29/1/11

EL CONVENTO FRANCISCANO DESCALZO DE GRANADA, SEGÚN UNA CRÓNICA LATINA INÉDITA DEL SIGLO XVIII. (3)

Introducción
Las conferencias pronunciadas por mí en los cursos sobre “El Franciscanismo en Andalucía” durante los pasados años de 2008 y 2009 versaron sobre el convento de S. Antonio de Granada, y en ellas mencioné que la crónica de este monasterio es tan rica y extensa que contiene materia suficiente para varias exposiciones.
El año pasado cerré mi intervención mencionando la limosna perpetua que hizo al convento D. Juan Herrera Pareja.
El autor continúa con la narración de la crónica, desgranando vidas de siervos y siervas de Dios ligados a este convento, así como refiriendo privilegios papales a determinados altares del mismo y limosnas más o menos cuantiosas que aportaron los fieles devotos de los descalzos.
Exposición
El cronista nos muestra una breve pincelada de la vida de María Ruiz, ínclita entre los penitentes de la seráfica Tercera Orden.
Falleció en el mes de marzo del año 1669 y se cree piadosamente que fue coronada con la diadema de la gloria por su probidad de costumbres, su modestia, su recato, pobreza y supremacía en las demás virtudes.
Durante cuarenta años asistió a la sagrada mesa sacramental del convento y fue un modelo digno de imitación para todos los que la conocieron.
Sus venerables cenizas reposan en la iglesia del convento.
Aunque es muy breve el relato de esta piadosa alma, lo he querido reseñar, porque el narrador, en su afán de escribir todo en latín, llega a hacerlo hasta con los apellidos que puede verter a esta lengua. Es la primera vez que me encuentro en un texto latino un apellido latinizado con terminación femenina, puede ser que allá por el siglo XVIII esto fuese corriente, yo, sin embargo lo encuentro un exceso de traducir al latín cualquier palabra, puesto que Ruiz, al ser un apellido no tiene género. Éste se lo daría, en tal caso el nombre al que acompaña.
Me explico: un apellido que latiniza es el castellano Ruiz que él transforma en Ruizius, pero como esta piadosa criatura es una mujer que se apellida Ruiz, no dice Ruizius, sino Ruizia.
A continuación el autor nos habla de la encomiable vida de la cordígera Juana de la Cruz. Nació el 17 de junio de 1597 en Beniaján. Sus padres fueron Diego Fernández Rufete y Francisca Sánchez Artero.
Desde pequeña dio muestras de una viril fortaleza, así como de una reposada tranquilidad, por ello no era propensa a lamentarse de ningún infortunio, lo mismo que tampoco era proclive a manifestar de la risa.
Fueron sus padres, con su ejemplo, quienes la iniciaron y mantuvieron en el camino de la práctica de las virtudes y desde niña la acostumbraron a los piadosos ejercicios del espíritu y la educaron en los laboriosos ejercicios del alma.
Ya desde su tierna infancia, Juana se distinguió tanto entre todos que se vio favorecida por una especial gracia divina, de tal forma que el Esposo Celestial la escogió para introducirla en el estrecho y elevado camino de la Cruz, preparando Él mismo con mano firme su fortaleza, desde su incipiente niñez.
Su amor a la cruz de Cristo hizo que ya de mayor, previo consentimiento de su confesor, tomase como segundo nombre: de la Cruz, por lo que desde entonces comenzó a llamarse Juana de la Cruz.
Parece, dada su fuerte constancia, que, al tomar este segundo nombre, el martirio y los padecimientos iban a ser la rueda perpetua que harían girar su vida.
Ya desde muy pequeña comenzó a sentir en su frágil cuerpo las crueles mordeduras de los padecimientos corporales. Al poco tiempo de nacer, se le produjo una herida que se corrompió llenándose de gusanos. Tenía tan mal aspecto por su purulencia y por los repugnantes bichejos que sus padres llegaron a temer y no sin razón que le acarrearía un mal cierto y funesto.
Sin embargo, la fortaleza de esta aparentemente débil niña hizo que aceptase el mal como algo proveniente de la mano de su Amado y, con el paso de los años, se adaptó a él, y logró que esta cruz fuese más llevadera.
Ya hemos dicho que tomó el nombre de Cruz, como si ésta fuese a ser la brújula que continuamente orientase su vida. Efectivamente así sucedió. A esta enfermedad, sucedieron otras que le causaron males inenarrables que la mortificaban continuamente cono su fuese una indomable torre de fortaleza y paciencia.
No se arredraba ante tan crueles padecimientos. Al contrario, de cada uno de ellos resurgía triunfante y exultante y con deseo de un nuevo tormento por muy espantoso que fuese.
Desde su niñez hasta su fallecimiento no careció de dolores y padecimientos, parecía que en su cuerpo se tenían que acumular toda abundancia de dolores del mundo. Nunca se lamentó ni los rechazó, por el contrario alababa a Dios que se dignaba probarla con tales sufrimientos.
El Supremo Hacedor se recreaba con la invencible fortaleza de su amada y la ponía a prueba con innumeras desolaciones, angustias, y tribulaciones tanto interiores cuanto exteriores, pero ella enardecida por su sed de sufrimientos sólo se limitaba a decir: Dios mío, o morir o padecer.
La voluntad divina no cejaba en su continuo deseo de ponerla a prueba, por ello determinó cargar sus ya fatigados hombres con otro peso más. Cuando se cumplieron los veinte años de su matrimonio, su esposo, Gaspar Ruiz de Morasca, persona adinerada, se arruinó por el mal resultado de varios negocios que había emprendido. Por ello se vio envuelto en una situación lamentable, sobre todo porque tan duros infortunios casi lo llevaron abiertamente al patíbulo del que fue librado por la Reina de los Cielos a la que Juana amaba tiernamente.
El carácter de Gaspar era bilioso, enérgico, severo y austero y respondía de mala manera a la dulzura con la que su esposa lo trataba. Además era perjudicialmente celoso que se indignaba cuando Juana iba a la iglesia a recibir los Sacramentos. Además la apremiaba extremadamente con muchísimos mandatos que debía obedecer estrictamente. Siempre debía estar prevenida contra las duras intolerancias de la enérgica ira de su esposo y soportar continuamente sus imposiciones con la fortísima firmeza de un yunque. Finalmente, estaba continuamente sometida a sus repetidos cambios de humor con los cuales la falta de carácter de tan mudable hombre la sometían a cada momento no dejándola descansar ni un instante.
En este hombre tan temerario convergieron muchas clases de miserias, de tal forma que lo mismo vagaba como un prófugo por temor a ser apresado, o se veía en ocasiones en peligro de muerte, de manera que no se encontraba libre por tanta acumulación de tribulaciones.
Además enormemente cansada de ir de un lado para otro en este proceloso mar de calamidades en el que llegó a soportar el color del hambre, cubierta de vergüenza por haber sido llamada por tantos tribunales, oprimida por las vejaciones de las personas que la perseguían y fluctuando miserablemente en tan gran abismo de visicitudines adversas, se encontraba rodeada por todos lados por inmensos torbellinos de preocupaciones.
Su fortaleza viril era imponderable e invencible su constancia: con las cuales afrontaba las conspiraciones del mundo y se enfrentaba a la maldad de los poderes infernales. Ante tal resistencia y triunfantes victorias el infernal enemigo irritado, aunque estuviese desanimado la atacaba con más saña.
Esta formidable torre de tolerancia también tuvo que hacer frente a las insidias, dolores, ingratitudes, oprobios e innumerables maquinaciones que personas envidiosas concitaron contra ella, como si a ello las impulsara el infernal enemigo.
Todos estos ataques del tartáreo no hicieron sino acrecentar su fortaleza.
Sus virtudes aumentaban cada día más. De forma especial la humildad. Ésta le hacía creerse merecedora de padecer toda clase de calamidades y su espíritu se alegraba cuando las demás personas la despreciaban.
Sus padecimientos eran continuos, sin que, por ello se reflejasen en su ánimo ni en su tenacidad. Pero poco a poco su salud se deterioraba, cosa que se le traslucía en el permanente decaimiento de su cuerpo.
Su deseo de sacrificio y mortificación no conocía fronteras. Castigaba su cuerpo continuamente, dos cruces se le clavaban perennemente en el pecho y en las espaldas. El cuello, los antebrazos, los brazos, los riñones y las restantes partes del cuerpo las llevaba constantemente comprimidas proporcionándole a todo el cuerpo un continuo dolor. De forma asidua introducía en su calzado pequeñas piedras o garbanzos para mortificarse los pies. Con frecuencia dejaba caer sobre sus manos gotas de ardiente cera.
Era tal su deseo de sacrificio y mortificación que n ponía límite a cualquier cosa que pudiese causar dolor a su cuerpo.
Si tenía conciencia de haber cometido algún fallo o error, por pequeño que fuese, o alguien le hacía saber que, inadvertidamente, podría haber causado algún pesar a cualquiera, la forma de repararlo era infligir a su cuerpo tres flagelaciones seguidas.
El descanso del sueño, tan necesario para el cuerpo, no llegó nunca a conocerlo.
Se recostaba sobre terribles cilicios entretejidos por férreas cadenas y el poco rato que dedicaba al sueño lo hacía recostándose sobre una dura tabla o en un leño en forma de cruz.
También se privó del placer de la comida. Si exiguo alimento lo preparaba sin sal.
El agua de su baño la mezclaba con hiel, vinagre, áloe o cualquier otra sustancia que ella pensase que podría perjudicarla.
A veces, en un exceso de mortificación, añadía al agua que bebía parte de la que le había quedado de limpiar los utensilios de cocina.
Sustrajo sus oídos de las conversaciones banales por lo que casi siempre los tenía taponados para que la vaciedad de la charlatanería mundana no distrajese a su espíritu de su constante dedicación a las cosas divinas.
Su vida transcurrió en un continuo padecimiento del que ella se consideraba acreedora y cuando las penalidades no le llegaban del exterior, ella se mortificaba, escarnecía y sacrificaba en aras de la necesidad que la embargaba de padecer por su dulce Amado.
El cronista continúa con la narración de la vida de esta admirable mujer, pero expone que vivía en una continua pobreza en la que residía en medio de tan grandes dificultades y que nunca tuvo un domicilio cierto, llevando una vida miserable, yendo de un lugar para otro y que era sustentada por la voluntad ajena ya que a su indigente familia le faltaban los necesarios medios de vida.
Esta descripción de su situación económica no se compagina con lo que ha expresado anteriormente cuando manifestaba que el esposo de Juana de la Cruz era persona adinerada. Bien es verdad que sufrió las calamidades de la ruina financiera por el fracaso de varias empresas que acometió, pero esto no quiere decir que el matrimonio hubiese estado continuamente en la indigencia.
También expone el autor que nuca tuvo un domicilio cierto y que iba de un lado para otro arrastrando una miserable vida.
Posiblemente esto ocurriese tras la pérdida de la fortuna de su esposo.
Consideramos que el cronista, en su anhelo de resaltar las penalidades de su biografiada y la reciedumbre de ésta para hacerles frente, en un momento determinado exprese lo contrario de lo anteriormente expuesto.
Expone igualmente que el corazón de Juana sólo descansaba en las riquezas espirituales. Esto lo consideramos indubitable, dada la vida de perfección a la que se había entregado y que perseguía con todas sus fuerzas.
Los ejercicios de piedad, su continuo trabajo, lo ejercicios de piedad y la práctica de las demás virtudes fueron su trabajo continuo y su diario alimento
El amor que sentía por María Santísima nacía profundamente de lo más íntimo de sus entrañas, por ello se entregó a fomentarlo con todas sus fuerzas.
En su juventud decidió aprender la lengua latina, por ello comenzó a recitar diariamente el Oficio Parvo mariano y, por inspiración divina entendía perfectamente aquello que no alcanzaba a comprender por no dominar perfectamente este idioma.
El Pan eucarístico era el alimento que mejor la sustentaba y sostenía y hacía que sus entrañas se derritiesen admirablemente en las llamas del amor divino.
Sentía más que amor, pasión por el blanco lirio de la castidad. Cuando tenía diez años golpeó con un palo a un adolescente que se atrevió a oprimirle un dedo de su mano, en señal de cariño. No consentía que ningún hombre le hiciese la más mínima insinuación amorosa, considerando las amenazas del peligro de tan lamentable relación.
Cuando era pequeña solía decir con tierno candor estas cosas: ¡Oh, mi Dios que malamente me parece este mundo, quien viviese fuera de él! Si todavía no he percibido la luz, ya lo entiendo tan inútil como cuando sea más adulta. En ningún momento soportó en su presencia ni el más leve signo de liviandad de forma explícita.
Aunque padecía de graves males internos en su cuerpo, nunca quiso que lo supiesen los médicos para que, ni por casualidad, le acarrease un inevitable perjuicio a su honestidad. Finalmente todas las palabras de la venerable Juana exhalaban juntas una inclinación hacia la pureza, de tal manera que sólo su aspecto reprimía cualquier impudicia.
Después de algún tiempo de su unión conyugal determinaron libremente ambos esposos un pacto para mantener la continencia matrimonial, en el cual, con igual constancia, ambos se mantuvieron. Por esta causa llegaron a un acuerdo para emitir el voto de castidad perpetuamente, por lo que experimentó el consiguiente y maravilloso favor celestial
En cierta ocasión la sierva de Dios estaba dedicada a la oración, cuando oyó que le excelsa Majestad le hablaba de esta manera: Querida hija mía, paloma mía, esposa mía, he tomado rápidamente la decisión de desposarme contigo porque me agrada que te hayas entregado a mis manos con un voto perpetuo de castidad, y desde ahora serás mi esposa para toda la eternidad.
Entonces la feliz Juana, traspasada por el amor, dijo: ¡Oh, amado mío, he aquí a tu esclava, hágase en mi según tu rectísimo beneplácito!
Inmediatamente celebraron los esponsales espirituales, y el alma de la afortunada fémina se obligó aún más con el voto de pureza, consintiendo la Señora con favores distinguidísimos. Descansó su espíritu en un abismo de tantas dulzuras fluctuando de tal manera con tanta felicidad que durante muchos días no podía volver en sí totalmente por el inefable júbilo de su corazón.
Continuar narrando la esclarecida vida espiritual de esta alma cándida y totalmente entregada a Dios, hasta tal punto de convertirse en su espiritual esposa, sería tedioso y, posiblemente, abusivo, por ello sólo nos resta decir que esta ínclita esposa divina falleció el 29 de marzo de 1677.
Las obras literarias que produjo, por mandato de su confesor fueron:
Vida de Juana de la Cruz, esto es, su misma vida.
Además, encendida por un fuego celestiales escribió:
Varios poemas espirituales. Entre los cuales (por cierto inéditos) se encuentran algunos de máxima calidad piadosa.
Canonización de S. Pedro Alcántara
En el año 1669 el Papa Clemente IX inscribió en el censo de los Santos de la Iglesia Católica al Beato Pedro de Alcántara.
Como era el titular de la Provincia franciscana que le debía su nombre y estamos estudiando, el Provincial de la misma, fray Diego Fernández, mandó que dicha exaltación del Patrono fuese celebrada en todos los conventos de la misma con toda solemnidad, siempre dentro del rigor de la pobreza que caracteriza a los Descalzos franciscanos.
A pesar de tal restricción necesaria




Eximia celebración por la canonización de S. Pedro de Alcántara. Algunos recuerdos admirables.

Cuando el Santísimo Papa Clemente IX, inscribió en el catálogo de los Santos al beato Pedro de Alcántara, el Ministro Provincial, fray Diego Fernández, mandó por un decreto suyo que la canonización fuese celebrada en todos los conventos alcantarinos de la forma más solemne, dentro de la proverbial pobreza de los franciscanos descalzos.
Inmediatamente fue encomendado diligentemente el mencionado mandato del superior, para que se llevase a cabo con la pompa a la que quisiesen contribuir espontáneamente con la pompa con la que quisieren cooperar la liberalidad y el afecto de los devotos de los frailes.
Dicha celebración tuvo un fausto especial en el convento que comentamos ya que se manifestó con tanta suntuosidad y resplandeció de forma tan exima la majestad de tantos cultos, que, según el cronista, mereció ciertamente que fuesen esculpidos en placas de bronce para admiración de los siglos venideros.
El Ayuntamiento granadino, así como lo más selecto de las personalidades más célebres de la ciudad pugnaron porque dicha celebración luciese en el máximo de su esplendor.
Tampoco faltó la multitudinaria concurrencia del pueblo llano que dio rienda suelta al ardor de su corazón por la felicidad que le embargaba por la subida a los altares de este nuevo Santo.
Se efectuaron multitud de vistosísimas procesiones en las que, como es lógico no falto la imagen del nuevo Bienaventurado.
Fueron innumerables los espléndidos fuegos artificiales que se llevaron a cabo.
La ciudad fue engalanada con magníficas luminarias. Se instalaron altares en muchas calles y se celebró un octiduo en el que la elocuencia seráfica de magníficos oradores se puso de manifiesto en las alabanzas a la Divinidad y en los panegíricos a S. Pedro Alcántara.
La celebración con total certeza fue considerada con digna admiración como opulenta majestuosidad; ciertamente fruto tan noble y digno de piedad y realización de la insigne ciudad, en la cual existía siempre una eximia rivalidad de plausible generosidad.
El glorioso Santo no se mostró menos espléndido ante la fastuosidad de tan encomiables celebraciones.
En el primer día de tan resplandecientes solemnidades en el que se llevaba en concurridísima procesión al Santo, se produjeron varios prodigios que la Divinidad concedió por intervención del Santo.
El primero fue semejante al que nos narra la Biblia en el libro de Josué cuando éste luchaba con los amorreos y, por permisión divina, el sol se detuvo en Gabaón y la luna en el valle de Ajalón, de donde no se movieron hasta que Josué exterminó a sus enemigos.
Ocurrió de esta manera, como la imagen iba acompañada de tantísima gente y el recorrido era tan largo, he aquí que las tinieblas del crepúsculo vespertino comenzaron a esparcirse por Granada, pero, ¡Oh prodigio! Los acompañantes comenzaron a notar que la oscuridad no avanzaba, es más se detenía y parecía que el sol brillaba con más fuerza como si quisiese participar con su resplandor en el magnífico espectáculo de la procesión. Estuvo detenido durante dos horas hasta que la procesión llegó a su término, con la consiguiente alegría de los concurrentes que dieron gracias a Dios desde lo más hondo de su corazón por tal maravilla.
Otro prodigio que nos narra el cronista y que también sucedió durante la mencionada procesión, es que los que portaban el paso, inadvertidamente atropellaron a una mula a la que causaron un gran daño. Cuando se acercaron a ella, creyendo que estaba muerta, la encontraron totalmente ilesa.
Esto fue motivo de que todos los asistentes a la procesión considerasen que el benéfico Santo no había querido consentir que en un día tan importante para los Descalzos y el pueblo granadino ocurriese ninguna desgracia que empañase el júbilo de todos los devotos.
Tampoco descuidó Pedro de Alcántara las necesidades de sus seguidores proporcionándoles otro motivo de satisfacción.
El aljibe del convento se encontraba vació, de tal manera que no podía proporcionar una sola gota de agua para satisfacer la sed de los religiosos y mucho menos a la ingente cantidad de personas que habían acudido a Granada con motivo de la festividad de la octava del Santo.
El momento no podría ser peor, ya que, al no ser temporada de lluvias, no se esperaba ni remotamente que el aljibe pudiese volver llenarse y satisfacer la sed de santísimas personas y las necesidades de la propia comunidad.
El complaciente Pedro no podía consentir que pasasen sed no sólo los frailes ni tampoco la enorme cantidad de personas que habían ido a festejarlo, por ello, los hermanos y las personas que se encontraban presentes observaron de pronto que el aljibe, de manera prodigiosa, estaba lleno a rebosar.
No fue sólo en este convento de Granada en el que se reveló de manera fehaciente la prodigiosa prodigalidad de S. Pedro.
A decir del cronista, en el resto de los conventos de esta Provincia, tuvieron lugar manifestaciones de la poderosa intervención divina por la mediación de tan preclaro Santo.
El cronista pasa a narrarnos la vida del siervo de Dios fray Juan Pimentel. Éste venerable hermano había nacido en la villa granadina de Montefrío y profesó la regla seráfica, como converso, en los franciscanos descalzos el día 17 de septiembre de 1626
Fue uno e los fundadores del convento de S. Antonio de Padua.
Resplandeció de forma preeminente en su ardentísimo celo por la disciplina de la Orden, por el vehemente amor hacia la caridad y una dedicación y plena complacencia en la más absoluta pobreza.
Aborrecía desde lo más profundo de su corazón la ociosidad. Siempre se le encontraba ocupado en algún quehacer. Dentro del convento de dedicaba con fricción a las más abyectas labores o bien entregado plenamente a las obras espirituales.
Todo ello lo compaginaba con la tarea, encomendada por el superior, a pedir limosnas de puerta en puerta que, según el autor recolectaba sobremanera.
Siempre sacaba ocasión para, al mismo tiempo que mendigaba, enseñar la doctrina cristiana a todos los que la desconocían; de cuya ocupación obtuvo grandes e imponderables frutos, por lo cual su amable afecto y el olor de sus virtudes atraían a todos sobremanera de forma admirable.
Su carácter bondadoso, afable y exento de cualquier tipo de vanidad y el que siempre estuviese entregado al bien de los demás, a su perfección espiritual y a la pureza de sus eximias virtudes hizo que fuese apreciado por todos los que lo conocieron, tanto que se hizo célebre pos su encomiable santidad a los obispos, a los nobles, en una palabra a todo aquel que durante su vida tuvo trato con él o la suerte de conocerlo.
Llamado por su divino Hacedor fue a su encuentro el 15 de agosto del año1671, cargado con sus eximias virtudes y sus muchísimas obras en favor de tos los necesitados. Sus huesos reposan en el templo del convento, dentro de una fosa sagrada.
El cronista continúa con la narración de la vida del siervo de Cristo, fray Bernardo de Morales. Este excelso varón nació en el pueblecito de Nalda de la diócesis de Calahorra. Sus padres fueron Diego Morales y María Clara.
Dentro de la Orden Seráfica llegó a ser profesor de Teología y Definidor.
Desde los inicios del comienzo de su razón comenzó a manifestar las primicias de su futura santidad.
Se sintió arrebatado por una admirable propensión para la consecución de todas las virtudes que máximamente practicó desde su niñez hasta su juventud. Por ello, cuando cumplió los veintidós años, siguiendo las aspiraciones de su alma, abandonó la evanescente pompa mundana y pidió ingresar en el convento descalzo valenciano.
Vistió el seráfico hábito en S. Juan de Ribera, el 17 de agosto de 1625. Allí mismo realizó el noviciado y, con los plácemes de todo el convento, pronunció sus votos y pasó bajo la bandera franciscana a ser un esforzado mílite del ejército de la hueste de los del Poverello.
Como un gigante abrazó el enorme esfuerzo de recorrer el camino que la Divinidad le señalaba, así como el del estricto cumplimiento de los mandatos de la Regla a la que se había obligado y que, en su conciencia, consideraba ineludibles y que debería de llevarlos a cabo totalmente y con toda minuciosidad.
A esta encomiable práctica y escrupulosidad de os preceptos de la Orden se unía el aborrecimiento de la ociosidad en todos los momentos de su vida, por ello la claridad y lucidez de su mente se encontraba continuamente activa, por lo que fue designado para los cargos más dignos de emulación.
De esta manera fue elegido por sus esclarecidos méritos para moderador de filosofía y de teología. Lo nombraron más de una vez guardián del convento, y, cuando se trasladó a la Provincia alcantarina, en el primer Definitorio de la misma fue cooptado a lo más alto de la Iglesia.
Su humildad resplandecía sobremanera en todo el comportamiento de su inmarcesible vida. Jamás nadie lo vio ensoberbecido, ni arrogante en el trato con los demás, al contrario, su elocuencia y sus exhortaciones eran como encendidos aguijones lanzados hacia la diana de la humildad.
Es más, se consideraba como el más abyecto de todos los seres humanos, ocultando ante los demás, con todo su denodado esfuerzo, esta encomiable virtud de la humildad, solicitando como una labor encomiable la realización de los más viles y despreciables trabajos que se pudiesen llevar a cabo en la Comunidad.
De igual manera era obediente en sumo grado. No se apartaba ni un ápice, no sólo de los mandatos, sino hasta de las sugerencias de sus superiores o confesor. Le molestaba que alguna persona considerase que debería obedecerlo.
La pobreza era otra de sus eximias cualidades. Se sentía tan obligado a ella que durante dos años, de los cincuenta que pasó con los Descalzos, llevó los mismos calzones y el mismo manteo que había tenido durante su noviciado, aunque se encontraban en un estado tal de precariedad que parecía un milagro que no estuviesen hechos jirones. Renunciando a ellos cuando le ofrecían otros, ya que consideraba que no los necesitaba. El estado de los pantalones era tal que si se ponían en el suelo quedaban erectos sin doblarse, como si hubiesen sido fabricados de madera, no obstante él se negaba a que le proporcionasen otros aunque estuviesen usados por algún hermano.
Igual ocurría con el hábito, llevó el mismo durante muchísimo tiempo. No obstante si, para cualquier acto en el que debiera de ir más presentable, necesitaba pedir uno nuevo, lo devolvía en el momento que terminaba y con tal esmero y bien cuidado como si acabase de ser confeccionado.
A este bagaje de virtudes que poseía se le unía ineluctablemente una esforzada entrega a la práctica de la penitencia castigando su cuerpo más allá de lo humanamente tolerable, en muchas ocasiones hasta cinco veces al día hasta hacerlo derramar sangre.
Un durísimo cilicio ceñía continuamente su cuerpo. Caminó con los pies descalzos hasta que, ya en su vejez, por mandato e los superiores, tuvo que ponerse sandalias, pero las acondicionó de forma que le hacían mas daño que protección.
La frugalidad de sus comidas era proverbial y nunca le faltaron motivos para practicar vigilias y ayunos. Durante los cuarenta y cuatro años que vistió el seráfico hábito comió solamente pan y agua tres días a la semana.
El resto de los días la parquedad de sus alimentos era tal que más bien parecía que sólo efectuaba la ceremonia de comer únicamente para mantener su cuerpo sin que llegase a la inanición
La austeridad y espíritu de abnegación que practicaba en su persona, se convertía en espléndida prodigalidad, cuando se trataba de atender a los demás. Si se enteraba de que alguna persona había caído enferma, inmediatamente la visitaba para proporcionarle el mayor consuelo son sus confortadoras y alentadoras palabras.
Ocurrió que, en cierta ocasión en la que se encontraba en la casa del Guardián de Totana, había allí un hermano enfermo que padecía muchos y grandes dolores y se hallaba tan decaído que nada lo alegraba, ni siquiera contándole chistes. Pues bien, este hombre de Dios, se propuso que sonriese y no tuvo otra ocurrencia que ponerse a dar saltos y brincos delante del enfermo. Lo hizo con tal gracia que, el que no tenía ganas de nada, acabó riendo a más no poder.
Sentía un fuego interior que lo llevaba a eliminar o por lo menos intentar paliar las miserias de los demás, a quienes acudía para ayudarlos y confortarlos con toda delicadeza y derrochando cariño.
Si alguna vez, por la responsabilidad de su cargo, se veía obligado a amonestar a alguno de los hermanos, lo llevaba a cabo con tanta justicia y moderación amorosa que, de forma admirable, les proporcionaba ayuda ante Dios y ante él.
Estaba siempre cuidadosamente atento a las necesidades de los demás, tan entregado a llevar con sumo esmero su ministerio, tan diligente en sus admoniciones, tan dispuesto a la amorosa reprensión y dispuesto cariñosamente a la comprensión, tan discreto, en fin, en todas sus actuaciones, que todos recurrían a él para consultarle asuntos pertenecientes a la perfección espiritual, aceptaban sus consejos y los ponían en práctica como si se los hubiese dictado un oráculo divino
Su vida transcurrió entregada al amor de Dios y al cuidado de sus hermanos: todos los seres humanos. No había mayor satisfacción para él que entregarse a las cosas celestiales.
Su profundo amor hacia los demás no tenía límite, salvo la estricta observancia de las Reglas de la Orden seráfica. Su vida fue una constante entrega al amor de Dios.
Su divino Amor dispuso que ya era llegada la hora de que se reuniese con Él, para ello le hizo enfermar cosa que le llenó de satisfacción pues entendió que se encontraba a las puertas de alcanzar aquello que durante toda su vida había perseguido.
La enfermedad se agravó y comprendió que había llegado la hora de su muerte por lo que pidió que le administrasen los últimos sacramentos. Después abandonando el deseo de vivir, entre las lágrimas de todos los presentes, con una alegre sonrisa en su cara, rogó perdón humildemente a todos por sus errores, repitió por tres veces el nombre de Jesús y con un suavísimo suspiro exhaló su alma en el convento granadino el día 4 de octubre del año 1673, a los setenta años de su encomiable vida terrenal y al cuadragésimo año de haberse retirado del mundo.
Su cuerpo fue colocado en la venerable fosa común de los hermanos, y su memoria perdura hasta ahora.
El autor nos refiere una magnánima pero al mismo tiempo gravosa generosidad por la cual el canónigo de la catedral de Granada, D. Antonio Aguilar Ponce de León, en el año 1674, llevado por su singular devoción a S. Antonio de Padua y al divino Pedro de Alcántara, legó en su testamento al convento la cantidad de ciento cincuenta ducados anuales pero con la onerosa obligación de que en dicha catedral, en las primeras y segundas vísperas se celebrasen cada año, misas solemnes, sin interrupción alguna.
Sigue el narrador exponiendo diversas vidas de esclarecidos frailes que sobresalieron por su piadoso comportamiento, pero por mor a la brevedad y al deseo de no resultar onerosos voy a omitir.
Sí quiero dejar constancia de una peste que asoló a la ciudad de Granada, así como del ejemplar comportamiento de los sacrificados frailes en tales nefastos momentos.
En el año 1679 una perniciosa epidemia devastó la ciudad del Darro, haciendo enfermar a innumerables personas. Esta grave epidemia tuvo sus antecedentes en otras no tan perjudiciales que se dejaron sentir durante los años 1600 a 1602, 1647 a 1649 y esta última que comenzó en el año 1678 y tuvo sus efectos más nocivos en el mencionado 1679.
Ésta fue más virulenta que todas las anteriores pues podemos decir que fue Granada el epicentro de la misma, ya que además se vio agravada por la falta de alimentos que ocasionaba que las personas, al carecer de los nutrientes necesarios, enfermasen con mayor rapidez y su malignidad fuese más nociva.
Una de las causas de la carencia de alimentos fue que la gente del campo se negaba a ir a Granada a llevar los sustentos necesarios por miedo al contagio.
Tal carestía disparó el precio del trigo de tal manera que el modio del mismo (equivalente a 8,75 litros) pasase a valer de doce reales a cien
Hacía varios años que la epidemia se había enseñoreado en Andalucía. Concretamente en la ciudad de Granda, sus efectos se dejaron sentir hacia 1600-1602, 1647-1649 y 1678-1679. Sin duda esta última fue la más virulenta, constituyendo Granada una especie de “epicentro” de la misma. En 1679, por ejemplo, se alcanzó el índice de entierros más elevado de todo el siglo.
El dicho de “las desgracias nunca vienen solas” se cumplió ampliamente en esta ciudad. A la epidemia se le unió otro terrible infortunio distinto y el miedo al contagio y a la indigencia hizo que estuviese sobre aviso el angustiado pueblo
Esta peste incendió a Granada por los cuatro costados, la ciudad de Málaga, Almuñecar y Motril lloraban doblegadas por la segur de la feroz epidemia.
Por ello, el ínclito Arzobispo de Granada, fray Alonso Bernardo de los Ríos y Guzmán, para ayudar a los necesitados, le pidió insistentemente al provincial, fray Pedro de Córdoba, que desde las distintas provincias, enviase allí hermanos que, en aras de la caridad, se ofreciesen voluntariamente.
Los que fueron mandados se dedicaron con tal empeño y entusiasmo al cuidado de los enfermos que dieron incomparables muestras de cariño, llevando a cabo admirables hechos heroicos de amor hacia los apestados.
Fueron enviados tantos que, de los que marcharon, apenas queda constancia de los que sobrevivieron y pudieron regresar sanos y salvos y permanecen en el anonimato.
Una de las causas de la propagación del pestífero mal fue que muchos habitantes de los pueblos y cortijadas cercanos a la ciudad vinieron a ella, cargados con todos sus enseres, en espera de encontrar en la misma remedio para su mal, con lo que se acrecentó el contagio.
El mes de junio fue nefasto para Granada, pues se intentó ocultar el mal que asolaba a la ciudad para que no se extendiese su conocimiento y el comercio no quedase totalmente paralizado y la falta de alimentos y la miseria no la devastasen más.
El fuego de la peste se robustecía por momentos, el pavor se adueñaba de los corazones, el luto ensombrecía los ojos de los ciudadanos. La fatal situación crítica aumentaba a pesar del esfuerzo de los habitantes por contenerla.
La horrible muerte extendía cada vez más sus fatídicos brazos. Las calles se encontraban llenas de cadáveres, pues no se daba abasto a enterrar a todos los que fallecían, con lo que el contagio entenebrecía cada vez la desgraciada Granada.
Ésta no encontraba quien le pudiese ayudar, por lo que se recurrió al socorro divino con la práctica de penitencias multitudinarias y procesiones de la Reina de los cielos, bajo la advocación de nuestra Señora de la Antigua y de las Angustias.
De nada aprovecharon estas piadosas manifestaciones religiosas, para impedir que se extinguiese el mortal contagio, al contrario, parecía que, por días, ardía con más virulencia. Era como si la Divinidad hubiese dispuesto que la ciudad quedase asolada.
El funesto mal se extendía como un fuego devastador y una pavorosa celeridad. Los desgraciados habitantes se veían doblegados y abatidos por dos irremediables males: Por un lado la exterminadora peste y por otro la irreparable falta de alimentos porque la llegada de comestibles se había paralizado. Esta carencia hacía que los cuerpos se encontrasen cada vez más debilitados y con menos reservas para hacer frente a tan terrorífico mal.
Por toda la ciudad sólo se oían lamentos y desesperado llanto ante la impotencia de atajar el contagio.
Para paliar en lo posible tanta desgracia el Obispo, llevado por su ardentísimo corazón, prodigaba el reparto de limosnas y hacía todo lo posible, dentro de sus insalvables limitaciones, para llevar remedio y ayuda a tantos necesitados.
Los nobles y potentados de la ciudad, movidos por el ejemplo del prelado, pudieron a disposición de los ciudadanos todo lo que pudieron. Es más, hasta llegaron a pedir de puerta en puerta para subvenir las necesidades más imperiosas de los afectados y procurando que, los aún sanos, no enfermasen.
El rey Felipe IV también se mostró magnánimo e hizo una donación a la ciudad de 30.000 ducados, procedentes de su tesoro particular.
La pretendida ocultación de la situación en la que se encontraba Granada, no fue posible, dada su magnitud, mantenerla en secreto, pues la noticia, como un reguero de pólvora, se extendió hasta más allá de los contornos limítrofes.
No hubo más remedio que preparar un gran hospital orientado hacia el occidente en un lugar llamado Tinajería y fuera de las murallas de la ciudad. Aquí, a partir del 21 de junio, comenzaron a llegar enfermos de todas partes de la población.
El Alcalde rogó insistentemente a los hermanos descalzos de S. Antonio que enviase frailes para atender y cuidad la gran cantidad de enfermos que en poco tiempo habían llegado al hospital. El superior del convento, fray Francisco Yravedra exhortó a la comunidad para que voluntariamente abrazasen este oneroso sacrificio. A pesar de que muchos frailes deseaban ardientemente cuidarse de los apestados, solamente dos fueron escogidos por el guardián. Estos, quizás los que más insistentemente lo habían pedido, fueron el joven sacerdote fray Sebastián Ruiz y el lego, fray Salvador García.
Así pues, desde el día 22 de junio hasta pasada la mitad del mes siguiente, fueron los únicos en sobrellevar la carga de los enfermos. Sin embargo ya porque fuesen exiguas las dimensiones de esta casa, o ella misma resultase incomoda, pareció que era necesario que las camas fuesen llevadas a otro lugar, y se trasladaron al hospital real de la misma ciudad, en la cual se hallaba agrupada una gran abundancia de apestados.
También las restantes Órdenes aportaron la asistencia de sus religiosos que se esforzaron denodadamente en atender todas las necesidades de los enfermos.
El dolor y los lamentos por aquellos que cada vez, en mayor número, eran exterminados por tan horrífíco devastamiento, se extendía por toda la población. Por todas partes se veían despojos de la muerte. Los carros transportando personas exterminadas por tan hórrido mal circulaban por doquier de igual manera que otros, atestados de enfermos llegaban al hospital.
Hubo algunos monasterios que, ente el peligro del funesto contagio, cerraron sus puertas para no tener contacto con el exterior.
Los descalzos, dando muestras de acendrada caridad mantuvieron las suyas abiertas para todo aquél que se llegó a ellos pidiendo remedio o consuelo a sus penalidades.
Tras el fallecimiento de los dos primeros frailes del convento de S. Antonio que voluntariamente marcharon a ayudar a los enfermos, es decir, el sacerdote Alonso Tomás y el lego, Pedro Navarro fueron enviados, para llenar el vacío que habían dejado, otros cuatro presbíteros. A saber: Francisco Medinilla, Juan Guerra, Francisco Brotones, y otro cuyo nombre, por defecto en la fotocopia que poseo, no aparece.
El resto de las Órdenes que se encontraban en la ciudad, movidas posiblemente por el encomiable ejemplo de caridad cristiana que estaban dando los descalzos, también enviaron a sus religiosos, lo que supuso un gran alivio para los que estaban entregados a atender a los enfermos.
Se corrió por la ciudad que la Virgen del Rosario se había aparecido frente al monasterio de los Dominicos. A esto se unieron algunas curaciones milagrosas, al decir del pueblo que, movido por esta incipiente esperanza de que el mal finalizase, sacó en procesión el cuerpo de S. Juan de Dios que se guardaba en el hospital.
Estas manifestaciones religiosas y de piedad sirvieron de lenitivo al los ya casi exhaustos malagueños.
Por otro lado los descalzos, en su afán de ayudar a todo el llamaba a su puerta, también, dentro del convento, sufrieron el zarpazo del pavoroso mal y fallecieron como consecuencia de él seis hermanos. El primero de todos fue el converso Juan de Aranda, al que siguieron sin remisión fray Antonio Piédrola, el predicador Diego Fernández, el novicio Blas Murillo, el corista Alfonso Pérez, el lego Esteban de Martos.
Pertinaces en llevar su caridad y misericordia a los infestados, el corista Esteban de Martos y el teólogo, Luís de Talavera, solicitaron insistentemente ser enviados al hospital para atender a los contagiados quienes se prodigaron hasta el extremo en remediar, dentro de sus posibilidades el mal que aquejaba a los pobres enfermos.
A pesar de estar en continuo contacto con ellos, parece ser que, como por un divino privilegio especial, no sufrieron las horrendas consecuencias del contagio.
Un hermano de los que más se destacó en la atención a los contaminados, fue el predicador fray Luís Girón que no se concedió descanso para socorrer a los más necesitados y, enardecido por el fuego del amor hacia los pobres enfermos, multiplicó, hasta lo indecible, su actividad para cuidar a todos los necesitados, ya acudiesen al convento en su búsqueda, ya los encontrase por las calle o bien fuese al hospital para atenderlos, cosa que hacía constantemente. Su continuo desvivir por ellos no tenía descanso ni de día ni de noche.
No le aterraba el aliento mortífero. No le espantaba el íntimo contacto con la muerte. De tal manera ofrecía sus piadosos brazos para llevar los miembros contagiados, como si con robustísima salud, ellos suplieran el vigor del moribundo.
Ocurrió una ocasión en la que a un compañero al cual profesaba especial amistad, un vehículo lo arrastró durante un largo trayecto y si no hubiese sido por la piedad de los demás, lejos de toda duda lo hubiesen traslado al sanatorio. Fue finalmente necesario que, por la santa obediencia, Luís prohibiese su ingreso en el hospital, para que no le ocurriese la fatal desgracia del contagio a un hombre tan importante, al cual el misericordioso Dios, siempre había conservado ileso.
La misericordia divina se inclinó dispuesta a mitigar tanto dolor y sufrimiento que la peste comenzó a declinar y la atormentada ciudad vio el final de tanto dolor, después de que afectase casi a una quinta parte de su población.

Investigando sobre esta epidemia he encontrado un romance que, aunque no es una joya literaria, sí cuenta de forma vívida y palpitante, el horror, la miseria y la mortandad que causó esta peste en Granada y ciudades aledañas.
He preferido exponerlo en su ortografía original, la propia del siglo XVII, pues ella nos dará un contacto más cercano al tiempo en el que esta nefasta epidemia sucedió.
Con dicho poema finalizo mi exposición.


ROMANCE VERDADERO DONDE SE DA CUENTA
DE LOS VARIOS EFECTOS QUE CAUSÓ LA CONTAGIOSA EPIDEMIA
EN LA NOBILÍSIMA CIUDAD DE GRANADA, ESTE AÑO DE 1679.
COMPUESTO POR FELIPE SANTIAGO ZAMORANO

Para copiar los efectos
que acusó la rigurosa
epidemia, en la mejor
Granada que el sol Corona,
Invoco por mi Talía
a la virgen milagrosa
del Rosario, porque así
sea de cuentas mi obra.
Año de setenta y nueve
en quien se vio España toda
con el llanto hasta los ojos,
y al hambre hasta la boca.
Viendo la heroyca Granada,
que en la Andaluzía hermosa
del contagioso accidente
muchas Ciudades se tocan,
Padeciendo la epidemia
Antequera la famosa,
Málaga, Motril y Vélez,
y otros Lugares de Costa,
Hizo muchas Rogativas,
pidiéndole a Dios por oras,
que el rigor de su Justicia
bolviese en misericordia.
En Procesión General
sacaron con mucha pompa
a la virgen de la Antigua,
y a S. Roque en su custodia.
Después de la Compañía
de Jesús, N. Señora
de la Soledad fue a Gracia,
lo que en Gracia siempre posa.
A la Iglesia Mayor fue,
con grandeza magestuosa,
la Virgen de las Angustias
llenado a el alma de glorias.
En diferentes Altares
con veneración devota
rinden víctimas a Dios,
dándole humo de aromas.
Mas como son nuestras culpas
tan graves, no desenojan
a Dios, que los Sacrificios
sin lágrimas poco importan.
Y así por castigo entró
el mal en esta famosa
Ciudad, que como Granada
se abrió para su derrota.
La gente empeçó a turbarse,
viendo que muchas personas
morían con las señales
de enfermedad contagiosa.
A unos dan landres, y a otros
granos mortales, de forma
que abrasan como veneno,
y matan como ponçoña.
La ropa muchos avientan
que en este mar de congojas
es la gula del nadar
no saber guardar la ropa.
Allí amanecen colchones,
aquí sábanas, y otras
prendas, que con lenguas mudas
fatal contagio pregonan.
En las puertas de los Templos
amanecen con la Aurora
los muertos de cinco en cinco
y de seys en seys los doblan.
Todo es clamor de campanas,
todo entierro las Parrochias
y todo una confusión,
que como la muerte asombra.
El forastero escriviendo
tanto horror en su memoria
por tomar la salvadera
pone pies en polvorosa.
A las quintas se retira
mucha gente poderosa,
y es poner puertas al campo
querer que el mal no les corra.
Antes la muerte les sigue
con más rigor, y destroza
como ofendida de que
con ella a quintas se ponga.
Los ricos están absortos,
los jornaleros solloçan,
viendo que para el trabajo
no ay quien los llame ni coja.
Todo es ansia, es todo pena
y a muchos pobres ahoga
el hambre siendo en su muerte
la necesidad la soga.
Los Cavalleros, mirando
las aflicciones penosas,
de noche para los pobres
a vozes piden limosna.
Llevando todos capuchas
y campanillas sonoras,
que tocando se hazen lenguas,
porque a los pobres socorran.
Todo es llanto, todo es gritos
a media noche, y a todas
las horas, porque la muerte
ejecuta a todas horas.
A ésta le falta el marido,
aquél se halla sin esposa,
el padre llora a sus hijos,
y el niño sin madre llora.
Unos huyen de los otros
cargados de juncia, y pomas
de enebro que a los olfatos
darán con vinagre y rosas.
El que compra lo preciso
con escrúpulo lo toma,
juzgando que está apestado
aquel género que compra.
Paró el trato, y el comercio
cesó, con que con sus joyas
e vido el Zacatín mudo,
y la Alcaycería sorda.
Ya no ay quien salga a la Fuente
la Teja, ni Dauro goza
Ninfas, porque en su Carrera
la muerte corre la porta.
La Dama se está en su casa,
y el Galán no va de ronda,
el noble no anda a cavallo,
ni el Marqués en su carroça.
El Oficial no trabaja,
ni el Mercader vende cosa,
con que a ser biene el ahogo,
el paratodos sin ojas.
Y siendo de forasteros
Granada madre amorosa,
ingratos todos se guardan
de sus hijos, con pistolas.
¡O Granada, y qué afligida
te miro, Dios te socorra,
pues toda España te cierra
las puertas, siendo una rosa!
Y teniendo en cada tienda
obeliscos de colonias,
y pirámides de cintas,
con un cordón se acongojan.
En el Hospital Real
trató la Ciudad heroyca
de curar a los enfermos
con caridad fervorosa.
Mostrando piadosa zafa
el Corregidor que informa
con buen acuerdo al señor
Presidente que le abona.
Decretando cada día
con tanto acierto las togas,
que pudieran dar lecciones
a los Cónsules de Roma.
Nombran Médicos famosos
y cirujanos, con otras
personas, que a los enfermos
sirvan con almas piadosas.
Donde ay de todos regalos,
dulces, néctares y pollas,
haziendo a los más valientes
que con las gallinas coman.
Con túnicas carmesíes
los Doctores pulsos toman,
y otros a las venas pican,
porque la sangre se corra.
De diferentes Conventos
van Religiosos, con prompta
voluntad, a administrar
los Sacramentos en forma.
Nuestro Rey (que el Cielo guarde)
dio con mano generosa
treynta mil ducados, para
que al desvalido socorran.
A D. Gabriel Ruyz, Ilustre
Veinticuatro, a quien corona
Vizcaya de claros timbres,
Toledo de excelsas glorias,
Míranlo en su generoso
pecho, prendas valerosas,
para que de la Ciudad
sea fiel Argos le nombran.
Y conduzca a el Hospital
a el que viere que lo postra
el achaque, porque no
inficione a otras personas.
A la Ciudad le da bueltas
D. Gabriel a todas horas,
en un Vayo tan ligero
que es onça, con muchas onças.
Y a cuantos enfermos halla
con caridad prodigiosa
haze que en sillas de manos
en el Hospital los pongan.
Que como sabe, discreto,
ser de las Bulas preciosas
Tesorero, también Noble
la caridad atesora.
Llevándose de Granada
por sus acciones de loa
con el popular aplauso
las voluntades que rova.
El Veinticuatro Salado,
por otra parte, en la propia
diligencia, en un Morcillo
vigilante no reposa.
El jurado Conejero
les imita, y desta forma
a los malos de los buenos
los aparta, porque importa.
¡O esclarecidos varones
el Cielo que mira y nota
vuestro heroyco proceder,
os dé en premio una corona!
Crece el accidente y viendo
que la muerte a muchos postra
para echarlos a el carnero,
a dos abrieron las bocas.
Una mañana amanecen
sesenta difuntos y otra
setenta, sin los que tienen
el Sepulcro en las Parrochias.
Seys Zirujanos fallecen
y un Médico, con que apoyan
que pagaron infinitas
que deven, con una sola.
Cada uno por instantes
está con el alma absorta,
aguardando de su vida
el fin en funestas sombras.
A veynte y quatro de Julio,
viendo la tierra angustiosa
enojado a Dios, tembló,
siendo el hombre quien le enoja.
Enciéndese el mal con ira
porque el ayre a incendios toca,
y en repetidos suspiros
Granada intima congojas.
Buela el cuidado al remedio
y con diligencia toman
cinco carros, que con ruedas
de mala fortuna rodan.
En ellos a los enfermos
llevan de sus casas propias
al Hospital, que en la gente
parece una Babilonia.
Y formando un laverinto,
los que sirven se equivocan,
y a el muerto informan por vivo
y a el vivo por muerto informan.
Pues saliendo dos mugeres
del Hospital, congojosas
hallaron a sus maridos
desposados ya con otras.
Pues en fe de averles dicho
que murieron sus esposas,
antes de estrenar los lutos
celebraron nuevas bodas.
Por allí va un chirrión
de defuntos, otro asoma
por la otra calle que corre
al quemadero con ropa.
Donde se hazen ceniza,
camas, cogines, alfombras,
puntas, galones, vestidos,
mantos y telas costosas.
Arde la ropa y más arde
el mal, y de suerte soplan
los dos incendios, que ya
Granada parece Troya.
Allí arrojan una capa,
aquí un jubón, y a quien toma
algo desto, dan doscientos,
y en tres en tres los açotan.
Que es tal la necesidad
que tienen, que aunque conozcan
en que está el tomar su daño,
se mueren por lo que toman.
Allí están cerrando puertas
con varretas, aquí otras
las abren para sacar
muertos que el ayre inficionan.
En algunas casas mueren
a tres y a quatro personas,
y en otras a diez y a doze,
y las que escapan son pocas.
Muchas familias fallezen
porque la muerte espantosa,
inexorable, a infinitos
rinde a su cuchilla corba.
Tan hidrópica de vidas
que parece, según corta,
que no ay vidas en Granada
para que en un día sorba.
Para los huérfanos niños
la ciudad dos casa toma,
y con las Amas les biene
el pecho a pedir de boca.
A todo convaleciente
visten, y aunque más le adornan,
por estar en villarrasa,
no le biene a pelo cosa.
D. Fr. Alonso Bernardo
de los Ríos, clara antorcha
de la Iglesia, pues la rige
como su Arçobispo de honras,
Hizo un regalo a los pobres,
a quien el mal aprisiona,
siendo segundo Abraham
con caridad generosa.
El Veinticuatro Salcedo
con caridad milagrosa
pródigo de noche y de día,
hace a los pobres limosnas.
A la Virgen del Rosario,
en Proçesión brilladora,
llevaron al Hospital,
siendo rica y poderosa.
Porque en su divino rostro
se apareció una graciosa
Estrella, con que el achaque
se turba y también se corta.
A S. Francisco de Paula
llevaron con rigurosas
penitencias una noche
que el Hospital tuvo glorias.
Al Arcángel S. Miguel
consagró cultos la honrosa
Ciudad, porque en el Correo
halló una Epístola docta,
Con la firma del Arcángel,
en que le asegura glorias,
si a él se encomienda, y así
le rindió holocaustos prompta.
Los muchachos cada día
con luzes y vanderolas
van al Hospital llevando
a Cristo y N. Señora.
Pidiéndole en altas voces
a la Soberana Aurora
del Patrocinio, que alcance
de Jesús misericordia.
De San Agustín sacaron
un Cruzifijo con honras,
cantándole el Miserere
con altas vozes sonoras.
Y en llegando al Hospital,
una cándida paloma
se apareció, y como un ave
la Imagen divina ronda,
Dando bueltas a la Cruz
siendo la animada pompa
cristalina de las luzes
del agnus dei mariposa.
Milagro fue y cierto anuncio
de paz, pues desde esta hora
Granada, perdiendo sustos,
gana la salud que cobra.
Al Patriarca San Juan
de Dios, que ya lo coloca
la Iglesia Canoniçado
por su santidad heroyca,
Sacaron con mucho aplauso,
música, alboroço y gloria,
porque fue su cuerpo mismo
el que llevavan en forma.
Iba devaxo de palio
en una caxa a quien forra
el carmesí terciopelo
y galones de oro bordan.
Toda la Ciudad alegre
como a sagrado le adora,
que aunque en la tierra fue lego,
ya en el Cielo es de corna.
Iva con el Patriarca
un manto de aquella Aurora
que hace oriente a Monserrate,
dando luz a Barcelona.
Que D. Pedro de Castilla,
que de timbres se corona,
traxo a Iliberia tal reliquia
con reverencia y custodia.
Llegó al Hospital S. Juan
y entró, porque como consta,
se entra por los Hospitales
como por su casa propia.
Con cuyo favor Granada
ánimos y alientos cobra,
mucha es la fe con que mira
al don de Dios, se mejora.
Viernes a los seys de Octubre
con clarines y con trompas
se publicó la salud
con que Iliberia se alboroça.
Sábado siguiente puso
tanta artificial antorcha,
que hizieron la noche día
las luminarias vistosas.
Con alegría la Alhambra,
viendo el triunfo sin discordias,
disparó su artillería,
con estruendo que rimbomba.
El Domingo la Ciudad
en la Iglesia Mayor postra
en hazimiento de gracias
a Dios, víctima honorosa,
Celebrando el Arçobispo
en fiesta tan portentosa
Misa de Pontifical
con Divinas Ceremonias.
Brillando en trono de luzes
el Verbum caro en Custodia,
manifiesto en la Matriz,
en Conventos y Parrochias.
¡O Granada, ya conozco
qué felicidades gozas,
pues tus llantos y pesares
en risa y plazer transformas!
Pues Dios, templando su enojo,
te da salud y perdona,
por los ruegos de la Virgen
y Santos a quien adoras.
Tus hijos se alegran viendo
que, triunfante y vencedora,
en Torres y Chapiteles
Vanderas blancas tremolas.
Alégrate, pues, Granada,
y de cándidas garçotas
puebla la región del viento,
publicando tus victorias.
Y pues eres centro noble
de Ingenios que se remontan,
tan piadosa como ilustre
y tan sabia como heroyca.
De Felipe Santiago
los muchos yerros persona,
suponiendo que no llega
donde el deseo la obra.



Manuel Villegas Ruiz