12/10/08

LA VIEJA DE LA ESPELUNCA

INTRODUCCIÓN
Antes de entrar en la narración, permítanme, mis amables lectores que haga una pequeña digresión, ya que es una parte importante de la misma, sobre la Inquisición pues ya estoy harto de oír a muchos que presumen de eruditos decir que este Tribunal fue creado en España por los Reyes Católicos. Es más, el otro día, viendo una película norteamericana dijeron la frase: “Esto no es la Inquisición española”. Nada más lejos de la verdad. Este Tribunal Eclesiástico para inquirir y castigar los delitos contra la fe, fue instituido por Inocencio IV y encomendado a los frailes dominicos (a los que el pueblo, con su perspicacia habitual llamaba “domini canes” o sea, los perros del Señor) en el año 1248 con el fin de perseguir a los cátaros y albigenses que, al defender opiniones que entonces se consideraban herejías, el Papa intentó llevarlos al buen camino, persiguiendo a los que sostenían esas opiniones que se suponían heréticas. El primer tribunal se estableció en Tolosa. Después se extendió por Italia, menos Nápoles. Pasó a España, Portugal, Perú, Méjico, Goa, Países Bajos y Alemania. Los Reyes Católicos lo introdujeron en España en el siglo XV, para perseguir a los herejes. En nuestro país nunca fue juzgado por el mencionado Tribunal ningún judío ni morisco profesos. Solamente se oprimía a los cristianos que defendían herejías, judíos o moriscos conversos que a escondidas seguían practicando su antigua religión después de haber abjurado de ella, antes del bautismo, por lo que eran considerados cristianos herejes. S. Agustín dice: “Hereje es quien engendra nuevas o falsas opiniones y además las sigue” También sufrían persecución, ¡Cómo no! los considerados brujos o brujas. Dado que en muchos casos ellos mismos confesaban haber tenido tratos con el Demonio y qué mayor herejía puede haber que contactar con el Maligno. Hubo quienes llegaron a asegurar que el Diablo, tomando la forma de íncubo o súcubo, había engendrado en ellos seres malditos. Por lo tanto la mentalidad de la época sometía a herejes y brujos a toda clase de interrogatorios (inquisiciones), tormentos e incluso, si eran relapsos y no se arrepentían, llegaban al extremo de quemarlos en hogueras. Esto se dio por toda Europa dónde tuvo gran auge durante los siglos XV, XVI y XVII. Los países que abrazaron la fe luterana, lo mismo que los católicos, continuaron con su práctica. No nos olvidemos de Miguel Servet que fue quemado vivo en Ginebra por los calvinistas más por el odio que le profesaba Calvino que porque sus escritos fuesen heréticos, pues aunque no llegasen a ser totalmente ortodoxos, habría que estudiarlos nuevamente para ver cuánto tenían de herejía. Tampoco debemos perder de vista el proceso de las “Brujas de Salem”, más cercano en el tiempo y que hemos podido contemplar en el celuloide.
El más famoso de todos los libros sobre brujería, Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas) fue escrito en 1486 por dos monjes dominicos. En el acto, y a lo largo de los tres siglos siguientes, se convirtió en el manual indispensable y la autoridad final para la Inquisición y para todos los jueces, magistrados y sacerdotes, católicos y protestantes, en la lucha contra la brujería en Europa. Abarcaba el estudio sobre los poderes y prácticas de los brujos, sus relaciones con el demonio, y la forma de descubrirlos.
La inquisición, la hoguera, la tortura, mental y física, de la cruzada contra la brujería: todo esto es conocido. Y detrás de cada uno de los actos sanguinarios se encontraba este libro, a la vez justificación y manual de instrucción.

LOS AUTORES DEL MALLEUS MALEFICARUM
Aunque todo el mundo admite hoy que los que escribieron el mismo son los que a continuación reseñaré, el primero que elaboró un libro sobre este asunto fue un monje dominico español llamado Eymeric que el 4-8-1334 tomó los hábitos de la Orden de manos del prior Petrus Carpi. Éste intituló su obra con el nombre de “Directorium”. Fue conocida por gran parte de Europa. Adquirió gran fama como teólogo. Tanta que el epitafio que hay sobre su tumba dice: “Praedicator veridicus inquisidor intrepidus doctor egregius (Predicador veraz, intrépido inquisidor doctor escogido) y que éstos recogieron o plagiaron dicho escrito y son los que hoy se consideran como sus creadores.
SOMERA RESEÑA DE LOS CONSIDERADOS ESCRITORES
Heinrich Kramer nació en Schlettstadt, ciudad de la baja Alsacia, al sudeste de Estraburgo. A edad temprana ingresó en la Orden de Santo Domingo y luego fue nombrado Prior de la Casa Dominica de su ciudad natal. Fue predicador general y maestro de teología sagrada. Antes de 1474 se lo designó Inquisidor para el Tirol, Salzburgo, Bohemia y Moravia.
]acobus Sprenger nació en Basilea. Ingresó como novicio en la Casa Dominica de esa ciudad en 1452. Se graduó de maestro de teología y fue elegido Prior y Regente de Estudios del convento de Colonia. En 1480 se le designó decano de la facultad de Teología de la Universidad. En 1488, Provincial de toda la Provincia Alemana.
Ambos fueron nombrados Inquisidores con poderes especiales, por bula papal de Inocencio VIII, para que investigasen los delitos de brujería de las provincias del norte de Alemania. Malleus Maleficarum es el resultado final y autorizado de esas investigaciones y estudios.

LA VIEJA
Tuve conocimiento de lo que a continuación narraré, porque un amigo mío que preparaba su tesis doctoral sobre fonética latina necesitó ir a Alemania a consultar archivos. (Hay un dicho entre los latinistas que reza así: “Si quieres estudiar bien latín, primero debes aprender alemán”). Es bien conocido que aunque su lengua no sea románica, los alemanes quizá sean los que mayores y mejores estudios hayan realizado sobre la lengua latina.
Voy a procurar plasmar lo mejor posible lo que este amigo recordaba y aquello que yo guardo en mi memoria.
Me dijo que en cierta ocasión, buscando entre legajos del siglo XVI, la casualidad o la suerte hizo que se encontrase con un auto de fe realizado por la Inquisición a una persona el nombre de la cual que aparecía en el expediente era el de “La vieja de la Espelunca”. Picado por la curiosidad y lo mejor que pudo se puso a traducir el mamotreto, no con gran dificultad, ya que además de estar escrito en latín, la grafía era la usada en el siglo XVI, con gran cantidad de abreviaturas y palabras que le costaba mucho entender, a pesar de que el escribano del proceso había sido bastante prolijo en detalles y especificado muchas cosas no inherentes al mismo. Voy a procurar exponer lo mejor que pueda lo que consiguió traducir y me narró:
Resulta que allá por mediados el siglo XVI, en un pequeño pueblo de Colonia, de unos 350 habitantes vivía una vieja a la que daban el nombre que ya he referido. Mi amigo visitó dicho lugar, que todavía existe, y quedó encantado con él. Me dijo que se encontraba en un espléndido valle, rodeado de montañas cubiertas de bosques de singular belleza. Al pie de una de ellas había una roca con una oquedad profunda y tenebrosa. La entrada mediría dos metros de ancho por dos y medio de alto, una vez dentro y pasados unos metros se ensanchaba en una explanada casi circular que podría tener metro y medio de radio. En ella había un pequeño taburete de tres patas y una mesa con un cajón central con un pomo de madera para abrirlo. Ambos estaban confeccionados con madera de encina. A su lado se hallaban unos trébedes sobre las que se encontraba un caldero de cobre y un cazo de madera. En la rocosa pared y sostenido por una herrumbrosa alcayata pendía un candil, también de madera de encina. El techo de la cueva iba descendiendo poco apoco hasta perderse, unos veinte metros mas allá en una especie de embudo. El ambiente era fresco y seco, mi amigo estuvo en ella en mayo y le aseguraron que era fresca en verano y cálida en invierno, o sea, un lugar ideal para ser habitado por alguien que quisiese vivir alejado de la gente. Los lugareños aseguraban que, por transmisión oral, recibida de sus antepasados y transmitida de generación en generación, aquél fue el lugar donde habitó la mencionada anciana y que se encontraba tal y como lo dejaron los miembros de la Inquisición, cuando fueron a prenderla. Mi amigo se preguntaba en su interior que cuánto habría de verdad y cuánto de atracción turística.
A la anciana la describían, así se lo había legado la memoria colectiva, como una vieja de pequeña estatura, algo encorvada, siempre vestida de negro, con una nariz afilada y ganchuda, la cara llena de arrugas, con la piel casi transparente, las mejillas hundidas y los pómulos tan prominentes que parecía que iban a resquebrajar la epidermis. Unos ojos negros como la noche, rodeados por unos párpados y ojeras cárdenos y en el fondo de sus nigérrimas pupilas brillaban dos puntas de fuego, como dos malignos chispazos diabólicos. La boca era lo único que no parecía de vieja. Sus labios eran tersos y rojos y los dientes níveos y perfectos. La gente del pueblo, siempre con miedo, cuchicheaba que pertenecieron a una joven rubia y hermosa que, sin explicación alguna, cierto día desapareció y no se volvió a ver jamás porque fue asesinada por la vieja malvada que, le arrancó toda la dentadura y con artes mágicas, se la implantó en sus encías por lo que lucía una dentición sin tacha. Sus orejas eran dos oscuros cartílagos transparentes. Las manos eran largas y huesudas, delgadas, mejor aún esqueléticas, con la piel pegada a los huesos que se transparentaban. Los dedos, igualmente largos y finos estaban rematados por unas alargadas uñas aceradas que ¡pobre de aquél o aquella a quienes se las clavase!
Siempre iba tocada con un sombrero negro puntiagudo que, según los del lugar, no se quitaba ni para dormir. Calzaba unas botas negras de cabritilla que se le ajustaban a los pies como si de unos guantes se tratase. Era una vieja huraña y extraña. No hablaba con casi nadie. Mejor aún, pocos eran los que entablaban conversación con ella. Unos por miedo, otros por aprensión, y los más porque no querían que la viesen en su compañía, dada la fama de bruja que tenía. Su voz era cascada con el sonido de una caña cuando se raja en dos, pero lo más tenebroso era su risa. Pocas veces reía, pero cuando lo hacía sonaba más como un aullido lobuno entrecortado que como la risa de un ser humano.
La mayoría de las personas del pueblo se apartaba de ella, cuando pasaba por su lado. Las madres, cuando querían asustar a sus hijos les decían, enronqueciendo la voz: ¡Que vieja la vieja de la espelunca! Mano de santo. Los críos, inmediatamente las obedecían y dejaban de alborotar o hacer pillerías.
La gente del pueblo le achacaba que echaba mal de ojo. Si alguna persona perdía las ganas de comer o no dormía bien, la culpa la tenía la vieja de la espelunca. Que alguien enfermaba, era por una maldición de la bruja. Si las cabras, vacas u ovejas dejaban de dar leche era consecuencia de un hechizo maligno de la misma indeseable. Que en pleno verano caía un pedrisco que destrozaba las cosechas, no había que preguntar quien había sido la causante. Si unas lluvias torrenciales durante el otoño no permitía que se pudiese sembrar y el año siguiente una hambruna asolaba al pueblo, ya se sabía la responsable. Todas las desgracias naturales o menos naturales eran causadas por la nefasta vieja.
Los lugareños aseguraban que en noches de luna llena lo mismo que de luna nueva la habían visto subir por los riscos de la montaña para buscar y recoger hierbas, tanto benéficas, cuanto ponzoñosas con las que preparaba sus bebedizos, ya para curar, ya para causar mal. Decían que en la preparación de sus hechizos y brebajes utilizaba, según si eran filtros amorosos, bebedizos para producir alguna enfermedad, males a los animales, cosechas o cualquier otro perjuicio, también beneficios, además de las hierbas que recogía en la montaña, entrañas y vísceras de animales, como sapos, ratas, murciélagos o cualquier bicho repugnante. Se rumoreaba por el pueblo que un niño que desapareció y jamás fue encontrado, había sido raptado por ella, para emplear su corazón, pulmones, intestinos, grasa y vísceras en la confección de sus asquerosas pociones.
Algunos, los más atrevidos contaban que habían osado subir a hurtadillas a la montaña, las noches de S. Juan y que la habían visto, junto a otras brujas que nadie sabía de dónde habían venido, celebrar sus fiestas en honor de Satán. Decían que, en torno a un macho cabrío, encarnación del Maligno, se congregaban, danzando desnudas, y en la representación de una especie de misas profanas, con un altar con manteles negros y el crucifijo puesto hacia abajo sacrificaban una oveja negra (como mofa del divino Cordero) y en copas color azabache le ofrecían su sangre que, después, todas bebían, mezclada con unos oscuros polvos que, tras su ingestión, las sumía en un paroxismo irrefrenable y en una danza diabólica y que al final de aquella ceremonia siniestra todas copulaban con aquella representación animal del diablo.
Todo el mundo le tenía miedo. El párroco, en su supina ignorancia, no se atrevía a ir contra ella, pues el infeliz creía que lo podría aojar, causarle alguna enfermedad o mal irreparable, por ello no osaba hacerle frente. El burgomaestre se aterrorizaba ente su presencia. Siempre estaba temeroso de que pudiese ocasionar algún mal a su esposa, hijos o propiedades. De ahí que nadie quisiera acusarla por miedo a las represalias que contra él, o ella, pudiese tomar.
He dicho que todo el mundo le tenía miedo. Bueno todos, no. Había quien a escondidas con los reparos correspondientes y procurando que nadie lo viese, se acercaba hasta la cueva para pedirle que le preparase alguna pócima con la que calmar cualquier padecimiento, hechizar a un enemigo para destruirlo o buscar un lucro inmerecido. Parece que cobraba bastante bien por sus servicios. Aunque la verdad siempre se la vio excesivamente parca en sus gastos.
Así estaban las cosas. El pueblo aterrorizado y ella viviendo según su antojo y capricho. Pero, hubo un hecho que hizo cambiar la situación. Resulta que un matrimonio sin hijos ni parientes cercanos, dejó en su testamento al cabildo catedralicio sus propiedades. No eran gran cosa, pero lo bastante para que el canónigo ecónomo se interesase por ellas. Consistían en una casa de dos plantas y ocho habitaciones entre la planta de abajo y la de arriba. Un hórreo. Un pequeño huerto tras la casa. Unas fanegas de tierra de labrantío, unas cuantas vacas y cabras, así como unos árboles frutales.
He aquí que el mencionado ecónomo se personó en el pueblo para reconocer de vista estas pequeñas propiedades y tomar posesión legal de ellas.
Ese fue el momento en el que el aterrorizado párroco y en secreto de confesión puso al canónigo al corriente de lo que ocurría en el pueblo con la vieja de la espelunca y el terror que ante ella sentían los lugareños.
El canónigo tomó buena nota de ello, así como algunos apuntes de lo que el párroco le había referido y en el instante que llegó a la capital se lo contó al señor Obispo, quien ni corto ni perezoso lo puso en conocimiento del familiar de la Inquisición que moraba en la ciudad. Conocerlo éste y poner en marcha toda la implacable, inexorable e imparable máquina del tribunal inquisitorial fue todo uno.
Se inició el proceso, conforme a las instrucciones del Malleus Maleficarum. Primero se elaboró la citación correspondiente que fue comunicada al párroco del lugar. Se convocaron los testigos pertinentes y que se atreviesen a hacerlo para que depusiesen en el proceso incoado. Se iniciaron las averiguaciones y se fue elaborando el obligado expediente. Una vez recabados todos los informes necesarios, tres familiares de la Inquisición se personaron en el pueblo para proceder al prendimiento de la vieja a la que condujeron a la capital, donde se debería llevarse a cabo los interrogatorios conforme se expone en el referido manual. Los indicios del hecho fueron exhaustivamente examinados. Los testigos se mantuvieron firmes en sus declaraciones. La que se mostraba renuente y mantenía una pertinaz negativa era la vieja, que persistía rechazando todas las acusaciones que se le hacían. El juez del caso, siguiendo, paso a paso todas las instrucciones que se especifican en el Malleus Maleficaron la sometió a toda clase de interrogatorios y pruebas como en él se manifiestan, dada la evidencia de los hechos corroborados por los deponentes. Primero intentó, con palabras apaciguadoras y promesas de perdón, que confesase sus horrendos hechos. No obtuvo nada por este medio. Después pasó a la amenazas, asegurándole la condenación eterna si no declaraba y se arrepentía. Finalmente mandó que fuese torturada, para ver si bajo el tormento se dolía de lo que había cometido. No hubo forma de hacerla hablar con tales procedimientos La vieja seguía negando que ella fuese bruja o que jamás hubiere tenido tratos con el Demonio. Pero, inesperadamente, se presentó un testigo que pudo demostrar, avalado por el testimonio de personas muy cualificadas, que un hijo suyo, tras haber bebido una pócima que ella le suministró, enfermó y murió entre atroces dolores. La vieja no tuvo más remedio que confesar que efectivamente era una bruja y que había engendrado por coyunda con el demonio en forma de íncubo un hijo horrendo al que, al poco tiempo de nacer y por mandato del Maligno, en una de sus horripilantes fiestas demoníacas, había sacrificado.
El caso quedó visto para sentencia y el juez de la Inquisición, de conformidad con sus asesores y hasta con el beneplácito de defensor, la entregó al brazo secular para que ejecutase la sentencia que consistía en que fuese quemada en la hoguera, ante su obstinada disposición para arrepentirse y ser acogida de nuevo en el seno de la Iglesia.
La sentencia se llevó a cabo, en un día de fiesta, según las instrucciones del Malleus y en la plaza que había delante de la catedral. Los verdugos levantaron la pira, en cuyo centro había un poste bien afirmado, al que la ataron y, con gran presencia de público, por no decir toda la ciudad, se procedió a prender fuego a la leña, bien seca, para que no produjese humo y no muriese asfixiada, como ocurría cuando la leña estaba húmeda, sino que fuese consumida como una rama más. Lenta, muy lentamente comenzó a arder la hoguera. Poco a poco, conforme la leña +prendía, las llamas alcanzaron más altura y rodearon el cuerpo de la bruja que, entre alaridos y maldiciones cada vez más fuertes al sentir que las llamas rodeaban su persona, fue paulatinamente perdiendo el aliento hasta que no quedó de ella más que un tizón ennegrecido e irreconocible.
El notario eclesiástico levantó acta de la ejecución y dejó constancia en ella de que muchos testigos presenciales aseguraron bajo juramento que, cuando la vieja, con un horrendo aullido, lanzó su último estertor, de sus restos carbonizados, salió un bicho negro, no muy grande que, tras dar varias vueltas sobre la plaza, desapareció en la lejanía.
Esto es lo que mejor recuerdo de lo que mi amigo me contó. Seguro que fueron muchas más cosas que mi memoria no ha retenido.
Córdoba, septiembre, 2009


Manuel Villegas Ruiz