19/7/08

Cuento: La mañana del horror

LA MAÑANA DEL HORROR

Era una noche como otra de tantas. Bueno como otra de tantas no. Era la noche del último día de las fiestas del pueblo. La mayoría de los lugareños ya se encontraban descansando. Sólo quedaban los rezagados, como siempre, casi todos jóvenes, que querían apurar los últimos momentos de regocijo y jolgorio. Por eso recorrían las casi desérticas calles del poblado la mayoría con una botella de alcohol en la mano, cantando, bailando y haciendo piruetas extravagantes, desangeladas con las que ya sin fuerzas intentaban animarse unos a otros para seguir la fiesta, aunque ya pocas fuerzas les quedaban para ello. Sin embargo el deseo de casi todos era regresar a su casa cuando ya hubiese comenzado el día.
La plaza de la aldea estaba solitaria. El recinto ferial comenzaba a bostezar de aburrimiento y los dueños de los puestos principiaban la recogida de sus chucherías y golosinas.
Los turroneros, con la luz encendida, pero con el toldo bajado iniciaban el ordenado empaquetamiento de sus productos porque temprano habrían de marchar hacia otro lugar festivo.
Los dueños de las tómbolas, de la misma manera, comenzaban a guardar los mil y un artículos que, durante las fiestas habían ofrecido a los pueblerinos a la voz de “siempre toca”.
Los propietarios de los puestos de algodón dulce, igualmente ya estaban guardando todos sus artilugios, tirando los coloridos copos, azules, verdes, naranjas que habían sobrado y por los que más de un chiquillo había dado un disgusto a sus padres para que le comprara uno.
Los tiovivos, las norias, los columpios, la montaña rusa, en fin, todo lo que había ocasionado la alegría y disfrute, tanto para la chiquillería, cuanto para los mayores estaba siendo embalado y empaquetado pues tenían que acudir al próximo pueblo a llevar algo de alegría y entretenimiento a los lugareños en sus fiestas anuales.
La placeta en la que había actuado la banda municipal y el paseo en el que todos o casi todos habían bailado a los acordes de la charanga estaban definitivamente vacíos.
Una sensación de desolación y hastío reinaba por doquier.
En una palabra, las fiestas se acababan y había que volver a la rutina y monotonía de siempre, hasta que el próximo año tuviesen unos días de jolgorio y entretenimiento.
La mayoría de los lugareños ya estaba durmiendo. Bueno los que podían, porque algunos, desasosegados e inquietos no dejaban de dar vueltas en la cama en un duermevela desazonado e intranquilo como temerosos de que algo extraño iba a ocurrir. En ese sopor que suplanta al verdadero descanso no eran conscientes de lo que sentían. Sólo sabían que una especie de inquieto nerviosismo temeroso se había apoderado de ellos y no les permitía conciliar un sueño reparador.
Algo extraño presentían los animales. Los caballos, asnos, mulas, vacas y gallinas, es decir, todos los que conocemos como irracionales también notaban algo perturbador en el ambiente. Estaban desasosegados. Se movían nerviosos en sus establos, cuadras y gallineros, presintiendo algo que les atemorizaba.
Si se le hubiese preguntado a alguien sobre aquella extraña sensación no hubiera podido explicarla.
Las fiestas habían sido de lo más normales. El primer día, al despuntar la mañana, la orquesta municipal había recorrido el pueblo interpretando alegres pasacalles para anunciar a los pueblerinos que comenzaban las fiestas que tanto habían deseado.
La mayoría, como buenos fieles cristianos había asistido a la Santa Misa para dar gracias a la Patrona por otro año más que podían disfrutar. Después habían acudido al paseo a regocijarse con las carreras de cintas, de sacos, de caballos y a disfrutar del recinto ferial. A mediodía las casetas estaban de bote en bote y todos gozaban dentro de sus posibilidades del “pescaíto” frito, de la cerveza, del queso puro de oveja o del jamón curado de “pata negra”.
El segundo día había sido similar al primero, salvo unas variantes: la divertida cucaña y el toro embolado suelto por la plaza. La cucaña fue de lo más divertido. Algunos mocetones, presumiendo de ágiles y “más hombres que nadie” comenzaron a escalarla, pero la mayoría no llegó ni a la mitad. Cansados, embadurnados de grasa y sin fuerzas en los brazos para sostenerse, se escurrían palo abajo, provocando la hilaridad y el rechifle de todos, tanto pequeños cuanto mayores. Tan solo uno logró llegar al final de ella, pero al ir a agarrar el gallo que se encontraba en la cúspide, se vino abajo estrepitosamente y se dio un buen golpe contra el suelo, siendo el ludibrio y hazmerreír de todos.
Lo del toro embolado, bueno, más bien novillo, había sido mucho mejor. Grandes y chicos participaron el jolgorio. Unos se ponían delante corriendo para ver si los alcanzaba, otros lo agarraban por el rabo e intentaban derribarlo. Los más valientes, armados con un trapo a modo de muleta pretendían emular a las grandes figuras del toreo, pero, como es lógico sin éxito alguno, ocasionando la rechifla de los lugareños. Por fin y por orden del señor alcalde, el matarife municipal de acercó al animal y lo mejor que pudo logró degollarlo en presencia de todos los concurrentes. Su carne serviría para una comida general que el Ayuntamiento ofrecía todos los años en el tercer y último día de feria. A ella no faltaba nadie, pues, además de ser gratis, confraternizaban, bebían, se achispaban y pasaban un espléndido rato todos juntos.
El tercero y último día de las fiestas siempre había sido el mejor, pero el de este año superó con creces a los anteriores.
A las doce de la mañana, por el real de la feria se inició el desfile de coches de caballos. Iban los animales y los carruajes espléndidamente adornados. Había algunos, los de los más pudientes, tirados por un tronco de seis ejemplares. Éstos lucían vistosos caireles de distintos colores, así como jáquimas adornadas. Los conductores y ocupantes vestían sus mejores atavíos. Los hombres con chaquetillas cortas, botas camperas, zahones, camisas blancas con chorreras y sombrero cordobés. Las mujeres con vestidos de volantes de diversos colores, mantones de Manila, pendientes y collares haciendo juego con los vestidos.
Los caballistas igualmente llevaban sus mejores atuendos, tanto en sus caballos, cuanto en sus personas.
En fin, el espectáculo fue lucido y espléndido. El pueblo lo recordaría mucho tiempo.
A la una del mediodía dio comienzo la gran comilona. El novillo embolado había sido desollado, descuartizado, limpiado y preparado para las magníficas chuletas, suculentos filetes y deliciosos pinchitos. Éste fue el plato fuerte, pero había sido precedido por gran cantidad de mariscos: gambas blancas y finas de Huelva, almejas de carril, coquinas, pulpo a la gallega, chorizo al infierno, queso de distintas variedades y ¿cómo no? el magnífico jamón del lugar que, para más señas, era de “pata negra”. Todo regado con cerveza, fino de la tierra y refrescos de todas clases para la chiquillería y los que no querían alcohol.
Ciertamente el Ayuntamiento no había reparado en gastos este año. En esta ocasión había superado sobradamente a las anteriores fiestas.
A las cinco de la tarde en punto dio comienzo la novillada. Cuatro magníficos ejemplares con trapío y bravura que cumplieron sobradamente. Los dos novilleros también estuvieron a la altura de las circunstancias, más aún, se lucieron. El capote lo manejaron con soltura y con la muleta fueron todavía mejores. Tampoco fallaron a la hora de matar. Limpias estocadas hasta la bola, terminaron con los astados que no sufrieron pinchazos fallidos ni bajonazos de inexpertos.
El público vibraba enardecido. Cada uno de los novilleros se llevó una oreja y un rabo. Algunos delirantes pidieron también la pata del novillo para el que más valor había demostrado, pero el presidente del festejo (el Sr. Alcalde) dijo que era demasiado trofeo para un novillero. En fin, una novillada como pocas de las que se habían celebrado en el pueblo.
A la atardecida, llegó la hora del baile en la plaza principal. No sólo tocó la banda del pueblo: Pasodobles “agarrao”, todo lo que les gustaba a los mayores. De la capital había venido un grupo que fue el delirio de la juventud. Rock/pop, folk, baladas, salsa, country. El delirio de los chavalotes y chavalas que disfrutaron como no lo habían hecho en mucho tiempo.
A las once y media de la noche comenzó la velada de fuegos artificiales. También el Ayuntamiento se había lucido. Mandó que viniesen expertos levantinos para que organizasen una sesión pirotécnica que fuese “el no va más” y la envidia de los pueblos vecinos. De verdad que lo consiguieron. Globos ígneos multicolores explotaron en el aire. Cohetes que, al elevarse, se convertían en relucientes palmeras policromas deslumbrando a los concurrentes. Chispas de colorido fuego cruzaban la negrura de la noche como estrellas fugaces. Una exhibición de técnica y arte. Pero lo mejor de todo fue la traca final. Vino precedida de un triquitraque que sonó como el restallar de mil látigos a intervalos de un segundo. El estruendo final fue apoteósico y resonó en la negra noche como la explosión de un polvorín. Tanto que no sólo los pequeños, sino también los mayores se sobrecogieron ante el ensordecedor estruendo.
Las fiestas habían terminado. Sólo quedaba marcharse a sus casas exhaustos y procurar dormir porque al día siguiente, no había más remedio, tenían que volver cada uno a su tajo en el que se ganaba la vida.
La noche transcurrió desasosegada para algunos, los que no lograron dormir bien. Los trasnochadores, jóvenes en su mayoría, yacían tumbados bajo un soportal, el quicio de una puerta o en las mismas aceras de las calles, dominados por el alcohol ingerido, sumidos en un profundo sopor causado por la tremenda borrachera que habían cogido.
Ya se anunciaban las claras del día. El amanecer se presentó funesto, aciago, nefasto. Los que no habían descansado ya estaban levantados sintiéndose molestos, nerviosos, irritables y hasta casi agresivos. Algo extraño les ocurrían y no sabían qué. Todos los síntomas que tenían no podían ser consecuencia de una noche insomne. Más de una la había pasado en otras ocasiones y no se habían encontrado así. Sin saber a qué achacárselo se sentían desasosegados.
Fueron los primeros en oírlo. Lejanamente se escuchaba una como especie de sordo, opaco e inexplicable bordoneo cuya procedencia desconocían. Comenzaron a despertar al resto de familiares y a asomarse a las puertas de las casas. Lejos, muy lejos del ejido del pueblo, se vislumbraba en el aire un punto oscuro que, lenta, progresiva e inexorablemente se acercaba a la villa. No se aclaraban de qué podría tratarse. Lo cierto es que, como una pesada máquina de guerra aérea, avanzaba hasta las primeras casas de lugar. Atónitos lo contemplaban, clavados en el suelo, sin saber qué hacer.
De pronto, el sonido se hizo insoportable y oneroso como el redoblar de mil timbales y como una imparable tromba, un inmenso enjambre de abejas se precipitó sobre ellos. No eran abejas normales. Tenían un tamaño por lo menos tres veces superior al de las corrientes. Parecían una especie de mutantes. Tampoco, al clavar el aguijón en la piel de los lugareños lo dejaban dentro como hacen las abejas corrientes. No, lo retrotraían y volvían a utilizarlo una y mil veces. Con una furia enloquecida se lanzaron contra todos, hombres, mujeres, niños, los que encontraron a su paso. Sus aguijonazos eran mortales. No sólo por su veneno, sino también, porque a miles, se ensañaban con el primero que cogían. Poco a poco las calles se vieron sembradas de cadáveres. No había sitio en el que esconderse. Entraban por las ventanas y las rendijas de las puertas. Nadie quedaba a salvo de su feroz ataque. Pocos, muy pocos lograron refugiarse en la iglesia, cerrar y atrancar bien las puertas y ventanas y sellar la entrada a la torre campanario.
El pueblo quedó desolado. Sólo se veían cadáveres por doquier. En las calles, en las casas, en las corraletas y chamizos de los aperos de labranza. En una palabra, la masacre había terminado con casi todos los habitantes de la localidad.
Todo fue rápido, muy rápido. No duró más de media hora. Finalmente un manto de silencio y soledad envolvió el lugar. Resonando, resonando el estruendo se alejaba de la devastada y desierta población.
Los más animosos de entre los que se habían refugiado en la iglesia, al percatarse el estruendo se empequeñecía cada vez más y más, se atrevieron a subir al campanario y contemplaron cómo la fatídica masa compacta de crueles insectos asesinos se alejaba portando muerte y desolación por donde pasase.
Sólo les quedaba llorar a sus muertos y pedir ayuda a los pueblos vecinos para sepultarlos.


Córdoba, junio, 2008


Manuel Villegas Ruiz