da Cervantes en la segunda parte del Quijote, cap. 25): "Creed en las obras y no en las palabras".

“Del dicho al hecho hay (media) (va) largo (gran) trecho (mucho trecho)”.
“Obrar mucho, y hablar poco; que lo demás es de loco”.
“A mucho hablar, poco obrar” (R. M.).
“Obras son amores, que no buenas razones” (Acad.).
"El amor y la fe en las obras se ve" (L. Murciego).
“Donde hay obras, las palabras sobran”.
“Las palabras sólo son buenas cuando las obras van con ellas”.
“Dicho sin hecho no trae provecho”.
“Decir y hacer no comen a una mesa”.
"Decir y hacer rara vez comen a un mantel".
“La lengua larga es señal de mano corta” (C.). (Se dice de las personas de muchas palabras y poca acción).

El escritor alemán Friedrich von Schiller lo dijo con esta sentencia: Sólo el ejemplo conduce a la claridad, muchos discursos no llegan a nada.

Expresan que al llevar a cabo las obras es cuando se advierten las dificultades e inconvenientes que tienen. Recomiendan, pues, confirmar con hechos las buenas palabras, porque ellas solas no acreditan.

NOBILIS EST ILLE QUEM NOBILITANT BENE VILLAE.: “Noble es aquel a quien sus posesiones lo ennoblecen”.
“Poco vale la nobleza si no la acompaña la riqueza”.
“Si el noble es pobre, poco se respeta al noble”.
“Noble se puede llamar el que por naturaleza es inclinado a la virtud” (Sintes).
“Hidalgo honrado, antes roto que remendado” (Arthaber).

NOBILITAS SOLA EST ATQUE UNICA, VIRTUS. (Juvenal, Saturae, 8, 20): “La virtud es la sola y única nobleza”.
Variantes:
Nec census, nec clarum nomen avorum / sed probitas magnos ngeniumque facit. (Ovidio, Ex Ponto epistulae, 1, 10 s.): “Ni el censo, ni el nombre ilustre de los abuelos hace grandes a los hombres, sino la honradez y el talento”.
Animus facit nobilem. (Séneca, Epistulae ad Lucilium, 44, 5): “El espíritu es el que ennoblece”. El tópico de la nobleza del alma es común también a otros autores como Aristóteles( Retórica, 2, 15) o Boecio( Consolatio, 3, prefacio 6).
Nobilis est ille quem nobilitat sua virtus. (Arthaber, 897): “Noble es aquel a quien su virtud lo ennoblece”.
Nobilitas sola est animum quae moribus ornat. (Tosi, 1710): “Sólo es nobleza la que adorna su alma con las costumbres”.

“Virtud es nobleza, y todo lo demás, simpleza” (R. M.).
“Noble se puede llamar el que por naturaleza es inclinado a la virtud” (Arthaber).
“De la virtud viene la hidalguía, y pensar otra cosa es borrachería” (R. M.).
“La nobleza viene del que a la virtud se aferra; no de so la tierra” (R. M.).
“No se engrían por su origen los nobles: su abuelo Adán fue un destripaterrones”.
“Hónrente tus hechos, y no los de tus abuelos”.
“No hay más nobles que los que son por sus acciones”.

NON EST AD ASTRA MOLLIS E TERRIS VIA. (Séneca, Hercules furens, 438): “No es blando el camino de la tierra al cielo”.
Variantes:
Χαλεπ τ καλ: Proverbio muy cultivado por Platón, ya que, y no en balde, lo emplea en varios pasajes de sus Diálogos, como: República (4, 435 c), (6, 497d ), Cratilo (384a) e Hipias I (304e). Su significado: “Las obras bellas son difíciles”. Diversos paremiógrafos, como Zenobio (6, 38), Apostolio (18,7), Macario (8, 78) o Suda (14, 51), recogen después esta misma expresión griega, ofreciéndola también con su variante latina correspondiente: “difficilia quae pulchra”.
Es este un motivo muy usado para expresar que el hombre sólo puede alcanzar grandes resultados venciendo grandes dificultades. Fue ya utilizado en la Antigüedad Clásica por el poeta Hesíodo, Los Trabajos y los Días, 289 s., pasaje en el que se afirma que “el camino hacia la virtud es largo y escarpado”. Por otra parte, una tradición muy antigua atribuye a Pítaco la siguiente sentencia, emparentada con estas antes citadas: “es difícil mantenerse virtuoso”.
En latín tenemos muchísimas respuestas similares, como éstas:
Ardua per praeceps gloria vadit iter. (Ovidio, Tristes, 4, 3, 47): “Escabroso es el camino que lleva a la ardua gloria”.
Nulla, nisi ardua, virtus. (Ovidio, Ars amatoria, 2, 537): “No hay mérito en lo que no es arduo”.
Per alta virtus it. (Séneca, De providentia, 5, 11): “La virtud escala las alturas”.
Perque aspera duro / nititur ad laudem virtus interrita clivo. (Silio Itálico, Punica, 4, 603, s.): “A través de asperezas y una escarpada pendiente la virtud tiende valientemente hacia la alabanza”.
Ardua virtuti longeque per aspera cliva eluctanda via est. (Cornelio Severo, 2, 1): “Para llegar a la virtud hace falta abrirse camino con dificultad a través de una larga y escarpada pendiente”.
Solet sequi laus, cum viam fecit labor. (Publilio Siro): “La gloria suele venir después de que el trabajo le abre el camino”
Ad virtutem una et ardua via est. (Pseudo-Salustio, De re publica, 2, 7, 9): “El camino hacia la virtud es uno solo y difícil”.
Ad astra doloribus itur. (Prudencio, Cathemerinon, 10, 92): “Hacia las estrellas se camina a través de dificultades”.
Praedicentur ei omnia dura et aspera per quae itur ad Deum. (Regla de S. Benito, 58, 8): “Se le harán saber todas aquellas dificultades a través de las cuales se camina hacia Dios”.
Non est ad magna facilis ascensus. (Cipriano, De habitu virginun, 21): “No es fácil el ascenso a altas metas”
Alta per arcta petens. (Paulino de Nola, Carmina, 18, 7): “Caminando hacia las alturas a través de las dificultades”.
Per crucem ad lucem. (Walther, 21191 a): “Por la cruz hacia la luz”.
Ardua ad gloriam via. (R.M.): “No es fácil el camino hacia la gloria.
Per aspera ad astra. (R.M.): “Por caminos escarpados hacia las estrellas. (Es este el lema del Estado americano de Kansas).
Per angusta ad augusta. (Tosi, 1682): “Por estrecheces hacia altas metas. (Era el lema de Ernesto de Brandeburgo e indica que sólo se llega al triunfo venciendo grandes dificultades).
Per ardua surgo (Divisa del Estado de Bahía en Brasil): “Me yergo a través de las dificultades”
Per ardua ad astra. (Lema del Estado de Kansas en los EE.UU.): “Por caminos difíciles hacia las alturas”.

Muy abundantes son los refranes sobre este tema, que nos expresan muy claramente lo que hay que luchar para alcanzar la meta propuesta:
“No se va al cielo por lo ancho y cantando, sino por lo estrecho y jadeando” (R. M.).
“Por lo estrecho se va al cielo, y por lo ancho al infierno”.
“No es camino trillado el que va desde la tierra al cielo” (Arthaber, 599).
“No es blando el camino del cielo” (Arthaber, 979).
“La rosa más hermosa suele ser la más espinosa”.
“El mayor tesoro está en lo más hondo” (C.).
“No hay carne sin hueso”.
“En cada sendero hay su atolladero” (H.N.)
“Acá tropezando y allá cayendo, vamos viviendo”.
“No se gana gloria y fama metidito en la cama”.
“Las glorias, con sudores se riegan”.
“Ninguno sube al cielo sin escalera”.
“Para quien quiere, no hay inconvenientes”.

Y así lo dijo nuestro gran poeta Garcilaso:

Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento ...

NON VI, SED VIRTUTE ET RATIONE VINCAS. (Acad.): “Vence, no con la fuerza, sino con la virtud y la razón”.
“Lo que te ha tocado por suerte, no lo tengas por fuerte” (Acad.).

O CIVES, CIVES, QUAERENDA PECUNIA PRIMUM EST, / VIRTUS POST NUMMOS. (Horacio, Epistulae, 1, 1, 54): ¡ Ciudadanos, lo primero que se ha de buscar es el dinero, la virtud, después !”.
Variantes:
Omnis enim res, / virtus, fama, decus, divina humanaque pulchris / divitiis parent; quas qui construxerit, ille / clarus erit, fortis, iustus sapiensque etiam et rex / et quidquid volet. (Horacio, Saturae, 2, 3, 94-98): "Todo lo divino y lo humano, la virtud, la fama y la honra obedecen a la hermosura de las riquezas; quien las logre, será ilustre, valiente, justo, sabio e incluso rey y lo que quiera".
Paucis carior est fides quam pecunia (Salustio, Guerra de Yugurta, 16, 4): "Son pocos los que aprecian la fidelidad más que el dinero".
Pecunia regimen est unum rerum omnium. (P. Siro): “El dinero es el único soberano de todo”.
Pecunia regina mundi. (H. L.l.): “El dinero es el rey del mundo”.
Sola pecunia regnat. (Petronio, Satyrica, 14): Solamente reina el dinero".
Et genus et formam regina pecunia donat. (Horacio, Epistulae, 1, 6, 37): "La riqueza es una reina que da nobleza y hermosura".
Bene nummatum decorat Suadela Venusque. (Horacio, Epistulae, 1, 6, 38):

“Más manda el oro que el rey”.
“El oro todo lo manda”.
“Dios en el cielo, y en la tierra, el dinero” (R. M.).
“El dinero es amo del mundo entero” (R. M.).
“Todas las cosas obedecen a la pecunia” (P. Vallés).
“Lo primero, buscar dinero; que lo demás, vendrá o no vendrá”.
“El dinero es amo del mundo entero”.
“El dinero gobierna el mundo”.
“Quien tiene argén, tiene todo bien” (Acad.).
“De levante a poniente, el dinero es un señor omnipotente”.
“Si dinero me llamo, yo soy el amo”.
“Cuanto tienes, tanto vales”.
"Rey es el amor, y el dinero, emperador".

Quevedo expresó estas ideas con esta letrilla:

¿Quién hace al tuerto galán
y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
le sirve de río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan
sin ser el Dios verdadero?
El dinero.

OMNIA ADSUNT BONA QUEM PENES EST VIRTUS.: “Tiene todos los bienes quien está en posesión de la virtud”.
“Donde la virtud no falta, lo demás sobra”.

PRAESUMITUR BONUS DE BONO GENERE NATUS.: "Se presume que el bueno ha nacido de buen linaje".
Variante:
Dos est magna parentium virtus. (Horacio, Odae, 3, 24, 21): "La virtud de los padres es una gran dote para la mujer".

“De buena vid planta la viña, y de buena madre, la hija”.
“Toma mi consejo y esto te basta: toma la mujer que madre tuvo casta” (Arthaber).
"La viña, de buena planta; la hija, de buena casta".
"De buena vida palnta la viña, y de buena madre la hija".
“El melón y la mujer, por la casta los has de escoger”.
"Tener buenos padres es la mayor riqueza".
"Cuales son los padres, así los hijos salen".

PROPRIA, NON AVORUM, VIRTUS, VERA NOBILITAS. (Acad.): “La verdadera virtud y nobleza sea propiamente nuestra, y no de nuestros antepasados”.
“Dejemos padres y abuelos, por nosotros seamos buenos” (Acad.).

Advierte que no hagamos vanidad de la gloria heredada, sino que la procuremos adquirir por nosotros mismos.

SABER CALLAR

PRUDENTER SILERE LAUDATUM EST. (Acad.): "Es loable callarse prudentemente".

Variantes:
Exiguast virtus praestare silentia rebus; / at contra gravis est culpa tacenda loqui. (Ovidio, Ars amatoria, 2, 603-4): “Poco mérito tiene guardar secretos, por el contrario es gran culpa el decir lo que debe callarse”.
Saepe tacens vocem verbaque vultus habet. (Ovidio, Ars amatoria, 1, 572): “Con frecuencia un rostro callado tiene voz y palabras”.
Dixisse me, inquit, aliquando paenituit, tacuisse numquam. (V. Máximo, 7, 2, 7): "Decía (Jenócrates): A veces me he arrepentido de haber hablado, nunca de haber callado".
Virtutem primam esse puto, compescere linguam: / proximus ille deo est qui scit ratione tacere. (Catón, Distica, 1, 3) : "Entiendo que la principal virtud es morderse la lengua: se acerca a dios quien sabe callar cuando conviene".
Tacendo iam dixi. (Tertuliano, Adversus Valentinianos, 32, 4): “”Permaneciendo en silencio ya hablé”.
Nihil silentio tutius. (Acad.): "No hay cosa más prudente que el silencio".
Custodis animam, si scis compescere linguam. (Aforismo medieval): "Guardas tu alma, si sabes contener tu lengua".
Si tacuisses, philosophus mansisses. (Tosi, 19): “Si hubieras callado, te hubieras mantenido siendo filósofo”.
Inter convivas fac sis sermone modestus, / ne dicare loquax, cum sis urbanus haberi. (Catón, Distica, 3, 19): “En fiestas y banquetes sé parco de palabra, no te llamen bocazas por querer ser brillante”.
Omnia qui reticet, munera pacis habet. (Pereira, 118): “Quien silencia todo, tiene el don de la paz”.

"El silencio y la prudencia, mil bienes agencia" (R. M.).
"En el callar rara vez hay riesgo" (Proverbios de Salomón, por fray Alonso Ramón).
"En callando, hay paz" (R. M.).
“En boca cerrada no entra mosca” (Acad.).
"A buen callar, llaman Sancho" (Santillana).
"Un candado para la bolsa, y dos para la boca".
"Mejor arte es bien callar que bien hablar".
"Hablando, irás perdiendo; callando, irás venciendo".
“Al buen callar llaman Sancho (santo)” (Acad.). (R.Marín añade: Santo, y no Sancho, debió decirse originariamente, y se lee en antiguas colecciones. El origen de este último refrán es incierto: Hay quienes se inclinan por la explicación histórica, suponiendo a distintos Sanchos esta cualidad, y otros, como R. Marín, -y parece lo más probable- suponen que Sancho es nombre común, por santo, bueno, etc.)

Recomiendan la prudente moderación en el hablar.

QUASI AURUM IGNI, SIC BENEVOLENTIA FIDELIS PERICULO ALIQUO PERSPICI POSSIT. (Cicerón Epistulae ad familiares, 9, 16, 2): “Como el oro se prueba en el fuego, así también en algún peligro puede probarse cuál es el amor verdadero”.
Variante:
Scilicet ut fulvum spectatur in ignibus aurum, / tempore sic duro est inspicienda fides. (Ovidio, Tristes, 1, 5a, 25-26): “Como se pone a prueba el oro amarillo en el fuego, así se prueba la fidelidad en las circunstancias difíciles”.

“En el peligro se conoce al amigo”.
“El buen amigo se prueba en la adversidad y en el peligro”
“En la necesidad se ve la amistad”.
“La adversidad es la piedra de toque de la amistad (de la virtud)”.
“Los amigos se te irán, o en su prosperidad, o en tu adversidad”.
“El oro se prueba en el fuego y los amigos en las adversidades” (Sintes).
“Algo bueno trae la adversidad consigo: que sabe el hombre si le queda algún amigo” (R. M.).
“Algo bueno trae la adversidad consigo: que ahuyenta a los falsos amigos”. (Fray Francisco de Osuna –añade R. Marín- , recordando un pensamiento de Boecio, dice en la Ley de amor y quarta parte del Abecedario espiritual: “La contraria fortuna te apartará los dudosos amigos de los ciertos: cuando se fue la prosperidad se lleuó sus amigos y dexó los tuyos”).

QUI EXPECTAT UT ROGETUR, OFFICIUM LEVAT. (H. Ll.): “El que espera que se le ruegue, aminora el beneficio”.
“Harto tarde da el que aguarda a que le pidan”.
“A la par es negar y tarde dar” (H. Núñez).
“Cosa muy rogada es poco agradecida”.

Sobre esto, dijo A. Plaza:

Saber dar es gran virtud
y dar sin tacto locura;
lo que se da sin finura
se acepta sin gratitud.

QUISQUIS PLUS IUSTO NON SAPIT, ILLE SAPIT. (Marcial, 14, 210): “El que carece de juicio más de lo que es preciso, ese es el que sabe”.
Variante:
Scientia inflat, caritas vero aedificat. (Vulgata, 1ª Epis. S. Pablo ad Corinthios, 8, 1): “La ciencia hincha, pero la caridad edifica”. (Es más importante el amor que el conocimiento, porque este último puede degenerar en soberbia).

“La ciencia hace hinchados; y la virtud, santos”.
“El mucho saber echa al hombre a perder” (Porque envanece).
“El mucho comer, empacha; el mucho saber, emborracha”
.
“La ciencia es locura, si no la gobierna la cordura”.
“Si la ciencia no hinchara, ¿qué cosa se le igualara ?”.
"Letras sin virtud son perlas en el muladar".

QUO SEMEL EST IMBUTA RECENS, SERVABIT ODOREM / TESTA DIU. (Horacio, Epistulae, 1, 2, 69-70): “El perfume que impregnó la vasija todavía nueva, durará por largo tiempo”. (Lo dice Horacio aplicándolo a la enseñanza de los jóvenes).
Variantes:
In teneris consuescere multum est. (Virgilio, Geórgicas, 2, 272): "Mucho puede la costumbre adquirida en los tiernos años".
Altius praecepta descendunt quae teneris imprimuntur aetatibus. (Séneca, Consolatio ad Helviam matrem 18, 8): “Los preceptos que se graban en la juventud penetran más profundamente en el espíritu”.
Facile est teneros adhuc animos componere. (Séneca, De ira, 2, 18, 2): "Es fácil educar los espíritus cuando todavía son jóvenes".
Adolescens iuxta viam suam, etiam cum senuerit, non recedet ab ea. (Vulgata, Proverbia Salomonis, 22, 6): "El joven que sigue un buen camino, no se apartará de él en la ancianidad".
Filii tibi sunt? Erudi illos et curva illos a pueritia eorum. (Vulgata, Ecclesiasticus, 7, 25): "¿Tienes hijos?. Instrúyelos y edúcalos desde su niñez".
Qui non assuescit virtuti dum iuvenescit, / a vitiis nescit desistere quando senescit. (Albertano da Brescia, Liber Consolationis, 10): “Quien no se acostumbra a la virtud cuando es joven, no sabe apartarse de los vicios cuando envejece”.
Quod iuvenis suescit, senex dimittere nescit. (Proverbio medieval en verso leonino): “De aquello a lo que el joven se acostumbra, no puede librarse el anciano”.
Sapiunt vasa quidquid primum acceperunt.: “Los vasos mantienen el sabor de lo primero que contuvieron”
Dat fetorem per nares mola fetida semper. / Allia petra sapit, quae semel illa capit. (Walther, 4979): “La muela sucia da siempre mal olor. La piedra que se unta una vez con ajo, sabe siempre a ajo”.
Demere nemo potest vasi cuicumque saporem / primum sive bonum teneat sive deteriorem. (Walther 5368): “Nadie puede quitarle a una vaso su primer sabor, ya sea bueno, ya malo”.
Quod nova testa capit, inveterata sapit. (Walther, 25948):”El vaso viejo tiene el sabor que tomó de joven”.
A teneris assuescere multum.: “Habituarse desde la infancia es muy importante”.
Sapor quo nova imbuas vasa, durat.: “El sabor con que impregnas los vasos nuevos permanece”.

“Lo que en la leche se mama, en la mortaja sale” (Sant.).
“Quien malas mañas ha, tarde o nunca las perderá” (P. Vallés).
“Quien malas mañas tiene en cuna, o las pierde tarde o nunca” (H. Núñez).
“Lo que en el capillo se toma y se pega, con la mortaja se deja” (Acad.). (El capillo puede ser la cubierta de lienzo que se pone en la cabeza a los niños de pecho, o la vestidura de tela blanca con que se les cubre la cabeza al bautizarlos).
“A la vasija nueva dura el resabio de lo que se echó en ella” (Acad).
“Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama” (Acad.).
“El que malas mañas ha, tarde o nunca las perderá” (Acad.).
“Lo que se aprende en la cuna, siempre dura” (Acad.).
“Lo que se aprende en la juventud florida, jamás se olvida”.
“Doma a tu hijo pequeño; que grande no tiene remedio”.
“Desde chiquito se ha de criar al árbol derechito”.
“El dornillo del gazpacho siempre huele a ajo”.
“Lo que no se mama, no se digiere”.
“La cuba huele al vino que tiene” (Tosi, 375)
“El niño cuanto oye, tanto aprende”.
“Lo que se aprende con bragas, no se olvida con canas”.

Denotan que todo cuanto se infunde e imprime en los primeros años, suele arraigar de manera que se retiene toda la vida.

SPES CONFISA DEO, NUMQUAM CONFUSA RECEDIT. (Sintes): “La esperanza confiada a Dios nunca resulta confundida”.
“Aquel es rico que está bien con Dios” (Acad.).

Enseña que la verdadera riqueza es la virtud.

SUB LACERIS CREBRO VIRTUS LATET AUREA PANNIS.(H. Ll.): “Muchas veces bajo vestidos andrajosos se oculta una hermosa virtud”.
“A menudo, bajo hábito vil se esconde hombre gentil” (Sintes).
“Debajo de mala capa yace buen varón”.
“A veces una cosa ves, y otra es”.

TACENT, SATIS LAUDANT. (Terencio, Eunuchus, 476): “Se callan, luego alaban bastante”.
Ver 20 Tosi.
“El callar es cosa muy virtuosa entre las virtudes muy preciosa” (Sintes).

TAM MALA RES NULLA QUIN SIT QUOD PROSIT IN ILLA.: “Hada hay tan malo que no contenga en sí algo aprovechable”.
“La cosa más baladí, para algo puede servir” (R. M.).
“No hay cosa, por chica que sea, en que no quepa la virtud” (Sintes).

UBI NULLUS PUDOR, IBI NULLA HONESTAS. (Sintes): “Donde no hay pudor, no hay honestidad”.
Variante:
Ubi non est pudor / nec cura iuris, sanctitas, pietas, fides, / instabile regnum est. (Séneca, Thyestes, 250): “Donde no hay pudor, ni importa la justicia, ni la pureza, ni la piedad, ni la lealtad, el trono es inestable”.

“Donde no hay vergüenza, no hay virtud buena”.
“Vergüenza es madre de virtud”.

VAE SOLI. (Vulgata, Ecclesiastes, 4, 10): “Desgraciado del que está solo”. Se refiere a la posición del hombre aislado, abandonado a sí mismo.
“Llórame solo y no me llores pobre”.
"Deseo de soledad, o es mucha virtud, o es mucha maldad".
"El hombre solo, o es de Dios, o es del demonio".
"Triste del solo, y de su día malo".
"La soledad es fuente de maldad".

VERUM DECUS IN VIRTUTE POSTUM EST. (R.M. lo atribuye a Cicerón: buscar cita concreta): “El verdadero honor radica en la virtud”.
“No es caballero sino el que sabe serlo” (R. M.).

VILIUS ARGENTUM EST AURO, VIRTUTIBUS AURUM. (Horacio, Epistulae, 1, 52): “La plata vale menos que el oro, y el oro menos que las virtudes”.

Variante:
Argentum auro, utrumque virtuti cedit. (Arthaber, 1452): “La plata cede ante el oro, y ambos ante la virtud”.

“Entre buenos, es fuero que valga la virtud más que el dinero” (R. M.).
“Más vale virtud que arrobas de oro” (R. M.).
“El oro luce, y la virtud reluce” (R. M.).

VIRIS ET FEMINIS ETIAM SANCTIS, CAVENDA EST NIMIA FAMILIARITAS. (Acad.): “Se ha de evitar la excesiva familiaridad entre hombres y mujeres incluso siendo santos”
“Entre santa y santo, pared de cal y canto” (Santa Teresa de Jesús).

Enseña ser muy peligrosas las ocasiones entre personas de diferente sexo, aunque sean de señalada virtud.

VIRTUS UNITA FORTIOR SE IPSA DISPERSA.: “La virtud unida es más fuerte que dispersa”. Esta divisa campea bajo el escudo de Andorra.
“La virtud esparcida es más flaca que cuando está unida”.
“Juncos aunados, por nadie quebrados”.
“La compañía repartida, esfuerzo pide”.

VIRTUTEM POSUERE DII SUDORE PARANDAM. (Escoto, Adagia, 613): “Los dioses determinaron que la virtud se debe lograr con el esfuerzo”.
“No hay atajo sin trabajo” (Acad.).
“No hay camino tan llano que no tenga algún tropezón o barranco”. (Capítulo 13 de la 2ª parte del Quijote, refrán puesto en boca de Sancho Panza).

VIRTUTE POLLEAT GENER, ETIAM CAETERIS CARENS. (Acad.): “Que el yerno sea bueno, aunque carezca de otras cualidades”.
“Nuestro yerno, si es bueno, harto es luengo” (Acad.).

Enseña que las cualidades que se han de buscar y apreciar en el yerno son la bondad y virtud, más que otras prendas naturales.

VIRTUTI ET LABORI, NON PARENTUM AUXILIO FIDENDUM. (Acad.): “No se debe confiar en la ayuda de parientes, sino en la virtud y el trabajo”.
“A son de parientes, busca qué meriendes” (Acad.).

Persuade a no darse al ocio en confianza del socorro ajeno.

VITIUM IMPOTENS VIRTUS VOCATUR. (Séneca, Hercules Furens, 421): “Al vicio impotente se le llama virtud”.
Tema: virtud-vicio
Ver 1709 Tosi. En A. D. se dice que el dicho va en el sentido de que hay actos de valentía que responden más a un vicio que a un verdadero valor.
“Quien no puede ya ser vicioso, se pregona por virtuoso.
“Cuando el diablo envejeció a santero se metió”.
“El lobo sin dientes, a ermitaño se mete”.
“El lobo (diablo) harto de carne, métese fraile” (Acad.).

Motejan al que reforma sus costumbres relajadas cuando ya no tiene vigor para continuarlas.

ANTE MORTEM NE LAUDES HOMINEM QUEMQUAM. (Vulgata, Ecclesiasticus, 11, 30): “No alabes a nadie antes de su muerte”.
Ver Tosi, 532 y Arthaber 499 con variantes griegas.
Variantes:
Nemo ante mortem (obitum) beatus. (Arthaber, 499): “Nadie es feliz antes de su muerte”. Esta parece que fue la respuesta del filósofo Solón al riquísimo rey de Lidia, Creso, al preguntarle si conocía a un hombre más dichoso que él. (Herodoto, 1, 32).
Dicique beatus / ante obitum nemo supremaque funera debet. (Ovidio, Metamorphosis, 3, 136-7): “Nadie debe ser considerado feliz antes de la muerte y de las supremas exequias”. Es una reproducción del pensamiento famoso de Herodoto, antes citado, y que se ve repetido en Sófocles (Las traquinias, 1-3, 945 ss.) y en Eurípides (Andrómaca, 100 ss.; Hércules, 865).
Post funera, virtus. (H. Ll.): "Después de los funerales, la virtud". (Por lo general, sólo se reconoce la virtud o el mérito de una persona después de su muerte).

"Hasta el día de la muerte, a nadie por dichoso se cuente".
"Hasta el fin nadie es dichoso".
"Dicha cumplida, sólo en la otra vida".
“Nadie se alabe hasta que acabe” (C.).
"La alabanza al fin se canta".
“Hasta que el hombre muere, nadie le alabe ni le vitupere”.
“Ninguno sea loado hasta después de enterrado”.
“No alabes vida antes que sea finida”.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANTOLOGÍA DE EXPRESIONES SOBRE FILOSOFÍA GENERADAS DRANTE: La Antigüedad. El Medioevo y el Renacimiento. Siglos XVII al XIX. Siglo XX
CONFUCIO
SÓCRATES (Vida y pensamiento)
PARAEMIAS (REFRANES) LATINOS SOBRE LA VIRTUD. Parte del avance sobre el “Refranero latino” que lleva a cabo el catedrático de Latín D. Rafael Martínez Alcántara.
“DICCIONARIO AKAL DEL REFRANERO LATINO”. Jesús Cantera Ortiz de urbina
PLATÓN (Diálogos socráticos. Época de transición. Época de madurez o diálogos críticos. Diálogos de vejez).
ARISTÓTELES (Ética. Ética a su hijo Nicómaco
EPICURO (Interpretaciones contemporáneas por Kent Mylott (Versión en español de Sergio Sotomayor).
ERIK ANDERSON: “El Hedonismo y la Vida Feliz: La teoría epicúrea del placer (Traducción al español por Sergio Sotomayor Prat).
MARCO TULIO CICERÓN (Antología de sus obras, sobre todo “De finibus bonorum et malorum y “De officiis” (Escrito a semejanza de la Ética de Aristóteles para su hijo Nicómaco, éste para su hijo Marco). Citas suyas con referencia a la Virtud
JORDI PARDO PASTOR. Instituto Brasileiro de Filosofía e Ciência Raimundo Lulio (Ramón Llull”) “Cicerón en el Camino del Humanismo”.
TÁCITO (Ciceroniano en su concepción y estilo).
LOS ESTOICOS (Recorrido sobre su pensamiento).
SÉNECA (Repaso a las obras en las que habla sobre la virtud y la oposición de ésta al placer).
S. AGUSTÍN ( Su pensamiento sobre la virtud: “Virtus est ordo amoris)..
SANTO TOMÁS DE AQUINO (Somero repaso a su pensamiento sobre la virtud).
GIOVANNI PICO DE LA MIRANDOLA (Discurso sobre la dignidad del hombre. Resumen de su pensamiento. Fragmentos de algunas de sus obras).
MAQUIAVELO “El Príncipe”, y su pensamiento político.
GIAMBATISTA VICO (Recorrido por su obra).
RENÉ DESCARTES (Repaso a su obra).
PASCAL Y LEIBNIZ (Estudio sobre la razón y los sentimientos en ambos autores).
HUME (Su pensamiento sobre la Virtud).
ROUSSEAU (virtud, poder y fuerza).
IMMANUEL KANT (Estudio sobre las obras de la ética Kantiana).
JUAN FERNANDO SELLÉS, Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra.”Hábitos, virtudes, costumbres y manías”. Publicado en “Educación y Educadores”.